Santa Maria

Francisco Dorado Cuenca

“El médico vive en Santa María, junto al río. Sólo una vez estuve allí, un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río. Sé que hay junto a la ciudad una colonia suiza (…). Yo veía, definitivamente, las dos grandes ventanas sobre la plaza: coches, iglesia, club, cooperativa, farmacia, confitería, estatua, árboles, niños oscuros y descalzos, hombres rubios apresurados; sobre repentinas soledades, siestas, y algunas noches de cielo lechoso en las que se extendía la música del piano del conservatorio”.
Juan Carlos Onetti; La vida breve.
                                                               
El mito (entendido como “un relato de algo fabuloso acontecido en un pasado remoto e impreciso”), que ha acompañado al hombre desde su origen, surge como respuesta tranquilizadora al problema existencial humano del caos, fijando la esencia de una estructura de lo real. Frente a la creencia común de que el mito ha sido relegado o desplazado por el pensamiento racional (paso del “mito” al “logos” en la filosofía griega), es, sin embargo, el que abre terreno a la ciencia desde una precomprensión sin la que ésta no sería posible.

Una ciudad mítica es una respuesta concreta a una angustiosa pregunta; frente a la necesidad de seguridad, el hombre crea un eje de coordenadas espaciales arquetípicas, un recinto cerrado (uniendo la dimensión ontológica y ética) con el que abordar y ordenar el caos aparente del universo. Dichas ciudades se vienen escuchando desde la antigüedad y aún resuenan en todo su esplendor simbólico: Troya, Roma, Jerusalén... Aunque muchas hayan existido históricamente, son algo más que estados u organizaciones políticas; de alguna manera se trata de ciudades inventadas, representan diferentes maneras de enfrentarse colectivamente al mundo, de comprenderlo, o en términos fenomenológicos son distintas “aperturas de sentido de lo que hay”.

Es éste el marco conceptual desde el que podemos analizar las ciudades aparecidas en la literatura latinoamericana desde mediados del siglo XX, que aunque históricamente tengan su origen en la herencia de Faulkner y su condado de Yoknapatawpha, no son (Yoknapatawpha también) sino horizontes desde los que comprender su propio mundo. Retratan, como hemos dicho, no sólo un espacio, un paisaje, sino una manera de ver y de existir, una cosmovisión. Mediante la respuesta a la angustiosa pregunta ponen un nombre a lo que hay, tratando de extraer y acotar en su caso la esencia de lo latinoamericano. Podemos ver este sentido tanto en los cuentos de Rulfo –en Comala-, como en la más popular novela de García Márquez –en Macondo-, y cómo no en Santa Maria, la ciudad mítica del autor uruguayo Juan Carlos Onetti.

La problemática relación mito-realidad (en literatura este debate se conoce más bien como la relación entre literatura y vida) queda codificada no en que el primero imite o retrate a la segunda, sino al revés: es desde el mito desde donde se comprende la realidad, desde donde se la aprehende.  Gracias a la capacidad creadora de mitos se puede, sin que suene demasiado fuerte, vivir. Latinoamérica se debate entre la modernidad, los restos y repercusiones del colonialismo y su antigua identidad indígena, por lo que se encuentra en un permanente estado de crisis -tanto política como espiritual-, de desfondamiento y de pérdida de valores. El impulso de estos autores no es sólo el de retratar esta realidad desde un punto de vista crítico -que también-, sino el de ofrecer  (y ofrecerse) un asidero desde el que comprenderla ( nunca desde el que justificarla).

La realidad que trata de sintetizar Onetti es la de la experiencia del desarraigo de una sociedad que ha sido acelerada en su urbanización, golpeada, por así decirlo, por una modernidad tecnológica sin haber experimentado una democratización a la misma vez; una sociedad que ha perdido sus raíces, que se ha quedado sin una narración histórica identitaria, un mundo sin Dios, sin pasado. Éste es el punto de partida y el de llegada de la obra de Onetti, la materia de la que se nutrirá para hacer su literatura -“lo que pretendo hacer es narrar la aventura del hombre”-, la aventura dentro del sinsentido que es, según Onetti, la vida. Es ese sinsentido y esa fatalidad pesimista de Onetti la que queda cifrada en su imaginada Santa Maria y, aunque parezca paradójico, la que surge como asidero y respuesta a la originaria pregunta del sinsentido de la existencia. Onetti da un giro más.

Una de las características principales de toda narración mítica es que en ella aparece un pasado remoto e impreciso incluso más real y significativo que la misma Historia, o que la misma realidad que se intenta representar (la realidad y la Historia mismas son posibles gracias a la apertura que realiza el mito). Santa Maria cumple sin escrúpulos este requisito: es una ciudad inventada por alguien concreto -Brausen, personaje principal de la saga-, para un guión cinematográfico, pero a la misma vez la realidad ficcionada de la ciudad cobra vida frente al propio creador (recurso similar al de Niebla, de Unamuno). Los personajes hablan del fundador (en Santa Maria hay una plaza con una escultura de Brausen), e incluso le rezan. Todo esto va creando un ambiente de fantasmagoría y de desdibujamiento de las fronteras entre realidad y ficción. El mismo Brausen pone a Díaz Grey (personaje creado por él) en esa ciudad porque hubo un día en que fue feliz allí, por lo que la intemporalidad y realidad de Santa Maria quedan aseguradas en este juego cervantino. ¿Qué es lo que configura una ciudad? Onetti lo sabe muy bien: la suma continua y mezclada de las historias que medio sucedieron y medio inventaron aquellos que pasaron por ella, donde las verdaderas referencias, los hechos, no son sino meros resortes en los que éstos se apoyan para dar sus versiones intencionadas o puntos de vista. Dios se ha ido de la escena y con él la posibilidad de una narración completa, total, del sentido de todas las cosas.

El hecho mismo del nacimiento de Santa Maria en manos de Brausen (para un guión cinematográfico) bebe de las  fuentes de lo mítico, ya que es la única salvación (de la desgracia, de sí mismo, de su vida, de la derrota existencial que queda simbolizada en el hecho de que a Gertrudis, su mujer, le hayan cortado un pecho) que le queda, la de crear y recrear la ciudad de provincias y sus personajes (el médico que vende drogas y Elena, la chica que se desnuda en su consultorio). La respuesta a la angustiosa pregunta del sinsentido en la obra de Onetti no es optimista ni esperanzadora; al contrario, Onetti crea una cosmovisión fatalista en la que más que tratar de responder al sinsentido lo que intenta es acotarlo, ponerlo al descubierto en carne viva. Representando una ciudad, inventando sus gentes, sus costumbres, etc. permite liberarse y aferrarse a un algo, a algún malentendido, como diría Onetti, antes que caer en la Nada absoluta, pero siendo también de alguna manera fiel a ella. El mensaje que intenta transmitirnos Onetti en sus obras es, en palabras de Benedetti, “el fracaso de todo vínculo, el malentendido de toda la existencia”. El Hombre está condenado a la derrota siempre.

¿Dónde se encuentra la salvación, el alivio, la respuesta… si Santa María es a la vez el lugar donde ocurre la “estructura esencial” del sinsentido? En un mundo donde no hay Dios, no hay ya apenas Sujeto, no hay un para qué, una utopía, "lo único que queda por hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés, sin sentido, como si otro (o mejor otros, un amo para cada acto) le pagara a uno para hacerlas y uno se limitara a cumplir en la mejor forma posible, despreocupado del resultado final de lo que hace. Una cosa y otra cosa, ajenas, sin que importe que salgan bien o mal, sin que importe qué quieren decir. Siempre fue así: es mejor que tocar madera o hacer bendecir; cuando la desgracia (por el sinsentido) se entera de que es inútil empieza a secarse, se desprende y cae".

Su salvación, la del hombre Onetti ha sido la de crearnos una de las mejores sagas literarias del siglo XX y darnos a conocer una forma de autenticidad dentro de este mundo en crisis en el que nos encontramos. Nos ha ofrecido un modelo exacto de cómo vivir en el sinsentido, que me recuerda a un magnifico western –“Los siete magníficos”- , en el que uno de los personajes pregunta a su compañero que  por qué se juegan la vida ayudando a otros si no van a recibir  nada a cambio; el compañero responde como lo hubiera hecho el Larsen de “El Astillero”, u Ossorio, o Risso en “El Infierno tan temido”, o el mismo Onetti: “¿es que tenemos algo mejor que hacer?”.

Bibliografía:
- Onetti, J. C: La vida breve. Ed. Sudamericana; Buenos Aires, 1950.
- Onetti, J.C: La cara de la desgracia. Ed. Alfa; Montevideo, 1960.
- Onetti, J.C: El astillero. Ed. Fabril; Buenos Aires, 1961.
- Onetti, J.C: “El infierno tan temido” y “Esbjerg en la costa” en Cuentos completos. Ed. Alfaguara; Madrid, 1994.
- Benedetti, M.: “Tres lecturas de Onetti” en La realidad y la palabra. Ed. Destino; Barcelona, 1991.
- Ferrater Mora, J.: Diccionario de filosofía. Ed. Edhasa; Barcelona, 1996.