El creador entre las ruinas: Juan Carlos Onetti (1909-1994)

 Peter Elmore

Se cumplen diez años de la partida de Juan Carlos Onetti, uno de los máximos artífices de la novela latinoamericana, poseedor de un universo escéptico y desencantado que nos legó obras maestras como Juntacadáveres, El astillero o Los adioses. Aquí una relectura de su obra.

El hombre que raras veces se levantaba de la cama parece un personaje de su propia literatura: durante los últimos años de su vida, Juan Carlos Onetti había reducido el espacio de su acción a un dormitorio en el cual cebaba un mate, dormitaba, concedía entrevistas (o silencios) y, en ciertas ocasiones, escribía. Nada hubo de pose o alarde en esa conducta, que se corresponde bien con la sensibilidad de quien es, sin duda, uno de los autores centrales de la literatura latinoamericana moderna.
La fama le sucedió a Onetti en los años 60, cuando el auge editorial y literario del llamado boom alentó el reconocimiento de autores que hasta entonces habían sido admirados solo por círculos relativamente pequeños de lectores en sus países de origen. En el Uruguay -y, algo menos, en Argentina- los lectores más lúcidos conocían y apreciaban, por ejemplo, la nouvelle El pozo (1939) o La vida breve (1950), pero las primeras ediciones de los libros de Onetti no solo fueron reducidas, sino que ni siquiera se agotaron.
Artífice de un mundo complejo y claustrofóbico, Onetti nadó desde sus inicios contra la corriente (o la resaca) de un regionalismo cada vez más epigonal y, en vez de producir la ilusión de documentar la realidad social, se volcó a registrar con neurótica y laboriosa minuciosidad las relaciones entre los órdenes de la experiencia y la imaginación: desde muy temprano, el gran motivo de su obra es el de la fabulación, el de la construcción de historias. Así, en El pozo, el narrador está poseído por un rencor tan intenso como reconcentrado contra el mundo que le ha tocado en mala suerte, pero del humus de la amargura brotan los recuerdos y las visiones con los cuales sobrelleva su enclaustramiento.
Sartre escribió, famosamente, que el hombre era una pasión inútil. Esa frase podría servirle de epígrafe al conjunto de la obra de Juan Carlos Onetti. Por ejemplo, Brausen, Díaz Grey y Larsen -personajes memorables que aparecen, recurrentes, en varios de los libros capitales de Onetti, como La vida breve, Juntacadáveres y El astillero- conciben proyectos e intentan ponerlos en ejecución, pero los habita algo más grave que la indolencia o la pasividad: es la sensación de lo absurdo o, lo que es lo mismo, la conciencia de que el mundo está huérfano de sentido. El encuentro de Onetti con los temas del existencialismo no se da por la vía académica, sino por una filiación literaria que se origina en Dostoievski -el protagonista de El pozo es, espiritualmente, un primo hermano del narrador y personaje central de las Memorias del subsuelo- y pasa por la obra del argentino Roberto Arlt, cuya tortuosa y expresionista representación de la alienación en la urbe moderna deslumbró al joven Onetti.
"Seguí caminando, con pasos cortos, para que las zapatillas golpearan muchas veces en cada paso. Debe haber sido entonces que recordé que mañana cumplo cuarenta años. Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza. Pero esto no me dejó melancólico. Nada más que una sensación de curiosidad por la vida y un poco de admiración por su habilidad para desconcertar siempre", afirma el narrador de El pozo antes de confesar, con una mezcla de autoironía y orgullo provocador: "Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo".
Si bien sería excesivo identificar al narrador de la ficción con el escritor, resulta obvio que se trata de un alter ego de este. La "curiosidad" y la "admiración" que la existencia suscita no se traducen, ciertamente, en optimismo ni en entusiasmo, pero es a partir de ellas que se justifica la práctica misma de la escritura. Onetti no es un nihilista precisamente porque, en medio de todas las ausencias, reivindica el poder de la creación y los fueros de la fantasía. Por muy desalentadora y estéril que parezca la existencia, el sujeto añade a ella sus sueños y sus fantasmas: después de la nietzscheana muerte de Dios, queda ese pequeño dios --el escritor- que es capaz de engendrar sus propios simulacros de vida y de sentido.
Onetti se ocupa, sobre todo, de las condiciones y los actos que hacen posible la literatura; de ahí que esta, en su caso, sea radicalmente autorreflexiva. En La vida breve, la más ardua y también la más notable de sus novelas, lo que se narra es la relación entre las criaturas y el creador: asistimos al proceso a través del cual un solo sujeto -Brausen- se multiplica en una trinidad opacamente blasfema.
Brausen se relaciona íntimamente con una vecina fingiendo ser otra persona, apellidada Arce, a través de la cual simula cuidadosamente un carácter distinto al propio; además, dentro del guión cinematográfico que redacta, se transmuta en el doctor Díaz Grey. Esas dos identidades inventadas cobran autonomía en el curso de la ficción, pues Brausen deja de ser el titiritero que maneja los hilos de sus creaciones. El yo es, al mismo tiempo, un ente vacío y múltiple; la identidad no se revela en un rostro, sino en una sucesión de máscaras. La coherencia del relato -como en otras novelas de Onetti- depende de un juego de simetrías, de los ecos y los reflejos que se advierten entre las distintas líneas argumentales o los varios planos del texto; depende, también, de una atmósfera -opresiva, viscosa- y de la unidad de un estilo que, magistralmente, consigue un peculiar efecto de sensorialidad y abstracción.
Ambiguo y seductor, el acto de contar es con frecuencia la materia principal de los textos de Onetti, precisamente porque ese acto funda una realidad. En el caso de Onetti, esa realidad textual tiene por nombre Santa María -que, como la Yoknapatawha de William Faulkner, es el orbe donde se entrecruzan, laberínticamente, las vidas de los personajes-. No deja de ser interesante notar que Santa María de los Buenos Aires era el nombre antiguo de la capital argentina, donde Onetti vivió en dos periodos, primero entre 1930 y 1934; luego, entre 1941 y 1945.
En todo caso, la Santa María de Onetti -o de Brausen, pues en El astillero (1961) un monumento conmemora a este como su fundador- es una ciudad espectral y decadente donde la comedia humana se vive bajo la forma del simulacro, como si la nostalgia exigiese la repetición casi ritual de aquello que existió antes de ese presente -postapocalíptico y casi posthumano- en el cual representan sus roles los personajes. Santa María es, de algún modo, como la Comala en la que transcurre Pedro Páramo, del mexicano Juan Rulfo: también ella es un lugar donde se congregan los fantasmas de la historia latinoamericana.
Narrar equivale, en las obras de Onetti, a fabricar versiones. Acaso la nouvelle que de modo más evidente ilustra esta idea sea Para una tumba sin nombre, en la cual se ofrecen varias perspectivas divergentes sobre la misma difunta, Rita, y sobre su funeral. Del mismo evento y de la misma persona brotan, proliferantes, historias que se refutan y contradicen entre sí. No es posible remitirse en el texto a una versión originaria y confiable, pues de lo que se trata es de poner en relieve la relación problemática -y hasta culpable- entre el narrador y su narración. La transparencia es ilusoria y tramposa, demuestra artísticamente Onetti, porque se sostiene en la falacia de un conocimiento objetivo, neutral y desinteresado. Saber e inventar, registrar y fingir, descubrir y conjeturar, conocer y desear no son verbos que designen operaciones contrarias, sino complementarias. El quehacer de la escritura, de la construcción de relatos, permite unir y mezclar todas esas acciones del intelecto y la imaginación en un mismo ámbito: el texto es un mundo mental.
El estilo de Onetti se distingue por su sintaxis intrincada, de extensos periodos en los cuales se prodigan, minuciosamente, tanto cláusulas adverbiales y frases relativas como enumeraciones morosas: el efecto es casi el de la suspensión del movimiento, como si los actos -banales o cruciales- de los personajes se tornasen densos y casi estáticos al pasar por el alambique de una percepción que es, al mismo tiempo, detallada y ambigua. De hecho, es la percepción, más que la peripecia, lo que cuenta en las novelas y los cuentos de Onetti. Aunque en las ficciones del autor uruguayo no falten anécdotas llamativas ni sucesos truculentos, la verdadera aventura que refieren es síquica y existencial: son los procesos internos de los personajes, los recorridos de su subjetividad, los que el escritor registra con un detenimiento a la vez frío y obstinado.
Lúcida y oscura a la vez, la obra narrativa de Juan Carlos Onetti permanece como uno de los horizontes de la literatura latinoamericana: a diez años de su muerte, Onetti tiene la vigencia de un visionario y la audacia de un experimentador. Eso se debe, acaso, a que su arte no buscó la novedad, sino que supo explorar en las profundidades de la conciencia y el deseo.