Marcelo Salto
Vuelvo a leer El Astillero de Onetti, quizá porque no lo recuerdo, quizá porqué no tengo otra cosa que leer. Lo descubro en mi biblioteca, mirando los lomos quietos, empolvados, un polvo apretado de que nadie los lea. Dijo Hemingway que un libro terminado es como un león muerto, y debe ser así, porque su cabeza, ahora trofeo, antes súbita armonía entre belleza y ferocidad, se deja mirar, prestándose con docilidad al manoseo de los ojos al modo de una estatua, de una mujer desnuda.
De la primera lectura recuerdo nada más un nombre: Larsen y frases como "si se despierta lo escupo" o "si se ríe, lo insulto, si pelea lo mato". O una fórmula que ha quedado para mis días de tristeza: a lo mejor me pego un tiro. Yo había leído estas frases en una época de mi vida en la cual Larsen aparecía como un fantasma, un jugador enfermo y desvariando que sostiene sus cartas por no darse a derrota, pero sin ninguna chance. Un viejo casi gordo, con una aureola de maldad pasada, balanceando su taconeo, encargado de un astillero derruido, jugando una especie de oca - en donde las caras de los dados corresponden, con temblorosa matemática, a los pecados capitales - y en todos los casilleros dice "retroceda hasta la salida".
Ahora que Onetti está muerto, podemos imaginar que Santa María, el astillero y todos los personajes, pueden encontrarse en cualquier país de América Latina. Es más, la imagen del galpón, los empleados fantasmales - siempre esperanzados en la resurrección de Petrus - es una de las grandes metáforas de la literatura sobre la realidad política de nuestros países. Y se nos ocurre recién ahora porque el viejo se hubiera levantado de su cama - la misma que no abandonaba más que para soñar - e imitando a su Juntacadáveres, nos hubiera mandado una cachetada y unos insultos, por el filo de la boca, entre el cigarrillo y su aliento a vino tinto.
No puedo dejar de pensarlo. Una empresa quimérica, sustentada por dos ó tres vivos, que saben de antemano el fracaso y se reservan la verdad y acumulan papeles, escritos, presentaciones, demandas, sólo por ver cómo - absurdamente - sigue girando la calesita en favor suyo y de sus herederos. Porque, pucha digo, nos fuimos dando cuenta que la sortija era heredable y tenían comprado al dueño de la calesita. Por igualarlo a otros grandes maestros, Onetti como Kafka en su castillo, nos enseñaron la inútil y ridícula persistencia de quienes ya nacieron tarde y de quienes se tienen las conductas tipificadas por generaciones; como dijo un español ilustre: ni bien ven un árbol, se trepan.
Los pobres, la gente común, quienes sólo recibimos órdenes reflejadas por infinitos espejos, aparecemos en las figuras de Gálvez y Kunz, idiotas a fuerza de pobreza, con recio desdén, pasan su vida en la espera que les permitan hacer sus reclamos - sueldos atrasados, promesas rancias, que guardan en los aparadores sin pintar y vacíos, grabaciones de discursos que escuchan de vez en cuando para renovar sus quejas - y gastan sus energías esperando que caiga algo de arriba. Como son pobres, y la falta de olla los ha dejado medio estúpidos, no recuerdan qué esperan. Algo, cualquier cosa, maná o mierda.
Díaz Grey, el médico medio narcotizado por la soledad, está a la mitad entre los poderosos y el pueblo. Aislado, ya cansado y todavía más cómplice, descarta en sus solitarios toda ayuda. Practica un asistencialismo, un remendar los órganos enfermos para que sigan produciendo, hijos y mano de obra. Es la presencia de las antiguas clases dominantes, los dueños de la tierra "hasta dónde se caiga muerto el caballo" que luego de mandar al hijo a Europa - de la cual llegaron médicos y putañeros y sedientos de realeza - llegan a comprender que son títeres al servicio de apátridas intereses, quedándoles sólo la abdicación honrosa de perder la lucidez, un ahogo de láudano y abandono, firmando dónde les digan la ejecución de lo patriótico y popular.
Menos mal que ha muerto el viejo. Seguro se hubiera reído de las conclusiones, pero antes, y para decirme a su manera que no estaba tan errado, hubiera hecho servir dos copas de caña, esa caña de los albañiles, de calentar las tripas y también de hacerle agujeros, y hubiera quedado en silencio, alzando el brindis, como diciendo "mejor no hablar de ciertas cosas".
LA MIRADA DEL TERCERO
La mirada fundacional es la tercera. Siempre, como un axioma, una ley de cierre, la tercera mirada tiene elementos de la primera y de la segunda. La primera es desnuda, una visión general de pájaro, un acercamiento progresivo que va enfocando los detalles en directa proporción al acercamiento. La segunda es la mirada de quien se asegura. No es virgen, aunque es de una clase muy próxima. Tampoco es alada, sino humana. Es el rodar por las cosas del mundo y el deseo de no saberlas, de todavía ignorarlas, manteniendo esa suerte del ciego inocente.
La tercera mirada es la del juicio. El sitio de los blasfemos. Mientras que la primera es de dios, por pura y por primera, la segunda es del demonio, porque lleva duda y negación y distanciamiento, la tercera es la visión del asco, de la reprobación y hasta quizá del amor. Nunca está vacía. Es subjetiva, llevando un puño y una caricia - una al lado de otra - para decidirse a lo último.
Siendo la más ácida y baja, esta tercera mirada es lo único que tenemos. Nació en el Renacimiento, cuando apartamos nuestros ojos de dios y del diablo. Ellos son las dos caras de una moneda y su valor - curioso sistema monetario - está determinado por quien la posee. Son como dos viejos amigos: oyendo qué hace su vecino, detrás de las paredes, para después hacer lo contrario, sólo por amargarlo, sólo por tener comentarios.
Quizá Copérnico nos enseñó a mirar para otro lado, mientras Bacon pedía la pelota, tocándose el pecho. Lo cierto es que la vista, ese mantener los ojos a raya - sin ponerla ni arriba ni abajo - nos hizo sentir menos culpa. Mientras la primera visión nos daba las recetas para salvarnos, la segunda nos decía que no había caso: habíamos pensado y existido, y con eso teníamos bastante para ensuciarnos. La tercera nos absolvía, de igual modo que la mañana redime del pecado nocturno, de las pesadillas y de los amores de insecto. Y era porque estaba a nuestra altura, porque conocía la dimensión del hambre, de la carne y sus variantes. No había a quien confesarse. Otra persona era la posibilidad de caer en el mismo lodo. Cada cual se sabía portador de los peores males, panadero de hostias y verdugo a porcentaje.
En este tiempo del evento permanente, nuestra percepción se halla atrofiada. Es conocido que el uso hace al órgano, y su reverso nos hace maniquíes, sin adentro, una pura figura dada vuelta. Para entrenar, porque hemos quedado tan afuera que ni los ecos llegan, debe uno preguntarse, pedirse una opinión, mandarse a una torre de silencio para formar un pensamiento. No digo mucho, uno solo. Y no salir hasta tenerlo. Dije sombra, dije. Dije ajeno, dije. Dije todo lo externo, lo dije, pero cuando iba a decir algo mío me olvidé y no acertaba con la expresión, en ningún idioma. Quedé con la mirada tuerta, un poco vacía y desnudo del sentido. Joder.