Juana Salabert
Dueño de una fulgurante e inimitable escritura por la que deambulan, con pasos perdidos de insomnes o desvelados crónicos, los habitantes del reino de este mundo al que llamó Santa María a partir de La vida breve, Juan Carlos Onetti (Uruguay 1908-España 1995) hizo realidad en el esplendor de sus páginas aquel verso de Mallarmé que lamentaba la tristeza de la carne.
Hay en él una desesperación tranquila, una asombrada piedad por los destinos, marcados por la fatalidad de una suerte de encanallamiento lúcido, de sus criaturas conocedoras de los golpes de la ira.
Novelista formidable y desconcertante, Onetti es, asimismo, un maestro del relato y del cuento, territorios de la brevedad en los que su poética alcanza el punto máximo del desconsuelo. Criaturas dentro de un inevitable sueño que otro, su hacedor, sueña; así he vislumbrado yo siempre a seres como los que protagonizan estos relatos del deseo, la derrota, y una perfidia que no recela de la bondad más secreta.
Moncha Insaurralde, por ejemplo, esa novia venida de un viaje a Europa para casarse con un muerto, y, sin embargo, vivísimo Marcos Bergner
con su enterrada juventud de juerguista impenitente. O el Bob del terrible Bienvenido, Bob, ya convertido, lejos del país de la discordante juventud donde pudo creerse «dueño del futuro y el mundo», en un Roberto cualquiera con su "definitiva manera de estar hundido en la sucia vida de los hombres".
A diferencia de sus desalentados anti-héroes masculinos, la mayoría de las mujeres de Onetti se eternizan en el fraguado espacio del rito.
Ya sea éste el de la venganza, de una tenacidad violenta y amorosa, tema de El infierno tan temido, o el del reconocimiento trágico del deseo en Tan triste como ella, donde la rebelión ante el agostamiento de la carne y la pérdida se encarna en la imagen de un jardín, que fue mítica memoria familiar, arrasado por excavadoras mandadas por una traicionera voluntad herida.
Más que cuentos de amor, estos relatos son textos sobre el después del amor, urdidos por un enamorado de lo quimérico del amor mismo. Textos donde la tristeza de la carne nos llega poderosa como un viento colándose entre las malezas de un lugar edénico visto al cabo de todas las caídas. Imposible no amarlos.