La poesía de lo sórdido en la narrativa de Juan Carlos Onetti

Antonio Clemente Bonilla

En estos tiempos de inflación literaria, muchas veces he pensado el motivo o causa de la excelencia de la obra de Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909-1994). Que es un grandísimo escritor, genial como pocos (premio Cervantes 1980), resulta casi obvio decirlo (aunque siempre existen anteojeras morales o ideológicas), y, sin embargo, creo que esta magnífica capacidad de escritor conlleva, necesariamente, algo más para trascender la literatura. Hace falta algo más. Oigamos, ante todo, a Juan Carlos Onetti: "El diminuto cariño que se siente por la gente que nos acompaña en la cola infinita y paciente del cine los sábados por la tarde". La mirada literaria de Onetti es una mirada, bondadosa, que observa desde el otro lado de las cosas, acompañado por la soledad y la clarividencia; penetrando en el centro mismo del sentido último de éstas, revelándonos la vida y la ternura en esplendor del detalle mínimo: "Estaba loco y a veces pensé que era una locura sexual. Verla, bastaba; oler un pañuelo olvidado, bastaba; entrar al baño después que ella había salido, bastaba." Así, por tanto, creo que la literatura de Onetti es una literatura de bondad humanista, más allá del sentido de su obra en la literatura universal, y en la literatura hispanoamericana en concreto (padre de la novela hispanoamericana del siglo XX con "El pozo" (1939), Onetti inaugura la novela moderna. Esta novela da paso cancela la fascinación por la naturaleza y el bucolismo en la novela regionalista y rompe con el indigenismo de "La vorágine", "Leyendas de Guatemala", "El mundo es ancho y ajeno" al drama universal del hombre, la soledad absoluta en cualquier ciudad contemporánea, el desarraigo sin sentido (Onetti creó la ciudad de Santa María, ciudad inventada para recrear un Montevideo legendario y mítico: y aquí hablará del único tema que le interesa: la aventura del hombre), creo que es una literatura de una consciente piedad hacia el ser humano, una literatura viva y necesaria, ajena a cualquier moda. Es una literatura menos atenta a los hechos argumentales (las novelas de Onetti son de ritmo lento , pausado, confiriendo a lo relatado una atmósfera de ambigüedad, ayudándose de datos escondidos y sobreentendidos; pues la novela ya no es un espejo apostado a lo largo del camino sino un camino a lo largo del espejo, que, desgraciadamente, está hecho pedazos y el lector debe recomponer) que a adivinar lo que se oculta debajo de los mismos. La literatura de Onetti es una literatura de gestos, apariencias, atuendos, signos a primera vista insignificantes que jalonan la trama otorgando a la narración una suerte de rompecabezas de la existencia humana. Una literatura que, finalmente, retrata el alma de los hechos. Onetti tiene la inusitada facultad para definir la más honda sensación o el más íntimo sentimiento con la lucidez de unas cuantas palabras en una frase sencilla que no simple: "Si mi edad no fuera ya una forma definitiva del ridículo". Onetti, escritor que mantiene una relación con la literatura de amante perpetuo pero intermitente, nos hace ver cómo se debe afrontar el hecho literario, la ficción novelesca. Alejarse de estilos, modas, prestigios, popularidades, etcétera; lo importante es ser honesto con uno mismo y escribir lo que uno cree que debe escribir. Por tanto, vida y literatura, literatura y vida, inextricablemente unidas, que acaso sean lo mismo: "Toda la ciencia de vivir está en la sencilla blandura de acomodarse en los huecos de los sucesos que no hemos provocado con nuestra voluntad, no forzar nada, ser, simplemente, cada minuto." En efecto, ahí, creo que radica el arte literario de Onetti, su capacidad para decir las cosas exteriores desde dentro, es decir, contar la interioridad de las cosas mediante la acción exterior de los personajes, sacándolas afuera: en el cómo mira un personaje una habitación, en el cómo abre una puerta, en el cómo se sienta, en el cómo habla o medita o imagina; toda acción externa dotada del significado interior del alma humana perdida, del alma humana que busca y busca su ser. Saber encontrar en lo mínimo la presencia de lo máximo, el valor trascendente del ser humano. Onetti mira las cosas cosas largamente, mira a los personajes y sus mundos íntimos, largamente, dulcemente, y, de pronto, se nos vuelven, cosas y personajes, vitalmente interesantes, y ya forman parte de nosotros mismos: "Para mí, decir la verdad es imposible; los hechos desnudos no significan nada. Lo que importa es lo que contienen o cargan; y después averiguar qué hay detrás de esto y detrás, hasta el fondo definitivo que no tocaremos nunca." En definitiva, Onetti nos propone que el creador de verdad tenga fuerza de vivir en solitario y de mirar dentro de sí: "Quien escribe por necesidad debe buscar dentro de sí, que es el único lugar donde puede buscarse la verdad y todo ese montón de cosas cuya persecución, fracasada siempre, produce la obra de arte. Fuera de nosotros no hay nada, nadie. El artista sólo podrá expresarse con una técnica nueva, aún desconocida. Quizá nunca la alcance, pero será suya. No podrá tomarla de ninguna literatura ni de ningún profesor, no podrá ser conquistada fuera de uno mismo, porque es intransferible, única, como nuestros rostros, nuestro estilo de vida y nuestro drama"; sin engañarse, comprometerse con la condición humana, y contar de verdad la historia de su alma, que será la de nuestras almas. Cantar y contar la soledad y el dolor del ser marginal por destino loco, cantar y contar un mundo de rutina, hastío y sin sentido, malentendido que llaman vivir o su sombra, al tiempo que el lector es modificado por medio de la liberación que le proporciona el encuentro con la verdad de nosotros mismos. De todo ello, se deduce su hondo respeto por la vida, por los seres humanos que la pueblan y la hacen, el oficio de vivir y sentir con palabras, porque algunas cosas hay que vivirlas para saberlas, porque el corazón no muere cuando uno cree que debería, y porque estamos solos y hoy la rebeldía es una forma de soledad. Onetti nos narra la épica de la marginación del hombre derrotado por su existir en un mundo sin fe y sin sentido. Utilizando el monólogo interior a través del fluir de la conciencia de sus personajes, refleja un mundo de recuerdos, sueños , fantasías, una vida absurda; empero, como escapatoria, el hombre de sus novelas busca algún sentido a la existencia en el amor, el odio, la venganza o la muerte. Entonces, los personajes sueñan este amor, este odio, la venganza o la muerte, y la convierten en realidad novelesca. Esta huida de la realidad es la única escapatoria que le resta al hombre marginado, acabado, no sólo económica y socialmente, sino marginado por su propia soledad y la angustia metafísica en un mundo sin Dios (Nietzsche). La novelística de Onetti es una larga metáfora sobre lo azaroso y lo ambigüo que conforma la existencia: "Otras veces creí haber encontrado la felicidad. Pensaba haber llegado a un escepticismo casi absoluto y estaba seguro de que me bastaría comer todos los días, no andar desnudo, fumar y leer algún libro de vez en cuando para ser feliz. Eso, y lo que pudiera soñar despierto, abriendo los ojos en la noche." Porque Onetti sabe que la novela da constancia de que la realidad puede ser de otra manera, que la literatura sirve para descubrir al hombre y a la sociedad que nada empieza y acaba donde parece que empieza y acaba (ni siquiera los propios sentimientos), y esta reflexión es por sí misma un vehículo de progreso y libertad. Y no puede ser de otra manera, pues Onetti ha tomado buena nota de las palabras de su admirado maestro, William Faulkner, que pronunció en su discurso al recibir el premio Nobel: "Creo que el hombre no sólo perdurará sino que prevalecerá. Es inmortal no porque sea de todas las criaturas la única que posee una voz inextinguible, sino porque tiene un alma, un espíritu, capaz de compasión y de sacrificio y esperanza. El deber del poeta, del escritor, es escribir sobre estas cosas. Su privilegio consiste en la ayuda que pueda prestar al hombre para que perdure, elevando su corazón y recordándole qué es el valor, el honor, la esperanza, la dignidad, la compasión, la piedad. La voz del poeta no tiene por qué ser un simple testimonio del hombre, sino debe constituir también uno de los puntales que le ayuden a sostenerse y a prevalecer." William Faulkner (uno de los más influyentes de los grandes novelistas del siglo XX; recoge la técnica del monólogo interior que utilizó magistralmente James Joyce ("Ulises") y utilizó con genialidad en "El ruido y la furia" y "Mientras agonizo"), al igual que Onetti, creó un espacio mítico y de leyenda, el condado imaginario de Yoknapatawpha, donde concentró toda la pena del mundo, y luchó para alcanzar el conocimiento último del corazón humana y la verdad: un maestro que supo convertir la brutalidad en una cualidad poética. En Onetti, tanto como en Faulkner, sus novelas están pobladas por el fatalismo, por el sentido de culpa, por delitos, por la sordidez en ese mundo de drogas, borrachos, prostitutas, sin caer en moralismo ni complacencias. Onetti admiraba de Faulkner su estilo, ese afán de decirlo todo, aunque sea imposible y también coinciden en que unas novelas encajan en otras, los personajes se repiten (Larsen, apodado Juntacadáveres, el doctor Díaz Grey, Medina, Jeremías Petrus y el dios Juan María Brausen). La pasión amorosa en Onetti y sus intentos de ser otros, inventados, soñados por uno mismo, para sobrevivir, como en sus cuentos y novelas: "Un posible Baldi"; "Bienvenido, Bob": "Pero usted es un hombre hecho, es decir, deshecho, como todos los hombres a su edad cuando no son extraordinarios"; o la novela "La vida breve" (obra maestra absoluta: búsqueda de la identidad, parábola de la mediocridad, narración de la invención de vidas efímeras, fundación de Santa María: "Pero yo tenía entera para salvarme, esta noche de sábado -habla Brausen-, estaba salvado si empezaba a escribir el argumento para Stein, si terminaba dos páginas, o una, siquiera, si lograba que la mujer entrara en el consultorio de Díaz Grey y se escondiera detrás del biombo; si escribía una sola frase, tal vez". Y como únicas armas, la ironía y la piedad, viviendo muchas vidas distintas, las vidas breves. "Retorcer los alambres de un recuerdo y darle la vuelta, colores adecuados, plantarlos encima de un mueble o una charla. Tal vez todo tipo de existencia que pueda imaginarse debe llegar a transformarse en un malentendido. Tal vez, poco importa." Vivir al cabo, sólo vivir y escribir, pero sabiendo que sólo esto es lo importante, para Onetti-escritor y Onetti-hombre: dos Onettis posibles: Onetti personajes, varado en la cama, sin levantarse, escribiendo, leyendo y bebiendo whisky, ante la presencia consoladora de Dolly, su mujer. Y Onetti todo ello nos lo condimenta con su arte literario: los incisos, las elipsis, los silencios que se reflejan en un juego de espejos y permiten la reconstrucción final del conjunto. Onetti elige un universo autónomo, grávido de sentido, hermético, subyugante, poblado por criaturas desoladas, fuertes en su debilidad, seres sombríos, gentes malditas, contrafiguras de todo heroísmo, de toda visión consoladora, el fracaso hecho categoría, la frustración convertida en el único destino de los hombres. "Mentir se parece a la cama porque al principio es una vergüenza y después empieza el gusto de hacerlo." O: "Escribir es una felicidad, la mentira de la verdad. Siempre he tenido la sensación de que escribiendo uno está agarrado a la cola de la vida ". O, también, "Escribo para librarme de los remordimientos de no escribir." Onetti, nuestro querido Onetti, en su casa de Madrid de las Américas, varado en una cama chirriosa de hospital, frente a la pared blanca, con un cigarrillo a medio consumir entre los dedos encallecidos de escribir sobre el miedo que anida dentro de todos nosotros, ensayaba la muerte. Y llegó el día del estreno, ante un patio de butacas vacío. Y cayó el telón de la vida y no hubo aplausos. Y Santa María, aún hoy está de luto y rinde, perennemente, un adiós infinito a Onetti. La obra de Onetti nació en un momentos de sueños y ruinas, y si bien hasta entonces sólo Roberto Arlt había hablado violentamente, aceradamente, contra esas ruinas y sueños quebrados de la vida alienada y neurótica de la gran ciudad, Onetti, con esa lujuria verbal que caracteriza todos sus escritos, continúa ese camino abierto por Arlt (prologa la edición española de "El juguete rabioso"), estrechando los lindes del compromiso en novelas inconcebiblemente adultas. Aunque las manos purulentas y grasientas de la injusticia y el poder yugularan la escasa libertad del hombre, Onetti defendía las causas perdidas, construía la epopeya de esta marginación, día a día aun sin escribir, en un largo poema de amor hacia los vencidos, con una mirada compasiva y cruel, dolorosa y combativa. Relatos u novelas se fusionan en un todo homogéneo y abigarrado:"El pozo" (1939), "La vida breve" (1950), "Los adioses" (1954), "Para una tumba sin nombre" (1959), "El astillero" (1961), "Juntacadáveres" (1964), "Dejemos hablar al viento " (1979), "Cuando entonces" (1987), "Cuando ya no importe" (1993), y tantos y tantos cuento magistrales. Ene estas novelas engarza y abunda con su recuerdo del infierno, con sus fijaciones, con sus sempiternos personajes, con su mítica ciudad, con esa capacidad de crear de un solo trazo, con un adjetivo al desgaire, o mediante una imagen, sumergir al lector en una atmósfera desgarrada e inolvidable, todo aliñado con los meandros faulknerianos muy de su gusto. La mirada de Onetti hacia el tiempo perdido se configura como un Proust de coraje ético y estético inigualable, que tiende sus redes de recuerdos sobre un mundo recién inaugurado y ya decrépito. Esos mundos soñados, herméticos, opacos, en los cuales el lector que penetra ya nunca más logrará desasirse de su influjo y hechizo, que ahondan en el conocimiento humano. El elemento o tema sustancial es la honda alineación del hombre frente a la realidad y frente a sí mismos, la soledad y el fracaso. Tal que robinsones de uno mismo sin botella posible que lanzar al mar. De nuevo, Juan Carlos Onetti regresa a Santa María y, ahora nosotros, a pesar de todo, sólo tenemos que empezar a leer de nuevo para estar con él. Terminemos con unas palabras de un joven académico, Antonio Muñoz Molina, confeso discípulo del maestro Onetti, que al igual que éste, creó una ciudad mítica, Mágina, en novelas como "Beatus Ille", y "El jinete polaco", donde coinciden el desarraigo, la soledad, los recuerdos punzantes, con una utilización de los adjetivos precisa y cruel, con temas como la memoria y la invención que tanto deben a su maestro: "No he conocido a nadie, dice Muñoz Molina, en estos tiempos miserables, que se le aproximara en su incorruptible amor a la literatura, en su radicalismo moral. Pero su integridad no lo convertía en un predicador, del mismo modo que ni su cautiverio ni su destierro le convirtieron en un mártir: estaba tan dotado para la ironía como para el desprecio: ahora yo prefiero atestiguar su generosidad. Los libros de Onetti me han servido para comprender lo que estaba fuera de los libros, para conocer la ternura y tener miedo de la desolación. Leer a Onetti no es difícil, según dice una superstición idiota: tan sólo exige lo que debería exigir siempre una lectura, una atención incesante, un ensimismamiento que cancele cualquier otro acto, que suprima el mundo exterior. Aprenderemos a descubrir sentimientos inéditos, estados de ánimo que formarán parte del repertorio común de nuestra vida: conoceremos la dulzura triste, el desengaño ilusionado, la compasión cruel, los placeres de la mentira y las potestades furiosas de la verdad." Hagamos caso a Muñoz Molina y recuperemos a Juan Carlos Onetti, porque no leerlo nos privaría de, acaso, de uno de los inigualables placeres de la vida, como decía el propio Onetti: "Para mi escribir o leer es un acto de amor y sin eufemismos. Hay tres cosas que me han sucedido, me suceden, que tiene similitud: una dulce borrachera bien graduada, la lectura de un buen libro, hacer el amor, ponerme a escribir."