Hernando Valencia Goelkel
Cuando Juan Carlos Onetti tuvo que salir de su país, el Uruguay, para escapar del régimen militar, inició un largo exilio que habría de prolongarse hasta el final de sus días. La suerte le deparó el mejor sitio posible para el destierro —España (Madrid)—; pero de todos modos, la del exiliado es una situación incómoda y a menudo infeliz, calamidades de las que no siempre es responsable el país anfitrión pero que son inherentes a esa condición tan profusa y elocuentemente lamentada en toda una literatura del género.
Confesiones de un lector (Madrid, 1995) es el libro póstumo de Onetti que inaugura una nueva colección de la editorial Alfaguara, Textos de escritor, dedicada a recopilar la obra periodística de autores notables. (Simultáneamente con el de Onetti salieron un libro de Juan Goytisolo y otro del locuaz compatriota del escritor, Mario Benedetti). La selección abarca de 1976 a 1981 y comprende artículos aparecidos durante esos años en publicaciones españolas.
Onetti no podía escribir sobre la situación del Uruguay ni de los otros países hispanoamericanos sometidos entonces a regímenes militares. Su actividad de periodista tenía, pues, ciertas limitaciones, algunas externas, otras, cabe presumir, autoimpuestas. El resultado es que esta colección de artículos tiene una dimensión inequívocamente literaria; el polemista político está ausente. Tanto mejor, se dirá, cuanto que Onetti era esencialmente un escritor, un novelista, y que es de celebrar ese partido literario tomado por esta colección. Lo cual no impide añorar algunas muestras de lo que Onetti pensaba y decía de momentos tan turbios en la historia uruguaya. Una mera curiosidad, creo que no ilegítima.
Expresiones ñoñas
Lo que el libro presenta es una serie de artículos cuyo interés va en razón directa a lo que en ellos nos dice Onetti sobre su condición de novelista, de escritor y de lector. Del ser humano para el cual escribir era una "tarea enlazada para mí al hecho de vivir”. Son reflexiones en tono modesto sobre temas como el de la relación del autor con sus personajes, a la de la criatura que cobra vida ante la estupefacción del autor; no, Onetti niega validez a la tesis de Unamuno y a las anécdotas sobre Balzac. "El autor prefija el derrotero de cada personaje (el autor soy yo), y vigila para que se cumpla. Al fin y al cabo, acaban de nacer, se están educando y yo, mucho más viejo, tengo que cuidar de ellos. Son niños, no saben lo que hacen (...)”.
Como la definición de poesía (en Reflexiones de un poeta) o como la defensa de las características innatas del verdadero escritor; "Creo que el escritor, el bueno, nace ya destinado a serlo y que ni los éxitos o los fracasos lograrán desviarlo de la fatalidad congénita”. Onetti es agudo cuando recuerda los libros perdidos en el transcurso de su vida o cuando previene contra las expresiones ñoñas — "Montó en cólera”, "Votó a bríos”— para que los autores "eviten y odien las palabras muertas, las frases que ya debieran estar enterradas”.
De este libro salen también las simpatías y las preferencias (sobre las antipatías guarda un ejemplar silencio). A juzgar por la colección William Faulkner es su autor predilecto; le dedica cinco artículos completos, sin contar otras menciones; se explaya, y se reitera, sobre la incomprensión del público estadounidense frente a su obra, y menciona con espanto los horrores cometidos por los traductores al español —y a otros idiomas—.
Según Onetti, la verdadera traducción de Luz de agosto sería "parir en agosto”: es el verdadero sentido del título en inglés, la expresión campesina de light in august no quiere decir otra cosa y "Luz de agosto” es un embellecimiento trivial. Otro tanto con "Intruso en el polvo”. Dust, en este caso, no quiere decir polvo sino alegato, querella verbal. Junto a Faulkner hay una lista de nombres ilustres: desde Proust hasta Raymond Chandler. En lugar muy destacado, Ramón del Valle Inclán, el mejor escritor de España en el siglo XX, según Onetti. Y, por supuesto, con reverencia y en ocasiones con ironía, Borges.
Odio al televisor
A Onetti lo acusaban de pesimista; él niega el cargo pero en forma muy escéptica. En esto influye de cierta forma la mentalidad del exiliado: el mundo circundante es todavía más ajeno que el otro, más impersonal, más hostil. Lo cierto es que Onetti se muestra hosco ante las manifestaciones del mundo contemporáneo. Con razón en lo que se refiere a la guerra y a la amenaza de destrucción nuclear, sus referencias al rayo láser que enceguece al adversario, son iracundas y sarcásticas, como lo son también sus observaciones sobre la guerra, el hambre, la miseria y sobre el escándalo máximo, la situación de los niños en los países pobres. Cuando escribía estas cosas persistía aún el enfrentamiento entre occidente y el bloque soviético; pero hoy, cuando esa emulación parece superada, tendría razones para seguir con su protesta frente a la realidad de todos los días, frente a esas guerras civiles que superan en ferocidad a los conflictos internacionales. No son meras jeremiadas ni gratuita su desconfianza ante "un mundo de mañana menos repugnante que el que estamos viviendo”.
Sin embargo, ese rechazo puede confundirse con el pesimismo sistemático o con una actitud gruñona frente a casi todas las manifestaciones del mundo actual. Como resulta casi previsible, detesta la televisión; dice que fue inventada en el séptimo día de la creación y que su oficio es impregnar de algo que llaman cultura a los pasivos televidentes. Y, por supuesto, es la enemiga de la lectura. Dice que cuando buscaba un apartamento encontró muchos lugares previstos para la colocación del televisor; en cambio, ningún estante para libros. Mal síntoma.
También rezonga contra la pornografía o el erotismo, una presunta moda norteamericana que "se revuelca gozosa en la inmundicia”, y es despectivo frente a las creaciones actuales en los campos de la poesía y la novela. No se puede hacer un paralelo entre la creatividad de la primera mitad del siglo XX y la de la menguada segunda mitad. Son malos tiempos; es el tiempo del exilio, cuando el mundo circundante se muestra más arisco, oprimente e insulso que de costumbre.