Juan Carlos Onetti: El vicio de la escritura

Nelson Marra

Repasando y repasando la vida y la obra de algunos grandes escritores llegamos a una conclusión personal, aunque quizá pueda ser perogrullesca, de que sólo se puede llegar a ser un gran creador en tanto la escritura sea concebida como un vicio. Entre esos «viciosos elegidos» se encuentra, casi con más derecho que ninguno, Juan Carlos Onetti, uruguayo y universal, rioplatense y universal, «faulkneriano», «celineano» y, sin embargo, más personal que nadie. Como puede apreciarse, me cuesta, y me resulta imposible considerarlo como un autor latinoamericano. Este último término conlleva, en su traducción europea o norteamericana, una atmósfera folklórica, criollista, exageradamente barroca, a la cual siempre han evitado Borges y Onetti.

¿Pero, cuáles son las claves de Onetti?, esas señas de identidad que lo distinguen y que se traducen en una desolación de base, en un nihilismo esencial, en la forma en que capta lo más terrible y angustiante que incluso puede conllevar el acontecimiento más puro y hermoso. De hecho podría haber, y hay, varias interpretaciones; desde las estrictamente existenciales a otras teñidas de una pátina sociológica. En cuanto a las más sociológicas recurro a una excelente biografía del escritor, publicada por Planeta Argentina y no distribuida en España, en la que se recuerda, refiriéndose a la primera etapa del creador: «Los tangos de Discépolo y de Cadícamo, el suicidio de Leopoldo Lugones en 1938, sumaban expresión a un mismo sentimiento de fracaso que por entonces embargaba a las clases medias del Río de la Plata, sumiéndolas en una doble moral, en un angustiado aquelarre de apariencias. De las debilidades de un mundo que se mostraba como no era y se comportaba como en apariencia desmentía, Onetti extraería la materia de sus historias con las que iba construyendo una manera personal de tomar la palabra. Escribir había comenzado a ser un vicio, una manía, una manera de la felicidad privada, indiferente a un destino profesional que, aunque alentado por la publicación de sus primeros cuentos, todavía se mantenía distante».

La otra clave «onettiana» es la que se refiere a su íntima voluntad literaria de construir un universo propio, difícilmente clasificable y enorme campo de cultivo de teóricos y ensayistas. Me refiero a la mítica Santa María, ese «Memphis» fronterizo y subdesarrollado, enclavado en algún lugar del Río de la Plata, que Onetti ha ido construyendo, maquillando y perfilando hasta alcanzar el máximo deterioro moral y político, desde su novela La vida breve hasta su reciente Cuando ya no importe. Allí han crecido, han madurado, se han podrido hasta límites insospechables, y hasta alguno se ha convertido en estatua, bajo la mirada severa aunque tierna e indulgente del escritor, aquellas criaturas que empezaron a ser concebidas en el año 1950: Larsen, Díaz Grey, Lanza, Petrus y sus hijas y otros referentes individuales que legitimaron el universo onettiano y le aportaron sus perfiles más crueles y desoladores. Ese universo es también escenario y reflexión sobre la soledad del hombre, sobre sus más íntimas miserias y claudicaciones, sobre la caducidad de la belleza, sobre la perversión de la pureza que se inicia en la adolescencia, sobre el eterno misterio de la vida y de la muerte. Santa María es, por último, fruto de la constancia y de la pasión, fruto de esa hora «que se lo roba al sueño o al trabajo», fruto de ese vicio por la escritura del que nunca podrá escapar un creador como Juan Carlos Onetti.