La pereza como virtud

M. L.

Juan Carlos Onetti tenía a la pereza por su mejor virtud. Vivió para escribir pero concibió su Santa María y los complejos personajes que la pueblan desde la cama. Una cama que se negaba a abandonar, según relató su viuda, Dorothea Muhr, Dolly Onetti, que trazó un retrato de su esposo con apenas unas pinceladas.
«Su lema era que le dejaran en paz. Su máxima felicidad: algo de güisqui y una novela policíaca que no hubiera leído. Su aspiración: vivir en cualquier parte, pero de rentas. Sus autores predilectos: Faulkenr, Proust, Céline, Dostoievski, Cervantes y Hemingway». «Murió con un libro en la mano y en la cama que se negaba a abandonar» dijo la esposa de este genial perezoso, que antes de entregarse a la escritura desempeñó diversos oficios: portero, mozo, vendedor, representante, periodista y crítico literario y cinematográfico, además de un capaz deportista que practicó el remo, el baloncesto y el atletismo.
Hortensia Campanella, amiga y confidente, contó como las vacaciones de Onetti consistían «en un viaje de una cama a otra». «Tomaba un taxi hasta el aeropuerto. Volaba. Tomaba un segundo taxi hasta el punto de destino y pasaba las vacaciones en la nueva cama». Le daba Onetti la espalda a los paisajes, por bucólicos o paradisíacos que fueran, y se encerraba en la habitación, de espaldas a la ventana y de cara a la pared, para meterse en sus mundos de ficción.
«Su pereza fue poblada e intensa», evocó su viuda, que mantiene aún el apartamento en el que Onetti murió en la madrileña Avenida de América y reparte su tiempo entre Buenos Aires y Madrid. En España pasó Onetti los últimos 20 años de su vida y aquí publicó su última novela, Cuando ya no importe, su testamento literario.