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Onetti: las múltiples identidades

Arturo Azuela

Juan Carlos Onetti habla lentamente. Piensa cada frase con detenimiento y sus opiniones son precisas, como las de un escritor que no le tiene miedo a sus propias verdades. Con la voz pausada y el gesto reconcentrado, fuma también con lentitud. Habla de Montevideo, de Buenos Aires, del Río de la Plata y los primeros años de su vida literaria. Da la impresión de ser un personaje de sus propias novelas, mundos que se desdoblan, identidades en pugna, desenlaces inesperados o inconclusos.
Reticente, casi ajeno, contesta como si estuviera distante, en una lejanía imprecisa. Habla también de la importancia del lenguaje, de la vida interior del escritor y de la invención narrativa en su más estricto sentido. La entrevista —concedida a la televisión española hace varios meses— causó polémicas en los medios intelectuales. Para unos fue la verificación de la autenticidad del autor de Juntacadáveres; para otros fue una decepción y no faltaron críticas en revistas y periódicos. Sin embargo, lo importante es que la obra de Onetti se difunde con más amplitud no solamente en Latinoamérica, sino también en España.
Desde hace muchos años, quizás más de tres décadas, la fama de Onetti fue creciendo lentamente. Sin prisas, ajeno a la publicidad, fue construyendo un estilo propio, una recreación literaria de lugares profundamente vividos, de suburbios citadinos, de prostíbulos provincianos y emigrantes en decadencia. En una novela tras otra, ha ido perfeccionando su lenguaje, pensando cada frase, cada palabra; le ha dado a cada párrafo o a cada capítulo una verdadera unidad, un trabajo donde se siente la presencia de una imaginación vigorosa y de un creador en conflicto consigo mismo.
Jamás ha hecho concesiones ni ha pretendido hacer juegos ideológicos acerca de las contribuciones de la novela contemporánea. Desconfía de la novela llamada comprometida, de las que se apegan a una supuesta responsabilidad histórica o de las que exclusivamente se dedican a los alardes del lenguaje. Al construir los movimientos, la trama y las motivaciones de sus personajes, Onetti pone en juego todo su poder de invención. El barrio bajo, los ruidos de departamentos contiguos, el tufo de los callejones miserables, los cuerpos inclinados en una barra o las descripciones de plazas y glorietas se vinculan siempre a los protagonistas de sus obras, a seres profundamente humanos, a la introspección de un solitario o las sonrisas simuladas de la regenta de un lupanar.
En un plano tras otro, alterna la gran capital y el pueblo de provincia, la periferia de la metrópoli y la fonda o la taberna de una pequeña ciudad; en un contrapunto de tiempos y espacios, en la variación de épocas y atmósferas, inventa la topografía y va entreverando diversas personalidades con ubicaciones antagónicas. Pero es siempre el personaje y su soledad, el envejecido prematuramente, el que distorsiona o inventa su pasado, el que a fin de cuentas Onetti destaca en sus textos narrativos. Es el derrumbado que camina por grandes avenidas, que espera largas horas en una estación de ferrocarril,
reconstruye una y otra vez muchas imágenes nebulosas y trata de reconocer sus años de silencio o sus años verdaderos.

El personaje solitario
Este personaje solitario no está edificado en un ámbito abstracto; es lenguaje y acción, es suma de anécdotas y una historia con la posibilidad de varios desenlaces. Es también el ciclo de la frustración y la renuncia de los éxitos. Y siempre está presente la búsqueda de sí mismo, los múltiples ángulos de un mismo presente y la confusión de realidades y pesadillas. En El astillero, en Juntacadáveres o en La vida breve —tres de las novelas más importantes de Onetti—, aun con perfiles diferentes, el fondo de ese personaje siempre está en movimiento, es duda y angustia, es insatisfacción y el reconocimiento constante de su propia decadencia.
Y si el lenguaje de las novelas de Onetti jamás se desvincula de las diversas máscaras de sus protagonistas, si hace realidad completa la invención de sus memorias, también la recreación de la atmósfera —ya sea a través de narrador omnisciente, ya de los monólogos interiores o los diálogos escuetos— es otro elemento fundamental, es otra parte esencial del equilibrio de la narración. La frase corta o larga, el manejo del gerundio y la ubicación de los adjetivos, van siempre relacionados a esa descripción constante de ambientes, sino también a un ritmo a la respiración de un ser humano que siempre está en el trasfondo, que maneja los hilos con lentitud, que poco a poco le va dando más fuerza interior a esos individuos ensimismados en sus tiempos de soledad o de incertidumbre.
Enlazando varias alternativas, con síntesis de pueblos y caseríos, con pequeñas ciudades seleccionadas de zonas provincianas, Onetti ha ido reafirmando, diseñando, poniendo en orden el ambiente y la mitología de una sola ciudad: la Santa María de Juntacadáveres, la del prostíbulo de la casa celeste, la de la síntesis biográficas en las lápidas del cementerio y los cafetines próximos a la rambla. Ha ido trazando calles y plazas, la avenida junto al río y los andenes de la estación; ha ido entresacando las pugnas de siglos, las del cura recién llegado y las de las familias venidas a menos; ha puesto a unos y a otros frente a frente —en la taberna, en el mercado, en la iglesia o las quintas—; los ha puesto a dilucidar las crónicas olvidadas, las rivalidades de antepasados y los progresos o retrocesos de los invasores que llegan de la gran ciudad.

Ritmo, historia, anécdota
A toda una invención topográfica y urbanística le ha dado también un ritmo, una historia a cualquier mes o una anécdota a cualquier mediodía. Moviendo a sus personajes de un edificio en ruinas a una casa solitaria, de la redacción de un periódico a la diagonal de una plaza, va sumando confabulaciones y esterilidades, destinos sórdidos y horas opacas. Y ahí están también otros seres, a los que no les queda tiempo para vivir "a fuerza de estar mirando cómo viven los demás".
Desde El pozo (1943), pasando por Una tumba sin nombre, La vida breve, La cara de la desgracia, El astillero, hasta llegar a Juntacadáveres (1964) —para sólo mencionar algunas de sus obras—, Juan Carlos Onetti ha tratado también el tema de las identidades en torno al hombre contemporáneo. Sus protagonistas, a medida que se avanza en este capítulo, van mostrando el despliegue de múltiples raíces y perspectivas; lentamente, van reconociendo el desdoblamiento de sus recuerdos. Dentro de sueños y utopías, en un solo personaje se confrontan varias individualidades; unas ordenan al mundo, otras la destruyen, algunas más viven en una pesadilla continua o buscan infructuosamente unos cuantos días o unas cuantas horas de plena satisfacción. Las múltiples vidas de un solo personaje dan lugar a otras tantas identidades.
Al mismo tiempo que el protagonista inventa paisajes y calzadas, recrea ciudades tales como Buenos Aires o Montevideo, se encuentra defendiendo su propia independencia, en permanente conflicto consigo mismo, como si nunca dejase de ser un expatriado. Por lo tanto, con el peso del tiempo transcurrido, los desenlaces se vuelven más complejos, la narración más real, más verdadera, más profundamente vivida. A fin de cuentas "las mentiras" ocupan un lugar esencial en el mundo; la invención literaria de Onetti trata de ponerlas al descubierto. Sostiene así que todos los días nos acompañan múltiples personajes, cómplices o enemigos, obstrusos o efímeros, y que dentro de nosotros mismos nos inventan también el futuro.
Aislado, seguro de su propia obra, Juan Carlos Onetti no es sólo un escritor verdadero; es también de los que saben esperar, de los pocos que han sabido darle, a través de su excepcional invención, una historia a sus ciudades recorridas y a biografías cercanas a la suya. Hace más de un par de años, Enrico Cicogna, su traductor al italiano, profetizó sus actuales éxitos en España y aseguró que es de los escritores latinoamericanos cuya obra cada día se divulga y se estudia más a fondo, de los que al paso del tiempo serán todavía más importantes.




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