Por Ana BasualdoEn la novela corta Los adioses, el relato está a
cargo de un narrador-personaje y narrador-testigo: el almacenero, en su almacén cercano
al hospital de tísicos. Un narrador que organiza su trama como una trampa (la trama
narrativa es, siempre, de todos modos, trampa), y no sólo como en las novelas donde
lo que funciona es, sobre todo, algo así como un instinto comercial de la intriga
para mantener bien atrapado al lector por el cuello sino para inocularle incertezas o
falsas certezas respecto de lo que narra. Falsas certezas que el relato, en lecturas
posteriores, irá revelando como imposibilidad de certeza, como aporías del conocimiento.
El almacenero de Los adioses es un narrador que se revela, al final (y más allá
de cualquier suspenso o suspense), como alguien implicado en su propia visión de lo que
narra, aunque lo que narre no parezca tener nada que ver con él. ¿El narrador sabe cómo
ha ocurrido realmente lo que narra o fabula acerca de lo que pudo haber ocurrido? ¿Cuenta
lo que les ocurre a otros, según parece, o cuenta lo que le ocurre a él respecto de lo
que aparentemente cuenta?
En pocas textos de la literatura hispánica
concurren como en Onetti estas vicisitudes de la narrativa moderna. Y no son
vicisitudes destinadas a los narratólogos, sino a usted y a mí: lectores. Porque las
trampas de la trama operan para aislar y «denunciar» los cómodos prejuicios del lector,
en tanto ente implicado en lo humano y lo social.
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