02-12-08 | 38.103.63.55 | Druckversion von:

http://www.onetti.net/de/descripciones/diaz-mariscal



Ese magnífico universo llamado Santa María

Franchesco Díaz Mariscal

El "móvil primo" de Santa María es eso que se llamó el gobierno del general Juan Domingo Perón Primero, que en realidad fue una dictadura. A tal punto que llegó un momento en que Perón decidió prohibir algo que se llamaba "Montevideo-Uruguay" (…) Yo tenía el deseo de no estar en Buenos Aires, de venirme a Montevideo. Y al mismo tiempo sabía que no podía hacerlo, por razones económicas. Pero también era consciente de que me era imposible situar mi novela en Montevideo, por falta de información. Entonces busqué un "intermezzo", el recuerdo de un viaje que hice a la provincia de Entre Ríos. Allí estuve dos o tres días en Paraná, que tiene una rambla, como Santa María. En ese tiempo dos ferry-boats la unían con Santa Fe–, al parecer admitía con su cruda franqueza, no sé cuántos años ha, Juan Carlos Onetti en una presunta conversación con Omar Prego, incluida en el sitio de internet www.montevideo.gub.uy/onetti.
¿Por qué empleo el condicional dos veces? Pues, cual todos sabemos, por la sencilla razón de que no todo lo que aparece en la red es real ni puede merecer, así como así, el calificativo de verdadero. Millares de textos apócrifos circulan por el ciberespacio (incluso este boletín podría ser uno de aquellos), así que, para no cometer potenciales yerros, mejor moverse en el campo de las probabilidades. Pero asumamos como ciertas las palabras incluidas en la cita insertada con premeditación y alevosía en este artículo. Si la génesis de la fabulosa Santa María fue, como causal externa, el Juan Domingo Perón más célebre -porque el segundo debe su inclusión en la posteridad al padre y, ante todo, a la famosa cónyuge-, pues sería bastante cómico porque, al fin y después de centenares de conatos, ¡la buena literatura les debería algo a los militares! Ese veto a la capital de la Rambla, el Río de la Plata y Peñarol -demás clubes y sus simpatizantes abstenerse-, tendríamos que agradecérselo al general Juan Domingo por las gratas secuelas para la obra de uno de los mayores exponentes literarios charrúas.
Onetti, el demiurgo
Aparecida por vez primera en un relato largo hacia finales de la década de los ’30, en la exquisita pieza El Pozo, Santa María es, para la obra del montevideano que se casó las dos primeras de sus cuatro veces con otras tantas primas suyas -hermanas para más sazón-, el equivalente a la cautivante ribera del Mississippi de Mark Twain, la desconocida Malasia de Emilio Salgari, la mística Yoknapatawpha de William Faulkner, la mágica Macondo de García Márquez y, para no engrosar la interminable nómina, la vertiginosa Río Fugitivo de nuestro compatriota Edmundo Paz Soldán. Al igual que las citadas, Santa María constituyóse poco a poco en un sólido y coherente universo propio, tan similar y a la vez distinto a cualquiera de los poblados no demasiado grandes ni muy pequeños de América Latina. En cada una de las obras que engrosaron su vasta bibliografía, Juan Carlos Onetti siempre procuró respetar el mítico aura de pueblo bucólico con aires de gran villa creado desde un principio alrededor de este conglomerado citadino. Eso permitió que la misma conjunción de casas y pobladores, iterados en más de una historia y desaparecidos ídem, asumiera también con el paso del tiempo un carácter protagónico: cada nuevo volumen hacía buscar a los lectores ávidos no sólo quienes eran los Díaz Grey, Larsen, Petrus o Brausen que pervivían en el caserío -cuando no estaban por ahora aún no llegados o ya ausentes-, sino cuáles nuevos aspectos de la coqueta y por veces procaz comarca revelaría el creador.
Así, veinte años después de su aparición en la citada El Pozo, cuando Onetti da a luz (Para) Una Tumba Sin Nombre -la preposición fue adicionada a posteridad sólo a partir de la segunda edición-, analistas y críticos dan a su vez inicio a lo que se conoce hasta ahora como la "saga" Santa María, donde este cúmulo de casas, humores y heterogéneos habitantes va conformando un parangón con el universo. Santa María ya no sólo es -o puede ser, cual afirmábamos en el anterior párrafo- una población parecida a tantas otras de la zona rural latinoamericana (Paraná en la provincia Entre Ríos de Argentina, si tornamos una vez más a las aseveraciones de su arquitecto principal), sino que se ha convertido en un símil de cualquier barrio grande en una metrópoli, o la copia a escala de una ciudad que aún no llega a la décima del millón de moradores. Las características de cada habitante le dan, asimismo, una peculiaridad más a la población. La flema del doctor Díaz Grey y su imperio de conocimientos científicos, el cinismo del Juntacadáveres Larsen empecinado por dotar a la villa de su propio y decente lupanar, la economicidad malograda del astillero que pervive por gracia merced al empeño de Petrus, la fuente iniciática de chismografía en que se convierte la botica del intrigante Brausen, la inubicua permanencia de Carr en el caserío próximo que complementa Cuando Ya No Importe, todo sirve para enseñarnos la visión existencialista del universo inventado por este autor, quien desde sus primeros relatos mostró machismo, arranques altos de misoginia y un insobornable desprecio por la estupidez de la raza humana, a la que tanto llegó a desdeñar aunque caricaturizaba tan bien.
«...y a ninguno le queda tiempo para vivir a fuerza de estar mirando cómo viven los demás», aparece escrito en la célebre Juntacadáveres. Esa frase por sí sola pinta el intrincado toma y daca del que se nutre la cotidianidad en Santa María, conjunto urbanístico que supera muchas veces con creces el viejo adagio del conocimiento universal en un condensado ecosistema. Y es que el Premio Cervantes 1980 se valía de la hipérbole con una genialidad, sin exageración alguna, digna del mejor maestro en el arte de la venta ambulante. Iba hinchando a rabiar las contradicciones normales al interior de las relaciones humanas, en el afán de conseguir así exquisitas ilustraciones del más conflictivo entre los seres que pueblan el planeta. Para esto, claro, también podía valerse -y lo hacía con magníficos réditos, a quién puede caberle duda alguna- del hábitat inmediato, bajo el innegable precepto de que el entorno físico espacial juega un papel preponderante y condiciona, quiérase o no, el desempeño del individuo.
En más de una ocasión el lector onettiano habrá oído que el narrador fallecido hace casi una década visualizaba íntegra toda una novela, al mejor estilo de las secuencias fílmicas podríamos incluir, en las previas de iniciar su transposición al papel. Esto da para pensar, asimismo, que Santa María, con todas sus tiendas, locales, callejuelas estrechas y pequeñas avenidas, podía estar tan bien dibujada en la mente del antiguo redactor jefe de Marcha como los planos para turista que en la actualidad se ofertan en terminales aéreas y terrestres. Como fuera, la pequeña y entrañable población que existe sólo en las páginas creadas por la eximia y rugosa mano de Juan Carlos Onetti, ha llegado con justicia a merecer todo un sistema alrededor, cual sucede con la estrella mayor y sus infinitos satélites que giran y giran en torno. Es, cual ya dijéramos líneas arriba, un magnífico universo propio donde puede muy bien mirarse cada uno de los terrícolas: de seguro encontrará, gestos y palabras más o menos, un símil tan parecido que le hará pensar en la clonación.




www.onetti.net | Onetti Website 2.3 | ☺ 2001-2008