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Ferro, Onetti y la incesancia. Sobre Onetti, la fundación imaginaria, de Roberto Ferro

Noé Jitrik 

¿Qué es más fácil en el caso de una presentación? ¿Presentar un trabajo que uno conoce desde su gestación y su desarrollo o un trabajo que uno no conoce y obliga a una lectura nueva?
Diría que esto último es más fácil que lo otro porque en mi caso particular yo he estado tan cerca del proceso de elaboración del trabajo de Roberto Ferro que estoy confundido porque estoy fundido con él, no sabría cómo tomar esa distancia que siempre es necesaria para lo superior, o sea considerar un texto, e incluso, lo más circunstancial, para presentarlo: un poco de perspectiva, nada más, para poder decirle a los otros con propiedad, “fíjese que esto vale la pena”, porque si no valiera para qué lo estaríamos presentando.
Quiero decir ahora que este libro vale la pena, que tiene un horizonte de recepción bien preciso y determinado. En otras palabras, que vale la pena para cierto tipo de lector porque siendo un trabajo tan específico reclama correlativamente una lectura muy particular. Empleo con naturalidad, como se ve, la palabra “trabajo” y ocasionalmente “libro”. Pues bien, en cuanto al trabajo debo decir que lo he compartido durante largos años, casi desde que comenzó. ¿Cuánto hace que hemos empezado? ¿Me apropio con dolo de un mérito al usar la primera persona del plural? No lo creo, lo puedo reivindicar porque me considero también parte del asunto y no sólo como pretendido “director” de tesis.
Son ocho años de asistir cada mes, cada semana a  hipótesis, problemas, ocurrencias, proposiciones que dramatizaban la labor de Ferro pero que a mí me hicieron aprender. Creo poder afirmar que al menos dos cosas he aprendido: una en el orden de conceptos que Roberto Ferro manejaba con enorme solvencia y fluidez; otra en el orden de la posibilidad de hacer algo juntos: consistencia y solidaridad al mismo tiempo es la conclusión, no poca cosa; más bien un valor importante, no una trivialidad que se emite  circunstancialmente sino que es una dimensión, la dimensión de la justificación, la respuesta a una pregunta que uno se hace muchas veces, esa angustiosa pregunta, ¿qué hago aquí, por qué estoy haciendo esto? ¿qué tengo que ver? Esas tres preguntas, en realidad una sola, es para mí casi cotidiana, como de algún modo lo fue el año pasado para la mayor parte de los argentinos que se decían, azorados, como si se miraran en el espejo: “¿qué estamos haciendo aquí?”
Ese “¿qué estoy haciendo aquí?” sólo se equilibra y se justifica y la invasora pregunta se detiene si se hace algo en común con otros; la soledad, en cambio, la alimenta y la multiplica. Pero, desde luego, ese hacer en común no es una simpleza sino que tiene muchos planos y niveles. Éste, que aparece aquí, que concita mi gratitud, es sólo uno de ellos y en realidad me concierne más a mí que al trabajo de Ferro, de cuyo resultado espero poder decir algo o se espera que algo diga y pienso que lo voy a hacer y lo hago destacando, como para empezar, que se trata de un libro complejo, no es un cuento de hadas, ni siquiera es una guía para leer a Onetti. En realidad es una lectura total de Onetti pero no un libro útil en el sentido en que un astuto reseñista de algún suplemento literario de un diario argentino diría “el lector de este interesante libro comprende que con él lo sabrá todo sobre Onetti” o bien, que se trata de un best seller imperdible para el “lector”, otra vez, tan interesado en la obra de Onetti. No es así, no es un libro transparente, no tranquiliza ni arregla nada sino que, porque intranquiliza, implica por lo tanto un considerable desafío que en principio es de lectura pero que termina por ser un desafío intelectual.
Retomo, con esta afirmación las últimas palabras de la presentación que acaba de hacer Celina Manzoni. En cierto horizonte cultural como el nuestro proponerse un trabajo de esta envergadura con la fuerza, la consagración y la fidelidad a un determinado tipo de ideas es un hecho de resistencia, no podría decir ahora contra qué pero al menos  contra lo que Oliverio Girondo en algún momento llamaba “el hipopótamico lector”; en otras palabras le está diciendo a ese presunto y enemigo lector que “hay que hacer cosas y hay que jugarse por las cosas que uno hace”.
Diría, en consecuencia, que éste es un libro muy jugado. Es un libro sobre Juan Carlos Onetti, un escritor supuestamente uruguayo. Digo “escritor uruguayo” y empiezo de inmediato a temblar. ¿Uruguayo? ¿De qué uruguayo se trata? ¿Qué clase de distinción hacemos cuando recurrimos a estos pequeñísimos indicadores de nacionalidad? El absurdo es total: lo es para todos los escritores de ambas orillas del Río de la Plata y para Onetti en particular porque fue un maestro de la literatura nacional argentina sin dejar de serlo para la uruguaya; más aún, me parece que es inclusive más fuerte, pero tal vez más secreto, que el propio Horacio Quiroga cuya presencia en la literatura argentina no ha dejado nunca de reconocerse y de encarecerse. Este juicio no es concesivo porque la presencia de Onetti en ambos países es raigal, fundamental.
En los años sesenta yo no lo había leído todavía y cuando lo empecé a hacer lo primero que sentí fue que la prosa de Onetti constituía una propuesta, Onetti era diferente, en el modo de escribir, respecto del modo de organizar el mundo imaginario, en el sentido del lugar y en la lógica de la referencia. Presentaba las experiencias locales en dimensión de universalidad; postulaba, en ese sentido, lo que podemos llamar, con cierta culpa por lo esquemático, modernidad, entendida como cierta reconocible armonía, en el ritmo, en la densidad y la concentración de las imágenes, en el rigor sintáctico y en el sacrificio semántico. Todo eso que es Onetti, y que a mí y a muchos de nosotros nos sedujo de entrada, constituyó uno de los parámetros de una escritura deseable y posible para esos muchos. Así como cuando decimos “Borges” pareciera que sabemos qué queremos decir, yo creo que lo mismo ocurre cuando decimos Onetti. Decimos algo esencial, algo fundamental. Pues bien, ése es el punto y ése es el objeto del trabajo de Roberto Ferro; que él haya percibido esta dimensión es su mérito pero no es un gran mérito porque Onetti es insoslayable, su importancia está ahí, Onetti lo mostró todo y Ferro lo replicó pero no lo reprodujo, lo leyó, lo entendió, buscó un núcleo y a él se dedicó, la invención de una ciudad como invención de una escritura y la escritura como una gesta cuya historia está replegada en sí misma.
Por supuesto, éste es un libro de crítica. Pero, ¿qué quiere decir hacer crítica? Para el vulgo es un tomar partido pero “hacer” crítica, me parece, es otra cosa. Postulo que podría ser la reconstrucción de un proceso en un terreno verbal diferente, es rehacer algo que está ahí delante, un objeto complejo que es un texto o una textualidad, para construir algo en otro medio y con otro alcance. Claro que no es ésta la acepción que más circula aunque es la más auténtica, cuyo linaje viene de Aristóteles y que Emmanuel Kant consideró como emanación de una facultad del intelecto. Llevarla a cabo supone concentración, rigor y ascetismo, pasos que me consta que Roberto Ferro ha sido capaz de dar tenaz e implacablemente. De es implacabilidad también yo fui víctima en más de una ocasión a causa de su constancia, de su obsesividad. De él podría decirse “del crítico como investigador, del investigador como rastreador, del rastreador como paranoico.
Pese a haber participado de la historia del texto y de haberlo leído en su momento volví a hacerlo para esta ocasión y anoté varios puntos. No puedo abrazarlos a todos; quiero señalar ahora que su trabajo está recorrido por algunas líneas de fuerza que constituirían algo así como una trama sobre la cual se va haciendo un tejido mediante razonamientos sobre dichas líneas que son, en realidad, conceptos. Por ejemplo el principal concepto de incesancia, como principio básico del uso del lenguaje en todo su alcance. Ferro lo destaca en su prólogo y lo hace actuar en toda la obra de Onetti como si fuera un solo texto, en cuyo interior no hay nada concluido. Si entendemos eso como “entropía” se diría que la entropía es el punto de partida de la incesancia, cuya noción es recogida, detallada, demostrada, expuesta como línea de fuerza.
Otro concepto sobre el que opera es el de “reescritura” que tiene en La vida breve un momento de extraordinaria expansividad; en ese texto hay una inflexión: se pasa de la apariencia de un proyecto descriptivo inicial a la construcción de un universo imaginario en el cual las cosas parecen más reales que las que describían lo real. Santa María parece más Santa María que el Buenos Aires anterior, el lugar en el que San María nace del puro pensamiento. Aquella reflexión de Borges, “De todas las felicidades que puede ministrar la literatura, la mayor es la de la invención”, se aplicaría cabalmente a Onetti cuando inventa Santa María que a partir de cierto momento empieza a funcionar y a existir.
En cuanto a la noción de reescritura, se diría que una visión más o menos celebratoria del escritor quiere que el escritor se pone a escribir, escribe y emite un producto: el libro. Esa idea se complementa con aquélla que hace del lector el monarca: según ella el lector es quien en realidad escribe porque completa el ciclo de la escritura. Sin embargo, hay algo previo: el escritor reescribe sin cesar y si publica no es porque su trabajo esté concluido sino porque internamente está gestándose un momento nuevo y diferente de su propio proyecto. La reescritura, de este modo, aparece en el trabajo de Ferro como un relato autónomo, como el relato del proceso de reescritura de Onetti: no es que comente lo que Onetti propone, sino que relata lo que hizo Onetti. En otras palabras, recupera una idea una acción en la escritura; me cuesta decirlo pero por pereza o por costumbre solemos considerar que los textos que se nos brindan ya están listos y además que el proceso no continúa en el texto que se nos ofrece. Pero la labor del escritor no concluye nunca y lo que el crítico hace es destacar ese hacer del texto y hacer algo él mismo, en una especie de empalme que es lo que le da sentido a esta tarea.
El trabajo de Roberto Ferro está lleno de situaciones y de perspectivas y de problemas de orden literario, específicos desde luego pero no asfixiados en lo literario ni en su especificidad; el modo en que los asume y los trata hace trascender esa especificidad de modo tal que logra explicar o mostrar lo que es una escritura, nada menos. Nada menos que una de las garantías del sentido que tiene la presencia del ser humano sobre la tierra. No sé si hay muchas otras garantías, la escritura es una de ellas.

(Palabras pronunciadas por Noé Jitrik durante la presentación del libro Onetti/La fundación imaginaria (Ed. Alción, 2003) de Roberto Ferro el miércoles 18 de junio de 2003 en el Museo Roca de Ciudad de Buenos Aires. En presentación también participaron Celina Manzoni y Juan Carlos Maldonado.)




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