Aún no entiendo por qué acepto este destino sin rebelarme, por qué voy dócil hacia esta muerte prematura. Si otros ya lo saben y luchan por escapar hasta el último aliento, ¿por qué yo, sin embargo, soy tan estúpido? Si soy un animal, y no me faltan los finos instintos de mi especie... ¿a qué se debe esta impavidez si escucho lo balidos de las víctimas que ya me precedieron e, incluso, puedo olisquear su sangre?
Algunas veces, cuando estoy entre otros, quisiera avisarlos, susurrarles al oído lo que les espera. Pero es esta resignación la que me obliga a guardar silencio. Ellos nos bañan; nos juntan en el corral... y no hay escapatoria. Tras el cobertizo aguarda una mano diestra. O puede que el fin se dilate un poco más: hasta el final del largo y sediento trayecto en camión...
Porque lo sé todo, hasta los más pequeños detalles. Y tengo un precio. Sí. Un precio calculado al peso... que ya se pagó.
Jaén, 27.2.04
Un dócil cordero degollado
Jaén, 25.2.04
Sobre la historia natural de la destrucción... o el amor
Todo lo que hay en mí de hombre. Un hombre que no se atreve a mirar el horror... de aquel verano de 1943. Cuando gruesos aviones de la Royal Air Force sobrevuelan y hacen su nido en Hamburgo. "Operación Gomorrah", llamaron mis congéneres ingleses a esa nidificación del aire germano. Pájaros cuyos vientres expelen -por toneladas-, tres clases de huevos: los primeros, de gran carga explosiva que arrancan de sus marcos puertas y ventanas; los segundos, más ligeros (aunque en mucha mayor cuantía), son incendiarios, con el fin de prender fuego a los tejados; y, por último, unos huevos más pesados (de hasta quince quilos) que penetrarán hasta plantas bajas y sótanos, incendiándolas también. Método exquisito (y ya experimentado anteriormente), que garantizaba la aniquilación de la ciudad aquella noche del 28 de julio.
Hora de comienzo de la puesta: una de la madrugada. Objetivo: la reducción a cenizas de Hamburgo. Descripción de hechos: en pocos minutos, un área de aproximadamente veinte kilómetros cuadrados de zona residencial densamente poblada es, hasta donde alcanza la vista, un mar de fuego. Imagen "poética" de lo ocurrido: nos la da Friedrich Reck, al informar, con fecha de 20 de agosto de 1943, que, tras el éxodo producido por el bombardeo de la ciudad, y en una estación de la Alta Baviera, un grupo de personas intenta asaltar en su desesperada huida un tren... "al hacerlo, una maleta de cartón cayó en el andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que una mujer medio loca llevaba consigo como resto de un pasado pocos días antes todavía intacto".
Quien esté interesado en saber más de esta barbarie (a la que yo, aquí, dedico estas escasas y proselitistas líneas) no tiene más que leer: Sobre la historia natural de la destrucción. Un libro escrito (como todos los suyos) por alguien ajeno a nuestro tiempo: el genial W.G. Sebald.
Hora de comienzo de la puesta: una de la madrugada. Objetivo: la reducción a cenizas de Hamburgo. Descripción de hechos: en pocos minutos, un área de aproximadamente veinte kilómetros cuadrados de zona residencial densamente poblada es, hasta donde alcanza la vista, un mar de fuego. Imagen "poética" de lo ocurrido: nos la da Friedrich Reck, al informar, con fecha de 20 de agosto de 1943, que, tras el éxodo producido por el bombardeo de la ciudad, y en una estación de la Alta Baviera, un grupo de personas intenta asaltar en su desesperada huida un tren... "al hacerlo, una maleta de cartón cayó en el andén, se reventó y se vació de su contenido. Juguetes, un estuche de manicura, ropa interior chamuscada. Finalmente, el cadáver de un niño asado y momificado, que una mujer medio loca llevaba consigo como resto de un pasado pocos días antes todavía intacto".
Quien esté interesado en saber más de esta barbarie (a la que yo, aquí, dedico estas escasas y proselitistas líneas) no tiene más que leer: Sobre la historia natural de la destrucción. Un libro escrito (como todos los suyos) por alguien ajeno a nuestro tiempo: el genial W.G. Sebald.
Jaén, 23.2.04
Ese tímido y cobarde Cortázar que todos llevamos dentro
Hubo una vez un joven y melancólico Julio Cortázar que, allá por los años cuarenta, se carteaba con su amigo Fredi Guthmann (viajero, poeta, místico...) y le hacía partícipe de sus ganas de viajar, de irse fuera de Buenos Aires, al extranjero, a París... Y le escribía, con desasosiego, cosas como: "Tengo la nostalgia europea, incesantemente... Me elijo europeo, y me siento un cobarde por no cumplir mi elección... Un día me iré, y eso será todo... Sólo que, Fredi, estoy muy lejos, y no sé todo lo que sabe usted, y no merezco lo que merece usted. Su experiencia es la experiencia de aquel que agotó plenamente los frutos previos, las etapas previas... Este saco de huesos que ama la vida y le sale al encuentro en su pequeña medida sudamericana, en su mínima dimensión de literatura y de arte y de amor y de tiempo... Entonces, Fredi, su revelación me llega como la luz de la luna, recibiendo directamente la luz; y lo que me toca a mí es su carta con sus palabras -la luz de la luna para leer su carta".
Y... ¿quién no ha tenido a su particular "Fredi Guthmann"? ¿Quién no ha sido alguna vez ese tímido y cobarde Cortázar que, aun deseándolo sobre todas las cosas, tiene miedo de dar el primer paso, de atreverse a cumplir su destino "europeo"? Destino que en él (¿y en alguno de nosotros?), es símil de destino literario.
Afortunadamente, un maravilloso día de 1951 a Cortázar le cambia la vida porque, como le escribe a Fredi... "el gobierno francés acaba de darme una beca para estudiar diez meses en París". Y se marchó... como quisiéramos hacerlo tantos de nosotros... aunque ahora mismo no sepamos cómo ni con qué pretexto se pueda dar esa "imposible" circunstancia en nuestra vida.
Feliz tú, Cortázar, que lo lograste... mereciéndolo.
Y... ¿quién no ha tenido a su particular "Fredi Guthmann"? ¿Quién no ha sido alguna vez ese tímido y cobarde Cortázar que, aun deseándolo sobre todas las cosas, tiene miedo de dar el primer paso, de atreverse a cumplir su destino "europeo"? Destino que en él (¿y en alguno de nosotros?), es símil de destino literario.
Afortunadamente, un maravilloso día de 1951 a Cortázar le cambia la vida porque, como le escribe a Fredi... "el gobierno francés acaba de darme una beca para estudiar diez meses en París". Y se marchó... como quisiéramos hacerlo tantos de nosotros... aunque ahora mismo no sepamos cómo ni con qué pretexto se pueda dar esa "imposible" circunstancia en nuestra vida.
Feliz tú, Cortázar, que lo lograste... mereciéndolo.
Jaén, 20.2.04
Leo en soledad junto a un fuego exiguo
Dejé la carretera principal y detuve el coche a la entrada de un sendero que creí reconocer al instante. Caminé por él unos quince minutos hasta llegar a una mansión de ladrillo rojo, bastante deslucida por el paso del tiempo, y a la que no le faltaba su cúpula, su campana y una veleta con forma de gallo que coronaba todo el conjunto. Las dependencias eran espaciosas aunque daban la sensación de utilizarse muy poco y la paredes, húmedas y enmohecidas, daban más frialdad si cabe a unas habitaciones a las que sólo se podía acceder mediante puertas vencidas o, atascadas éstas, a través de alguna ventana rota. Por los establos el deterioro era aún más evidente, aunque no faltaban todavía algunas aves de corral que se contoneaban y cacareaban de un lado a otro, ajenas a mi presencia. La hierba, allí donde ninguna mano la segó oportunamente desde hace tiempo, lo invadía todo, cochera y cobertizos incluidos. Mientras que el interior de la casa no había conservado mejor todo lo que, hasta no hace tanto, fue esplendor. Así que cuando, finalmente, me decidí a entrar en el sombrío vestíbulo y pude echar un vistazo al interior de las numerosas habitaciones, no pude sino lamentar el cómo éstas se encontraban pobremente amuebladas y frías, muy frías. Porque había algo en el aire, en la desolada desnudez del lugar, que de alguna forma mi cabeza asociaba al hecho de que allí, no hace tanto, hube de madrugar mucho y comer muy poco.
Atravesé el vestíbulo y me dirigí hacia una puerta trasera de la casa que daba a un cuarto melancólico y desnudo, de una desnudez que se acentuaba aún más por el sencillo cuadrado con el se alineaban bancos y pupitres. Y allí, en uno de ellos, un sencillo muchacho, con aire de indolencia y aburrimiento, leía en soledad junto a un fuego exiguo. Me recosté un momento contra la pared, y no pude evitar un llanto sordo y furtivo en lágrimas, al ver mi pobre y olvidada vida... tal y como había sido.
Atravesé el vestíbulo y me dirigí hacia una puerta trasera de la casa que daba a un cuarto melancólico y desnudo, de una desnudez que se acentuaba aún más por el sencillo cuadrado con el se alineaban bancos y pupitres. Y allí, en uno de ellos, un sencillo muchacho, con aire de indolencia y aburrimiento, leía en soledad junto a un fuego exiguo. Me recosté un momento contra la pared, y no pude evitar un llanto sordo y furtivo en lágrimas, al ver mi pobre y olvidada vida... tal y como había sido.
Jaén, 18.2.04
Mirón de tus horas
No hubo día sin su espera. Yo no hacía nada más. Te espiaba sin tu conocimiento... sin casi el mío. Nuestras puertas enfrentadas. Yo esperándote. Una mirilla de latón por la que mirar... tu mundo. Una y otra vez. A deshoras (¿cuándo las hubo?). Allí, helada la espera, el recibidor. Temiendo las sospechas de los otros... o de ti. Paso meses, años. Un libro como guante en mi mano. Porque leo tardes enteras al acecho. Tenso. Siempre a tu alrededor sin que lo sepas, sin que lo adviertas. Contando pacientemente tus horas a oscuras... con esas palpitaciones de reloj que hay siempre en mi cabeza.
Y lo sé todo. Conozco cada una de tus costumbres. Cada blusa, cada falda... Distingo a tus conocidos. Unos me gustan más, otros menos. (Ya los separé en secciones... a las que odiar -o no- según el caso). Llevo años, como digo, viviendo dentro de ti. Cada hora en tu interior. Haciendo tonterías de vez en cuando. Como besar el pomo de la puerta que tocó tu mano; quitar la publicidad de tu buzón de correo; o, por la noche, bajar a la calle, con cualquier pretexto, para ver en cuál de tus ventanas hay luz.
Exaltación ridícula donde las haya... lo sé. Pero guardo aún la costumbre de mantener los ojos abiertos... tras mi puerta cerrada, tras mis gestos, tras mi boca. En la inminencia de decirte algo... o callar para siempre.
Y lo sé todo. Conozco cada una de tus costumbres. Cada blusa, cada falda... Distingo a tus conocidos. Unos me gustan más, otros menos. (Ya los separé en secciones... a las que odiar -o no- según el caso). Llevo años, como digo, viviendo dentro de ti. Cada hora en tu interior. Haciendo tonterías de vez en cuando. Como besar el pomo de la puerta que tocó tu mano; quitar la publicidad de tu buzón de correo; o, por la noche, bajar a la calle, con cualquier pretexto, para ver en cuál de tus ventanas hay luz.
Exaltación ridícula donde las haya... lo sé. Pero guardo aún la costumbre de mantener los ojos abiertos... tras mi puerta cerrada, tras mis gestos, tras mi boca. En la inminencia de decirte algo... o callar para siempre.
Jaén, 16.2.04
Ese sexo que no es el mío
Ese sexo que no es el mío tiene reglado el mes. Y si uno pregunta qué fue antes el huevo o el útero... se le responde que esa cita fallida con el escaleno que todo lo mide.
Porque hay palabras preñadas en su eventual embarazo sintáctico entre la escasa diferencia existente -mamíferamente hablando- que hay entre mona y mujer. Sísifos descamados los dos, célula a célula, que suben con periodicidad terapéutica cada mes, un óvulo no purificado ni desoxirribonucleico.
Y no hay virtud ni utilidades varias. Sólo -para algunos-, desecho, impureza. Incluso hay quien da consejo de no lavarse ni de hacer mayonesa (¿con el flujo o reflujo vaginal?) durante esos días...
No obstante, absténgase quien esto leyere de hacer caso al bueno -y Viejo- de Plinio: "El simple contacto de una mujer en este estado transformaba el vino en vinagre, marchitaba los cultivos, hacía caer los frutos de los árboles, empañaba el brillo de los espejos, embotaba la punta de un arma, oxidaba el hierro y el cobre, causaba la muerte de las abejas, ponía rabiosos a los perros que probaban ese líquido, provocaba abortos en las yeguas, etc..."
Y es que, al pensar en ese cauce sin río que nos sonríe cada mes entre labios tan embotados, uno cree que son cristales los que, entre desgarro y desgarro, se desprenden de tan humilde talle... y con tan escalonada regla.
Porque hay palabras preñadas en su eventual embarazo sintáctico entre la escasa diferencia existente -mamíferamente hablando- que hay entre mona y mujer. Sísifos descamados los dos, célula a célula, que suben con periodicidad terapéutica cada mes, un óvulo no purificado ni desoxirribonucleico.
Y no hay virtud ni utilidades varias. Sólo -para algunos-, desecho, impureza. Incluso hay quien da consejo de no lavarse ni de hacer mayonesa (¿con el flujo o reflujo vaginal?) durante esos días...
No obstante, absténgase quien esto leyere de hacer caso al bueno -y Viejo- de Plinio: "El simple contacto de una mujer en este estado transformaba el vino en vinagre, marchitaba los cultivos, hacía caer los frutos de los árboles, empañaba el brillo de los espejos, embotaba la punta de un arma, oxidaba el hierro y el cobre, causaba la muerte de las abejas, ponía rabiosos a los perros que probaban ese líquido, provocaba abortos en las yeguas, etc..."
Y es que, al pensar en ese cauce sin río que nos sonríe cada mes entre labios tan embotados, uno cree que son cristales los que, entre desgarro y desgarro, se desprenden de tan humilde talle... y con tan escalonada regla.
Jaén, 13.2.04
La teta literaria
Lo que muy pocos saben, es que Onetti tiene tetas, y yo cada día mamo del pezón de su literatura. Porque para mí, lo literario es que este escritor use el verbo "quebrar" para desprender la ceniza del cigarro que fuma uno cualquiera de sus personajes. O que éstos, no tengan relojes en las muñecas, sino horas que miran sin ver, y con ojos líquidos, lechosos, en su literatura húmeda de escritor húmedo.
Y, ¿saben una cosa?, lo mejor es tener la absoluta certeza de que, cada vez que interrumpo la mamada lectura de mi mamado escritor, y cierro uno de sus libros, entonces, y sólo entonces, comienza la verdadera literatura: aquella que es teta sonora, concurrida... y llena de complicidad materna. Una teta literaria que, tan generosamente, siempre me ofreció Juan Carlos Onetti.
Porque es maravilloso cuando creemos estar leyendo a un autor y, de pronto, en su escritura, surge la teta. Ya que son precisamente estos escritores los que cuentan más para nosotros: no por ser los que más habíamos leído, sino por ser aquellos otros en cuya teta no habíamos dejado de pensar.
Y es un poco todo eso lo que a mí me pasa con Onetti, con su teta. Es decir, que siempre termino valorando en él, en ella, lo mismo que ya le conocía: su rojez de teta escéptica, su descreimiento de pezón que está de vuelta de todo, su humor taciturno de teta taciturna... Pero, especialmente, valoro esa imposibilidad que tiene su teta de acusar al débil, al que todos atacan, al que todos desprecian y acusan, al culpable de lo que sea... ya que, inevitablemente, pone su pezón erecto, afilado, de su parte. Y, aquí está el detalle revelador: pone su teta de su lado y sintiéndose un poco como culpable de lo que el otro haya hecho; es decir, como si ese delito o ese pecado hubiese rondado por su teta con anterioridad alguna otra vez. Como si la propia literatura, como si la propia teta, no fuese inocente... Eso -para mí- honra a Onetti y hace que lo estime sobremanera.
Por eso, cuando me preguntan: ¿qué es para ti la literatura? Yo respondo: que Onetti tenga tetas.
Y, ¿saben una cosa?, lo mejor es tener la absoluta certeza de que, cada vez que interrumpo la mamada lectura de mi mamado escritor, y cierro uno de sus libros, entonces, y sólo entonces, comienza la verdadera literatura: aquella que es teta sonora, concurrida... y llena de complicidad materna. Una teta literaria que, tan generosamente, siempre me ofreció Juan Carlos Onetti.
Porque es maravilloso cuando creemos estar leyendo a un autor y, de pronto, en su escritura, surge la teta. Ya que son precisamente estos escritores los que cuentan más para nosotros: no por ser los que más habíamos leído, sino por ser aquellos otros en cuya teta no habíamos dejado de pensar.
Y es un poco todo eso lo que a mí me pasa con Onetti, con su teta. Es decir, que siempre termino valorando en él, en ella, lo mismo que ya le conocía: su rojez de teta escéptica, su descreimiento de pezón que está de vuelta de todo, su humor taciturno de teta taciturna... Pero, especialmente, valoro esa imposibilidad que tiene su teta de acusar al débil, al que todos atacan, al que todos desprecian y acusan, al culpable de lo que sea... ya que, inevitablemente, pone su pezón erecto, afilado, de su parte. Y, aquí está el detalle revelador: pone su teta de su lado y sintiéndose un poco como culpable de lo que el otro haya hecho; es decir, como si ese delito o ese pecado hubiese rondado por su teta con anterioridad alguna otra vez. Como si la propia literatura, como si la propia teta, no fuese inocente... Eso -para mí- honra a Onetti y hace que lo estime sobremanera.
Por eso, cuando me preguntan: ¿qué es para ti la literatura? Yo respondo: que Onetti tenga tetas.
Jaén, 11.2.04
La identidad
Todo es un problema de identidad. Es un problema de saber quiénes somos. De búsqueda...
Calderón, en El gran teatro del mundo, daba al hombre el papel de recitante, el de un intérprete temporal de sus infortunios que, llegado al mundo del polvo, en polvo saldría de éste. Un hombre, un pequeño títere que, si alcanza en vida un poco de lucidez, no podría sino venírsele a los labios este verso de T.S. Eliot: "La gente cambia y sonríe; pero la angustia permanece". Y, un hombre que, como señalaba Beckett en Fin de partida, no podría evitar el resentimiento hacia el padre, hacia la persona responsable de su nacimiento:
(Hijo) -¡Cerdo! ¿Por qué me engendraste?
(Padre) -No podía saberlo.
(Hijo) -¿Qué? ¿Qué es lo que no podías saber?
(Padre) -Que saldrías tú.
Fragmento éste de la obra de Beckett en el que no se sabe qué es más duro, si la pregunta del hijo (un hijo que todos somos) o la respuesta del padre (un padre que potencialmente podemos llegar a ser).
Calderón, en El gran teatro del mundo, daba al hombre el papel de recitante, el de un intérprete temporal de sus infortunios que, llegado al mundo del polvo, en polvo saldría de éste. Un hombre, un pequeño títere que, si alcanza en vida un poco de lucidez, no podría sino venírsele a los labios este verso de T.S. Eliot: "La gente cambia y sonríe; pero la angustia permanece". Y, un hombre que, como señalaba Beckett en Fin de partida, no podría evitar el resentimiento hacia el padre, hacia la persona responsable de su nacimiento:
(Hijo) -¡Cerdo! ¿Por qué me engendraste?
(Padre) -No podía saberlo.
(Hijo) -¿Qué? ¿Qué es lo que no podías saber?
(Padre) -Que saldrías tú.
Fragmento éste de la obra de Beckett en el que no se sabe qué es más duro, si la pregunta del hijo (un hijo que todos somos) o la respuesta del padre (un padre que potencialmente podemos llegar a ser).
Jaén, 9.2.04
Ensueño de mi razón equívoca
Sueño cada noche con ser otro... pero no amanezco siendo diferente. Tengo exacta conciencia de mi destino... lo que me exaspera. Y puede que yo mismo sea la solución al laberinto que es mi vida... pero saberlo no es agradable, ni ayuda.
¿Huyo de mí o de ellos? ¿Estreno angustia o sufrimiento equívoco? Porque me aburro con un hastío escurridizo y miedoso. O siento con atropello. O echo de menos cosas imprecisas...
No estoy seguro de nada... salvo de eso que no logro definir pero que sin embargo añoro ardientemente. Desconozco mi origen y naturaleza... como lo desconozco de todo cuanto me rodea. Y pese a ello, a ratos, me pienso inmortal...
En una ocasión me emocioné: descubrí luminosidad en una mirada. Pero después, los ojos, súbitamente se apagaron. Y con ellos, todo lo que me otorgaba un carácter especial.
Porque me temo que soy muy simple: no conozco más destino que el morir. O, como leo en Petrarca: "que a hermoso final llega quien bien amando muere".
¿Huyo de mí o de ellos? ¿Estreno angustia o sufrimiento equívoco? Porque me aburro con un hastío escurridizo y miedoso. O siento con atropello. O echo de menos cosas imprecisas...
No estoy seguro de nada... salvo de eso que no logro definir pero que sin embargo añoro ardientemente. Desconozco mi origen y naturaleza... como lo desconozco de todo cuanto me rodea. Y pese a ello, a ratos, me pienso inmortal...
En una ocasión me emocioné: descubrí luminosidad en una mirada. Pero después, los ojos, súbitamente se apagaron. Y con ellos, todo lo que me otorgaba un carácter especial.
Porque me temo que soy muy simple: no conozco más destino que el morir. O, como leo en Petrarca: "que a hermoso final llega quien bien amando muere".
Jaén, 7.2.04
Qué bello es matar
Como asesino uno debe mostrarse siempre gentil con la víctima. Y, si en un descuido te manchas las manos de sangre, no debes hacer nada para disimular las huellas del delito. En todo caso, muéstrate en extremo amable y trata de iniciar un posible diálogo con el inminente muerto en vida que tienes delante. Dile, por ejemplo, que te recuerda a alguien muy querido. O, si acaso, incita a la víctima a jugar con las armas del delito. Que tome confianza con ellas. Muéstrale la navaja, la pistola, el veneno, el cordón de estrangular... como lo haría un niño que enseña a los amigos la rotundidad de sus canicas. Pero, sobre todo, deja ver que sabes manejarte con tales utensilios con la misma facilidad que si fueran mera cubertería de pescado. Así, cuando anochezca, ya estarás en disposición de insistirle -no sin cierta ternura-, en que ofrezca el arco del cuello a la afilada hoja de tu cuchillo... o que se desabotone el pecho de la camisa para que ubiques mejor su corazón y no yerres el disparo.
Normalmente un asesino que se comporta de esta manera en pocas ocasiones es odiado por la víctima.
Normalmente un asesino que se comporta de esta manera en pocas ocasiones es odiado por la víctima.
Jaén, 4.2.04
Rara arquitectura mineral
Me odio con ternura, rabia y consistencia. A veces hago gestos de eunuco ante el espejo. Me alzo en mi pedestal letrado indiferente a la belleza. Ajeno a las caricias y al deseo. Libre de toda vestimenta. Desnudo como flor aún sin nombre botánico. Conmovido por la gracia esquemática de un cuerpo... cuyos pezones orlo con versos de Ausias March: "ya amor se pierde si él pierde la vida..."
Porque hay días en los que parto de mí en caravana de letras sordas. O en verbos... a los que monto con asexuado deseo y que me hacen saltar sobre el silencio como si fuera un fruto de rara arquitectura mineral. Una figura de singular consistencia con la que es inútil armar un nuevo paisaje... o un imprescindible armazón de palabras.
Y, desamparado, comencé a gritar mi ascetismo, a estallar por mi cuenta, como si carecer de la vida que no tengo me hiciera un habitante diferente de ese hombre sin objeto ni paisaje, ese hombre sin atributo ni rostro... que ahora, más que nunca, soy.
Un hombre que se entretiene cada día, cada hora, y por costumbre, en echar al vacío... su propio vacío.
Porque hay días en los que parto de mí en caravana de letras sordas. O en verbos... a los que monto con asexuado deseo y que me hacen saltar sobre el silencio como si fuera un fruto de rara arquitectura mineral. Una figura de singular consistencia con la que es inútil armar un nuevo paisaje... o un imprescindible armazón de palabras.
Y, desamparado, comencé a gritar mi ascetismo, a estallar por mi cuenta, como si carecer de la vida que no tengo me hiciera un habitante diferente de ese hombre sin objeto ni paisaje, ese hombre sin atributo ni rostro... que ahora, más que nunca, soy.
Un hombre que se entretiene cada día, cada hora, y por costumbre, en echar al vacío... su propio vacío.
Jaén, 1.2.04
Un grito improbable
Todo lo que me decías era en sí mismo una captura de mí: tu nueva presa. Porque nunca dabas tu palabra, sino que ésta, era una conquista para quien la provocase. Una captura de, a veces, un reflejo de tu tez blanca o tu mirada experta. "Nunca mueren mis palabras", me dijiste alguna vez. "Y si te fijas, podrás verlas algunas noches colgadas en los aleros de las casas más viejas... como si fueran murciélagos. Allí esperan el amanecer. Con él llegarás tú y tu progresión infinita de interrogantes". Dicho esto callabas. Y tu silencio era una provocación. Pero yo me negaba a concederte esa palabra que tanto esperaste de mí. Convertido en un experto en palabras -de otros-, no supe apropiarme entonces de aquel grito tuyo que agotaba toda posibilidad de expresión. Aquel grito que se extendió hasta este presente improbable que hoy nos ocupa... y que nunca más se volverá a gritar.
Porque ya soy una más de tus víctimas y, si abro la boca para gritarte, es un inmenso silencio lo que lo ocupa todo.
Porque ya soy una más de tus víctimas y, si abro la boca para gritarte, es un inmenso silencio lo que lo ocupa todo.