Carlos Roberto Morán
Larsen “es un hombre pequeño y grueso, con la boca entreabierta, estremeciendo el labio inferior al respirar; la luz amarilla sobre su cráneo redondo, casi calvo, hacía brillar la pelusa oscura, el mechón solitario aplastado contra la ceja”. La fugaz descripción de uno de los personajes emblemáticos del uruguayo Juan Carlos Onetti (1909-1994), Larsen o también “Juntacadáveres”, quien según cierta crítica deberá ser considerado como “cifra de toda la humanidad”, aparece en la novela La vida breve, publicada en 1954 y pergeñada algunos años antes.
Sin embargo, la vida de Larsen y sus historias iban a acontecer en un tiempo posterior. En 1961, para ser precisos, Onetti publica El astillero. Allí Larsen, el hombre que soñara con regentear un prostíbulo perfecto, reaparece en Santa María para hacerse cargo de otro imposible: el astillero propiedad de Jeremías Petrus.
Tres años más tarde, en 1964, aparece Juntacadáveres, novela en la que Onetti devela lo ocurrido en Santa María cuando Larsen se hace cargo de un prostíbulo, lo que generará oposiciones y rencillas nacidas de las ruindades que se esconden bajo las fórmulas trilladas del orden y las buenas costumbres. El apodo, tomado de un personaje de la vida real, alude a las prostitutas envejecidas, los “cadáveres”, que Larsen recluta para su lenocinio.
Las fechas aludidas hablan de un tiempo cronológico, señalan las diferencias de años -más de una década entre la primera y la tercera novela- y en forma simultánea vienen a ratificar la existencia de “otro” tiempo, de otro espacio: el que conforman los personajes que viven, a su modo, en el territorio de Santa María, esa ciudad que junto con otros espacios imaginados -Puerto Astillero, el Rosario, Enduro- fue dibujando, diseñando Onetti en distintos libros de un modo tan personal como arbitrario.
También esos datos permiten una segunda confirmación: la persistencia del escritor, la fidelidad al mundo propio, al mundo precisamente onettiano. Como dijimos, Larsen es descrito casi por casualidad en un “accidente” de La vida breve, pero para el español Antonio Muñoz Molina no puede tratarse de un mero azar, sino que en esos trazos mínimos quedó plantado un embrión al que Onetti ayudará a crecer y desarrollarse en novelas que escribirá diez años más tarde.
Desde comienzos del año pasado, la editorial Seix Barral (del Grupo Planeta) está reeditando la obra completa del gran escritor uruguayo, en la colección denominada “Biblioteca Onett”i . De los cuatro primeros volúmenes, dos ya se están distribuyendo en la Argentina: los aludidos El astillero y Juntacadáveres, mientras que en España ya circulan las reediciones de Los adioses (1953) y Dejemos hablar al viento (1979). Todos los libros llevan prólogos de Muñoz Molina.
Es justamente Muñoz Molina, un importante escritor español, quien permite situar al nuevo (y también al viejo) lector de Onetti en perspectiva. Así, recuerda que la Santa María mítica nace en La vida breve, aunque está prefigurada en novelas anteriores. Santa María es el mundo personal de Onetti, un mundo en el que hay que dejar de lado toda esperanza, porque toda vida conduce a la muerte y ella supone el sinsentido del existir.
El paisaje de El astillero es la desolación. Larsen regresa a un territorio cercano a Santa María, ciudad de la que debió alejarse cinco años por presión del pueblo, y allí se encuentra con un viejo, Jeremías Petrus, convencido de que podrá reabrir el astillero quebrado y abandonado. También se encuentra con la hija de Petrus, hermosa y loca, y urdirá un plan de retorno, absurdo y por lo tanto condenado al fracaso: casarse con la hija y apoderarse de la ruina del astillero para tornarlo floreciente. Estas cosas se pueden contar sin traicionar al potencial lector, porque no hay grandes misterios en los relatos de Onetti.
El astillero tiene una prosa medida y, como bien dice Muñoz Molina, “más que una historia, lo que cuenta El astillero es una atmósfera, al mismo tiempo sutilmente espiritual y detalladamente física: la atmósfera de un invierno austral y la de una claudicación, enredadas la una en la otra, relatadas, más que en actos, en secuencias de lugares, de sensaciones y de estados de ánimo” (p.7)
“Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación”, ha expresado Onetti. Esa conciencia de no tener límites porque no debe rendirse cuentas a nadie se presenta nítida en Juntacadáveres. Allí hay muchas descripciones, personajes aparecidos en relatos previos y posteriores a la novela (especialmente el doctor Díaz Grey, presunto alter ego del novelista) “En otras historias –reflexiona Muñoz Molina- Santa María tiene una existencia más vaga, enturbiada de niebla; en Juntacadáveres Onetti se complace en precisar topografías, en situar casas y personajes, como si fuera agregando edificios y figuras a la maqueta de la ciudad”. En la que, acotamos, se mueve a su antojo, en la que se muestra caprichoso, casi imperial.
Así, los personajes “hablan” en la forma casi retorcida del narrador, todos tienen “registros” similares y hasta un joven de 17 años adopta el lenguaje y las actitudes de una persona adulta que a veces parece asumir la figura difuminada del propio Onetti.
Junto a la historia central hay otra, amorosa, que une al joven Jorge Malabia con su cuñada, Julita, enloquecida a causa de la muerte de su esposo Federico. Y también hay “tormentas” metafísicas que ensombrecerán la vida de Marcos, hermano de Julita, y que de alguna manera determinan la existencia del cura Bergner, adalid de la causa contra el prostíbulo, del tío de Marcos y de Julita.
“O uno distorsiona el mundo para poder expresarse o hace periodismo, reportajes... malas novelas fotográficas”, reflexionó alguna vez Onetti. Él, en cambio, construyó su mundo propio para no caer en eso, forjando un orbe de notable riqueza de escritura: “buscó la perfección y lo que le importaba era lo que pudiera venir”, reflexionó Dolly Muhr, su última y definitiva compañera de la vida. Y ésa es la clave, la cifra de su obra.