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Santa María o la ciudad erigida con palabras

María Alejandra Gutiérrez T.

Recorriendo las diversas geografías interiores de los países latinoamericanos seguramente nos toparemos con más de una Santa María. Esbozos de ciudades que se aletargan con el tiempo, pueblos con pretensiones de urbes, espacios que se mecen entre una realidad y una aspiración, lugares que, como la ciudad imaginaria de Juan Carlos Onetti, son capaces de trastocar la esencia de sus habitantes.

La Santa María de Onetti tiene su génesis en "La vida breve" (1950), considerada por el escritor como su obra mejor lograda. En esta historia Onetti describe el proceso de creación de la ciudad desde la literatura. Brausen, el protagonista de la novela, intenta escribir una obra, un guión argumental, así, obsesionado con esta tarea y con los hechos que sacuden su vida en ese momento, comienza a entrever a sus personajes y los enmarca en medio de una ciudad que solo visitó una vez en su vida: “El médico vive en Santa María, junto al río. Solo una vez estuve allí, un día apenas, en verano; pero recuerdo el aire, los árboles frente al hotel, la placidez con que llegaba la balsa por el río (...) Tenía ahora la ciudad de provincia sobre cuya plaza principal daban las dos ventanas del consultorio de Díaz Grey. Sigilosamente, lento, salí de la cama y apagué la luz. Fui caminando a tientas hasta llegar al balcón y palpar las maderas de la celosía, corrida hasta la mitad. Estuve sonriendo, asombrado y agradecido porque fuera tan fácil distinguir una nueva Santa María en la noche de primavera. La ciudad con su declive y su río, el hotel flamante, y en las calles, los hombres de caras tostadas que cambian, sin espontaneidad, bromas y sonrisas”.

Onetti inaugura en "La vida breve" , el primer libro de la saga de Santa María, su espacio literario, un escenario ficticio que crece, se repliega, se excede, se puebla de matices, se convierte en una topografía física y espiritual a lo largo del ciclo que se prolonga hasta "Dejemos hablar al viento" (1979), última novela que toma lugar en la mítica ciudad. Pero la creación de Onetti va más allá de la simple construcción de un lugar físico para sus historias, al leer las novelas y las historias de sus protagonistas encontramos que la ciudad se convierte en una suerte de escenografía que ejecuta una interacción, un juego de intercambio con los personajes, Santa María no es solo un nombre, es un elemento que se tiñe de aliento metafórico.

Al leer "La vida breve" tenemos la oportunidad de acercamos al proceso de creación en su esencia más pura, Onetti se trastoca en su personaje Brausen y va dando vida a la ciudad de sus recuerdos, a esa santa María que recrea para él. En pocas obras literarias la creación nace en la propia narración y ese juego dual se hace palpable a lo largo de todo el relato: “Firmé el plano y lo rompí lentamente, hasta que mis dedos no pudieron manejar los pedacitos de papel, pensando en la ciudad de Díaz Grey, en el río y la colonia, pensando que la ciudad y el infinito número de personas, muertes, atardeceres, consumaciones y semanas que podía contener eran tan míos como mi esqueleto, inseparables, ajenos a la adversidad y a las circunstancias (...) Santa María y su carga, el río que me era dado secar, la existencia determinada y estólida de los colores suizos que yo podía transformar en confusión por el solo placer de la injusticia”

Se nos muestra así al escritor y su poder de armar y desarmar con las palabras una geografía imaginaria, de inmortalizar un territorio con vida propia que logra fascinar y se eterniza en sus libros como cualquier territorio de la realidad.

Santa María es en cada novela un universo diferente. En "Juntacadáveres" (1964), donde Larsen, personaje recurrente en varias obras de Onetti, funda un prostíbulo en Santa María, la casa celeste cerca del río se convierte en un símbolo del vicio y la poquedad que anida en el lugar. Dice el sacerdote: “No soy vuestro sacerdote, no soy el sacerdote de Santa María: Porque el demonio vino hacia nosotros y fue acogido, vosotros lo acogiste y yo no pude impedirlo”

En una memorable escena del mismo libro las prostitutas salen, en su único día libre, a pasear por las calles de la ciudad, a provocar ingenuamente a sus habitantes, que las rechazan y condenan. Ellas salen a vencer la vergüenza y solo alcanzan a ser heridas por el miedo: “Después de las compras y el curioseo bajaban hacia la avenida junto al río. Y entre las siluetas duras y oscuras de las familias de los colonos, escasas los días lunes, entre la paciencia de los pescadores extendida e inmóvil sobre el paredón del muelle, entre los rombos recién trazados de los canteros, donde árboles raquíticos y tiernos luchaban por vivir, entre la decadencia de la tarde y aquella tristeza provinciana que bajaba entonces sobre Santa María, sus vestidos de colores fuertes recorrían el paseo como un contrasentido largamente planeado, como una provocación ingenua”

Una melancolía hueca se respira en la ciudad, semejante a ese aire que despiden por igual pueblos de los llanos venezolanos, del norte de Argentina, de la costa chilena, o poblaciones paraguayas o bolivianas... una misma especie de suerte incierta que acoge a sus habitantes, que los empuja o los devora. Onetti coloca su ciudad a orillas de un río, pero las aguas no alcanzan a purificarla, ni a sus habitantes: “pueblo jodido, pueblo de ratas” sentencia uno de los personajes.

Densa y opaca es la literatura “onettiana”, donde la ilusión finalmente converge en fracaso, y Santa María ha sido creada bajo estas leyes, bajo este influjo. En "El astillero" (1961) , Larsen vuelve a la ciudad a gerenciar un astillero y su escenario será el deterioro y la corrupción en terrible alegoría a la decadencia de la condición humana que sufren los propios personajes.

Muchas son las teorías que se han esbozado sobre el origen de Santa María, que no son más que intentos vanos de encontrar un germen que solo se halla en el imaginario del autor, y que no es más que un ejemplo magnífico del triunfo de la ficción en íntimo juego con la realidad.

Se ha dicho que el nombre puede proceder del hecho de que la ciudad de Buenos Aires fue bautizada como Santa María del Buen Aire, no obstante no se trata de la ciudad sureña, pues en algunas de las novelas los personajes se trasladan de Buenos Aires a Santa María o viceversa, como sucede en "Para una tumba sin nombre" (1959) Lo más acertado sería decir que posee pinceladas de la capital argentina, de Montevideo, de Colonia y de otras ciudades del Río de La Plata. Mas lo que si pareciera ser una certeza es el hecho de que fue en esta ciudad-mito donde el escritor consiguió resumir su sombría visión del ser y la existencia.

Como una especie de guiño dice Onetti en "Dejemos hablar al viento" : “Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucesos” Y en realidad, es eso exactamente lo que hacemos cuando leemos alguna de sus novelas, pues con cada página creamos junto a él nuestra propia Santa María en un gran ejercicio de imaginación, esa sublime y viva tarea que le toca al lector siempre que se enfrenta a una pieza literaria.




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