Ley del corrimiento de los segmentos

Claudio L. Pérez

(A Gustavo Fontán)

Que a él no le hubiese importado no merece un comentario. ¿Qué sabemos? Después de todo no fue exactamente que no le importara. Otra cosa, fue otra cosa. Desde antes de abrir la puerta él sabía que aquella noche de lluvia, anunciada en el ruido metálico de las canaletas, estaba predestinada a su infortunio.

Además, después, cuando lo inevitable alcanzó a llamarse delito, lo anduvo buscando hasta donde le dieron las fuerzas del alma. Es cierto, no lo detuvo cuando hubiera sido lógico, Benito no hizo el mínimo gesto para detener al intruso que se estaba robando el tercer violín de Paganini, su violín. Lo que estaba escrito debía cumplirse porque lo escrito es ley, hoy y siempre. La única ley.

Es cierto, dejó que el intruso metiera el violín en el bolso y se fuera silenciosamente creyendo que él dormía cuando en realidad esperaba. Había olido el robo, la traición después de algunas palabras compartidas, un vaso de agua ofrecido como un cáliz. Lo había sabido desde siempre y nadie, nadie, puede hablar del tamaño de su dolor, de la entereza de su cuerpo temblando bajo las sábanas cuando el otro, el extranjero, salió hacia la mañana húmeda con un violín ajeno imprescindible al argumento.

Debe haber tomado alguna calle empedrada de las que bajan hacia el río y se pierden en los muelles. Todos los rufianes van hacia el puerto, buscan algo en los costados de los barcos, piensan en una patria supuesta. Necesitan ir al puerto y pensarse otros, inventarse un idioma y hacer del agua una frontera que los separa de algo que no pueden imaginar siquiera sin la bruma y los cabos gruesos, ennegrecidos por el uso. Se enternecen solitarios entre los bultos y la grasa espesa que flota cerca de la orilla. Son así.

Hay, años después, otra escena en una calle de Montevideo.

Una mujer cruza esa calle sin nombre, como una tumba, con un violín colgando de la mano. Debería advertirse que lo exhibe, pero el tiempo es tirano y lo he intentado varias veces tachando lo ya escrito.  Nadie lleva violines por la calle, no se ven hombres o mujeres llevando violines como quien lleva el pan o un atado de verdura. Lo exhibe, lo muestra.  Su gesto puede ser un indicio o un descuido.

Juan Carlos la ve, o ve el violín colgando como un pájaro extraño de una mano lánguida, blanca.

Juan Carlos, del brazo de su mujer, sabe que aquí la historia se condensa. Como Benito cuando fue despojado del violín y sintió que al fin el destino le pertenecía, era suyo.

Hay también el azar que abarrota los campos de azucenas, confunde las fronteras, y escribe su mejor relato. La esposa de Juan Carlos reconoce a la portadora, a la que trae el mensaje, el violín, la condena, la suerte de las crisálidas. Habían cursado juntas el bachillerato. Dorotea Muhr, “Dolly”, la que trae el futuro desposado entre sus dedos, el violín, el alfabeto primigenio, es presentada a Juan Carlos por su mujer, que no percibe las oscilaciones del péndulo.

Meses después la estadística decide imponer su criterio de excepción y Onetti, Juan Carlos, se casa con Dorotea Muhr, “Dolly”, la que trae el sextante, el violín, los homenajes.

El violín de Benito reaparece entonces más allá del río oscuro y cruza más tarde el mar y en Madrid suena muy de vez en cuando por las tardes hasta que alguien, tal vez un cura de aquí de Buenos Aires, un agente polaco contratado por la CIA, un dealer corso, lo compra o lo roba y Dolly decide que es mejor así, que el cuerpo de Onetti, Santa María, las religiones, los cartílagos de Onetti, están próximos a incendiarse y no resisten una sola nota más. Ningún sonido entrando a pacificar aquel dulce reducto de las furias.