Letras Salvajes Número
5 2004
PABLO BRESCIA
EL ETERNO RETORNO DE LOS ADIOSES
Hace cincuenta años se publicaba Los
adioses, de Juan Carlos Onetti.[1] Las páginas que siguen son un testimonio de su eterno retorno.
Narrar
El
primer enfrentamiento que ofrece esta novela aparece con claridad: el
almacenero, el personaje que dice, vs. el enfermo, el personaje que no
dice, o el que dice lo que el narrador-almacenero dice que dice. El narrador A,
llamémoslo así, es un personaje-testigo; almacenador de comestibles, palabras y
miradas, el almacenero es el filtro a través del cual la(s) historia(s)
llega(n) hasta el lector: es el que cuenta. Paralelamente, existe un segundo
eje de relaciones, “metatextual”, si se quiere: el autor-creador o metanarrador
o autor implícito vs. el lector. En los dos planos, hay alguien que
organiza una narración, que decide la ausencia o presencia de tal o cual
suceso. Este tipo de deslinde se torna fundamental para la lectura de Los
adioses. La red de significados que propone va más allá de la selección de
detalles, ya que el texto se teje a partir de lo que podríamos denominar una
poética de la elipsis; es decir, la narración se construye sobre la base de un
relato incompleto.
Un
ex-basquetbolista que sufre de tuberculosis y que, presumiblemente, viene a
curarse a un sanatorio, llega a un pueblo de la sierra. Su arribo provoca un
cambio en el orden establecido y, por consiguiente, el relato. Rápidamente, el
extraño se convierte en objeto de la mirada del dueño del almacén, la voz que
narra la historia ¿Cómo construye éste su credibilidad como narrador? Ya en la
primera página sentencia: “no recuerdo haberme equivocado; siempre hice mis
profecías antes de enterarme de la opinión de Castro o de Gunz, los médicos que
viven en el pueblo...” (9). De esta frase destacan dos elementos: la
proclamación de infalibilidad y el supuesto don de la profecía. La frecuencia
del verbo “adivinar” en el texto apunta hacia un deseo de anticipación, de
descubrimiento; así, se diría que ésa es la actividad principal del almacenero:
“pude jugar con calma a pronósticos y adivinaciones...” (55).
La confianza en sus condiciones
de adivino produce un desplazamiento en las condiciones del saber que plantea
la novela, al transformar la conjetura en conocimiento. El almacenero sabe
que el deportista no se curará, sabe que recibe cartas de dos mujeres
diferentes; dice saber “el final inevitable de la historia” (40). De
esta manera, el narrador se atribuye una cierta capacidad que lo distingue de
los demás habitantes del pueblo y lo autoriza a convertirse en fuente emanadora
del relato. Una frase del almacenero define la relación entre el que almacena y
el enfermo: “sentí que me buscaba con los ojos para descubrir mi diagnóstico”
(10). El que ve mejor, narra mejor.
El
relato se desarrolla entonces conforme a los códigos de un duelo: el misterio
del hombre que llega al pueblo vs. la capacidad de observación del
almacenero. Es un duelo de miradas: “Yo [el almacenero] insistía en examinarle
los ojos, en estimar la calidad y la potencia del rencor que podía
descubrírsele en el fondo: un rencor domesticado, hecho a la paciencia,
definitivamente añadido. Él torcía la cabeza para suprimirme, miraba los
rastrojos y los senderos de la sierra...” (18-19). Ver, para el almacenero, es narrar. En
la primera frase de la novela, el observamiento de las manos del ex-deportista
es suficiente para profetizar el final de su historia. Sin embargo, no todo
parte de la deducción de hechos observables. El personaje-narrador también
construye a su contrincante a través de la imaginación. Cuando la primera
mujer, de anteojos oscuros y “ancha sin llegar a la gordura”, visita el pueblo
y le cuenta al almacenero que el enfermo había sido un muy buen basquetbolista,
aquél inicia una reconstrucción imaginaria donde lo ve posando para una foto de
El Gráfico —durante muchos años, la revista de deportes más importante
del Río de la Plata— y sentado en una oscura habitación, “sin comprender, la
lámina flexible de la primera radiografía...” (22, 24-25).
El poder de la mirada del
narrador parece inquebrantable. Cuando la muchacha, la segunda mujer, llega al
pueblo para visitar al enfermo, el almacenero la lleva hasta el hotel; ella
intenta evitar su mirada. Los ojos del almacenero están indisolublemente
ligados a la “presencia ausente” de su objeto de estudio y a la credibilidad de
su historia:
Yo me dedicaba a pensar en él, le
adjudicaba la absurda voluntad de aprovechar la invasión de turistas para
esconderse de mí, me sentía responsable del cumplimiento de su destino, obligado
a la crueldad necesaria para evitar que se modificara la profecía, seguro de
que me bastaba recordarlo y recordar mi espontánea maldición, para que él
continuara acercándose a la catástrofe (28).
Mientras tanto, el pueblo está
escandalizado: dos visitas de dos mujeres diferentes, una mayor y otra más
joven, provocan un reguero de chismes a punto de explotar; el enfermero del
sanatorio comenta: “no es caballeresco, no debía haberla llevado al hotel,
donde todo el mundo lo vio vivir con la otra. Todos saben que han dormido
juntos en el chalet desde que ella llegó” (45-46). Los habitantes juzgan las
acciones del enfermo bajo el manto de la moralidad pueblerina que castiga
aquello que se desvía de las normas burguesas de conducta, pero lo que
realmente no pueden confrontar es la indiferencia, la total disociación del
otrora deportista con el medio que lo rodea.[2] Esta resistencia provoca incredulidad no sólo ante los acontecimientos
sino también ante las actitudes “inexplicables” —a los ojos de los otros— del
hombre de las cartas. La incredulidad se transforma en contraseña en los giros
lingüísticos del enfermero, que preludia casi todas sus intervenciones frente
al almacenero con un “es de no creer”.
En tanto, la actitud del narrador
hacia la “voz” del pueblo es ambivalente. Por un lado comenta, con un aire de
filosofía de entrecasa, que “cuando la soledad nos importa somos capaces de
cumplir todas las vilezas adecuadas para asegurarnos compañía, oídos y ojos que
nos atiendan. Hablo de ellos, los demás, no de mí” (16-17). Sin embargo, cuando
las dos mujeres retornan y el momento del conflicto es inminente —la mayor
llega con un niño que, a pesar de que no se parece ni al deportista ni a ella,
todos asumen como de la pareja—, el almacenero sabe que, de algún modo,
representa al pueblo: “Era como si todos supieran la historia, como si hubieran
apostado por la misma mujer que yo [la de los anteojos oscuros] y temieran
verla fracasar” (55). Es decir, a pesar de su intento de diferenciación, el
narrador apoya su testimonio en el imaginario convencional del pueblo; por eso
recurre a él, cuando le conviene: “el enfermero sabe que no me equivoco...” (10).
La reunión del “triunvirato en las
sierras” (el almacenero, la mucama del hotel donde se queda el ex-basquetbolista
y el enfermero) causa juicios lapidarios: “Habría que matarlo —decía la
mucama—. Matarlo a él. A esa putita, perdóneme, no sé qué le haría. La muerte
es poco si se piensa que hay un hijo” (58-59). Y sin embargo, el relato, ahora
en boca del enfermero y de la Reina, la mucama, se sosiega. Los cuatro
visitantes, en tanto, comen juntos y las dos mujeres parecen llegar a un
arreglo. La mujer de anteojos y el niño abandonan el pueblo y la muchacha se
queda en el chalet con el enfermo, que ahora sí tiene la certeza de que va a
morir. La ficción-trampa que construye el narrador parece surtir efecto. Cuando
el enfermo necesita que le hagan llegar comida porque en el hotel ya no lo
atienden, le dice al almacenero: “tengo que hablar con usted y negociar” (75). El
almacenero ha conseguido ser, finalmente, su interlocutor; el ex-basquetbolista
lee en los ojos del otro su historia y por eso explica: “ella se había hecho
responsable de mi curación, de mi felicidad. Heredó un dinero de la madre y
tuvo el capricho de gastarlo en esto, en curarme” (77). Para el almacenero está
claro: ahora el enfermo dependería de él.
Y es entonces cuando descubre un
par de cartas perdidas de la mujer de anteojos que él no había querido
entregarle al enfermo en el verano. Las abre sin mucha vacilación. Uno de los
párrafos dice:
Y qué puedo hacer yo, menos ahora que
nunca, considerando que al fin y al cabo, ella es tu sangre y quiere gastarse
generosa su dinero para devolverte la salud. No me animaría a decir que es una
intrusa porque bien mirado soy yo la que se interpone entre ustedes. Y no puedo
creer que vos digas de corazón que tu hija es la intrusa siendo que yo poco te
he dado y he sido más bien un estorbo (82-83).
Leer
“Sentí
vergüenza y rabia...” dice el narrador-almacenero. Sentimientos que también
invaden al lector implícito, el supuesto cómplice de las adivinanzas del dueño
del almacén. En ambos, en nosotros si se quiere, crece “el viboreo de un
pequeño orgullo atormentado” (83).
En un párrafo de una carta se encuentra (¿?)
la clave de la historia. No porque ofrezca la verdad y reestablezca un cierto
orden, sino porque, al contrario, acaba de desquiciar el texto. Estas líneas
son las que revelan la intriga, que se basa siempre sobre un cambio; lo que
cambia principalmente es el marco de lectura. Éste es el efecto que produce, no
importa demasiado la causa. En los dos planos que la novela propone (almacenero
vs. ex-basquetbolista; autor-creador vs. lector) hay una serie de
desplazamientos. El primer plano, duelo de miradas, pone en juego la relación
entre un yo y un otro donde el yo sufre de la “mala fe” sartreana: por un lado,
el que aparece como narrador A se cree autor-creador —el que arma, el que
intenta adivinar la verdadera historia— y termina siendo frustrado lector; por
otro, el visitante —que es lector ya que, recordemos, adivina que el otro
conoce su situación, es el que arma con lo no dicho el relato; es decir, es el
narrador B dentro del texto. Por otra parte, en el proceso de enunciación
narrativa, en la manera de disponer las frases, de recurrir a ciertas
expresiones, el encuentro entre el lector y el texto es la materia constitutiva
del relato y esto afecta al segundo plano, el que se sitúa fuera de la
historia: más allá de la disposición de las partes, el lector es el productor
“real” del texto.[3]
La
lectura de la novela se transforma, como diría Wolfgang Iser, en un
caleidoscopio de perspectivas, preintenciones, recuerdos. La intriga instala la
ambigüedad y ésta es la base de gran parte de los estudios críticos sobre Los
adioses.[4] Una lectura inicial hace creer que la primera mujer que llega al pueblo
es la esposa y la segunda mujer es la amante del basquetbolista. A partir de la
revelación (¿o re-velación?) de la carta, se entiende que la primera mujer es la
esposa y la muchacha es la hija. Esta conclusión parece ser incongruente con el
relato del almacenero quien, luego de la humillación inicial, comenta: “no
importaba, en relación a lo esencial, el vínculo que unía a la muchacha con el
hombre. Era una mujer, en todo caso; otra” (83). A pesar de esta suerte de
lógica metafórica que sustituye un nombre por otro,[5] el lector no puede dejar de re-leer, de
buscar vestigios de ese relato ausente que se resiste a completarse.[6]
Es
inevitable volver a ciertas frases: (1) “Tal vez el hombre me creyera lo
bastante interesado en personas y situaciones como para despegar los sobres y
curiosear en las maneras diversas que tiene la gente para no acertar al decir
las mismas cosas” (14). El tono irónico cobra una relevancia crucial, ya que el
almacenero ejecuta ese despreciable acto; esto apuntaría desde temprano a un
narrador no fidedigno. (2) Al hablar de la muchacha, el narrador dice que “la
mansa alegría de su cara me había sido anticipada, una vez y otra, con
minuciosas depresiones correspondientes, por la dulzura incrédula del perfil
del ex jugador de básquetbol” (40). Aquí se marca un supuesto parentesco entre
la muchacha y el enfermo que avalaría la relación padre-hija descubierta al
final. (3) “Porque, además, es cierto que yo estuve buscando modificaciones,
fisuras y agregados, y es cierto que llegué a inventarlos” (51). Este
comentario, hecho antes de la reunión del hombre y las dos mujeres, subraya el
carácter subjetivo, parcial, hasta distorsionado del relato del narrador y
puntualiza que, visto de la mejor manera posible, sólo sería una versión de la
historia. (4) “El enfermero y la mucama, la Reina, empezaron a contarme la
historia del epílogo en hotel y en la casita. ‘Un epílogo’, pensaba yo,
defendiéndome, ‘un final para la discutible historia, tal como estos dos son
capaces de imaginarlo’“ (57). Aquí se alude al carácter “discutible” de la
historia (es decir, a la posibilidad de que haya otra u otras) y además se hace
hincapié en la creciente dependencia que tiene el almacenero de sus
informantes. (5) “Le hubiera dicho [a la mujer de anteojos] que estábamos de
acuerdo, que yo creía con ella que lo que estaba dejando a la otra no era el
cadáver del hombre sino el privilegio de ayudarlo a morir, la totalidad y la
clave de la vida del tipo” (72). ¿No tenía razón el narrador 1? ¿No sería ésta
la historia secreta, al fin y al cabo?
El
narrador A y el lector que construyen el texto en primera instancia, han leído
mal... ¿o no? Después de todo, ¿por qué creer en la carta? El enfermo pudo haber
mentido para conservar su relación clandestina. ¿O por qué no inferir una
realidad mucho más terrible que la de una amante clandestina —la de una
hija-amante? En este caso, el narrador A habrá leído bien, demasiado bien. La
serie de preguntas sin resolver surge a causa de otro desplazamiento: cuando se
pasa de una lectura que relaciona las unidades de significado contiguas a una
lectura que conjetura sobre las unidades de significado que podrían haber
ocurrido, en lugar de las que ocurren. El marco de lectura para este texto
parece ser una suerte de “hermenéutica de la sospecha”, es decir un juego de
interpretaciones que postulan la ambigüedad y la duda. El proceso que sigue el
lector es parecido a las investigaciones en el género policial, ya que, en
apariencia se busca la verdad; sin embargo, podría especularse que la operación
del autor es la inversa.[7]
(Re)leer o (re)escribir o (in)conclusiones
Para
“concretar” esta novela como texto literario, o sea, para unir el polo artístico
(el de la creación) con el estético (el de la recepción), es necesario
completar los espacios vacíos a partir de las huellas de un relato ausente,
elipsado, el relato que no cuenta el enfermo, quien se suicida para reafirmar
la impresión de que lo único definido es la muerte. Esto implica, desde mi
punto de vista, un eterno retorno a Los adioses, una incesante búsqueda
de indicios que el texto se resiste a dar, es decir, un continuo proceso de
relectura-reescritura.[8] En los procesos habituales de anticipación y retrospección, luego de una
primera lectura, la relectura privilegiará el mecanismo retrospectivo. Hay un
cíclico “volver a empezar” donde todo se repite y nada es lo mismo y, a partir
de allí, un intento de organizar una estructura coherente para así inspeccionar
la potencialidad significativa del texto. Para ello, es necesario estar
conscientes de los elementos que se acomodan en el trasfondo de nuestro acto de
lectura y de aquellos que se ubican el frontispicio. Por ejemplo, una
concreción de la novela puede centrarse en el testimonio del narrador y tener
como trasfondo la carta que revela el secreto. Otra operación de lectura podría
invertir los términos. Y aun otra podría poner en primer lugar la cuestión de
la literatura misma y enfatizar cómo aparecen en esta novela los problemas de
la narración.
Es
obvio pero necesario comentar que, cuando aparece Los adioses en 1954 la
literatura latinoamericana está atravesando por un período de gran renovación. La
crítica[9] coincide en señalar la ambigüedad como
estrategia importante en la construcción de espacios narrativos que escapan a
la transcripción del referente real y se dedican a inventar un lenguaje, para
luego sí revisitar la realidad (y la literatura) e indagar en ellas. Y la
ambigüedad, lo no-transparente, la duda, lo complejo, la intriga plantean la
posibilidad de múltiples lecturas y acercamientos, pero no de cualquier
interpretación. La obra queda abierta, sí, pero no devaluada.
Quizás
el logro de Onetti en este marco sea haberle hecho una gran burla y, al mismo
tiempo, un gran homenaje a la lectura en tanto actividad que narra. Porque en Los
adioses caemos en la cuenta de que no sólo la lectura sino también la
escritura comienzan cuando terminamos de leer. Así, lo que parece ser la historia
de lo que queda de un hombre gris que se va a morir, y se muere, se convierte
en una proliferación de relatos, en una circulación de versiones sobre su vida,
sobre sus relaciones. Como para recordar que las historias se arman con lo que
cuentan los otros; que narrar no es decir sino dudar qué decir; que ningún
adiós es único, definitivo, singular.
Epígrafes-epílogos:
Los
efectos son infinitamente
más
importantes que las causas.
Los adioses.
Y
perdónanos nuestras deudas, así como
nosotros
hemos perdonado a nuestros deudores.
“El Padre nuestro,” El evangelio
según San Mateo
NOTAS:
1. Los adioses. Buenos Aires, Sur, 1954. Cito las
páginas entre paréntesis.
2. Para un recuento de las diferentes
evasiones que practican los personajes de Onetti, véase la sección “Los
mecanismos de defensa”, en Fernando Aínsa. Las trampas de Onetti.
Montevideo, Alfa, 1970, 69-73.
3. A partir de la cuarta edición de Los
adioses, el trabajo de Wolfgang Luchting, “El lector como protagonista de
la novela”, sirve de introducción al texto de Onetti.
4. Veamos una muestra. Emir Rodríguez
Monegal (“Una o dos historias de amor, Los adioses por Juan Carlos
Onetti”, Marcha, núm. 744, 10 de diciembre de 1954, 14-15) habla de la
ambigüedad como esencial en la visión de mundo de Onetti. Hugo Verani (“En
torno a Los adioses de Juan Carlos Onetti”, Anales de la Universidad
de Chile, núm. 145, 1968, 35-57) dice que las dos historias crean una
ambigüedad significativa indescifrable. Joel Hancock (“Psychopathic Point of
View: Juan Carlos Onetti's Los adioses”, Latin American Literary
Review, núm 2, vol. 3, 1973, 19-29) dice que el caos interpretativo se debe
a la mente enferma del narrador. Jorge Rufinelli comenta que la novela es “una
historia de ambigüedades vitales, subjetiva hasta la exasperación y la
morosidad” (Prólogo a Tiempo de abrazar y los cuentos de 1933 a 1950. Montevideo,
Arca, 1974, ix-liv). Doris Rolfe (“La ambigüedad como tema de Los adioses”,
Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 292-94, 1974,
480-487) trata el tópico desde los efectos de la técnica de la novela. Josefina Ludmer (Onetti: los procesos
de construcción del relato. Buenos Aires, Sudamericana, 1977) vincula las
ambigüedades de la novela con el sistema del relato policial. Sylvia Molloy
(“El relato como mercancía: Los adioses de Juan Carlos Onetti”, Hispamérica,
núms. 23-24, 1979, 5-19) centra la ambigüedad
dentro de la lucha entre enunciador y enunciado. Ronald S. Méndez Clark (Onetti y la
(in)fidelidad a las reglas del juego. Maryland, University Press of
America, 1993) cree que la ambigüedad deriva de una meditación sobre los
mecanismos ficcionales.
5. Un momento interesante que avala, por un
lado, la equivalencia entre el almacenero y el autor-creador y, por el otro, la
concepción de la novela como un ejercicio de metaficción, es cuando el
almacenero, después de enterarse del “fracaso” de su lectura, dice: “Me sentía
lleno de poder, como si el hombre y la muchacha, y también la mujer grande y el
niño, hubieran nacido de mi voluntad para vivir lo que yo había determinado”
(84).
6. Sobre la idea del permanente “hurto de
información” en la novela y sus consecuencias para el saber que se plantea en
el relato, véase Noé Jitrik, “Onetti: el sufrimiento de un narrador” en Vertiginosas
textualidades. México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1999
7. Según Josefina Ludmer, Onetti “escribe
para crear ignorancia”. Véase “Figuras del género policial en Onetti”, Texto
Crítico, 6.18-19, 1980, 47-50.
8. Gilles Deleuze dice sobre Borges, “El jardín de senderos que se
bifurcan” y el eterno retorno: “El sistema del porvenir, en cambio, debe
llamarse juego divino. Porque la regla no existe previamente porque el juego produce
ya sus propias reglas, porque el niño jugador no puede sino ganar afirmando
todo el azar de una vez y para siempre. No son afirmaciones restrictivas o
limitativas, sino coextensivas a las preguntas formuladas y a la decisiones de
las que emanan: un tal juego trae consigo la repetición necesariamente del
lance vencedor, pues no lo hace sino a fuerza de abrazar todas las
combinaciones y todas las reglas
posibles en el sistema de su propio retorno” (“Borges y el eterno
retorno”, La Gaceta del Fondo de
Cultura Económica, núm. 188, agosto de 1986, 57).
9. Entre las varias propuestas
fundacionales para el estudio de la nueva novela hispanoamericana destacan las
de Carlos Fuentes (La nueva novela hispanoamericana. México, Joaquín
Mortiz, 1969) y Julio Ortega (La contemplación y la fiesta. Notas sobre la novela latinoamericana actual. Caracas, Monte Ávila, 1969).
Pablo
Brescia. Nativo de Buenos Aires, emigra
a los Estados Unidos en 1986. Doctor en
Lenguas y Literaturas Hispánicas de la Universidad de California en Santa Bárbara.
Ganador del Primer Premio del Certamen
de Ensayo “Miguel de Cervantes,” auspiciado por el Consulado Español en Los Ángeles
(1993). Es co-autor y co-editor de los
siguientes libros: El cuento mexicano.
Homenaje a Luis Leal (México: UNAM, 1996), Sor Juana y Vieira,
trescientos años después (Universidad de California, Santa Bárbara,
1998) y Borges múltiple: cuentos y ensayos de cuentistas (México:
UNAM, 1999). Sus ensayos y reseñas
figuran en publicaciones de Argentina, Dinamarca, Francia, México, España y los
Estados Unidos. Actualmente trabaja en University of South Florida
[1] Los adioses. Buenos Aires,
Sur, 1954. Cito las páginas entre paréntesis.
[2] Para un recuento de las
diferentes evasiones que practican los personajes de Onetti, véase la sección
“Los mecanismos de defensa”, en Fernando Aínsa. Las trampas de Onetti.
Montevideo, Alfa, 1970, 69-73.
[3] A partir de la cuarta edición
de Los adioses, el trabajo de Wolfgang Luchting, “El lector como
protagonista de la novela”, sirve de introducción al texto de Onetti.
[4] Veamos una muestra. Emir
Rodríguez Monegal (“Una o dos historias de amor, Los adioses por Juan
Carlos Onetti”, Marcha, núm. 744, 10 de diciembre de 1954, 14-15) habla
de la ambigüedad como esencial en la visión de mundo de Onetti. Hugo Verani
(“En torno a Los adioses de Juan Carlos Onetti”, Anales de la
Universidad de Chile, núm. 145, 1968, 35-57) dice que las dos historias
crean una ambigüedad significativa indescifrable. Joel Hancock (“Psychopathic
Point of View: Juan Carlos Onetti's Los adioses”, Latin American
Literary Review, núm 2, vol. 3, 1973, 19-29) dice que el caos
interpretativo se debe a la mente enferma del narrador. Jorge Rufinelli comenta
que la novela es “una historia de ambigüedades vitales, subjetiva hasta la
exasperación y la morosidad” (Prólogo a Tiempo de abrazar y los cuentos de
1933 a 1950. Montevideo, Arca, 1974, ix-liv). Doris Rolfe (“La ambigüedad
como tema de Los adioses”, Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 292-94, 1974, 480-487) trata el tópico desde
los efectos de la técnica de la novela. Josefina Ludmer (Onetti:
los procesos de construcción del relato. Buenos Aires, Sudamericana, 1977)
vincula las ambigüedades de la novela con el sistema del relato policial. Sylvia
Molloy (“El relato como mercancía: Los adioses de Juan Carlos Onetti”, Hispamérica,
núms. 23-24, 1979, 5-19) centra
la ambigüedad dentro de la lucha entre enunciador y enunciado. Ronald S. Méndez
Clark (Onetti y la (in)fidelidad a las reglas del juego. Maryland,
University Press of America, 1993) cree que la ambigüedad deriva de una
meditación sobre los mecanismos ficcionales.
[5] Un momento interesante que
avala, por un lado, la equivalencia entre el almacenero y el autor-creador y,
por el otro, la concepción de la novela como un ejercicio de metaficción, es
cuando el almacenero, después de enterarse del “fracaso” de su lectura, dice:
“Me sentía lleno de poder, como si el hombre y la muchacha, y también la mujer
grande y el niño, hubieran nacido de mi voluntad para vivir lo que yo había
determinado” (84).
[6] Sobre la idea del permanente “hurto de
información” en la novela y sus
consecuencias para el saber que se plantea en el relato, véase Noé Jitrik,
“Onetti: el sufrimiento de un narrador” en Vertiginosas textualidades. México,
Universidad Nacional Autónoma de México, 1999.
[7] Según Josefina Ludmer, Onetti
“escribe para crear ignorancia”. Véase “Figuras del género policial en Onetti”,
Texto Crítico, 6.18-19, 1980, 47-50.
[8] Gilles Deleuze
dice sobre Borges, “El jardín de senderos que se bifurcan” y el eterno retorno:
“El sistema del porvenir, en cambio, debe llamarse juego divino. Porque la
regla no existe previamente porque el juego produce ya sus propias reglas, porque el
niño jugador no puede sino ganar afirmando todo el azar de una vez y
para siempre. No son afirmaciones restrictivas o limitativas, sino coextensivas
a las preguntas formuladas y a la decisiones de las que emanan: un tal juego
trae consigo la repetición necesariamente del lance vencedor, pues no lo hace
sino a fuerza de abrazar todas las
combinaciones y todas las reglas
posibles en el sistema de su propio retorno” (“Borges y el eterno
retorno”, La Gaceta del Fondo de
Cultura Económica, núm. 188, agosto de 1986, 57).
[9] Entre las varias propuestas
fundacionales para el estudio de la nueva novela hispanoamericana destacan las
de Carlos Fuentes (La nueva novela hispanoamericana. México, Joaquín
Mortiz, 1969) y Julio Ortega (La contemplación y la fiesta. Notas sobre la novela latinoamericana actual.