Réquiem por Onetti y otros recuentos

Moira J. Bailey

Inmortal Onetti
Hoy (30 de mayo) se cumplen 10 años de la desaparición del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti. “Pasá, querido, perdoná que te reciba en estas condiciones pero así es la muerte. Te confieso que hace tres años que estoy en cama y no me he mirado al espejo”. Sus atormentados pulmones y una obsesión suicida por el tabaco lo tenían postrado. Rompiendo su costumbre de no dar cabida a críticos o a periodistas, en 1991 recibió con estas palabras —vistiendo un pijama a rayas y una melena blanca que le cubría la calvicie delantera— al chileno Sergio Marrás, quien buscaba hablar de un tema tan altamente literario como exageradamente prosaico: la veracidad de la existencia de América Latina.

Onetti se lo esperaba, esperaba la muerte con gran curiosidad, había convivido demasiado con ella como para no advertir su cuidadoso acecho; pasó sus últimos años, como muchos de sus personajes, viviendo como muerto.
En esa charla, que fue una de las últimas declaraciones públicas, Onetti se refiere al continente como a un cuento chino, y no hace sino confirmar lo que siempre fue, un poseso de la inquietud y la desesperanza constantes, un hombre triste, pero que en un rincón oscuro esperó siempre que la vida sacara al último momento algo de la manga que lo pudiera desconcertar, siquiera por un instante.
Sus opiniones son lúcidas y lacónicas, algo atormentadas. “Soy más pesimista que nunca”, declara al referirse a América Latina, cuya transformación, de tan lejana, le parecía imposible.
Onetti vivió el mundo en todos sus sentidos, en todas las formas posibles, con él murieron no sólo un escritor o un filósofo prominente, sino también un brujo que ocupó en lugar central del siglo XX. Un hombre que conservó en su corazón toda la embriaguez concebible, para vertirla después a la escritura, a la vida. Un hombre entregado del todo a su pasión por las palabras e inmerso en los males del tiempo que le tocó descifrar.

El mejor de Latinoamérica
A diez años de su muerte mantiene lectores en todas las lenguas y no falta quien lo considere el mejor autor latinoamericano. Además Onetti inspiró a artistas de otros géneros, Silvia Varela dibujó el Onettion y recientemente Diego Legrand compuso una pieza musical llamada El Pozo.
No son muchos los escritores que han sabido crear un mundo novelesco con características propias, en el que la ficción establezca una realidad autónoma. Santa María es un mundo en sí mismo, es más onmipresente que Comala, mucho más crudo que Macondo. Es un pueblo verdadero de La Plata, con personajes también verdaderos que podrían vivir sus desventuras en alguna otra esquina del mundo. Onetti tomó un camino y lo siguió hasta el infinito.

La luz en la oscuridad
Eladio Linacero, aquel periodista taciturno y solitario que camina sin rumbo en las noches, vive en El Pozo una aventura muy parecida a la vida de su creador. Onetti oculta su personalidad, parece esconderse y guardarnos algunas trampas, pero no deja de estar reflejado siempre en algunos de sus hijos, no logra nunca desprenderse de ellos, ellos son parte de su persona. “En cualquiera de sus novelas, sucede que hay algo que no puede dejar de percibirse; es un aire, un jadeo, la presencia inconcreta de quien inventó los personajes, un animal sufriente que ronda detrás de cada frase, poderoso, sensible, derrumbado”, dice Carlos Maggi. Pero en sus personajes oscuros aparece una luz, una tendencia hacia el sueño o la idealización. Se saben oscuros y postergados, pero encuentran un refugio en los laberintos de su conciencia.
Y es el mismo Linacero quien se nos va presentando con otros nombres en muchas de las novelas. En El Pozo se percibe ya con una fuerza muy intensa la soledad radical en la que vivirán todos sus personajes, y se vislumbra así esa vocación de solitario que lo ha mantenido tercamente al margen de grupos, generaciones, revistas, escuelas etc., en estricta soledad, ni siquiera con el rostro frente al espejo.
Es su soledad tan radical que en los monólogos se expresa lo más importante, aquello que delata la verdad del personaje, mientras el diálogo muestra muy poco de los deseos o pensamientos y generalmente se usa para lo que no importa demasiado que es lo social.
El ámbito exterior, inclusive al describir Santa María, es un simple contenedor de lo interior y resulta superficial detenerse en él. Onetti nunca habla de la naturaleza, siempre nos muestra habitaciones cerradas o lugares sin luz. “Es la persona más luminosa que he visto —había dicho Barcalá en Para esta noche— y esa necesidad de estar siempre en la oscuridad”. Más tarde moriría como murió, en un hospital de España, de espalda a la ventana, manteniéndose hasta el final como un valiente explorador del fracaso.

Un pasado que quema, quema
Como sucede con muchos autores contemporáneos, los personajes en Onetti viven únicamente el , no tienen siquiera curiosidad por lo que vendrá. Pero una diferencia crucial es que en Onetti los personajes sí tienen pasado, un pasado que los quema, los deja marcados para siempre. Ésta es una de las huellas más importantes que William Faulkner, su padre y maestro mágico, dejó en él como una trascendental característica narrativa. En subúsqueda de conductas humanas que se den en situaciones extrañas y alejadas de la lógica formal, Onetti se apoya siempre en imágenes desordenadas que vienen constantemente desde atrás, en una especie de capricho mental, dejándonos en cercano contacto con diversas etapas de evasión como el sueño o la locura, que requieren de imágenes y fantasmas, de combinaciones que no se hacen posibles en el mundo de los hechos reales.
En Onetti todas las mujeres tienen una habilidad especial para deambular por mundos ajenos a los propios, y para unir las formas claras a las oscuras. Todos los personajes femeninos viven cargados de una rareza intrínseca, son concebidos con una constitución mental laberíntica y caótica. Acceden al sueño, a la fantasía, para salvarse, pero el precio que tienen que pagar por ello es a veces la muerte (Un sueño realizado), o la locura (Para una tumba sin nombre).

Hombres apagados
Los hombres onettianos, en cambio —a excepción de Larsen en La vida breve— son apagados y su vida no tiene hacia dónde avanzar ni retroceder; es ahí donde la locura de las mujeres hace que ellos sigan viviendo. Esta locura acarrea consigo una interminable sensación de vacío, es vacía en sí misma, porque la presencia de imágenes no ofrece en realidad más que fantasmas rodeados por la noche, figuras marcadas en el rincón del sueño, separadas de la realidad sensible.
Así vivió su largo camino, novelas excepcionales, cuentos tan magníficos como poco difundidos y largos intervalos entre libro y libro. En 1987 publicó su penúltimo relato, Cuando entonces.
En él, en dos pequeños capítulos (Donde Magda es nombrada y donde Magda es amada) en un profundo monólogo hecho de recuerdos desagradables, Lamas reconstruye aquella escena en la que aparecería la persona cuya sombra invadiría el resto de sus días y describe el momento en el que Magda lo eligió entre tantos hombres sin nombre, en la sofocante atmósfera de un prostíbulo, para iniciar un duelo tácito, interminable y ridículo.
Tres años más tarde apareció una novela magistral que sería la última. Cuando ya no importe. En ella reúne sus preocupaciones constantes de un modo sorprendentemente sintético. Al leerla confirmamos una vez más el gran escritor que supo ser y la integridad con la que logró entregarse a sus pasiones, a su trabajo. Onetti, sin quererlo, se hizo inmortal antes de desaparecer. Hasta siempre, Juan Carlos.