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Onetti: Una furia melancólica

José Francisco Conde Ortega

Hace algunos años —diez, quince, no lo sé; y no es tan importante—, en un viejo edificio —ahora desaparecido— de Bucareli, mientras languidecía la conversación, vimos entrar al despacho del fotógrafo Mario Rodríguez a un hombre de aspecto singular. Éste saludó con una inclinación de cabeza a todos y permaneció de pie, un tanto ensimismado. Aceptó un vaso de licor y esbozó algo muy parecido a una sonrisa. Arturo Trejo Villafuerte y yo cambiamos una mirada de complicidad; sin palabras compartíamos una sensación: el hombre era un personaje salido de las páginas de Onetti.

El tipo era alto y muy delgado. Parecía algo más que maduro; pero era materialmente imposible aventurar una cifra para calcular su edad. Vestía un traje blanco cuidadosamente desaliñado, coronado con una especie de gazné. Usaba zapatos, también blancos, inusitadamente brillantes. El conjunto parecía remitirnos a lo que en México, por los años cincuenta, hubiera sido un padrote. Sin embargo, por esos extraños mecanismos de las asociaciones, no nos quedaba duda de que debía llamarse Larsen, por más que se interpusiera la descripción, en Tierra de nadie, del propio Onetti, totalmente opuesta a la figura que, en ese despacho a la mitad de una tarde de otoño, exigía llamarse Larsen y declaraba con su actitud haber salido de las páginas del narrador uruguayo.

Al hombre aquel no lo he vuelto a ver. Y ahora, en el último año del siglo veinte, cuando uno recuerda que se cumplen cincuenta años de la publicación de La vida breve, pienso que Onetti hubiera estado de acuerdo: aquel sujeto era Larsen. Y había aceptado el reto que el autor de El astillero le imponía a sus personajes como resultado de una técnica narrativa peculiar: la capacidad de pensarse a sí mismo en otros: la posibilidad de ser reflejos inacabados y atrozmente vivos de la aventura del hombre. Y sabría —Onetti— que este Larsen andaría buscando en Magdas, Gertrudis o Mamis inauditas el asidero de más espacios míticos fundacionales.

Y es que, lo sabemos ahora con más o menos claridad, la perspectiva narrativa de Onetti tiene como centro provocador el omitir información y explicaciones para dejar, casi en el nivel del absurdo, la intensidad de las situaciones narradas. Es decir, se impone una distancia para cercar la realidad de la manera menos convencional: la perspectiva, el punto de vista como artificio narrativo.

Esto propicia en el lector una suerte de desasosiego. Se observan acciones y situaciones que, aparentemente, lo preparan para predecir; no obstante, casi de inmediato el lector se percata de que no sabe exactamente cuáles son esas acciones, ni qué pasa con los personajes, pues recibe a cambio pistas sobre hechos que no ha considerado ni sabe cómo tomar. El autor va cambiando su punto de vista. Y siempre resulta imprevisible. Es, desde luego, el libre flujo de la conciencia; pero no es todo: en cada caso, en cada fragmento narrativo, una serie de espejos conspiran pa




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