Xavi Ayén
La editorial Seix Barral recupera las principales novelas del uruguayo Juan Carlos Onetti, narrador del desencanto.
El taxista que nos conduce a la presentación de la nueva Biblioteca Onetti espeta: “¿Onetti? Mmm... A ése no lo conozco, pero ahora ha salido un libro que se titula ‘Los sonidos del cuerpo humano’, con el que te regalan un CD que te lo pones y escuchas todos los ruidos que somos capaces de hacer. ¡Es algo increíble! Ustedes deben conocerlo, siendo del ramo... Parece un buen libro, ¿no?”.
Frente a tales prodigios naturales, el uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994) posee una prosa que retrata el desencanto vital. Fue un hombre “fascinado a la vez por la pureza y la corrupción”, como recuerda el escritor Antonio Muñoz Molina en el prólogo a “El astillero”, primer libro de la Biblioteca Onetti que Seix Barral acaba de lanzar al mercado con honores de estreno. El otro título aparecido es “Dejemos hablar al viento” (1979), ambos adscritos al ciclo narrativo de Santa María, esa ciudad imaginaria en la que el autor situó a sus personajes.
“El astillero” puede leerse como la alegoría de la decadencia de todo un país, “aunque el propio Onetti lo negara”, como recordó Cristina Peri Rossi, una vieja amiga del escritor, que evocó también los tiempos en que, cuando la mujer de Onetti –ella era violinista en la orquesta sinfónica de Madrid– se iba a los conciertos a tocar, su esposo se quedaba triste y quejoso: “Viste, ya no me quiere, se va”. “Pero Juan Carlos –le replicaba Cristina–, ¡si es para ganarse el pan del que vivís los dos!”.
–El perro tampoco me quiere.
–¡Pero qué dices!
–El perro la quiere a ella más que a mí.
El escritor y periodista Ignacio Vidal-Folch destacó de Onetti (premio Cervantes 1980) “su sustrato religioso y cristiano, aunque sin fe. Para él, como para los cristianos, vivir es irse ensuciando, el mundo es un momento de degradación donde la pureza sólo se da en la adolescencia. En uno de sus cuentos, un joven le predice a un adulto, que tiene unos 35 años, que no se casará con su hermana, mucho más joven que él, porque ya es ‘un hombre hecho y, por tanto, desecho’. Y, efectivamente, la profecía se cumple. La sutil venganza es esperar que el joven también se vaya ensuciando”.
El gran público conoce a Onetti, sobre todo como aquel escritor que escribía desde su cama. Vidal-Folch explicó que “un día se dijo: ‘Si mi maestro Valle-Inclán escribía en la cama...’ Y se encamó, se pasó unos treinta años entre sábanas, convertido en pura literatura. Redujo sus funciones vitales a leer, escribir y beber. Incluso el perro se extrañaba de verlo de pie y le mordía el pijama para que volviera al lecho si se levantaba”. Sin embargo, como recordó Pere Gimferrer, “la vida claustral de Onetti no sólo no empañó su escritura, sino que la acrisoló, le dio sus obras más intensas, algo inusual en alguien de su edad”.
Onetti siempre se declaró enemigo del concepto de literatura comprometida: “Creo que no hay más compromiso que el que uno acepta tácitamete cuando se pone a trabajar o jugar. Es un compromiso con uno mismo. Se trata siempre de escribir lo mejor que nos sea posible”. En 1987, declaró a este diario: “Escribo porque a Onetti le gusta escribir. Nada más. No hay mensaje. Es una tristeza y una pobreza...” Seix Barral también publicará “Los adioses” y “Juntacadáveres”, el año que viene, y “La vida breve” y “Para una tumba sin nombre” en el 2004.