Dorotea Muhr, personaje de Onetti

Wilfredo Penco

No hay duda de que Onetti es personaje de su propia ficción. El mismo quiso que así fuera, aunque pudieran haber confusiones al respecto. La crítica ha sabido encontrar en su mundo novelesco alter egos del narrador y tal vez quien mejor asuma esa proyección sea, efectivamente, el doctor Díaz Grey. Pero en todo caso esto no pasaría más que como una posible sospecha, avalada por ciertas señales o pistas más o menos identificables, y a la vez vacilante por incertidumbres quizás también deliberadas.

Ya es sabido que el afán lúdico y la ambigüedad son del dominio de la narrativa onettiana y en ese juego de falta de certeza radica una de los aspectos clave de su personalidad.

Los lectores de "Tan triste como ella" y "La novia robada" recordarán seguramente las iniciales J.C.O. al pie de fragmentos ordenadores de los relatos y sobre todo quienes frecuentaron La vida breve es probable que no olviden la fugaz aparición, en los primeros capítulos de la segunda parte, de un hombre llamado Onetti que "no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o amigos íntimos (...), de cara aburrida, (...) saludaba con monosílabos (...), fumaba sin ansiedad, conversaba con una voz grave, invariable y perezosa". Si Onetti inventó a Brausen y Brausen a Díaz Grey, si la ficción de la novela transcurre entre Buenos Aires y Montevideo y desemboca en Santa María como una invención más (con su plaza, su cinematógrafo, su paseo junto al río) en el centro de los propios mundos imaginarios, si ese espacio antes desconocido no deja de ser una realidad tan mentirosa como la de aquellas ciudades primeramente nombradas, entonces nada puede impedir que Brausen se escape a Santa María (al fin de cuentas por él ha sido fundada), y en definitiva a nadie puede sorprender que además comparta una oficina con Onetti y que éste reivindique sus fueros, a justo título, como personaje novelesco, aunque, como aclara Brausen, "tal vez todo tipo de existencia que pueda imaginarse debe llegar a transformarse en un malentendido". También, como él mismo acota, "tal vez, poco importa".

Son otras las cosas que importan en la brevedad de la vida, las que Onetti ha convertido en constantes por reiteradas, con empecinamiento, como si el mundo siempre girara en torno a unas pocas certezas, también llamadas verdades, en medio de tantas contradicciones y ambivalencias que envuelven su compleja textura.

El estado de pureza, incontaminado; la inocencia defendida (y adorada) hasta los propios límites; la sensibilidad ajena al pecado y la corrupción; la virginidad, en fin, idealizada y objeto ritual de culto: todas estas manifestaciones de un mismo fenómeno personificado en las muchachas a las que Onetti construye un altar y ofrece la ceremonia de sus más caras obsesiones, son también desprendimientos de una matriz con productos fatalmente de corta duración. Lo ha dictaminado Eladio Linacero, sin equívocos: "el espíritu de las muchachas muere a esa edad [a los veinte o veinticinco años], más o menos. Pero muere siempre". La maravilla "es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden".

Las muchachas, como las mujeres adultas, y hasta las prostitutas, pueblan los cuentos y las novelas de Onetti, y aunque no suelen ocupar los niveles protagónicos, resultan imprescindibles en el entramado
narrativo y para el sentido moral último que el autor confiere a cada historia.

Ya en "Avenida de Mayo-Diagonal Norte-Avenida de Mayo", Víctor Suaid no puede prescindir de María Eugenia en sus ensueños, en una encrucijada de imágenes que superponen a la niña con la mujer "madura, escéptica y cansada".

Más curioso, en los cuentos tempranos, es el caso de "Convalecencia", y no sólo porque, contra lo frecuente, es una voz femenina la que narra y la misma mujer su protagonista. Lo es, también, porque Onetti ganó con este relato el premio de un concurso literario de Marcha al que se había presentado con seudónimo supuestamente de mujer (pues era parte del nombre de una prima –H.C. Ramos–) y como tal formuló al semanario declaraciones que ponen de manifiesto por momentos una ironía digna de Periquito el Aguador: "Recién a último momento decidí mandar ese trabajo al concurso de Marcha –dice la supuesta ganado-ra–. El premio me sorprende... y no me sorprende; pero esto es largo de explicar. ¿Declaraciones? Hace tiempo que escribo. Preparo un libro de cuentos. Pienso que no hay aún una literatura auténticamente femenina y que a la vez pueda interesar a toda persona inteligente. Trabajo en eso y el tiempo dirá".

Independientemente del juego de máscaras (en todo caso un desafío más para convencer con la mentira de una ficción que como tal no deja de ser verdadera, y esto es lo que en definitiva importa) y del inusual punto de vista narrativo adoptado (la perspectiva de la mujer), lo que vale la pena volver a subrayar en esta instancia es la presencia femenina –nunca trivial, con un alto porcentaje de intensidad, muchas veces decisiva– en la obra de Juan Carlos Onetti.

Desde los pioneros trabajos de Ruben Cotelo y Fernando Ainsa, con fragmentarios aportes anteriores sobre el tema como el de Angel Rama, hasta el más reciente de Alicia Migdal, sin olvidar las contribuciones de Jorge Ruffinelli, Celia de Zapata y Aurora Ocampo, entre otros, los personajes femeninos de Onetti han sido examinados con variada sagacidad y simpatía, pero siempre sobre la base del reconocimiento de su incidencia en el mundo onettiano, mundo que no sería comprensible si las mujeres estuvieran ausentes.

El destino de Brausen está unido al de la Queca, y al sufrimiento y el desgaste de Gertrudis; el del doctor Díaz Grey a los de Elena Salas y Angélica Inés Petrus; el de Juntacadáveres a los de Irene, Nelly y María Bonita; el de Eladio Linacero a los de Ceci y Ana María; el de Jorge Malabia a los de Julia y Rita. Los ejemplos podrían prolongarse con Moncha Insaurralde en el conmovedor "La novia robada", con la hija de Barcala en Para esta noche, con Betty, la prostituta de La cara de la desgracia, y Kirsten en "Ebsjerg en la costa", con las protagonistas de "Un sueño realizado" y "Mascarada", la mujer que escucha en "El posible Baldi" o la mujer que habla en "El álbum", con Magda en Cuando entonces, Gracia César que estremece en "El infierno tan temido" o con la Melliza más delgada, la verdadera Melliza, que Onetti evoca de modo entrañable para que nadie pueda olvidarla.

Entre resignadas ceremonias, simulacros furtivos, desoladores espectáculos y despliegues perezosos que oscilan entre la ternura y la ferocidad, estas muchachas, mujeres o prostitutas rodeadas de misterio, conviven junto a la seducción y al asco, desatan, para la mirada del hombre, la más provocadora sensualidad o descansan bajo un halo de perfección angelical. No todas son castas, ni puras, ni vírgenes, aunque alguna vez lo hayan sido; la muerte en la memoria, el ensueño, la locura pudieron haber detenido o engañado el avance implacable del tiempo que desgasta y deshace, que corrompe hasta las más preservadas intimidades; pero la fatalidad última no es sólo virtual y Onetti se encarga de hacerlo notar.

Antonio Muñoz Molina, que tan grata e inteligente lectura nos ha dejado de esta obra, dice que "leyendo a Onetti uno va sin darse cuenta convirtiéndose en uno cualquiera de sus personajes". Es que la vida corre y recorre las ficciones onettianas otorgándoles esa autenticidad que sólo alcanzan las grandes obras.

Porque la vida misma está instalada en el centro de este mundo entrecruzado por caminos de perfección y fracasos demoledores, por secretos en apariencia insondables que salen sin embargo a luz sin perder su aureola confidencial, por soledades que llevan a una radical incomunicación pero arrastran consigo gestos de melancólica dulzura y de piedad.

Para los lectores de Onetti, la vida es a la ficción lo que la ficción a la vida: resultan inseparables. Sus personajes transitan cuentos y novelas pero también pueden ser encontrados a la vuelta de la esquina o aparecer en un sueño, como sucedió con la mujer de "Un sueño realizado", cuando se le presentó a Onetti, como una imagen onírica, de pie, en la vereda, aguardando el paso de un auto, con su pelo gris, su vestido negro y un reloj de cadena colgando del cuello.

Es cierto que Onetti confesó como error el haber convertido a personas que conocía en personajes literarios. "Me resulta muy difícil –dijo– transformar en literatura las cosas que me ocurren. Me resulta fácil en cambio cuando otro me las cuenta".

Sin embargo, allí está Onetti, él mismo, en La vida breve, con su perfil taciturno.

También, incorporada a su obra, a su vida, perdura Dorotea Muhr.

Onetti la vio por primera vez, según ha contado, en Buenos Aires, en los años 40, cuando caminaba por Reconquista hacia Lavalle. Dolly era una adolescente y llevaba un violín en la mano. Así quedó fijada la imagen de esa jovencita rubia a quien en código secreto llamó después "ignorado perro de la dicha", y que habría de ser su inseparable compañera hasta la muerte.

Tal vez volvió a pensar en ella cuando el doctor Díaz Grey golpeó a la puerta de Mister Gleason en La vida breve y se encontró con la muchacha junto al piano, haciendo "sonar en el violín una interminable frase nostálgica que trataba de imponer, sin violencias, el prestigio de un recuerdo".

Luis Harss, que entrevistó a Onetti tres décadas atrás en Montevideo, cuenta que Dolly irrumpió en el apartamento de Gonzalo Ramírez "hecha un torbellino" y la describe como "una rubia alta de ascendencia anglo-austríaca, vivaz, ingeniosa, sensual, que se afana en torno a él, (...) con ella cerca, lo sentimos menos tenso –dice Harss–. Ella lo alienta, lo acomoda, lo incita. Y él se anima, se da un poco más".

El propio Onetti se ha referido a la vitalidad de Dolly, compensatoria de su abulia, su descreimiento, su escepticismo.

Dorotea Muhr fue muchas cosas para Onetti: compañera, esposa, secretaria, enfermera, cómplice y confidente, publicista, defensora de su intimidad, nexo con el mundo exterior, y también personaje literario.

Fue la muchacha que personificó la intocada inocencia. Fue la mujer que le aseguró su libertad.

En el octavo piso de Avenida de América, o antes, en el apartamento de Gonzalo Ramírez o en la casita junto al lago, entre libros y perros, fotos pegadas con chinches a las paredes y el afinado sonido de las cuerdas, Dorotea Muhr es siempre la misma, como en aquella foto en que está de espaldas con el violín apoyado contra el hombro izquierdo y en la mano derecha el arco, mirando hacia la luz blanca de la ventana, y más cerca del foco, hacia el costado y de medio perfil, Onetti, con la cabeza levemente levantada, observando con atención y de soslayo aquella misteriosa silueta sonora.

Su confesión no deja lugar a dudas: "Dolly me hizo feliz y me sigue haciendo feliz. Mujeres con las que podés ser feliz un rato hubo muchas; días o meses: algunas. Años... alguna. Toda la vida: Dolly. Yo no sabía que iba a ser para toda la vida, y ni siquiera me lo preguntaba. Pero ella lo sabía. Sabía que era para siempre".

"Fue creada para mí", dijo una vez Onetti. También pudo haber dicho, como dios Brausen: "Fue creada por mí".