"Sí, fue una infancia feliz", dijo Onetti refiriéndose a aquellos años de su vida cuyo recuerdo defendía como un templo sagrado. Lo cierto es que el escritor nació en Montevideo el 1 de julio de 1909, en una casa de la calle San Salvador, en la zona sur de la ciudad, y que sus padres, Carlos Onetti y Honoria Borges, se habían conocido en la frontera con Brasil antes de instalarse en la capital uruguaya. Onetti era el hijo mediano: su hermano Raúl había nacido en 1905 y su hermana Raquel, en 1911; ambos fueron los primeros oyentes de los relatos que Onetti inventaba reproduciendo los sucesos de la Primera Guerra Mundial. Al mismo tiempo, su temprana pasión narrativa se completaba con un nuevo hábito: leer. "Recuerdo que cuando era niño me escondía en uno de esos armarios que ya no se ven por el mundo, esos armarios enormes que cubrían toda una pared y que casi siempre estaban llenos de trastos. Bueno, yo me escondía adentro con un gato y un libro. Dejaba la puerta entreabierta para poder ver y allí permanecía durante horas", recordó Onetti en una entrevista publicada en Cuadernos Hispanoamericanos en 1974. Cuando acabó la Primera Guerra Mundial, la situación económica de Uruguay era crítica, y la familia Onetti, que vivía del sueldo del padre como empleado público, se mudó a una vivienda más pequeña en el barrio de Colón. El escritor tenía 13 años y acababa de ingresar al instituto con "regular deficiente". Abandonó los estudios enseguida porque en el colegio se la pasaba leyendo novelas de Julio Verne. Pero su lectura favorita eran Las aventuras de Fantomas, que un pariente lejano le prestaba tomo a tomo. Onetti recorría a pie los cinco kilómetros que lo separaban de su familiar, quien lo recibía leyendo en la cama, y regresaba a su casa dispuesto para meterse en el fondo de un aljibe con una silla de mimbre, una limonada y un libro en horas de la siesta veraniega.
Escribir era una necesidad imperiosa. Con unos amigos fundó una revista local, La Tijera de Colón, en la que publicó sus primeros relatos: La derrota de don Juan, Crónica de unos amores románticos (Cuento para niñas sentimentales) y David el Platónico. También escribió una parodia de Otelo que representó en el pueblo haciendo el papel de Yago. A su vez, consiguió un trabajo como encuestador del censo de Colón y conoció a sus dos primas, que acababan de llegar de Buenos Aires. El flechazo amoroso con la mayor, María Amalia, fue inmediato, y juntos cruzaron el Río de la Plata para casarse y vivir una temporada en la vecina orilla.