Onetti para siempre: Los cuentos completos

Juan Tebar

Un banquete para iniciados y una excusa para que nuestros lectores se incorporen al "onettismo". Algunos escritores ilustres han contado (uno de ellos vuelve a contarlo en el prólogo a este libro) cómo se «engancharon» con Onetti. Comparto su vicio y quiero empezar este artículo también de forma autobiográfica. Onetti es, para algunos, parte de nuestras vidas. Y llegará a serlo, ya verán, para algunos de los nuevos lectores que entran a partir de ahora en su mundo particular e inolvidable.
En el 69 uno andaba entregado a las últimas revelaciones deslumbrantes de la literatura latinoamericana: García Márquez, Cortázar sobre todo, algunos descubríamos a Fuentes, y pronto nos sumergiríamos en las primeras y mejores novelas de Vargas Llosa. Como bien dice Muñoz Molina en el prólogo a esta excelente edición de Alfaguara, los oscuros relatos de Onetti andaban en ediciones más escondidas, y no habían entrado a formar parte del llamado «boom» que llenó las librerías en los años sucesivos. Yo tuve la suerte de que un crítico (y sin embargo amigo), Rafael Conte, me recomendase La vida breve, esa extraña novela opresiva que inmediatamente pasaría a formar parte de tantas fijaciones literarias. En ella, Brausen creará Santa María con la imaginación (la sueña, un personaje se inventa una ciudad) y ya tendríamos para siempre el territorio y los personajes del escritor (Díaz Grey, Larsen, Jorge Malabia...) que iban a poblar casi todos sus cuentos y novelas posteriores.

Y el vicio de Onetti me alcanzó (nos alcanzó a unos cuantos, tengo pruebas personales y publicadas para demostrar la epidemia). Buscábamos las ediciones de Arca, de Corregidor, las joyas pobremente impresas que nos aseguraban la droga reflexiva, lluviosa, soñadora y trágica de sus palabras. Nos fijamos, por ejemplo en títulos sacados de obras musicales (La vida breve, La muerte y la niña...), en la ida, la vuelta, las desapariciones y presencias semiocultas de los mismos personajes que van escribiendo el mismo libro a lo largo de todos sus libros. Soñamos también Santa María como la soñó Brausen, como la sigue soñando Onetti hoy todavía, y fue ese mundo fluvial, polvoriento, de dormir y beber caña, y ocultar dramas, como «un sueño realizado», tal que el mismo título de uno de los cuentos mejores de Juan Carlos Onetti.

Llegó el año 1976 y el raro escritor conocido de unos fanáticos privilegiados (entre los cuales merece destacarse a Umbral, que ya había publicado certeros comentarios sobre Onetti), llega a España peregrino de un exilio, desde el continente donde era ya amado con el respeto de muchos pese a la censura de algunos. Aquí se queda, luego vendrán los premios, el reconocimiento general, mientras él sigue escribiendo. Según nos cuentan, en papelitos que a veces pierde. Metido en una cama desde hace más de diez años. Recibiendo a amigos y admiradores con su aire de desaliño y su mirada poderosa, con su mezcla de distancia y ternura. Yo le conocí en aquel primer año de su llegada a España. Perdóname, Onetti, procuraré no volver a perpetrar locura semejante.

Les cuento: por aquel entonces, una actriz argentina cuyo nombre ha quedado estampado irónicamente en la dedicatoria que él me escribió en El Pozo (primera novela de Onetti, si no contamos, él prefería no contarla, Tiempo de abrazar), había liado a la televisión oficial para adaptar una serie de relatos latinoamericanos. Con la condición, eso sí, de protagonizarlos. La cómica en cuestión no podía representar por obvias razones físicas a la mayoría de los personajes que ella misma se había elegido de los cuentos de Borges, Onetti y otros primeros espadas del continente. A mí me tocó escribir el guión de Para una tumba sin nombre. Fue agradable charlar con su autor, prestarle novelas policíacas que nunca me devolvió, repasar juntos la adaptación. Pero aquel relato mágico, ambiguo, como la mayoría de sus cuentos, no podía llevarse a la pantalla. Y menos por un inexperto director, aunque conociera bien y amase su literatura. De todas formas no me arrepiento de la experiencia. Onetti sí debió arrepentirse. Prefirió no ponerme verde (aunque había prometido llamarme para «darme la bronca») y no hemos vuelto a vernos. Yo he seguido leyéndole, maestro, y he repasado varias veces sus relatos y las muchas fichas que tengo sobre sus textos, y ahora he disfrutado la satisfacción de ver todos sus cuentos publicados juntos, y de conocer algunos que no había leído nunca. Y se los recomiendo a todos, incluso a quienes no le vienen siguiendo desde que Brausen se inventó la ciudad, y ni siquiera han cometido la osadía de intentar reproducirla con la cámara.

Entre los relatos de siempre que recoge este volumen, y si ustedes quieren un consejo, prepárense a leer obras maestras como Un sueño realizado, El infierno tan temido, El álbum, La cara de la desgracia, La novia robada... Pero no es cosa de que sigan mi selección, ni la de nadie. Hagan ustedes la propia. Eso sí, no se encontrarán ustedes con una prosa periodística, de urgencia, con ese estilo que suele llamarse «de ir al grano». Onetti escribe reflexiva, poética y misteriosamente. El lector debe jugar a lo mismo. En esta época de lectura rápida, libros de verano y argumentos obvios, hay que avisarlo: se trata de literatura, no de papel para usar y tirar. A eso llaman algunos «difícil». Todo serio placer requiere esfuerzo. Pero los lectores de verdad lo harán encantados. No hay un solo cuento que no impresione desde las primeras líneas. Aunque luego, como en la vida, a veces no controles sus propiedades ni sus consecuencias como en los medicamentos. Efectos secundarios sí que tienen: un malestar, una pasión, una dependencia que conocemos bien los fieles a Onetti.

Hay doce relatos que no figuraban en la edición argentina de Cuentos completos de 1974, por la sencilla razón de que la mayoría son posteriores. Entre ellos Presencia, por ejemplo, y Jabón son ya de mis predilectos. Y los dos últimos del libro son rigurosamente inéditos. Hablan de la vejez, de gatos, de las amapolas que conservan los sueños, del amor («que te agarra a traición, como algunas muertes»), de sexo equívoco, de suicidios exhibicionistas y de incestos. Escritos con lenguaje que abrasa. Las afiladas palabras del Onetti de siempre. Como escribió Luis Landero, sus relatos nos duran toda la vida, y mientras tanto, uno va viviendo sus propias vidas breves.