Juan Carlos Onetti – memorias de un lector mexicano

José Emilio Pacheco

I
Mira, en este año que se ha honrado a dos grandes escritores mexicanos. Octavio Paz y Juan Rulfo, la Universidad Veracruzana hará un homenaje a Juan Carlos Onetti en sus setenta años. Será el jueves 5 y el viernes 6 de junio con la participación de muchos excelentes novelistas y críticos. Luego, el sábado y el domingo, tendrá lugar en la misma Jalapa el primer congreso internacional sobre revistas de crítica literaria. Ambas iniciativas las debemos a Jorge Rufinelli, quien ha contribuido magníficamente entre nosotros a la tarea de la revista Marcha y de Carlos Quijano en el sentido de pensar en términos continentales y establecer un punto de reunión y comunicación para las obras, las ideas y los debates de todos nuestros países.
Afortunadamente han quedado muy lejos las palabras que escribiste en el remoto 1967 como presentación del disco que grabó Onetti para la serie Voz Viva de América Latina: "Creador de una antiépica, una epopeya viscosa, una comedia humana del desamparo, Juan Carlos Onetti es el menos conocido de los grandes narradores latinoamericanos contemporáneo. Aunque justamente se le considera el mejor novelista uruguayo, sus libros son de difícil acceso fuera del Río de la Plata, su lectura sigue siendo un privilegio minoritario... Si más allá de las diferencias y los matices de las semejanzas entre las dos orillas, existe una literatura rioplatense. Onetti la representa de una manera aún más definida (o más ambigua) que sus antepasados ilustres como Horacio Quiroga y Florencio Sánchez".
El tiempo es el peor enemigo de la crítica literaria. Todavía más cruel resulta —¿no te parece?— con los textos que la merodean sin asumirla y se quedan entre la crónica y el comentario. Hoy que Onetti es tan leído, admirado y estudiado, el pobre prólogo de 1967 se ha vuelto una bagatela y una antigualla que se limita a contar los argumentos de sus libros a un público mexicano que prácticamente no había tenido posibilidad alguna de leerlos, e iba a escucharlos. No será, es lo más probable, el primer artículo escrito en estas tierras sobre Onetti, pero no has visto anterior, aunque (disculpa la insistencia) debe de haberlo.

II
¿Dónde comenzó toda para ti? Una tarde de 1958 entraste con José de la Colina en la desaparecida librería Zaplana de la también extinta "viva y venenosa" calle de san Juan de Letrán, como la llamó Efraín Huerta (¿en 1940? ¿en 1938?), y sobre la que todavía José Joaquín Blanco alcanzó a escribir en 1979 una crónica memorable.
Tenías poquísimo dinero e ibas más bien a hojear libros en aquella Zaplana que fue tan importante para los futuros escritores de tu época. Esa tarde, como tantas otras, se acercaron al estante donde se hallaban —empolvándose, invendibles, envejeciendo— los libros de sur. Colina tomó uno y dijo: "Cómpratelo, te va a gustar mucho". Era Los adioses, en la edición de 1954, y costaba seis pesos. Las librerías de entonces no eran supermercados y uno conocía a sus dueños y dependendientes. Don Andrés Zaplana que, cuando trabaja con don Rafael Giménez Siles, te había visto llegar a la de Cristal en la Alameda (La Pérgola, ya también destruida) primero en busca de Blanca Nieves, Pinocho, Los tres cochinitos, después de Verne y de Salgari, te dejó Los adioses en cuatro pesos y te permitió pasárselos cuando cobraras los próximos 75 de tu reseña en el suplemento de El Nacional.
En aquel entonces era impensable un día en que no te reunieras con Carlos Monsiváis y Sergio Pitol. Les comentaste Los adioses (Ellos naturalmente ya la habrían leído) Pitol te prestó La vida breve. Más tarde, cuando se fue a Europa en el 61, Pitol remató su biblioteca (a precios simbólicos) entre sus amigos. Es el ejemplar verde y destartalado que conservas (Sudamérica, 1950) con la firma de Onetti y una corrección autógrafa en las dos palabras iniciales: La noche que te cuento (o que te contaré) Onetti tachó "Mundo loco" y puso celiniamente "Burdel de Dios".
En "Libros Escogidos", que acababan de demoler, Polo Duarte te consiguió Tierra de nadie (losada, 1941). por increíble que te suene, en una papelería de Veracruz encontraste Para esta noche (Poseidón, 1943), Gustavo Saínz te prestó un número de Sur con el cuento "El álbum".
Pasaron los años y en 1962 ya eras secretario de redacción de la Revista de la Universidad de México, adonde llegaba Marcha por vía aérea todas las semanas. Epoca de oro del correo cuando el Express, el Observateur, el Vew Statesman arribaban a México a los dos días de haber aparecido en París y en Londres, (Hoy nadie puede pagar la suscripción aérea y aun si la tiene espera semanas por ejemplares que pocas veces llegan).

III
Una de tus funciones paralelas en la Revista era el acompañamiento turístico de los visitantes literarios. Llegaste a perfeccionar varios tours, entre ellos "El México histórico", "El México literario" "El México de La región más transparente", "El México sombrío y fantasmagórico", aunque por supuesto el más solicitado era "El México nocturno y desmadriento". La mayor parte de aquellos visitantes que iban al décimo piso de la Rectoría a encontrarse con Jaime García Terrés eran jóvenes desconocidos y casi inéditos que vertiginosamente se convirtieron en grandes figuras.
Con vergüenza retrospectiva, te recordarás andando por Garibaldi con un muchacho que humildemente se presentó como locutor de la Radio Televisión Francesa y cuando empezaste a presumirle de que intentabas ser escritor y hasta tenías un libro publicado, te dijo: "A mí también me gusta escribir. Hice una novela muy extensa que resultaba incosteable publicar por mi cuenta. La mandé al premio Biblioteca Breve pero no tengo ninguna esperanza. Se llama La morada del héroe. Tal vez, si algún día llego a publicarla, le cambiaré el título por La ciudad y los perros.
O bien, un año atrás, conversando en un "Insurgentes-Bellas Artes" con el joven recién llegado que te buscó porque eras dueño del único ejemplar de La hojarasca existente en México, que te había regalado en 1959 Alvaro Mutis. En su honor tendrías que decir que en su gloria no se olvidó de aquel préstamo: mucho tiempo después te devolvió la primera edición de La hojarasca.
En febrero de 1962 llegó a C.U. otro joven que había sustituido a Emor Rodríguez Monegal como responsable de la sección literaria de Marcha. Lo llevaste a alguno de los tours y cuando te despediste de él por rumbos de la Merced, ante el autobús que lo conduciría a Teotihuacán, te regaló El astillero en la edición de Fabril. (Onetti, cuya mala suerte en los concursos es legendaria, había perdido otro más frente a una novela titulada El profesor de inglés.) "He leído algunos libros e Onetti", le dije tímidamente al joven (llamado Angel Rama) que no podía creerlo. "Mis amigos lo han leído también".
Rama volvió a Montevideo en junio recibiste un paquete en que te enviaba Una tumba sin nombre, El infierno tan temido y —todavía no puedes creerlo— la primera edición (Signo, 1939) de el pozo en papel humildísimo, con la viñeta apócrifa de Picasso, y una dedicatoria (también sin nombre) en la página 4: "Para mi único lector mexicano. Onetti."

IV
De algún modo, Milenia Ezguerra, que entonces hacía Voz Viva se enteró de la dedicatoria, la tomó al pie de la letra, y en marzo de 1967, el último año del México de antes, cuando Onetti vino a un congreso de escritores lo hizo grabar "Bienvenido, Bob" y un fragmento de novela y te pidió el prólogo para el folleto del disco. "Me dijo Onetti que quiere conocer al tipo que va a escribirlo. Háblale". A diferencia de los demás asistentes, que estaban en el hotel del Prado, Onetti se alojaba en un hotel onettiano cerca del monumento a la Revolución.
Terrible "pena" mexicana, fruto de cuatro siglos de servidumbre y humillaciones. Horas ante el teléfono sin atreverse a llamar. ¿Cómo dirigirse a él: "maestro", "señor Onetti", "don Juan Carlos"? Optaste por el llano y lacónico "usted". Onetti cortó silencios y tartamudeos de su interlocutor y gruñó: "llego a su casa a las ocho y media". No pidió instrucciones de cómo llegar a través de la ya para entonces intransitable ciudad. Pero se presentó puntualísimo y se encontró para si consternación con que habías invitado también a García Ponce, Lihn, Monsiváis y Monterroso.
Habló poco y no comió nada. (Había tenido que pedir prestado dinero y platos para la cena y para dos botellas de whisky). A la una y media, cuando todos se hubieron ido, Onetti se animó y habló durante muchas horas con tu mujer y contigo. Desgraciadamente hubo otro plagio de la vida a la literatura y se produjo una escena de sus novelas. La niña de cuatro años lloró en la noche. Onetti se consternó porque ignoraba que ustedes tuvieran una hija exactamente de la edad en que él había perdido a la suya. Se levantó, se fue (¿cómo habrá conseguido un taxi a tales horas y por esos rumbos?) y al día siguiente abandonó el congreso y volvió a Montevideo.

V
El disco apareció poco después. Tienes la absoluta certeza de que Onetti jamás leyó la presentación (e hizo bien). En 1962, en Montevideo, Rufinelli amablemente se ofreció a acompañarte si querías visitarlo; pero le dijiste que el mejor homenaje que se puede hacer a un escritor admirado es no verlo si uno no es su amigo y tampoco mandarle cartas. Nunca le enviaste tus libros ni nada de lo que hiciste sobre él (particularmente en el momento de su prisión) porque se escribe para el lector y no para los autores. En 1974 Félix Grande te pidió participar en el homenaje de Cuadernos Hispanoamericanos. Colaboraste con el poemita "La vida breve" que anda por ahí en algún libro tuyo.
Doce años después de aquella noche del 67 en otro mundo que no se parece al de ahora, encontraste por segunda y última vez a Onetti. El escenario era carpenteriano y no onettiano: la casa de Colón en Las Palmas de Gran Canaria. Tan bondadoso y buen amigo como siempre, Carlos Martínez Moreno hizo hasta lo imposible para que Onetti se identificara. Onetti no tenía la más remota idea. Y, lejos de ofenderte, te pareció muy bien que no fingiera. Tan bien como que en 67, cuando, muerto de timidez, le presentaste sus libros, incluyendo un ejemplar de El pozo que ya no recordaba, te dijo: "Pongo nada más tu nombre y mi firma porque no te conozco y no puedo hacerte ninguna dedicatoria."
Sin duda hubiera sido menos penoso, en el sentido mexicano del término, dedicar esta página a Dejemos de hablar al viento, la última y admirable novela de Onetti o a releer su obra entera. Quisiste, no obstante, describir algo de lo que pocas veces se habla: la simple relación de un lector con un gran escritor que obtiene ahora el inmenso reconocimiento que merece. Como escribiste hace tres años, Onetti continuará su viaje al fondo de la noche, la saga de La Santa María hoy ocupada y arrasada, pero con el anhelo de que la claridad sea el centro de las tinieblas que él ha sabido escribir como nadie.