Releíamos hace poco Construcción de la noche, libro que es mitad una biografía de Onetti escrita por Carlos María Domín guez y mitad una serie de entrevistas que le realizó a lo largo de 27 años la periodista María Esther Giglio. Y releyendo estas entrevistas nos llamó la atención una pregunta de género (sexual, no literario) que se repitió, con mínimas variaciones, muchas veces a lo largo de los años, al punto que, según nos cuenta Giglio, llegaron, tanto ella como Onetti, a parodiar este dialogo tantas veces repetido. Veamos un ejemplo, de la primera entrevista, en 1965:
MEG: Hay en su literatura amor en cualquier personaje femenino que no haya pasado la adolescencia y una invencible repugnancia por toda mujer madura (…) No conozco en su literatura una sola mujer madura que no sea un monstruo rapaz, ávido de bienes materiales.
JCO: Pero, no es verdad, no es verdad. Hablemos de alguien que está en La vida breve: Mami. Hecha con todo amor. Qué más amor que el que puede dar ella. Y la mujer de la casilla del perro en El astillero. Es un personaje lleno de ternura.
MEG: Mire ustd cuanto trabajo le ha dado encontrar dos ejemplos. Un escritor que tiene ocho libros. Libros llenos de mujeres.
Nosotros agregaríamos a esta lista, acaso, a la alemana de Plaza Congreso en El posible Baldi y a Ejberg, la de la costa. En cualquier caso, lo que nos resultó llamativo es que ni Giglio al preguntar, ni el mismo Onetti al responder, mencionaron algo que a nosotros nos parece notorio: que envejecer, o mejor madurar, es el infierno tan temido en la obra de JCO, sin distinción de géneros, que también los hombres ni bien entran en la vida adulta (no sé si usted tiene treinta o cuarenta años, le dice Bob al narrador del cuento que le da la bienvenida) se degradan y caen (un hombre hecho, explica Bob, es decir deshecho como todos los hombres a su edad, cuando no son extraordinarios).
Conseguimos, entonces, por medio de Eduardo Galeano, el teléfono de Maria Esther Giglio, y la llamamos para pedirle una dirección de correo electrónico para hacerle dos o tres preguntas sobre Onetti. Con, poco más poco menos, la explicación que acaban de leer, las preguntas fueron: ¿Ve usted realmente una diferencia en ese sentido, el de la degradación del alma, en los personajes de Onetti según sean hombres o mujeres? ¿Cuáles son los personajes masculinos que escaparían para usted a esta norma? ¿Serían más que los tres o cuatro femeninos mencionados más arriba? Como no tuvimos respuesta de la señora Giglio, les dejamos a ustedes, ahora, las preguntas que nos surgieron y la reflexión que nos llevó a ellas.