Una buena comida lubrifica los negocios (James Boswell)
Viernes, 10 de agosto de 2001
AÑO XIII. NUMERO 4.271.

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JUAN CARLOS ONETTI
«Sé que todo va a acabar en fracaso. Yo mismo. Vos también»

ALFREDO BARNECHEA

Juan Carlos Onetti fue uno de los escritores recuperados por el boom. Cuando éste sobrevino, ya había creado, como Faulkner con Yoknapatawpha, un territorio propio y mítico en la región alucinada de Santa María. La fama internacional le podía llegar tardíamente, pero Onetti, como Borges y Carpentier, los otros precursores del boom, era ya uno de los escritores secretamente más influyentes del continente.

- En su obra los nombres se repiten, los pasados se suponen, dándole un carácter de saga. Usted, además, fundó para sus personajes una geografía imaginaria y entonces los lectores deben, no sólo tener algo de historiadores para rastrear cada jalón sino también algo de topógrafos. Después de tantos años de que se le haya insistido sobre ese carácter, ¿qué dice Juan Carlos Onetti?

- Mira, qué casualidad: comenzar todo esto por una cosa tan actual... Porque en realidad, yo comencé eso cuando el peronismo era una dictadura. No sé lo que es hoy, ni lo que va a ser después del 12 de octubre [de 1973]. Entonces eso me produjo, si querés de una manera inconsciente, una nostalgia por Montevideo. Es decir, uno tenía la idea de que en Uruguay eso no podía pasar nunca. Era una idea muy idiota, muy optimista, demasiado ingenua. Santa María, esa geografía imaginaria, se me presentó como una especie de refugio. Yo no estaba en ningún lado. No lo estaba en Buenos Aires íntegramente, me sentía fuera, pero tampoco estaba en Montevideo.

- Aparece por condensación. Como el territorio de Faulkner, y como Macondo, por cierto, es uno y varios pueblos. No es grande ¿no?

- Eso de la condensación, quizá. Santa María es una composición. Es más aislada, más primitiva, es más pueblo que ciudad. Allí me sentía con más libertad para mover a los personajes. Es pequeña, sí. Cerca de un lugar donde hay suizos, y además un río la sitia.

- Quería preguntarle por algo que llama la atención, y es que en «Juntacadáveres» es donde Larsen aspira a ese prostíbulo perfecto, mientras que en una novela anterior, «El astillero», Larsen está en decadencia. ¿Cómo explicar eso?

- Bueno, la explicación es que El astillero se publicó antes, pero no es anterior. Yo estaba escribiendo Juntacadáveres cuando se me presentó así, de golpe, el Larsen de la decadencia. Salí de la casa de departamentos donde vivía en Buenos Aires, y vi el fin de Larsen. Eso me ocurrió simultáneamente a una visita que había hecho a unos astilleros, una cosa que era toda una farsa. La cosa se venía abajo, pero contrataban gerentes, mantenían oficinas suntuosas, sus cuentas ya no funcionaban, una calamidad. Entonces, Larsen, que ya ha perdido la posibilidad de ese prostíbulo ideal, acepta la farsa, la asume. Veo en él como una decisión de fabricar su redención. Así se inventa esta nueva esperanza, y llevando esos libros absurdos de la empresa, como que se cultiva, como que esconde su pasado. En el momento en que tuve la imagen final de Larsen, interrumpí Juntacadáveres y me puse a escribir El astillero. Algunos han reprochado una doble presencia a Larsen en Juntacadáveres.

- Eso le iba a decir. El tipo debe de estar fuerte todavía, pero se presiente su debilidad, su aliento apagándose.

- Sí, se presiente su decadencia. Y es que yo retomé Juntacadáveres, sabiendo que ella llegaría. El astillero para mí es deprimente. Es como salir con ropas mojadas un día que ha llovido. No sé, quizá me sienta muy cercano a Larsen, que es un personaje por el que siento mucho cariño, así como un cierto pavor. Vos disculparás, pero me parece un personaje muy interesante.

- Sus novelas son siempre impecables, laboriosas crónicas del fracaso. ¿Quiere aventurar una explicación?

- En mí, creo que se trata de un pesimismo natural; natural y radical. En el fondo, creo que soy una de las pocas personas que cree en la mortalidad. Eso influye mucho. Sé que todo va a acabar en fracaso. Yo mismo. Vos también. De todos los escritores del boom se ha dicho que son pesimistas, que en ellos los personajes siempre se frustran. Quizá. Pero en García Márquez o en Vargas Llosa, yo noto una gran alegría de vivir. Sinceramente, no creo que vean la muerte como un problema. Y no se trata de que ahora yo tenga 64 años y que pueda morirme esta noche. No. Es algo que he sentido desde la adolescencia. Así como se descubre que yo soy yo, así se descubre la muerte, se marcan sus linderos. Uno de los descubrimientos más terribles, el más terrible, que tuve de muchacho, fue que todas las personas que yo quería se iban a morir algún día. Eso me pareció absurdo, y de esa impresión no me he repuesto todavía. No me repondré nunca.

- ¿Y el suicidio, Onetti?

- En todas mis novelas está subyacente la idea del suicidio. Una vez me preguntaron esto que vos me acabas de preguntar, por qué había abandonado la idea del suicidio. Yo le dije que hiciera él primero la prueba, y después me contara. Quiero saber antes si es mejor que todo esto.

- ¿Nunca se perdió en Santa María? ¿Nunca hizo planos ni genealogías?

- Una vez hice un plano de Santa María con un amigo, pero era sólo para mover mejor a los personajes. Lo perdí cuando me vine de Buenos Aires. A mí se me ocurre escribir una novela, y ya tiene su lugar en Santa María. Pero nunca me propuse desarrollar un plano. O sea: nunca quise escribir una saga. Ese es ya un propósito, y yo no podría escribir con propósitos.

- ¿Y por qué escribe?

- Porque sí, porque me gusta contar.

- ¿Cuándo se origina esa vocación ?

- No sé. Quizá en la infancia o en la adolescencia, seguramente como reacción al mundo de los mayores. Por ejemplo, aquí escucho hablar varias horas diarias sobre fútbol. Entonces escribiendo me desquito de esa realidad. Más que sufrirla yo, la realidad la sufren los personajes.

- La sufren por usted.

- Quizá.

- Usted fue revalorado por el surgimiento del «boom», al que se le incorporó un poco retrospectivamente, pues su primer libro es de 1939. Durante ese tiempo, sin lectores casi, ¿para quién escribió? Dicho de otra manera: ¿necesita lectores? ¿Para quién escribe?

- Le contesto lo que una vez Joyce le contestó a alguien que lo entrevistaba. Me siento en un extremo del escritorio, decía, y le escribo a la persona que está en el otro extremo. En el otro extremo está James Joyce.

- ¿Viviría en Santa María si pudiera?

- Santa María no existe más allá de mis libros. Si existiera realmente, si pudiera vivir o viviera allá, inventaría una ciudad que se llamara Montevideo.

Extracto de la entrevista realizada por Alfredo Barnechea en Montevideo, en 1973, y publicada en el libro Peregrinos de la lengua (Alfaguara).



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