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Onetti, en la cama

Jesús Marchamalo

Onetti tenía una leyenda negra, o varias, lo cual no es necesariamente malo. Se decía de él que era mentiroso, huraño, criticón y egoísta a más de tener una merecida fama de bebedor de whisky y de fumador compulsivo.

Contó alguna vez que de niño se encerraba en un enorme armario, con su gato y un libro. Dejaba abierta una minúscula rendija en la puerta, lo justo para que entrara un rayo de sol, y allí permanecía callado, leyendo, hasta que sus padres se cansaban de buscarlo. La poca luz del armario, sumada a la poca luz de la biblioteca del Museo Pedagógico, un lugar tristón y umbrío al que acudía con frecuencia a leer, determinaron que acabara por quedarse miope. En la biblioteca leyó las obras completas de Verne, encuadernadas en tela roja y compuestas en dos columnas de letra redonda y minúscula, y en casa de un tío suyo, gordo como el insecto de Kafka, la colección de Fantomas. Trabajó en los oficios más diversos. Fue portero en la consulta de un dentista amigo de sus padres; pintor de brocha gorda, mecánico de coches, vendedor de máquinas de sumar... Después pasó a trabajar en el semanario Marcha, donde lo contrataron como secretario de redacción: maquetaba los textos, los corregía y cortaba, y cuando alguno de los originales solicitados no llegaba, se inventaba un cuento que firmaba con nombres exóticos: Alfredo Plumet, por ejemplo, o Pierre Boileau.

Se casó y se separó cuatro veces y, por lo tanto, perdió cuatro bibliotecas gananciales. A veces le entraba la nostalgia, y se lamentaba de las obras completas de Balzac que había comprado a plazos, y que nunca recuperó, echaba en falta los volúmenes perdidos de Shakespeare, de Dostoyevski, de Proust, de Montaigne...

Una vez, una chica de trece o catorce años se ofreció a ordenarle los libros que tenía apilados por toda su casa, sobre los sofás, y encima de las mesas. Le dijo que sabía leer y escribir, y le recitó de corrido el abecedario, lo que a ambos les pareció suficiente. Cuando terminó el trabajo, Onetti contemplo aterrado el resultado: la letra J reunía a Joyce, Rulfo, Cocteau, Jiménez, Le Carré, Swift, Cortázar y Borges, entre otros. Lo que le llevó a confirmar que colocar los libros por orden alfabético de autores no deja de ser tan arbitrario como amontonarlos por los pasillos.

Lo de pasar el día en la cama lo explicaba con la naturalidad del inocente. De niño se habituó a leer tumbado, y de adulto se fue quedando, quedando, hasta que acabó viviendo en ella, siempre acostado. Tenía, eso sí, a mano una mesita con medicinas, un vaso de whisky y un montón de libros manoseados y usados que releía constantemente.

Y nada, cuando llegaron los militares a Montevideo, se vino a España donde compró una casa con el dinero del Premio Cervantes. Se metió en la cama, y vio como su quinta mujer llenaba la terraza de plantas.




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