Cuando una revista sometió a Juan Carlos Onetti al cuestionario Proust, señaló que el principal rasgo de su carácter era la pereza; que su sueño de dicha consistía en un whisky y una buena novela policiaca que todavía no había leído y que su lugar ideal para vivir podía ser cualquiera, «pero de rentas». Cuando el autor de El astillero hubo de contestar a la pregunta de qué dones naturales quisiera tener, no lo dudó: la invisibilidad.
Ayer, en la presentación del primer volumen de las obras completas del escritor uruguayo, acometidas por Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, su viuda, Dolly Onetti, amplió esa respuesta. «Lo que a él le habría gustado era hacerse invisible para escapar de la realidad y observar sin ser visto la de los demás», decía, trazando un evocador retrato.
Un retrato que lo acercó a los presentes en su época de corresponsal, cuando vivió como una irrealidad que le apuntasen con un arma, en sus fallidos intentos de conferenciante -papel que nunca le gustó interpretar- o en la época de vacaciones, cuando sólo salía de su cama de la casa madrileña de Avenida de América para instalarse en otra del lugar elegido.
Recordó la vez que le dieron el alta en un hospital. Se quedó dos horas más para terminar una novela y concluyó: «Puede decirse que murió con un libro en las manos». Todas las anécdotas condujeron a la misma conclusión, hasta qué punto, para el escritor, la literatura era la vida, hasta qué punto la realidad no era nada en comparación con la ficción.
Dolly se refirió a los lectores obsesivos del autor como «un club de fanáticos», y a ese club dijo pertenecer Luis Mateo Díez, quien realizó un apasionado paseo por el territorio de Onetti, un territorio que no se cansa de recorrer y que cada vez le parece más grandioso.
Creador él mismo de una geografía de ficción, la mítica Celama, Luis Mateo citó a otros que también imaginaron un mundo con sus particulares paisajes, Faulkner y Benet, «pero la Santa María de Onetti es diferente, tiene más que ver con los espacios interiores, con los perfiles un tanto fantasmales de sus personajes».
El escritor alabó el estilo tan poco artificioso de un hombre que parecía escribir «con todos los poderes posibles, sin complejos en el nivel de la lengua en el que hacía moverse a sus protagonistas» y destacó la experiencia de la vida que se respira en cada una de sus narraciones.
De las pasiones
De la pasión de Onetti por las palabras, de las pasiones que despierta Onetti, habló Hortensia Campanella, amiga, especialista en el escritor y al frente de esta edición, que arranca con las novelas iniciales -El pozo, Tierra de nadie, Para esta noche, La vida breve, Los adioses y los fragmentos que se conservan de Tiempo de abrazar, que se perdiera en su día- y que ocupará dos tomos más con el resto de la obra de ficción, los artículos y miscelánea.
«En una dedicatoria, me llegó a decir que acabaría haciendo una autopsia de su obra», señaló Campanella riendo, para pasar a referirse a la coherencia de una trayectoria cuyos grandes latidos se perciben desde un primer momento y en el gusto del autor por la soledad, por bucear dentro de sí mismo para acabar vertiendo sus verdades en lo que escribía.
«Tan poco pretencioso como él, Rulfo», señaló la poeta Paca Aguirre, sentada entre el público y gran amiga del escritor. Antes, Luis Mateo Díez lo había calificado como una de las cimas de las letras hispanas y el crítico Ignacio Echevarría, responsable de la edición, había aludido a su influencia en autores como Juan Villoro o Roberto Bolaño, valorando el que, por fin, se pueda revisitar su obra, sus textos ya fijados y ordenados, de una manera cabal.
Quédese, por tanto, el lector con la magia de unas novelas absolutamente vigentes, con el emotivo texto de Dolly Onetti, con el esclarecedor prólogo de Villoro, en el que describe al escritor como «un tumbado que se entrega a la épica de soñar» y a su escritura como «su vicio, su pasión y su desgracia».