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Autocenscura

GES / sinpastillas

Los filtros editoriales me obligan, luego de debatirlo con un compañero, a recortar totalmente la boludez que abajo copio. Porque no debo atacar al marketing editorial ni mucho menos a la sana alegría de vivir en este mundo, donde el ser humano sólo se caracteriza por su entusiasmo. En fin...

La reciente reedición de La vida breve, de Juan Carlos Onetti, merece un festejo de aquellos, porque es difícil ver a la industria editorial en estas aventuras poco comerciales, donde salvo las triquiñuelas del marketing, nada asegura un éxito de ventas. De hecho, cuesta pensar al primer editor de este volumen, en 1950, porque incluso para esa época la escritura de Onetti no era ni de lejos políticamente correcta; tampoco su vida.
Ahora bien, si lo que se busca es una “novedad” para regalar, una historia donde abunden persecuciones, tensión y espasmo, sin dudas este libro del autor uruguayo será la peor opción (como cualquier obra de Borges, Saer o Mujica Láinez). La vida breve ni siquiera tiene una estructura narrativa cerrada y se caracteriza por la digresión, el detallismo, la mezcla de realidad y ficción pero desde categorías no fantásticas. Es un volumen donde la tristeza y la sensación humana de ser materia sobrante del universo se refleja en cada uno de los personajes. En menos palabras: no es ni por sus tapas una obra “edificante”.
Pero está escrita como los dioses, y sirve de introducción a la saga onettiana de su ciudad ficticia, Santa María, y de su doctor Díaz Grey, personaje que luego se colará en por lo menos dos novelas más y en indefinida cantidad de cuentos.
Para dar una idea de la riqueza de este librito, a modo de eslogan publicitario, vale anticipar a quien no lo haya leído que el personaje es Juan María Brausen, que a su vez es Juan María Arce y que a su vez es el doctor Díaz Grey. Y que tiene pasajes como este:
“…comprendí que había estado sabiendo durante semanas que yo, Juan María Brausen y mi vida no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina”.
Libro oscuro, raro, fundacional, mucho ya se ha escrito, en 57 años, de La vida breve. Y poco más pueda decirse. Tan solo queda festejar. Por Punto de Lectura, por Onetti y por quienes puedan tener un ejemplar reluciente de una de las novelas más importantes del siglo XX.

Acá la nueva versión, que también será censurada porque sí. (Ni que se tratara mi voz de una opinión importante, joder.)

Si lo que se busca es una “novedad editorial” para regalar, una historia donde abunden persecuciones, tensión y espasmo, sin dudas La vida breve —publicado por primera vez en 1950 y recientemente reeditado por Punto de Lectura— será la peor opción. Como cualquier obra de Borges, Saer o Mujica Láinez. Porque ni siquiera tiene una estructura narrativa cerrada y se caracteriza por la digresión, el detallismo, la mezcla de realidad y ficción pero desde categorías no fantásticas. Y porque la tristeza y la sensación humana de la derrota abundan.
Pero está escrita como los dioses —al punto de haberse convertido en una novela de culto—, y sirve de introducción a la saga onettiana de su ciudad ficticia, Santa María, y de su doctor Díaz Grey, personaje que luego se colará en por lo menos dos novelas más y en indefinida cantidad de cuentos.
Para dar una idea de la riqueza de este librito, a modo de eslogan publicitario, vale anticipar a quien no lo haya leído que el personaje es Juan María Brausen, que a su vez es Juan María Arce y el doctor Díaz Grey; y que tiene pasajes como este: “…comprendí que había estado sabiendo durante semanas que yo, Juan María Brausen y mi vida no eran otra cosa que moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de la ciudad, actos de rutina”.
Palabra tras palabra, La vida breve recuerda las coplas de Manrique a su padre, exactamente donde rezan: “...cuán presto se va el placer, / cómo, después de acordado, / da dolor”. Y la explicitación de ese reverbero la dice el mismo Onetti promediando la novela, convertido en Brausen: “Puedo, sí, entrar en muchos juegos, casi convencerme, jugar para los demás la farsa de Brausen con fe. Cualquier pasión o fe sirven a la felicidad en la medida en que son capaces de distraernos, en la medida de la inconsciencia que puedan darnos”.
¿Qué más se puede decir de esta obra tras 57 años de palabras y comentarios laudatorios? Nada. Tal vez tan solo quede festejar. Por Punto de Lectura, por Onetti y por quienes puedan tener un ejemplar reluciente de una de las novelas más importantes del siglo XX.




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