Sobre Onetti: Autores M – N

El astillero, de Juan Carlos Onetti

Cristina Núñez Pereira

Hay personas a quienes debemos muchas de nuestras lecturas. Quizás les hemos visto leer ávidamente un libro, o nos han recomendado más de uno, o leemos alguno que creímos haberle oído mencionar, o se lo robamos directamente de su estantería, o se lo pedimos, o ella misma nos lo regala. Pero, a veces, también les debemos las deslecturas, los tomos relegados a un rincón nunca visitado, los autores preteridos para siempre de nuestra lista de lecturas pendientes, los tildados categóricamente con baldones de los que nunca sabremos salvarlos, los grandes convertidos en silencio. Juan Carlos Onetti ha sido siempre uno de ellos. Casi no me atrevía a sacar un libro de Onetti de la estantería, no fuera una oleada de tedios, murciélagos y tristezas inundarme el alma para siempre.

Quizás por eso me ha gustado tantísimo El astillero, un libro de las no-historias, un documental minucioso sobre cómo acontece la nada, sobre cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sobre como las ausencias hacen más real la soledad. El astillero es un vidrio nítido por el que van pasando con lentitud de pez que se sabe observado, una serie de sucesos sin significado oculto, totalmente nimios e intrascendentes. En pos de estos sucesos, manotean unos personajes que se aferran a estos peces baladíes, intentando darles trascendencia a estos hechos, encontrarles sentido e importancia y transferir estas cualidades, una vez halladas, a sus vidas sin significado oculto, totalmente nimias e intrascendentes.

Probablemente resulte sencillo escribir grandes novelas acerca de hechos trascendentes, conflictos amorosos con familias preguntonas de por medio, guerras que asolan países ya asolados, adulterios fatales fruto de la desidia o ansiosas búsquedas de la identidad perdida. Retratar la nada, la intrascendencia, el silente pasar de los días tediosos, la caliginosa desidia de hacer siempre lo mismo, con levísimas variaciones que abren una brecha de aterradora esperanza entre lo inmutable, parece más difícil. Dar pinceladas primorosas del no acontecer con detallismo preciosista no lleva más que al bostezo y regodearse en esa nada alba e inocua ni siquiera nos lleva a escribir novelas. Lo que hace Onetti nada entre la abstracción y lo concreto, su retrato es brumoso, pero guarda la apariencia del detalle, su narración corre ágil, pero por aguas estancadas, los sucesos inocuos, son puertas hacia preguntas mucho más sañudas. La novela se va alimentando a sí misma, en una suerte de antítesis de las novelas policíacas: nada se remonta sobre nada y como nada sucede, un hombre que no es detective y que no tiene ninguna pista, no investiga acerca de unos hechos que, quizás no ocurrieron. Las descripciones, con su apariencia de concreción, no son, en realidad, más que un velo que diluye las formas que se encuentran por debajo, la forma perfecta para plasmar este continuo suceder que no sucede.

    ”Las bisagras y las letras en la puerta, los cartones en las ventanas, los reminedos del linóleo, el orden alfabético en el archivo, la desnudez desempolvada del escritorio, los infalibles timbres para llamar al personal.”

Y sin embargo, a través de todos estos hechos, va creciendo el hilo inquietante y pavoroso de la dejadez, la aterradora sensación de ser entre la inercia, el impulso inevitable de querer dar manotazos ante un mar que ni siquiera se nos opone, sino que más bien es un lechoso limbo inmutable, que a fuerza de no querer devorarnos, termina por hundirnos en él.

La historia acontece en un astillero de Santa María, un lugar creado por Onetti, su pequeña Comala, fantasmal sin ser mágica, cercada por un río que en vez de darle vida se la quita, formada por trozos, chozas, tabernas que no terminan de derrumbarse, sino que están sumidas en el momento atemporal previo a ese desastre catártico que nunca ha de llegar.

Allí llega Larsen, también conocido como Juntacadáveres, para asumir un puesto de Gerencia en El astillero de Jeremías Petrus. Larsen, además, dedica las tardes a hacer la corte a la hija de Petrus. Por otra parte, en su trabajo inexistente en el astillero que no funciona, tendrá que relacionarse y ganarse a Kunz y Gálvez. Básicamente esta es la historia. Larsen es un hombre ni joven ni viejo, que acepta con facilidad la nueva situación en la que se encuentra: por las mañanas finge que trabaja en un astillero que ya no existe, que ha ido desapareciendo como empresa de forma casi imperceptible, con la lentitud con que se hunden algunos barcos sin que nadie los vea; la hija de Petrus, algo loca, no es una niña pero tampoco es una mujer, es simplemente, una persona de sexo femenino. Gálvez y Kunz trabajan sin trabajar en el astillero desde hace tiempo, fingiendo que la empresa existe. Pero al tiempo, esta impostura es la que les confirma su existencia. El astillero es el punto inexistente que mantiene a los personajes con vida. Es la irrealidad que los vuelve reales.

    ”Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real.”

Parece que algo quiere ocurrir cuando Gálvez, en posesión de ciertos documentos falsificados de la empresa, puede hacerla desaparecer por completo, hundirla por acción (y no por inacción, como venía enterrándose suavemente), terminar con ella. Sin embargo, cuando Larsen se propone evitarlo todo converge para que de nuevo, nada suceda. Larsen termina por irse de Santa María. Una vez tomada esta decisión comienza a enfermar y por fin, fuera de la novela, fuera de Santa María, fuera de este limbo sin oposiciones ni dicotomías, muere una semana después, en la que parece la única acción de la novela.

Los capítulos se sitúan en Santa María, el astillero, la glorieta, donde Larsen hace la corte a la hija de Petrus y la casilla, donde Gálvez vive con alguien que, alguna vez, fue una mujer. Como vemos, el libro es una narración activa de cómo las cosas no suceden, los personajes fueron en otro momento, o podrán ser en otra novela, pero en ésta, se han quedado sumidos, estancados, en el horroroso estadio de transición desde o hacia algún lado, que, sin embargo, no se consigue entrever. El breve espacio y el breve tiempo en que no sucede nada son las aguas que bañan la novela. Y este estado es el que resulta tremendamente agotador y el que acaba por minar al hombre.

    ”Estaba ahora en la Gerencia General, sentado frente a su escritorio, apoyando en la pared los hombros y el respaldo del sillón de espinazo flexible, descansando, no de la mala noche ni de lo que había hecho en ella, sino de las cosas, de los actos aún desconocidos que empezaría a cometer, uno tras otro, sin pasión, como sólo prestando el cuerpo.”

Viendo lo que no son los personajes de El astillero, se me ocurre que vivimos gracias a las oposiciones, a las pequeñas batallas diarias; la necesidad de decidir nos mantiene vivos. Unas veces son decisiones mínimas, como pequeños pespuntes diarios; otras veces, son Decisiones Importantes; parecemos zozobrar con ellas, pero son, en realidad, virajes espléndidos de nuestras botavaras, con los que conseguimos saber a dónde vamos y que suponen ya, un principio de acción, de existencia, por más que sucedan en la oscuridad de la incertidumbre. De eso vivimos, del camino que es brújula porque es sendero.