Por Jesús Marchamalo5. Cortázar y la pirámide de cristal
Onetti
tenía una leyenda negra, o varias, lo cual no es necesariamente malo. Se decía de él
que era mentiroso, huraño, criticón y egoísta a más de tener una merecida fama de
bebedor de whisky y de fumador compulsivo.
Contó alguna vez que de niño se encerraba en un enorme armario, con su gato y un
libro. Dejaba abierta una minúscula rendija en la puerta, lo justo para que entrara un
rayo de sol, y allí permanecía callado, leyendo, hasta que sus padres se cansaban de
buscarlo. La poca luz del armario, sumada a la poca luz de la biblioteca del Museo
Pedagógico, un lugar tristón y umbrío al que acudía con frecuencia a leer,
determinaron que acabara por quedarse miope. En la biblioteca leyó las obras completas de
Verne, encuadernadas en tela roja y compuestas en dos columnas de letra redonda y
minúscula, y en casa de un tío suyo, gordo como el insecto de Kafka, la colección de
Fantomas. Trabajó en los oficios más diversos. Fue portero en la consulta de un dentista
amigo de sus padres; pintor de brocha gorda, mecánico de coches, vendedor de máquinas de
sumar... Después pasó a trabajar en el semanario Marcha, donde lo contrataron
como secretario de redacción: maquetaba los textos, los corregía y cortaba, y cuando
alguno de los originales solicitados no llegaba, se inventaba un cuento que firmaba con
nombres exóticos: Alfredo Plumet, por ejemplo, o Pierre Boileau.
Se casó y se separó cuatro veces y, por lo tanto, perdió cuatro bibliotecas
gananciales. A veces le entraba la nostalgia, y se lamentaba de las obras completas de
Balzac que había comprado a plazos, y que nunca recuperó, echaba en falta los volúmenes
perdidos de Shakespeare, de Dostoyevski, de Proust, de Montaigne...
Una vez, una chica de trece o catorce años se ofreció a ordenarle los libros que
tenía apilados por toda su casa, sobre los sofás, y encima de las mesas. Le dijo que
sabía leer y escribir, y le recitó de corrido el abecedario, lo que a ambos les pareció
suficiente. Cuando terminó el trabajo, Onetti contemplo aterrado el resultado: la letra J
reunía a Joyce, Rulfo, Cocteau, Jiménez, Le Carré, Swift, Cortázar y Borges, entre
otros. Lo que le llevó a confirmar que colocar los libros por orden alfabético de
autores no deja de ser tan arbitrario como amontonarlos por los pasillos.
Lo de pasar el día en la cama lo explicaba con la naturalidad del inocente. De niño
se habituó a leer tumbado, y de adulto se fue quedando, quedando, hasta que acabó
viviendo en ella, siempre acostado. Tenía, eso sí, a mano una mesita con medicinas, un
vaso de whisky y un montón de libros manoseados y usados que releía constantemente.
Y nada, cuando llegaron los militares a Montevideo, se vino a España donde compró una
casa con el dinero del Premio Cervantes. Se metió en la cama, y vio como su quinta mujer
llenaba la terraza de plantas. |