Marcello Figueredo
Es un alivio que en medio del tsunami de vulgaridad que ataca estas playas por aire, mar y tierra, el Centro Cultural de España venga de inaugurar, el jueves 31, una ambiciosa muestra dedicada al genio de Juan Carlos Onetti.
La iniciativa debería ser celebrada no sólo por los amantes de la literatura, sino por todo aquel que se declare enemigo de la chabacanería en alza. En momentos en que la sociedad uruguaya parece ceder irremediablemente a una degradación cultural de tres cabezas (la nueva ordinariez que tiñe discursos públicos y privados, la acostumbrada invasión de engendros foráneos, y peor, sus lastimosas imitaciones vernáculas) esta pequeña tregua de refinamiento merece ser saludada con entusiasmo.
Onetti: una larga confesión (tal el nombre de la muestra, en cartel hasta el 28 de mayo en Rincón 629) cierra un círculo iniciado en 1975 con el exilio del escritor. Por un lado, la odisea documental comandada por Hortensia Campanella y Dorothea Muhr pone a la vista manuscritos y otros papeles privados del autor, acompañados de una rica iconografía y una graciosa memorabilia, lo que permite al visitante codearse con el fantasma de un monstruo sagrado cuyos vasos, ceniceros y piyamas han tenido tanta o más prensa que sus libros.
Sin embargo, también es probable que este dilatado homenaje de dos meses oficie de estímulo para leer o releer sus páginas, aventura harto recomendable para todo aquel que quiera respirar aires adultos en un país que se ha vuelto tan, pero tan adolescente. Dicho sea de paso: el universo literario de Onetti, poblado por fracasados, viciosos, prostitutas y otros groseros de enorme hondura, deja a los transgresores de hoy en día a la altura de un jardín de infantes.
En cualquier caso, a 30 años de su exilio y casi 11 de su muerte, anticipándose al anunciado regreso de su biblioteca, la sombra del más grande novelista uruguayo vuelve a deambular por la Ciudad Vieja.
Aunque sería más justo decir que Onetti nunca se ha ido, nunca se ha muerto. Para regocijo y consuelo de sus lectores, su memoria siempre siguió viva en el viento que sopla y habla por Santa María, en los solitarios que fuman en un sitio cualquiera de la ciudad, en el hermoso cementerio marino donde siempre llueve. En el pozo en que vivimos.