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El ocultamiento de información en Los adioses, novela de Juan Carlos Onetti

Enrique Jaramillo Levi

Los adioses es una novela que presupone en ciertos hombres los que Onetti suele escoger para contar historias la necesidad feroz, tal vez sólo natural inclinación, de ir creando un lúcido, imaginativo y muy personal sistema de relaciones y nexos, supuestos y razonamientos, posibles causas y consecuencias de los hechos observados o simplemente intuidos, en torno a incidencias cuyas características más evidentes vistas desde fuera al menos son la trivialidad y la rutina humanas. Pero resulta que la visión exterior que de los hechos y las personas tiene el narrador-testigo que informa y además especula en torno a ellos, presenta sutiles fisuras, inquietantes contradicciones, significativas lagunas, que, al no tener una explicación conciliatoria, permite y hasta propicia el misterio y el desconcierto.

Desde el principio de Los adioses, el personaje que como testigo e intérprete autodesignado cuenta la historia del excampeón de básquetbol llegado al pueblo para dejarse morir abatido por la humillación, además presiente y añade a los rasgos evidentes de éste, ciertas dimensiones que dejan entrever o adivinar un mundo singular y extraño, sórdido a ratos, a menudo hermético y, en las cosas que realmente importan, ajeno a la tenaz observación minuciosa y al chismorreo de los otros. Oscilando entre el más evidente de los acechos dirigidos a la vida del forastero cuyo cuerpo largo, delgado y torpe alberga y muestra ya, multiplicadas, las semillas de la muerte, la capacidad aguda de atar cabos sueltos completando los datos que se desconocen o que suscitan razonables dudas, y las versiones de la realidad que aportan otros testigos procediendo a su vez por un sistema de deducciones, chismes y relleno de los hechos, el narrador nos va entregando una historia trágica. Pero lo hace desde ángulos muy alejados de lo que podría ser una suerte de psicologismo analítico o compasión sentimental. En esto estriba, en gran medida, la originalidad del autor.

Si bien la vida en el pueblo de este personaje innominado es relativamente breve puede suponerse que no pasa de seis o siete meses, sentimos avanzar su enfermedad, morbosamente, no porque él lo esté manifestando con sus actos, sino más bien porque el narrador lo ha estigmatizado desde el momento en que lo vio entrar a su almacén. Además de anticipar, examinándole gestos y palabras, la voluntad de no curarse que esconde el hombre, a cada rato nos hace pensar que hay algo en su naturaleza íntima que, pese a los altibajos de un estado de ánimo ocasionalmente reanimado por las visitas respectivas de dos mujeres, lo hace incapaz de eludir la prematura desgracia de su destino. Se trata, en el fondo lo deducimos del enfoque parcial que de él hacen el narrador y unos pocos testigos, únicos filtros que dan un poco de luz, de una dignidad en derrumbe, por más que las relaciones del enfermo con sus dos mujeres parezca inyectarle por momentos nueva vida y esperanza. "No es que crea imposible curarse señala el narrador, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse."

La reconstrucción de la vida del forastero, realizada después de su muerte, se lleva a cabo gracias a la voluntad tenaz, a veces obsesiva, del narrador; una voluntad que, mezclando desdén con simpatía, se mantiene siempre fría, neutral casi siempre frente a los pocos hechos conocidos o deducibles. Se parte siempre de la observación atenta a la que tres testigos principales someten al enfermo desde su llegada al pueblo: ellos son: el almacenista que retrospectivamente arma la historia, el enfermo que vende y aplica inyecciones, y la mucama del hotel, llamada Reina.

Es importante apuntar, no obstante, que esta voluntad inquisidora del almacenista está profundamente comprometida con la vehemente urgencia que éste tiene de ser, no sólo fiel testigo de todo lo relacionado con el enfermo, sino además una especie de filtro que modifica y cataliza los acontecimientos a través de la libre interpretación que hace de ellos para presentárnoslos como si sus muy personales versiones de los hechos fueran los hechos mismos. De tal suerte que, aunque literariamente hablando la vida del forastero se nos entrega escueta en su realidad pero enriquecida dentro de un contexto de relaciones más amplias intuidas por el narrador, no por ello sabemos lo que en realidad sucede ni tampoco vemos las cosas como carentes de misterio.

Si el enfermo recibe cartas de dos mujeres que, por turnos primero y después coincidiendo en su llegada al pueblo, habrán de visitarlo para encerrarse cada una a vivir brevemente con él y así ayudarle a vencer parte de su desdén ante la todavía existente posibilidad de curarse o tal vez su miedo a confirmar la cada vez más inevitable cercanía de la muerte, es porque, ocultos en esas cartas misteriosas y en la relación misma que sostiene con estas mujeres, hay estratos esenciales de su pasado. Aunque la reconstrucción realizada por el almacenista no nos entrega (salvo a veces en su propia imaginación) estos estratos claves del pasado, lo que ocurre y desconocemos en dichas relaciones permite de todas maneras suponer que existen elementos de la vida anterior del ex-atleta que necesitan ser prolongados y vividos otra vez, en circunstancias diferentes y ahora extremas, para hacer así de la mutua compañía, de las alternativas que cada relación supone y completa con respecto a la otra, un arma eficaz contra el desamparo de la humillación.

Tal como el narrador ordena y presenta el material de los hechos, primero llega al pueblo una mujer "ancha sin llegar a la gordura", con anteojos de sol, para cumplir con una cita que, presumiblemente, se había concertado en alguna carta. Poco antes de que la pareja se encierre en el hotel durante varios días, el narrador se entera por ella de que el forastero gozó en cierta época de un reconocido prestigio como deportista, antes del fatal diagnóstico (del cual nunca nos enteramos a ciencia cierta). "Sin alegría, pero excitado apunta el narrador, pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido no sólo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción, del derecho a un orgullo. Había vivido apoyado en su cuerpo, había sido, en cierta manera, su cuerpo".

La breve reunión con la mujer propicia, para sorpresa de todos, un florecimiento de la apagada vitalidad del enfermo, lo hace afable y conversador, dueño de una súbita felicidad, cuando los curiosos se acostumbraban ya a considerarlo un ser huraño y desolado. Les extraña también que la casa alquilada poco antes por el hombre quede sin uso durante el tiempo en que la mujer permanece con él, ya que se quedan en el hotel. Sin embargo, el narrador no acepta del todo la felicidad que la mujer de los anteojos de sol parece contagiarle al enfermo. Hay una "absurda, desagradable esperanza" que impide que este almacenista, tan atento a los detalles y a su minucioso desarrollo en la imaginación, logre conmoverse, "aceptar la felicidad que ellos construían diariamente", ante sus ojos, "con la insistencia de las manos entre los vasos, con el sonido de las voces que proponían y comentaban proyectos".

Todo cambia cuando ella se marcha, y nuevamente el hombre se encierra durante horas en la casa alquilada, se vuelve "abstraído y lacónico" y comienza "a reconstruir los muros de separación que había derribado catorce días antes, exterminando toda intimidad con su mirada gris, discretamente desconsolada". Se reanuda la llegada de las cartas y el forastero vuelve a emprender sus ocasionales visitas al almacén del narrador para tomarse una cerveza tras recibir alguna. Otra vez entabla con éste un sordo forcejeo hecho de silencios, miradas e insinuaciones intuidas, en el cual cada uno desea imponerle al otro una actitud contraria: el hombre del almacén, luchando "por la dudosa victoria de convencerlo de que todo era cierto, enfermedad, separación, acabamiento"; en el enfermo, queriendo ignorar a ese hombre que lo asediaba siempre desde el mostrador, esforzándose por hacerlo desaparecer de la realidad, "por borrar el testimonio de fracaso y desgracia" que de su persona el otro se "emperraba en dar".

Cuando llega la temporada en que los turistas invaden el pueblo y el ajetreo diario hace que todos se olviden un poco del ex-atleta, el narrador, obsesivo, se dedica en las noches a pensar en él, pero a hacerlo de tal manera que siente al hombre irremediablemente ligado al desastre por intermedio suyo, debido en gran parte al intuitivo diagnóstico pesimista que él el narrador, con sólo mirarlo, le asignara desde el principio. Es como si el enfermo, pese a cualquier señal de aparente mejora física o reconciliación consigo mismo a través de la ocasional presencia de alguna de sus mujeres, estuviera condenado a muerte por una secreta voluntad que no sólo es propia, sino que pertenece sobre todo al deseo casi patológico del almacenista de ver cumplida su profecía por el solo hecho de haber sido pensada alguna vez y reiterada en soledad. En este sentido, el narrador está convencido de que el hombre se esconde de él en esta época de turismo en el pueblo, evita encontrarse con el augurio fatal de su mirada siempre acechante: "le adjudicaba dice el narrador la absurda voluntad de aprovechar la invasión de turistas para esconderse de mí, me sentía responsable del cumplimiento de su destino, obligado a la crueldad necesaria para evitar que se modificara la profecía, seguro de que me bastaba recordarlo y recordar mi espontánea maldición, para que él continuara acercándose a la catástrofe".

Después, según nos lo presenta el narrador, llega la otra mujer, muy joven, con la que habrá de recluirse el ex-atleta en la casa alquilada, pero sin dejar de pagar su cuarto de hotel. También se encierra en esta nueva felicidad como en un oasis, aislándose de todos. Cuando a los pocos días ella se marcha, todo hace evidente el profundo enamoramiento de la pareja, ya que a la hora de la partida, les cuesta mucho separarse en el almacén, ante la mirada curiosa de los presentes.

El enfermo vuelve entonces a su aislamiento anterior, a sus idas rutinarias al almacén, pero como si nada hubiera ocurrido, ajeno a todo: "nada en sus movimientos, su voz lenta, su paciencia delataba un cambio, la huella de los hechos innegables, las visitas y los adioses", concede el narrador.

Pasan los meses, llegan y se van los turistas, y la primera mujer regresa al pueblo, ahora con un niño. "Entre las dos dice el narrador hubiera apostado, contra toda la razón, por la mujer y el niño, por los años, la costumbre, la impregnación".

Junto con La vida breve y El astillero, sus dos novelas emblemáticas, acaso las más leídas y sin duda las que más ha consagrado la crítica, Los adioses constituye la trilogía narrativa que dio mayor relevancia literaria a Juan Carlos Onetti. Cuando en 1970 M. Aguilar Editor publicó en México sus Obras Completas, se cerraba para este escritor uruguayo un ciclo de reconocimiento fundamentalmente latinoamericano y empezaba lo que habría de ser para él un sólido prestigio internacional cuya punta de lanza fue su permanencia en España y el interés que por su obra toda demostraron tanto ciertas editoriales españolas como el público lector de ese país.




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