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Absurdos

Liliana Díaz Mindurry

¿Quién dijo que yo hablo de Buenos Aires? Buenos Aires, una ciudad así y así, ahí por el sur del mapa. No, yo hablo de Malos Ayres, que es una especie de ciudad lateral, la ciudad donde aparecen y desaparecen mis visiones, donde ocurren normalmente disparates. El problema es que desde la época en que nací, ambas ciudades son la Misma Cosa Única en el Arquetipo platónico, es decir la Ciudad Absurda, tan lateral y surrealista como la Argentina conjunto principal, Tan Triste como Ella, diría Onetti, refiriéndose a unos personajes, y yo me refiero a cierto extrañísimo lugar donde suceden cosas, por lo menos tristes, para no abundar en detalles.

Bueno, pero era de Onetti que yo quería hablar, justamente. Miro el calendario hacia atrás y me sitúo en un cuento que mandé al concurso Juan Rulfo de París, donde obtuve un premio. Se llamaba "Onetti a las seis" y era la historia de una mujer cursi de un taller literario a la que le hacen creer que Onetti irá a visitarla a las seis de la tarde. Por esa época, diciembre del 93, Onetti vivía en

Madrid y como es de suponer se trataría de una broma pesada. No se alarmen: no contaré todo el cuento. Lo que me sucedió es mejor.

Era una tarde de pleno Malos Ayres, 6 de febrero de 1994, por ese entonces ya enterada del resultado del certamen, aún vivía las delicias del matrimonio. El buen señor que se llamaba marido me anunció que la voz de una mujer hispánica estaba en el teléfono. No era un día propicio, no estaba del mejor de los humores.

Nada de eso. A cambio, una voz masculina, rioplatense, un poco lejana, un poco vieja, con un matiz de vino tinto o blanco, tal vez whisky.

-¿Qué hora es en Buenos Aires?

Cualquier movimiento, cualquier relámpago de fugaz movimiento alteraría las relaciones, sería ilustración para el Libro de los Delirios. Convengamos: a pocos metros de mí, alguien miraba por la ventana, otra persona tomaba el té; yo ya veía cualquier imagen: una víbora tragando té con extrema cortesía, un caballo que se arrojaba por la ventana de los sueños.

-¡Quién habla! (Así: Nada de ¿quién habla?)

Su respuesta fue peor:
-Juan Carlos Onetti.

No y no. De ninguna manera. Si hablaba Onetti, yo era Virginia Woolf.
Algún hijo de mujer perdida había leído el cuento en el periódico y se había decidido a hacerme sentir la mujer cursi de mi cuento. Encima preguntaba la hora. Para que yo le dijera "las seis". Onetti a las seis.
-Te tendría que contestar con el final de "Matías el telegrafista", final que deberías conocer porque lo escribiste, se supone.

La otra voz, la lejana, con cierto matiz de vino, recordó implacable:

-El pobre Matías le habla a María Puppo desde Hamburgo y por teléfono, como yo. Ella le dice: "Andá a joder a tu madrina, guacho de mierda", y así termina el cuento. Pero es que es cierto m'hija. Habla Onetti. Y me gustó mucho su cuento. Por eso le hablo, porque...

No, de ninguna manera. Así se supiera de memoria los cuentos de Onetti, yo no me iba a transformar en la mujer cursi de mi cuento. El ofrecía su obstinación y sus mentiras, yo mi obstinación y mi rabia.

En algún momento de los elogios, guardé el hipotético bestiario en la boca y corté. Toda mi vida yo había soñado con la voz imposible de un escritor que no concedía entrevistas, bastante huraño y que, para colmo, no salía de la cama.

Había leído, hacía poco tiempo, con enorme estupor, un reportaje fabulado que un tal Nahuel Maciel, con descaro, había hecho para el Cronista Cultural, plagiado de un multirreportaje para la revista Crisis de los años setenta y hasta había inventado que Onetti vivía en Barcelona. Y ahora un malparido venía a denominarse Onetti y llamarme por teléfono desde Madrid a mí, ignota escritora de Malos Ayres.

En mayo supimos que Onetti había fallecido. Un mes y medio después yo cumplía años y seguía con esa tristeza. Ese día, por casualidad, ese día (¿hay casualidades?) recibí en el contestador telefónico una voz -esta vez sí femenina y con un dejo hispánico- que se llamaba a sí misma Dorothea Mühr de Onetti, Dolly, para los amigos. Que deseaba conocerme, que realmente su marido me había llamado por teléfono, que él había sido jurado en el concurso de Francia (yo no lo sabía), que lo podía averiguar por Ramón Chao el organizador del concurso, (periodista famoso de Radio Francia, a quién yo sí conocía), que además le había dado mi teléfono. Y que estaría sólo ese día porque debería al día siguiente partir a Madrid. Que era casi como un encargo de él, conocerme. Una dirección y un teléfono.

Ya mi curiosidad, mi locura, había tocado su límite. Un taxi. La cara que yo había visto en las fotos de las biografías de Onetti. Desde ese momento y para siempre, amigas.

Recuerdo mi aturdimiento cuando vi esa cara, cuando entendí que yo le había dicho a mi escritor favorito andá a joder a tu madrina, etc..., según sus propias palabras de Matías el telegrafista. Yo era tan imbécil como María Puppo.

Cosas que sólo ocurren en Malos Ayres, a gente de Malos Ayres.




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