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Onetti, un eterno desolado

Andrés Gómez

"Todo en Onetti es equívoco, sospechoso, polivalente. Aunque construye su realidad paralela con datos reales -el olor a fritanga, el sabor de la caña ordinaria-, su creación permanece ingrávida, alucinada aunque siempre lúcida". Así definió José Donoso a su colega uruguayo.

No pensaba sus novelas, según decía; más bien las veía. Acompañado de una botella de whisky y unos irrenunciables cigarrillos, sus personajes se le podían aparecer de sopetón en una esquina, fumando, a media luz, solitarios, sin nada que esperar. Ni que perder. "El Astillero. Esa novela, yo la vi, una noche, en Buenos Aires, mientras caminaba por el pasillo de mi apartamento. En veinte o treinta pasos la vi, entera, de punta a cabo. El astillero, en ruinas, todo", confesó en una de esas conversaciones escépticas y escasas que sostuvo con la prensa.

Muerto en 1994 en el dormitorio madrileño donde decidió pasar sus últimos años, convencido de la desdicha irremediable de la vida, Juan Carlos Onetti, clásico de la narrativa del siglo XX a pesar de sí mismo, retorna a la actualidad con la adaptación cinematográfica de El Astillero, estrenada anoche en Buenos Aires.

Publicada en 1961, es una de las pocas novelas que Onetti consideraba dignas, por su irrefutable perfección. Y sin duda ha de ser su obra más lograda. "Todo en Onetti es equívoco, sospechoso, polivalente. Aunque construye su realidad paralela con datos reales -el olor a fritanga, el sabor de la caña ordinaria-, su creación permanece ingrávida, alucinada aunque siempre lúcida. No se escribe (esta novela) si se puede resumir su contenido en otra cosa que su forma precisa", escribió José Donoso en la edición española de 1970.

El Astillero es una novela gris y amarga, desolada, huérfana de dioses, donde Onetti apunta a un tema que le es obsesivo: la tragedia menor de la existencia, donde los hombres insisten en perseguir ilusiones aun sabiendo que son quimeras y, de refilón, absurdas. Su protagonista, Larsen, es un secundón, que cifra esperanzas en la imposible resurrección de un astillero que salvará sus vulgares días, y representa sin más la encarnación del fracaso.

El relato se desarrolla en Santa María, un puerto que será la "ciudad, comarca, provincia o reino" de la narrativa de Onetti. Un sitio con farmacia, casas y ferrocarril, que constituye sobre todo un espacio anímico, el de la desesperanza, donde el tiempo transcurre opaco y los personajes son roídos por "el trabajo sigiloso de los días".

Santa María aparece por primera vez en La Vida Breve, editada en 1950. Hasta entonces, Onetti, nacido en Montevideo en 1909, había abandonado el colegio y había subsistido como encuestador, pintor de puertas, boletero en un estadio de fútbol, cantinero y secretario de redacción de Marcha, entre otras ocupaciones. Se había casado también un par de veces, era un asiduo visitante y admirador de prostitutas, publicó dos títulos intrascendentes (Tierra de Nadie y Para Esta Noche) y uno fundamental, El Pozo, que escribió de un envión, en una noche, por necesidad y gozo, "como se hace el amor con una mujer". Aparecido 1939, es considerado la primera novela moderna de Hispanoamérica, que plantea el tema del desarraigo del hombre contemporáneo, el que seguirá filtrándose en su universo de Santa María.

A la salida de La Vida Breve, un conciso y denso relato, no existía la Comala de Rulfo ni el Macondo de García Márquez, pero estaba ese condado fundamental que es Yoknapatawpha, la región fundada por Faulkner. De éste, Onetti no sólo tomó la idea de un mundo autónomo y universal. También aprendió la lección del quiebre en la narración, supo manejar como un maestro el punto de vista y los juegos temporales. Y añadió lo suyo: la angustia del existencialismo, el absurdo kafkiano y el pesimismo radical que lo acompañó toda la vida.

Con El Astillero (1961), Juntacadáveres (1964, aunque escrita con anterioridad) y Dejemos Hablar al Viento (1979), Onetti prosiguió la creación de ese universo sombrío y entrañable, habitado por seres con rostros oxidados, que en alguna parte de sí esconden restos de una magullada ternura; alcohólicos, solteronas sin remedio, moribundos, a quienes la desdicha no les llega: la viven.

Tras ser detenido por la dictadura militar uruguaya en 1974, se exilió en Madrid. Allí, en el dormitorio de su departamento, esperó la muerte. A regañadientes salió para recibir el Premio Cervantes en 1980. Hastiado sin retorno, le bastaban sus cigarrillos, una botella de whisky y un par de novelas policiales, por donde veía la vida. Convencido de que se escribe por necesidad, a su muerte dejó una narrativa esencial y necesaria.




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