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La invención del tiempo

Sergio G. Colautti

Hace medio siglo Juan Carlos Onetti fundaba "Santa María"

Hace cincuenta años nacía, entre los pliegues de "La vida breve",  Santa María, un sitio clave de la literatura de esta parte del mundo y un referente ineludible de la experiencia cultural rioplatense: el territorio que inventó Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909), a quien sería injusto apartar del puñado de los mejores escritores del siglo en lengua castellana.

Cuando aparece esta novela, en 1950, que compone con "El astillero" (1961) y "Juntacadáveres" (1964) la llamada "trilogía de Santa María", la literatura de la región estaba dominada por el "realismo mágico", que proponía obras y autores de singular éxito entre los lectores americanos y europeos. La obra que gestaba Onetti, sin embargo, crecía silenciosa y personalísima en los márgenes de esa gran actividad editorial.

En la evolución de la imagen pública de escritores como  Borges y Di Benedetto podríamos entender lo que el "boom" significó en los años sesenta y setenta: Borges, en medio de controversias y polémicas, Di Benedetto casi condenado al silencio y al olvido.  Onetti, entre los dos, ni tan discutido ni tan olvidado. Los tres escribieron más allá del fulgor del realismo mágico, sus muchos logros y sus fuegos artificiales; los tres eligieron otro espacio narrativo que, acalladas las estridencias del "boom", logra sobre el fin de siglo un reconocimiento definitivo. Borges, celebrado hasta la desmesura en su centenario, Di Benedetto destacado como narrador clave desde los espacios legitimantes de la literatura sudamericana, comienza a ser leído por el gran público. Onetti, entre ellos: nunca tan venerado como Borges, siempre más conocido y revisitado que Di Benedetto.

Lo interesante de esta lenta aproximación de crítica y público sobre estos tres escritores es que implica una relectura de la producción literaria regional: eludir las magias, las folklóricas maravillas, las sorpresas un tanto reiteradas ya para afirmarse en una narrativa que habla de la situación del hombre en el mundo, no sólo en la región  (Santa María es todo el mundo y todos los mundos) y la tensión de un destino incomprensible por la subordinación del hombre al cosmos (como lo comprendieron Kafka o Faulkner) y no por profusión de milagros.

II. Desmantelamientos

Un apunte de Juan José Saer en su último libro nos ayuda a entender la operatoria de Onetti frente a la moda literaria de su tiempo. Dice Saer, hablando de Cervantes, que Don Quijote procede al desmantelamiento de la epopeya, "acumula solamente fracasos, su progresión no tiene ninguno de los atributos del desplazamiento épico. De allí surgen líneas singulares que modificarán el rostro de la narración occidental: Flaubert, Joyce, Faulkner, Kafka...". (1)

También Onetti (como Borges y Di Benedetto) desmantela el realismo mágico, que bien podría ser entendido como una epopeya regional, una mítica saga épica de dictadores y desmesuras. En el caso de Onetti ese desmantelamiento, esa desedimentación,  diseñan su estilo y su proeza. Esa "acumulación de fracasos" de la que hablaba Saer a propósito de Don Quijote, bien le cabe a Onetti, de quien se ha dicho que buscaba "el fracaso como supremo fin" (2)

En "La vida breve" Onetti inventa el tiempo situando a los otros, a las vidas breves de los otros, en Santa María, que no es un espacio sino un sitio de tiempo puro; el espacio de la novela tiene referentes objetivos: Buenos Aires, Montevideo, Tigre, Temperley... pero la fuga que inventa Brausen es temporal. Santa María es el lugar donde el pasado y el futuro se construyen desde el presente de la escritura. Un tiempo no lineal, de cursos y recursos, del que salen y entran personajes, situaciones y relatos –las novelas que completan la trilogía están hechas del tiempo sanmariano -. Una máquina de tiempo diseñada para contar el tiempo y contrarrestar su lacerante brevedad. Un aparato narrativo que da cuenta de lo real calcando sus perfiles y transformándolos a partir de un  proceso creativo único en nuestras letras pero fiel a la lógica de lo real en la cuestión que a Onetti le parece esencial desde su ópera prima, "El pozo": la concepción del tiempo. Si Macondo escapa mágicamente de toda regla espacio-temporal, Santa María se inventa a sí misma como una ciudad creíble, de sucesos imperceptibles, exentos de grandilocuencia y arrebato, un territorio textual que se afirma en las simples vidas y las simples muertes de sus personajes, que se sentirían más cómodos en un texto de Arlt o Bernhard que en los de Asturias o Carpentier.

Onetti es también un oscuro personaje que, promediando la novela, aparece alquilando una oficina a Brausen, es decir, otorgando a Brausen un espacio posible para escribir. El que escribe, Brausen, entre la cercanía de Gertrudis y su pecho mutilado (lo visible incompleto) y los sonidos de la Queca tras la pared (lo invisible y deseado) inventa el tiempo imaginario e ilusorio de Santa María, las figuras inolvidables de Díaz Grey y Elena Sala. Lo distintivo del invento de Onetti/Brausen es que el tiempo con que están hechas las vidas de sus personajes tiene la misma esencia que el tiempo real de los humanos: su brevedad, su sociedad irreversible con la muerte, que incluso escapa de los designios y los deseos del escritor.

Con Santa María, Onetti pone en circulación, en la literatura occidental, un tiempo que cruza la invención cervantina - el deseo de "ser otro" en Alonso Quijano disolviéndose en Don Quijote: "el relato más significativo que se ha escrito sobre la libertad del hombre" (3) - con la narrativa que profundiza la subordinación del hombre al tiempo de la negación: Kafka, Faulkner. En el cruce de libertad y negación, Santa María, habitada por múltiples vidas breves que saben sobre la fugaz felicidad de sus tiempos. Como nunca había ocurrido, Onetti logra una íntima tensión entre libertad y destino sin recurrir a la desmesura del mito ni a la tragedia ateniense sino husmeando los pliegues cotidianos, domésticos y cercanos que los hombres como Brausen o Díaz Grey  llaman a veces con el nombre del deseo y el desencanto.

III. Tal vez eterno

En "Cuando ya no importe", novela que apareció un año antes de su muerte (1994),  termina de completarse el itinerario de Santa María y reaparece Díaz Grey entre apuntes de memorias. El desdibujamiento que observamos en Brausen cuando disuelve su presencia para ser Arce, esa resignación ante las leyes del tiempo que acepta el narrador para convertir al personaje en posibilidad, es lo que en este último texto se reproduce con el mismo Onetti, cuya voz se debilita para que Díaz Grey no sea presa del olvido: "Díaz Grey. Médico de Santa María. Tal vez eterno", leemos en la presentación del personaje y, en el final, "Díaz Grey, que todo lo conoce, que no es imposible que sepa también cuáles palabras estoy eligiendo al cumplir con mi deber casi escolar de garrapatear mis apuntes..." Onetti ha concluido su aporte esencial a la producción narrativa hispanoamericana dejándose caer para que su personaje favorito, invento a su vez del también desaparecido Brausen, lo sobreviva.

El autor de "Los adioses" instala así, definitivamente, la resignación del escritor ante el problema del tiempo, su fracaso irreversible, pero tras esa derrota asumida y consciente, recupera el tiempo breve de los personajes que se obstinan en marcar con sus dientes las cadenas que los atan a sus condenatorios destinos. Ese fracaso, que Onetti asume y propaga como un programa narrativo, es la única posibilidad de ser de los personajes, que aspiran a habitar otro tiempo o el vacío del tiempo. Las últimas páginas de "Cuando ya no importe" registran una escena en la que los apuntes del narrador  caen al suelo y se desparraman; el hombre piensa en el desorden temporal de la escritura: "cuando los recogí y traté de organizarlos sobre la mesa, intuí que no les falta razón a los que dictaminan la inexistencia del tiempo".

Otra manera de supervivencia que intenta la producción onettiana es la reescritura no sólo hacia el interior de la obra (como cuando reelabora el cuento "La larga historia", de 1944, en "La cara de la desgracia", de 1960) sino también hacia los ajenos ("La novia robada", de 1968, como allanamiento del texto de Faulkner, "Una rosa para Emily").

Santa María funciona entonces como nudo y condensación de toda su operatoria intertextual, dejando que los relatos se expandan transfigurándose en otros hasta convertir lo que parece un espacio urbano en un verdadero agujero negro del tiempo y del lenguaje.

En "La casa de arena", cuento de 1949 (en vísperas de la fundación de Santa María) ya aparece Díaz Grey construyéndose un pasado cuyo itinerario desconoce. En "El Album", de 1953, el médico y Jorge Malabia (el  escritor de "Juntacadáveres") ya habitan Santa María, fundada por Brausen tres años antes.

El relato "La muerte y la niña", de 1973, muestra las infinitas posibilidades expansivas del invento onettiano funcionando como texto de cruce entre la trilogía sanmariana y los cuentos que vuelven una y otra vez  a la ciudad que se deja caer hacia el río (o hacia el tiempo). Al respecto, Josefina Ludmer  ha analizado magistralmente esos "procesos de construcción del relato" en un trabajo ya clásico sobre el escritor uruguayo (4).

Sin estridencias, silenciosa y naturalmente, Juan Carlos Onetti ha logrado sobrevivir a su escéptica idea del fracaso, instalado ya definitivamente en Santa María, donde lee a Faulkner, a Proust, a Borges y escribe como nadie sobre la condena de la muerte y la invención del tiempo.

Referencias:

(1)   Saer J.J., "La narración-objeto", Seix Barral, Bs As. 1999.- Pág. 33-54

(2)   M.E. Gilio- C. Domínguez, "La construcción de la noche- La vida de J. C. Onetti",    Planeta, Bs As, 1993.-   Pág. 357-366

(3)   Palabras al recibir el Premio Cervantes, Alcalá de Henares, 23-4-1981

Ludmer Josefina, "Onetti. Los procesos de construcción del relato" Ed. Sudamericana, Bs As., 1977




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