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El almacenero, narrador de Onetti

Ana Basualdo

En la novela corta Los adioses, el relato está a cargo de un narrador-personaje y narrador-testigo: el almacenero, en su almacén cercano al hospital de tísicos. Un narrador que organiza su trama como una trampa (la trama narrativa es, siempre, de todos modos, trampa), y no sólo —como en las novelas donde lo que funciona es, sobre todo, algo así como un instinto comercial de la intriga— para mantener bien atrapado al lector por el cuello sino para inocularle incertezas o falsas certezas respecto de lo que narra. Falsas certezas que el relato, en lecturas posteriores, irá revelando como imposibilidad de certeza, como aporías del conocimiento. El almacenero de Los adioses es un narrador que se revela, al final (y más allá de cualquier suspenso o suspense), como alguien implicado en su propia visión de lo que narra, aunque lo que narre no parezca tener nada que ver con él. ¿El narrador sabe cómo ha ocurrido realmente lo que narra o fabula acerca de lo que pudo haber ocurrido? ¿Cuenta lo que les ocurre a otros, según parece, o cuenta lo que le ocurre a él respecto de lo que aparentemente cuenta?