Borris Mayer
Mientras que las administraciones públicas y empresariales parecen haber solucionado el llamado «problema 2000», el mundillo literario corre el riesgo, vergonzosamente, de ni enterarse de su «problema 2000». Y eso a pesar de que la advertencia correspondiente se produjo hace nada menos que 35 (sic) años. A pesar de que los críticos no cesen de llamar a su autor «profeta». A pesar de las incontables veces que al correr de las décadas se publicara —merecería una mención en el Guiness Book of Records— la entrevista que suscitó la advertencia de Juan Carlos Onetti: «Espere hasta el año dos mil cuando se haga el revisionismo de Onetti».
¿Dónde está el problema? ¿Cuáles serían los efectos de no solucionarlo?
El problema radica en las implicaciones del hecho de que aquel año viene acercándose —al parecer con mayor velocidad que los anteriores— sin que sea perceptible siquiera una sombra del revisionismo «anunciado».
No es que esa inexistencia vaya a poner en duda la condición profética de Onetti, designación que él mismo, por su parte, como es sabido, rechazó repetidamente y la que no discutiré aquí.1 Lo que sucede es que la ausencia de un revisionismo de Onetti, tal como amenaza producirse, significaría por sí misma —paradójicamente— un revisionismo, con resultados impactantes e imprevisibles para toda el área de la investigación y la enseñanza literarias, ya que estaría poniendo en duda dos de sus «verdades» más sólidas. La primera de esas verdades proclama que los llamados «grandes autores» son grandes, entre otras cosas, por generar casi permanentemente lecturas nuevas, interpretaciones diversas y hasta contradictorias. — La segunda verdad es que Onetti es una gran escritor.
La obra de Onetti no sufre, a nivel académico internacional, escasez de lecturas nuevas —nuevas respecto a los autores y las fechas de publicación. No obstante, de acuerdo con un amplio y excelente estudio, no se puede hablar de «novedades» en cuanto a los aportes «intelectuales»2. Y de ahí el paradójico e involuntario revisionismo, inquietante para el prestigio y la autoestima del Uruguay: Juan Carlos Onetti, Premio Cervantes 1980, quien presta nombre a la biblioteca barrial-comunitaria adjunta al Club de Abuelos «El Ranchito», ubicada al lado de Capilla Ntra. Sra. del Camino en Av. Giannatasio y calle San Rafael, departamento de Canelones, ese Señor Onetti —la inmovilidad crítica lo confirma— no puede ser, definitivamente, un gran escritor.
Frente a esta catástrofe inédita para las letras uruguayas, mi enorme admiración por la literatura de Onetti me obliga al empeño socorrista de enfrentar el absurdo de que una clausura crítica caiga justamente sobre una obra bautizada con unanimidad de «insondable», «compleja», «profunda». No buscaré explicar este absurdo a través de especulaciones o investigaciones sobre la profundidad y la complejidad de la erudición de los bautizadores. Intentaré interrumpir la diabólica reacción en cadena (repeticiones = no-revisionismo= devaluación de Onetti = «bajón» en las letras etc.) dando francamente testimonio de las profundas experiencias de mis reiteradas, incansables lecturas de Onetti.
Experiencias éstas que se oponen decididamente a una de las tantas opiniones literarias que mediante la petrificación se salvaron de su merecida pudrición: la del «Onettipesimista». (Observo que no hay conversación ninguna en la que no siga al nombramiento de Onetti el grito o suspiro «qué bajón» —como si se tratase de su segundo apellido. Y apenas existe diccionario, artículo, tesis que no mencione este lugar común.).
Lo que a mí me sucede, al contrario, es que cuando en mis malos y peores momentos (y no exclusivamente), muchas veces originados por (tampoco exclusivamente, claro) lecturas de los autores uruguayos más leídos, M. Benedetti y E. Galeano3, tomo un libro cualquiera de Juan Carlos Onetti —de inmediato me siento mejor. Mucho mejor. No había podido explicarme este fenómeno aparentemente peculiar hasta el momento en que decidí adoptar cierta ingenuidad psicoanalítica que es observable en tantas críticas literarias: ni me olvidé de la frecuente no-distinción entre autor, personaje, texto y efecto de lectura, ni me planteé la cuestión si tienen o no algún valor literario las clasificaciones de «optimista» y «pesimista». Y de pronto llegué a los siguientes resultados:
Eladio Linacero, protagonista de El pozo, «soñador» y por eso arquetipo de los personajes onettianos, como la crítica no para de machacar —se me antoja analizarlo como arquetipo del optimista porque sólo un optimista —supongo— tiene, puede tener sueños. Sólo un optimista mantiene, defiende sus sueños. Sólo un optimista sigue soñando, no abandona su sueños a pesar de... lo que sea. Está clarísimo.
Pensar en el señor gerente y amigo Larsen revisando «las pilas de carpetas que había seleccionado y puesto encima del escritorio» (El astillero) me da alivio y ánimo, ya que su reflexión «casi cualquier cosa era preferible al techo de chapas agujereadas, a los escritorios polvorientos y cojos, a las montañas de carpetas y biblioratos alzadas contra las paredes, a los yuyos punzantes que crecían enredados en los hierros del ventanal desguarnecido, a la exasperante, histérica comedia de trabajo, de empresa, de prosperidad que decoraban los muebles (derrotados por el uso de la polilla, apresurándose a exhibir su calidad de leña), los documentos, sucios de lluvia, sol y pisotones» —me da ánimo y alivio ya que las «cosas preferibles», integran, estoy seguro, la tarea mía: «investigar» en la Biblioteca Nacional, es decir revolver en ficheros los cartoncitos a veces ensuciados y desordenados por salvajes usuarios, y descifrar sus letras gastadas; ser atendido y apoyado por personal en su mayoría infinitamente más amable y dispuesto a ayudar que Gálvez y Kunz, los últimos empleados de la Petrus S. A.; hacer cola cada tanto y esperar... para recibir —también cada tanto— en vez del material pedido la triste y lacónica información —(de vez en cuando con voz consoladora) de que aquel libro o aquella revista no ha sido ubicable en la colocación indicada.
Al leer que el doctor Díaz Grey está, metafóricamente, «muerto por el ocio y la riqueza no buscada» (La muerte y la niña), de repente me invade el optimismo espectacular de que algún día les toque semejante suerte, literalmente, a los muertos de ocio por trabajo no encontrado ( a los muertos de trabajo sin riqueza encontrada, da lo mismo).
Finalmente, en Historia del caballero de la rosa y de la virgen encinta que vino de Liliput, uno de los mejores cuentos aunque poco apreciado y apenas abordado por la crítica4, encuentro a Ricardo, «congénitamente convencido de que lo único que importa es estar vivo y, en consecuencia, convencido de cualquier cosa que le toque vivir es importante y buena y digna de ser sentida», hombre optimista y feliz par excellence, descrito o definido por los Sanmarianos envidiosos como «joven, flaco, fuerte; era todo lo que se le ocurría ser y no cometió errores».
Basta de ejemplos —por el momento— para no robarles el trabajo a futuros revisionistas recién despertados.
Pero no quiero terminar sin añadir una cortísima reflexión respecto a la pregunta hipotética de por qué y cómo ha sido posible no darse cuenta del problema 2000: ¿Quién empieza a leer un libro sin preguntar antes por su «contenido»? Nadie. ¿Quién se somete a leer un libro que viene acompañado de la advertencia «bajón»? Nadie. ¿No sería posible que haya círculos influyentes que estén muy interesados en que siga «vigente» esa clasificación de Onetti? Por supuesto, no por el hecho de que su obra también puede leerse como «crítica» a la sociedad, al estado, etc. Sino porque Onetti —mucho más allá de este tipo de crítica tan atractivo y querido— afronta de manera sumamente sutil y corrosiva la mediocridad y la hipocresía de aquellos quienes se auto-producen y venden, rubro «literatura», en el mercado de las letanías comunes y gastadas.