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Juan Carlos Onetti

Mario Monteforte Toledo

Sofocado por el “boom” de la novela latinoamericana, el uruguayo Onetti fue postergado, hasta que como la espuma subió y fue valorado como genial en España. Inimitable es el ambiente de sus obras. Semioscura, misteriosa, su creación es esencial y perfecta.

Muchas, muchas veces lo encontraba en la cama, fuera el país donde fuera. ‘No tengo nada; sólo cansancio de todo lo que me he cansado, explicaba. Sobre la colcha flotaba un mar de libros, apuntes, cigarros y al alcance de la mano, una mesilla con lámpara sorda para desvelados y vasos medio vacíos.
Empezaba la conversación como atando cabos con lo recién pensado. Uno tardaba en ubicarse, igual que cuando se leen sus textos; pero resplandecía la extraña, prudente luz de una inteligencia prodigiosa y de un don de ver con los ojos cerrados. ‘Aspiro a escribir sin letras. Las letras le sobran al cuerpo, como el apéndice y muchos pelos”, opinaba. Extraño en quien manejaba el idioma como él.
Onetti vivió siempre estrechamente ligado a una mujer. No conocí a sus primas hermanas —sus primeras esposas—; la última creo que era alemana y como bastantes de su nacionalidad, tenía de madre, enfermera, capitana, cómplice y feligrés. Cuando me acompañaba a la puerta después de visitas demasiado largas, me contaba de la salud de Juan, de las casi invisibles sutilezas de sus cambios, de la cantidad de alcohol que ingería sin razón “porque no está ni más alegre ni más triste que ayer”, comentaba.
Los espesos lentes le agrandan los ojos glaucos, lentos, fijos para pensar y para mirar. Su voz era profunda, porteña a pesar de sus largas ausencias de Montevideo y de Buenos Aires. En cualquier parte que estuviera emanaba esa especie de atmósfera, de equilibrio entre la piel y el aire propio de los grandes solitarios. Sus amigos lo amaban. De uno de ellos, el gordo uruguayo Martínez Moreno —su abogado, su médico, su oído atento a las ideas aún en estado de magma—, decía alegre: “Es mi segunda madre”.
Nada fuera de su laboriosa mente le interesaba mucho. Sus obras dan la impresión de lo que son: inventos de una realidad que nunca deja de ser sueño ni tampoco algo distinto a lo de carne y hueso. Esos Larsen, esos vecinos de los muelles o de los lupanares de su inventada Santa María que aparecen en su narrativa son más pedazos suyos que de la humanidad. Una vez se lo comenté así y dijo: “No hay literatura buena si deja de ser literatura. Y la literatura tiene un solo dueño y juez: el autor”.
Onetti carecía en absoluto de bienes terrenales. Siempre ganó bien cuando hacía de periodista o de publicista; luego vinieron la gloria, las grandes ventas de sus libros, los dorados premios españoles. Pero nada le hizo perder ese alejamiento, esa soledad profunda que cultivó para ver mejor, a pesar de sus cálidas relaciones humanas. Una vez le llevé la entusiasta y documentada biografía sobre él escrita por un mexicano; cuando semanas más tarde volví a visitarlo ni siquiera había abierto el libro.
Nunca lo oí hablar de literatura y muy pocas veces de autores vivos o muertos. No lo conocí de joven; pero sin duda, largo fue el proceso de su autodestrucción por el alcohol. En medio de una conversación dijo algo de lo generador de amargura y de honda preocupación: “Las agonías son más largas que la vida”. Pero de inmediato soltó alguna broma. Porque sabía sonreír y hasta reír con verdadero gusto de viejo sibarita.
 

(Mario Monteforte Toledo, Guatemala, 1911-2003. Novelista y sociólogo. El escrito sobre Onetti proviene del libro ‘Retratos hablados’ (1996), colección de semblanzas sobre escritores, políticos, cineastas y gente común.)
 




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