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Juan Carlos Onetti:
la apología a la soledad.
(A diez años de su
muerte)
Toda la obra de Onetti está marcada por
el sentimiento de frustración, la soledad, la angustia o
la imposibilidad de rescatarse del presente para escapar
del sino fatal. Es con este texto, crítico y desolado,
que Juan Carlos Onetti inaugura su estilo; define su
esencia como escritor: vivir en soledad y practicar la
introspección.
Sandra del
Valle Casals|
La Habana
Hace un tiempo, pude
encontrar un ejemplar del famoso libro de Edmundo
Desnoes, Memorias del subdesarrollo. Disfruté en
exceso el ejercicio de la lectura en sus páginas,
—así
como su versión cinematográfica—;
esa obstinada representación del entorno minusválido. No
logré evitar el recuerdo de uno de esos textos
desconcertantes para los «iniciados» en la aprehensión
de las letras latinoamericanas: El pozo.
Fue Juan Carlos
Onetti, el autor de este relato, el precursor del estado
de ánimo que me ha capturado desde entonces. Sufro la
ontológica agonía de la inservible existencia en este
mundo, la alienación de los que me rodean, la
incomodidad por su mediocre caminar a mi lado por las
calles que transito.
Allende haberse
establecido como paradigma de la novela moderna en el
continente (citas amables para el regusto de la crítica)
y de haber ostentado notables premios (premio Miguel de
Cervantes,1980 y premio José Enrique Rodó, el mayor
reconocimiento literario que concede su patria, 1991) en
los cuales no podemos incluir el presumible Premio Nobel,
me importa más su interiorización en los espacios de la
angustia, su (in)fatigable prosa pesimista y
desconsolada, que se adhiere a la honda e «insoportable
levedad del ser» de nuestra sociedad; de ahí su
trascendencia, su relevancia como esteta de la angustia.
Quisiera proponer y
recorrer pasajes interesantes, llamar al paso
inteligente por sus hojas, incentivar el traslado a ese
mundo donde la desesperanza y el aburrimiento se han
entronizado dentro del opaco apartamento del solitario
protagonista; pero la relectura de esta obra me condenó
a padecer, como a Eladio Linacero (primera encarnación
literaria de Onetti, luego del extravío de su novela
Tiempo de abrazar), de la abulia al contexto
indeseable; tengo el cansancio de los mohines atentos a
lectores perezosos, la fatiga por ese presupuesto a
ultranza del trabajo por la satisfacción ajena.
Acaso esbozar algunos
rasgos constitutivos, servirá a la búsqueda de este
relato que una vez editó (1970) la Casa de las América
en una compilación de quince fabulosas nouvelles
latinoamericanas, selección exigente para una fuente
novelística tan prolija en forma y contenido.
Onetti compartió una
estancia generacional con Julio Cortázar, Alejo
Carpentier, Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias y Jorge
Luis Borges; pero más que dentro de los patrones de la
«nueva» novela latinoamericana, su nombre regula la
corriente existencialista que dominó a mediados del
siglo pasado la literatura europea, y que también tuvo
su afluente en América Latina. En Onetti no se patentiza
la literatura fantástica de Borges, ni la sintaxis
exquisita de Carpentier, ni tampoco la denuncia social
de las dictaduras que centra el tema de El señor
presidente de Asturias.
Esa
originalidad pronunciada para Onetti, se manifiesta en
la despectiva descripción de la realidad, por demás
inmunda, fatal; «en presentarnos un realismo disfrazado,
equívoco y velado. (...) donde los sueños y las
pesadillas tienen gran importancia, donde hay
interrogantes sin respuesta (...). El mundo de Onetti
está rodeado de fatalidad y pesimismo. Los personajes de
sus novelas son introvertidos, despectivos, acosados por
la soledad y siempre al acecho»1.
Luego de varias
novelas2
y sobretodo El astillero (1961), algunos ―casi
todos― hablan de su aporte a la literatura
latinoamericana: el iniciador de la narrativa
contemporánea uruguaya. Con La vida breve le
concedió a América Latina la primera gran cosmogonía
continental (Santa María, como Yoknapatawpha para
Faulkner, es la ciudad de Onetti), expandida en la
Comala de Rulfo, el Macondo de García Márquez o la
mismísima Región de Juan Benet.
La insuficiencia de
estas letras puede que no conduzcan al diálogo audaz con
esta obra, pero sépase que es El pozo ese texto
abrumador, por agnóstico y nihilista, donde el lector
podrá sentir la degradación y decadencia de la realidad
que lo rodea. Eladio Linacero, como espléndido alter
ego de Onetti, solo puede representar en sus
memorias un mundo vacío y desesperanzador, donde no
convive más que con la soledad: «yo soy un hombre
solitario que fuma en un sitio cualquiera de esta
ciudad; la noche me rodea, se cumple como un rito,
gradualmente, y yo nada tengo que ver con ella»3.
Toda la obra de
Onetti, iniciada a partir de esta novela, está marcada
por el sentimiento de frustración, la soledad, la
angustia o la imposibilidad de rescatarse del presente
para escapar del sino fatal. Es con este texto, crítico
y desolado, que Juan Carlos Onetti inaugura su estilo;
define su esencia como escritor: vivir en soledad y
practicar la introspección.
Es la soledad el
leimotiv no solo de esta obra, sino la temática
central de los universos construidos por Onetti en su
literatura. Onetti llega a la concepción del hombre
solitario en oposición a la sociedad humana, a la
repugnancia por la insensibilidad perenne de sus
coterráneos. Es la soledad el micromundo donde viven los
personajes de Onetti; una soledad que se representa no
solo en la marca física, un hombre encerrado en su
cuarto (Eladio Linacero), sino la soledad afectiva, la
que ocurre en cada doloroso intercambio con las
pedestres reacciones humanas (las frustraciones con
Ester, una prostituta, y con Cordes, un poeta, a quien
Eladio decide hacer partícipe de sus aventuras). Pero en
cualquier caso, la soledad para Onetti es purificadora;
es la entrada a ese espacio de asepsia espiritual de
donde se despliega, dichosa, el alma humana.
NOTAS:
1. Philip
Potdevin: Juan Carlos Onetti:
el escritor que no nos permite sonreír.
2.
La obra literaria de Onetti es bastante
extensa: autor de 11 novelas, 47 relatos, por lo
menos116 ensayos y 3 poemas. Su obra comienza con El
Pozo, novela publicada en 1939. Siguieron entre
otras Tierra de nadie, Para esta noche y
Los adioses. En 1950 publica una de sus grandes
novelas, La vida breve. Diez años después aparece
El Astillero, novela considerada como la obra
cumbre de Onetti. Hacia 1964 publica Juntacadáveres,
una especie de replanteamiento de El Astillero.
3.
Juan Carlos Onetti: El pozo, pág
143. Ed. Casa de las Américas. 1970.
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