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La vacilación del instituto narrativo como posible estrategia de construcción del relato

Jorge  Miguel

Esta ponencia se apoya en observaciones de algunos aspectos de la narrativa de Onetti en el marco de una serie de consideraciones sobre El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El punto de partida se inspira en una hipótesis probablemente temeraria: entre Cervantes y Onetti, en la narrativa en lengua española, no hay nadie. Admitido que una afirmación de esta índole demanda una fundamentación exhaustiva y minuciosa, inadecuada para esta oportunidad, se expondrá brevemente algunos motivos.
Parece inevitable comenzar citando a Milan Kundera [1], quien propone que “el novelista no es ni un historiador ni un profeta: es un explorador de la existencia”. Si bien Kundera parte de su lectura de Cervantes, la cita es pertinente porque se apoya en la evidencia de que Onetti también diseña sus personajes como, fundamentalmente, seres atormentados por la particular configuración de circunstancias en que transcurren o por una hipersensibilizada percepción de sus contextos de existencia.
En la misma dirección se encuentran los conceptos de Riley [2] al explicar que la novela “narra la historia de un hombre que trató de transformar en vida lo que era ficción. Esta metamorfosis de la crítica en invención imaginativa representa el triunfo final del instinto creador de Cervantes sobre su instito crítico. (...) La principal contribución de Cervantes a la teoría de la novela fue un producto, nunca formulado rigurosamente, de su método imaginativo y crítico a un tiempo. Consistía en la afirmación, apenas explícita, de que la novela debe surgir del material histórico de la experiencia diaria. (...) Aunque el novelista sólo podía ser veraz a la manera en que lo era el poeta, necesitaba conocer la historia en mayor medida que el poeta. Lo cual, más que una mera repetición del dogma de la verosimilitud, era el esbozo de una importante y casi indispensable función de la novela moderna: la de dar una idea de lo que Hazlitt llamó la trama y la estructura de la sociedad como realmente es.”
En este punto se impone citar al propio Cervantes [3], quien -en el capítulo I de la primera parte de la novela sobre Don Quijote- responsabiliza a su narrador de las siguientes consideraciones sobre la pasión lectora del personaje: “y muchas veces le vino un deseo de tomar la pluma y dalle fin al pie de la letra, como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, un aún saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran”. En el párrafo inmediato siguiente agrega: “se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio.”
En este momento de la novela de Cervantes el lector aún se encuentra ante don Alonso Quijano, en quien se procesa la génesis de Don Quijote. Don Alonso Quijano es personaje de una realidad desde la cual, en una situación de lo que Freud concibe como sueños diurnos [4], imagina a Don Quijote con la suficiente obstinación como para terminar inventándolo: “rematado ya su juicio, vino a dar en el más estraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante”.
La desmesurada ansiedad que la lectura provoca en Alonso Quijano es expuesta y examinada, por el narrador, como factor relevante en la invención de Don Quijote. La estrategia de Cervantes para construir su novela se apoya, en tales instancias, en los procesos de su propia construcción.
Unos tres siglos después Onetti actualiza la estrategia cervantina hasta el extremo de que Josefina Ludmer [5] explica lo siguiente: “Nuestra lectura de La vida breve se funda en el concepto de modo de representación, en el texto, de las condiciones y procesos de construcción del relato...”
Antes de “La vida breve” (1950), en “El pozo” [6] (1939), Onetti inicia su camino hacia la reinauguración de la estrategia narrativa de Cervantes al atribuir a Eladio Linacero conceptos como: “Esto que escribo son mis memorias. Porque un hombre debe escribir la historia de su vida al llegar a los cuarenta años, sobre todo si le sucedieron cosas interesantes. Lo leí no sé dónde.” Eladio Linacero, como Alonso Quijano, apoya en su experiencia lectora gran parte de su motivación para la escritura. La diferencia, en este momento, radica en que Eladio Linacero asume un rol narrador y redacta cómo relata lo que evoca o imagina, en tanto que Alonso Quijano elude el rol de narrador y se instala personalmente en su personaje.
En otro momento de “El pozo”, en el episodio de la rambla y Eduardo Acevedo, Eladio Linacero se aproxima aún más al procedimiento de Alonso Quijano (aunque simplemente se aproxima). Lo conmovedor es que Eladio conserva suficiente lucidez como para no instalarse él en su fantasía sino que procura instalar a Doña Cecilia Huerta de Linacero en el rol de la Ceci de sus ensueños evocativos. Y la instalación es demasiado forzada como para que pasen inadvertidos los matices de diferencia entre realidad y fantasía, entre realidad y verdad. Eladio puede reproducir algunos aspectos de la realidad que evoca, pero no su verdad: puede reproducir hechos, no el alma de esos hechos. Siguiendo la idea de Kundera, Eladio explora la existencia en clave narrativa.
Las convencionalmente consolidadas certezas del pacto narrativo se hacen vacilantes, nuevamente, en la narrativa en lengua española. Se encuentra otro antecedente en “El posible Baldi” [7] que, en determinado momento explicita la insoluble incongruencia de realidad y fantasía: “sintió que la bota que avanzaba en Transvaal se hundía en ridículo.”
Riley reflexiona, a propósito de Cervantes (pero también adecuado a Onetti): “Su esencia poética es definida por la pérdida, la imposibilidad, una ardiente búsqueda de la identidad, una triste conciencia de todo lo que pudo haber sido y nunca fue y, en contra de esta desposesión, una afirmación de la existencia total en la realidad de la imaginación.” Esto involucra a Eladio Linacero tanto como a la dama de “Un sueño realizado”.
Quizás pueda aventurarse otra clave de acceso a la estrategia narrativa en el siguiente fragmento del capítulo El nuevo principio de “La vida breve”: “para esta pequeña vida que empieza o para todas las anteriores si tuviera que empezar de nuevo, no conozco nada que me sirva, no veo posibilidades de fe. Puedo, sí, entrar en muchos juegos, casi convencerme, jugar para los demás la farsa de Brausen con fe. Cualquier pasión o fe sirven a la felicidad en la medida en que son capaces de distraernos, en la medida de la inconciencia que puedan darnos”.
El relato no se consolida sobre la base de acciones en la realidad sino, más bien, de acciones sobre la realidad. Los protagonistas, más que partícipes de un sistema de acciones, son partícipes de un sistema de reflexiones. Más que la realidad importa la verdad; más que los hechos, el alma de los hechos.
Por eso en “Dejemos hablar al viento” [8] el lector puede encontrarse con lo siguiente: “-Está escrito, nada más. Pruebas no hay. Así que le repito: haga lo mismo. Tírese en la cama, invente usted también. Fabríquese la Santa María que más le guste, mienta, sueñe personas y cosas, sucedidos.” ¿Arte poética de la narrativa o arte narrativa de una poética de la ensoñación?
Alonso Quijano inventó a Don Quijote y lo asumió como su identidad. Eladio, Brausen, Baldi, tantos otros, se desplazan constantemente entre la realidad de su contexto material y la verdad de sus sensibilidades atormentadas o hipervulnerables. De ahí que, en el plano del discurso, pueda darse el desplazamiento natural y espontáneo desde una emisión en tercera persona a una emisión desgarrada y lacerante a una irrealizable segunda persona: “Miro la montañita de apuntes y sé que no tienen destino. En la vida de todo hombre normal y maduro hay siempre una mujer lejana. Por la geografía o los días. Nunca volveré a ver a mi lejana. Si vive, pisa un punto de la tierra ignorado por mí. Y si llegara a producirse el milagro, ya marchito, del reencuentro, tampoco te ofrecería mis apuntes como lectura. Tal vez, Lejana, te mostrara el montón de hojas como una avergonzada y lastimosa prueba de que yo estuve viviendo en tu ausencia”. [9] Otra vez el texto, la materialización de la invención desesperada, como prueba de la existencia: soy en la medida en que invento, soy en la medida en que escribo.
Finalmente, que Brausen consagre la estética narrativa de Alonso Quijano: “Yo besaré los pies de aquel que comprenda que la eternidad es ahora, que él mismo es el único fin; que acepte y se empeñe en ser él mismo, solamente porque sí, en todo momento y contra todo lo que se oponga, arrastrado por la intensidad, engañado por la memoria y la fantasía”.

[1] KUNDERA Milan. El arte de la novela. Barcelona: Tusquets, 1987.
[2] RILEY E.C. Teoría de la novela en Cervantes. Madrid: Taurus, 1971.
[3] CERVANTES Miguel de. El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Buenos Aires: Kapelusz, 1973. Edición de Martín de Riquer.
[4] SPECTOR PERSON Ethel y ots. En torno a El poeta y los sueños diurnos de Freud. Madrid: Rógar, 1999.
[5] LUDMER Josefina. Onetti. Los procesos de construcción del relato. Buenos Aires: Sudamericana, 1977.
[6] ONETTI Juan Carlos. Obras completas. Madrid: Aguilar, 1979.
[7] ONETTI Juan Carlos. Los cuentos (de 1933 a 1950). Mdeo.: Arca, 1995.
[8] ONETTI J.Carlos. Dejemos hablar al viento. Barcelona: Bruguera, 1979.
[9] ONETTI J.Carlos. Cuando ya no importe. Buenos Aires: Alfaguara, 1993.

 (Ponencia para las Jornadas de Homenaje a Juan Carlos Onetti
Colonia, 12 y 13 de noviembre de 2004)




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