Noemí Montetes Mairal
Cualquier ocasión es buena para leer a Juan Carlos Onetti, el narrador uruguayo que dejó una de las obras más hondas y significativas del siglo XX. La editorial Lumen ha reunido algunos de sus mejores cuentos, obras maestras de la desolación y del amor a ese último y áspero consuelo: las palabras.
"Sólo tenía ahora, Risso, una lástima irremediable por ella, por él, por todos los amantes que habían amado en el mundo, por la verdad y error de sus creencias, por el simple absurdo del amor y por el complejo absurdo del amor creado por los hombres".
Probablemente sea Juan Carlos Onetti uno de los autores hispanoamericanos a los que menos justicia se haya hecho en el panorama literario español. En contraste con la fama de escritores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, entre otros, a Onetti siempre se le ha tenido en un discreto segundo plano, a pesar de que también fue arrastrado por el conocido boom. Tal vez esto se explique por su timidez y discreción, que le llevaron a elegir una vida de retiro dedicada a la literatura, lejos de los puntos de mira de las cámaras, fotográficas o televisivas. En cualquier caso, el protagonismo discreto de su persona no debería corresponderse con su obra, una obra de primera fila, digna del creador que fue.
Onetti, nacido en Uruguay en 1909, vivió a caballo entre Montevideo y Buenos Aires, hasta que en 1975 tuvo que exiliarse en Madrid. En una cama de hospital, acompañado por el insomnio, su última mujer, el whisky y el tabaco, pasó unos ocho años, hasta su muerte, acaecida en 1994. Se inició en el mundo de la escritura a través del periodismo. Trabajó en la agencia de noticias Reuter y en varias revistas, entre ellas la uruguaya Marcha, de la que fue secretario editor y jefe de redacción. En 1939 publica su primera creación literaria, una novela corta, El pozo, que ya contiene las claves de lo que serán aspectos fundamentales en el conjunto de su obra: ambiente desasosegante, una realidad concreta mostrada en sus aspectos más sórdidos, en la que mantener la ilusión resulta muy difícil y en la que la comunicación entre los hombres nunca es satisfactoria. En las historias no se acaba de contar todo porque la realidad es poliédrica y de ella estamos condenados a no conocer más que una parte.
Aunque por entonces Onetti sólo contaba 30 años, El pozo se considera la obra de un escritor maduro, y lo demuestra el que todos los elementos que he destacado sean la base que configurará el mundo imaginario de Santa María. Nació en 1950, cuando publicó La vida breve, y resurgirá posteriormente en sus más conocidas novelas, El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964), así como en bastantes de sus relatos. Con Santa María, el autor, paradójicamente, construye un ciclo épico sobre el fracaso del hombre en el mundo moderno. El propio Onetti consideró Santa María un mito geográfico, humano y urbanístico, fruto del deseo de no estar ni en Buenos Aires ni en Montevideo, pero sí en un lugar que fuera mezcla de estos dos. Es un lugar indeterminado que "obedece a un destino nostálgico. Verdadera nostalgia, porque Santa María no existe, es mía, yo la construí con calles paralelas y ladrillos que pretendieron, entonces, derrotar al tiempo."
No es, sin embargo, Santa María lo que une la selección de relatos que se incluyen en Tan triste como ella y otros cuentos (aunque sí es el espacio de alguna de las historias recogidas), sino un mundo y unos personajes inconfundibles con los que Onetti expone las preocupaciones que le inquietaron siempre. Creador de atmósferas, más que de espacios, la realidad que muestra, a pesar de hacerlo con agudas observaciones de finísimos detalles, se caracteriza, paradójicamente, por su irrealidad, y refleja el mundo interior de los personajes, de los que muchas veces el lector conoce su lado más oscuro gracias al empleo de un narrador en primera persona. Los personajes están condenados a la soledad y el sufrimiento, precisamente porque la vida real y lo material no pueden sino frustrar, decepcionar al hombre, a la vez que éste está condenado a no poder pretender la felicidad en ningún otro ámbito. La posible espiritualidad, lo único puro y auténtico, desaparece con la adolescencia. El mundo es hostil al ser humano, culpable de vivir. El precio por conservar la dignidad humana es la muerte: "Veía la muerte y la amistad con la muerte, el ensoberbecido desprecio por las reglas que todos los hombres habían consentido acatar, el auténtico asombro de la libertad".
Un motivo recurrente en los cuentos de Onetti es la exploración de las relaciones humanas, sobre todo de las relaciones amorosas. En consonancia con el pesimismo existencial que recorre toda su obra, los personajes viven aislados y les resulta imposible comunicarse, lo que endurece, aún más si cabe, las condiciones de la vida (de la supervivencia) diaria. Sobrecogedoras resultan las siguientes observaciones extraídas del cuento que da título a la colección: "Durante las mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que exhibiera una llaga, un muñón." (p.248) "Decían cosas, pero en realidad ya no conversaban. (...) Ninguno de los dos tenía nada que esperar" (p.260).
En Onetti se respira el placer de narrar, no para trascender, ni para denunciar o redimir, sino como única opción. El resultado de la narración es ella misma, y esto ya la justifica. Como dice uno de sus personajes, "las palabras son más poderosas que los hechos". Por otro lado, los cuentos de Onetti demuestran su dominio de los recursos expresivos. No son relatos que destaquen por sus innovaciones técnicas o formales, pero esto no los desmerece en absoluto. Con una técnica clásica consigue golpear al lector con las historias más atroces e intensas. Su impagable dominio del lenguaje, ni barroco ni empalagoso, creador, consigue que germinen en su prosa unas imágenes de la desesperanza y la desolación que retumbarán en el interior de quien las lea para siempre. Sin evasión.
"Cuando volví a verlo, cuando iniciamos esta segunda amistad que espero no terminará ya nunca, dejé de pensar en toda forma de ataque. Quedó resuelto que no le hablaría jamás de Inés ni del pasado y que, en silencio, yo mantendría todo aquello viviente dentro de mí. Nada más que esto hago, casi todas las tardes, frente a Roberto y las caras mientras pueda seguir viendo y escuchando a Roberto; nadie sabe de mi venganza, pero la vivo, gozosa y enfurecida, un día y otro. Hablo con él, sonrío, fumo, tomo café. Todo el tiempo pensando en Bob, en su pureza, su fe, en la audacia de sus pasados sueños. Pensando en el Bob que amaba la música, en el Bob que planeaba ennoblecer la vida de los hombres construyendo una ciudad de enceguecedora belleza, para cinco millones de habitantes, a lo largo de la costa del río; el Bob que no podía mentir nunca; el Bob que proclamaba la lucha de jóvenes contra viejos, el Bob dueño del futuro y del mundo. Pensando minucioso y plácido en todo eso frente al hombre de dedos sucios de tabaco llamado Roberto, que lleva una vida grotesca, trabajando en cualquier hedionda oficina, casado con una gorda mujer a quien nombra "mi señora"; el hombre que se pasa estos largos domingos hundido en el asiento del café, examinando diarios y jugando a las carreras por teléfono.
Nadie amó a mujer alguna con la fuerza con que yo amo su ruindad, su definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres."
(Fragmento de Bienvenido, Bob)