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Tiempo de abrazar

Juan Carlos Onetti

I

Con un largo suspiro M. Gigord volvió los dorados anteojos a la nariz. Por un momento las manos flacas y tristes continuaron moviéndose en el pañuelo.
—Tener una creencia, una fe, es indispensable para vivir. La religión católica es buena. Pero yo no puedo creer que se conceda el paraíso a espíritus que... en fin, espíritus que no han alcanzado un cierto grado de perfección.
Jasón asentía con la cabeza. M. Gigord lo miró fugazmente, con un gesto nervioso; mientras guardaba el pañuelo, agregó:
—Aunque yo soy creyente en que todas las religiones tienen un principio común. Esto es indudable.
—Ciertamente. La esencia mística...
M. Gigord era un pobre diablo. Estupendo, señor profesor. Encarnarse todavía una docena de veces y luego disolverse en la divinidad. Disolverse beatíficamente. Cuando manas sé una con alma, en el principio número siete...
El reloj sonó varias veces, con una voz fresca y exótica.
M. Gigord rectificó la hora de su reloj y se echó hacia atrás, devolviendo a su rostro la expresión habitual.
—Es indudable que Jean Jacques era un enfermo mental. En caso contrario, nosotros haríamos bien de que estábamos frente al más grande hipócrita, cínico y pervertido que haya existido jamás... ¿Usted ha leído el Emilio?
—No; nada más que las Confesiones.
—Bien; alcanza —subrayó la palabra con un risueño gesto de complicidad— alcanza. Trate de releerlas un poco. La semana próxima trabajaremos con eso. Nosotros estamos un tanto atrasados y en un día liquidaremos Jean Jacques. En realidad no merece más.
Trabajosamente se puso de pie, abrochó el saco y comenzó a recoger sus libros. Jason cruzó el salón para apagar la luz. Triste y hastiado; infinitamente triste y hastiado. Con la cabeza baja, la mano irresoluta acariciando la pequeña palanca de la luz. Infinitamente cansado de la puerca vida. Estomagado. Una columna de humo sucio le iba del estómago al cerebro. Atravesado por el espeso chorro de humo, arañaba despacito el conmutador.
—Puede apagar, Jason. Ya estoy listo.
—Bien.
M. Gigord había confundido con cortesía su indecisión. Con unas pocas palabras sería fácil convencerlo por completo de que había acertado. Como esto es tan oscuro, M. Gigord... No valía la pena. Nada valía la pena y él apagaba la luz, con un movimiento resuelto e implacable. De esa manera, exactamente, se hacía funcionar la silla eléctrica de Sing-Sing en las películas de errores judiciales.
Las sombras de los rincones habían corrido velozmente hasta el centro del salón, chocándose y subiendo en altas olas hasta cubrir el techo. Recogió el sombrero del respaldo de la silla, rozando a M. Gigord en la oscuridad. Lo adivinó enfilado en dirección a la escalera, los libros bajo el brazo izquierdo y la verdosa galera colgando junto a la rodilla.
M. Gigord comenzó a subir, tanteando cuidadosamente con los pies. Jason miró la escalera angosta, oscura, retorcida. Extrañamente, tuvo la impresión de que aquella escalera no era ya un medio para llegar a la vida ardiente de la calle. La sentía como un fin en sí misma. Ascenderla era una trabajosa tarea que debía realizar porque sí, en medio de sombras, bajo la pupila lívida de la ventanita que se abría en el segundo tramo.
Miraba el brillo grasiento de la baranda, y no podía rechazar la imagen de todas las manos —ágiles, cansadas, finas, ásperas— que se habían apoyado en aquella lista de madera, dejándola un poco más pulida, un poco más sucia. Los hombres del horario nocturno, gordos, sin afeitar, haciendo crujir los escalones con sus gruesos zapatos. Las muchachas del turno de la mañana, dientes blanquísimos, vestidos flotantes, risas y carreras. Las manos —blancas, velludas, oscuras, pequeñas, venosas, húmedas— corrían como arañas hacia arriba; ya trepando, ya con rítmicos saltitos.
Subió, apoyándose exageradamente en el pasamanos. Frente a él, diez escalones más arriba, por encima de los débiles hombros de M. Gigord, veía un pedazo de pared blanca en el que se extendía la luz de la ventana que aún no alcanzaba a divisar. Aquella pared recién blanqueada, se le apareció fría e indiferente omo un cadáver, su epidermis no tenía manchas ni roturas. Nadie había intentado amparar en ella, con torcido signos de lápiz, la vida efímera de un nombre o una fecha.
Recordó la pared reluciente de los lavatorios. Más humana, menos pared. Leyendas y dibujos obscenos se sucedían en sus mosaicos, renovándose diariamente. Cuartetas torpes, gritos rabiosos de sexualidad. El primer día que entró allí había visto aquello con disgusto. Pero luego, en un rincón oscuro descubrió dos palabras dibujadas con rasgos grandes y armoniosos. Abajo, una firma: Louise. Una confesión simple y animal. Louise quería. ¿Y qué? El quería, todos querían.
Imaginaba a la muchacha en cuclillas, haciendo pasar y repasar el lápiz por las baldosas resbaladizas. Con los ojos brillantes de miedo y vergüenza; la punta de la lengua entre los dientes; semidescubiertas las piernas blancas y las diminutas ropas, más blancas aún. Louise quería, todos querían. Mejor aquella pared con su confesión cínica y exasperada, con sus dibujos grotescos e ingenuos, que esta otra, blanca, impersonal, simple plano divisorio.
Frente a él oscilaba la silueta de M. Gigord. Se adivinaba la debilidad de las piernas en la indecisión del paso; e iba subrayando el balanceo negativo de la cabeza con largos suspiros y el ruido seco de los escalones que pisaba. De aquellas espaldas viejas y dobladas se desprendía una intensa sensación de tristeza y cansancio. Y el recuerdo del viejo, con la nariz fantásticamente enflaquecida y alargada por la luz lejana del techo, hablando del contento de vivir con una media sonrisa hipócrita... Falso. Un hombre viejo, cobarde y falso. El compendio de la esencia de todas las religiones... Magnífico estilo, noble maestro. La conformidad para sobrellevar los sufrimientos de la vida.
Si la conformidad no se alcanzaba por la reflexión, quedaba el camino de la fe. Tirarse de cabeza en la fe. Pero él no quería rehuir las conclusiones del pensamiento. No quería el contento del alma, el principio número siete, el ombligo de Buda. Quería la vida. Nada más que la vida; pero totalmente, hasta el fondo. Llegar a tener la energía necesaria para tomar la vida como a una mujer.
Pero allí, en la escalera; aquel viejo que trepaba cansadamente... ¿No podía ser aquél su futuro? ¿Era absolutamente imposible que él llegara a convertirse en aquello? ¿Y si él estuviera equivocado, terrible y trágicamente equivocado? Se creía capaz de moldear la vida como él quisiera; pero acaso era la vida la que lo iba haciendo a uno, con una lenta tarea de deformación, un día y otro, una claudicación y otra.
Miraba la silueta del viejo, tratando de establecer fría e impersonalmentehasta qué punto era imposible que dentro de muchos años, cincuenta años, J. Jason subiera una escalera en la misma forma en que lo estaba haciendo M. Gigord. Expresando su cuerpo tanta entrega, tanto renunciamiento como la doblada silueta del profesor. Y razonablemente, no era posible afirmar que aquel pensamiento fuera absurdo. Ahora mismo, sin saber por qué, se encontraba cansado y débil. ¿Entonces, camarada...?
Sí y sí. Jason, el superhombre, el conductor, dando lecciones de literatura francesa, subiendo escalones paso a paso, mintiendo conformidad y satisfacción. Dominado por una fría desesperación se obligaba a pensar en su vida dentro de medio siglo, buscando con perversidad la imagen que más le doliera, la más humillante y ridícula. La pobre cosa lastimosa y despreciable que llegaría a ser su cerebro; el residuo de hombre en que él se convertiría.
La corbata en arco, el cuello cruzado, los dientes postizos, la pechera almidonada, el reloj de oro. Todo eso tendría él; y también los gestos mecanizados y tímidos; la absoluta falta de audacia en los ojos, y, en la boca, la curva aplastada de la resignación.
Y si éste era su posible destino, si por el solo hecho de vivir corría el riesgo de llegar a ser una cosa así, de llevar podrido el cerebro unas decenas de años antes de pudrirse su cuerpo... Pensaba en la vida y no sentía de ella más que su fatalidad; su fuerza ciega que lo obligaba a crecer, a envejecer, a ir acumulando impresiones, a sufrir, a gozar, a sentir tantas cosas distintas, le interesaran o no.
Se detuvo un instante juntando las cejas, Cristina. Cristina desnuda, de pie frente al espejo, mientras él fumaba tirado en la cama. En el vestíbulo del teatro, con el abrigo azul marino y el pequeño paraguas debajo del brazo. La cabeza en primer plano, despeinada, mirando acercarse la suya... Acaso había hecho una tontería enojándose con ella. Era muy linda, muy linda. Sí; estúpida, charlatana, vulgar, con una manera de alzar los hombros que crispaba los nervios. Pero, no obstante, sin embargo, a pesar de todo... Sí; había sido un tonto. Con ella, nada de dudas ni problemas filosóficos.
Llegó frente a la ventanita. El anochecer azulado y frió se pegaba a losvidrios. Sintió la noche serena y fresca. La noche con el cielo claro y las luces cuadradas de los edificios. En su interior navegaban imágenes tranquilas, frases cuyo sentido no intentaba desentrañar, recuerdos fraccionados y pálidos. Luego, hendiendo suavemente las imágenes interiores, una escena se hizo lugar, sin violencia alguna. La cara de la noche aplastada contra los vidrios, el tinte vago e inexpresivo del cielo, y los hilos fríos que se colaban por los costados de la
ventana, le trajeron el recuerdo de su última conversación con Lima.
El fuma en el sillón de cuero, los pies sobre la mesa. Lima está tirado en la cama, casi invisible por la sombra. Hace rato que han dejado de hablar y en el balcón es ya de noche. De pronto, con una voz apagada y extraña, Lima dice lentamente:
—A veces, por la noche, me acuerdo de algo de cuando era chico.
Jason se estremece, con la sensación que cualquier cosa que diga Lima va a encajar exactamente en su estado de ánimo.
—Aunque, en realidad, no pasó nada. Una sensación. Desde la mañana yo cuidaba las ovejas en el campo. Allí mismo almorzaba pan y queso de cabra. A la tarde guardaba los animales y me volvía caminando al pueblo. Una vez me distraje y cuando terminé de encerrar los animales era ya de noche. Me puse a caminar, cantando y golpeando el pasto con una rama de árbol. Bueno... Cuando vi las luces del pueblo, allá abajo, sentí de improviso que la noche se me venía por las espaldas y que no me dejaría llegar. Me puse a correr como loco...
Lima está sentado en el borde de la cama, mirando el suelo.
—No es más que eso. Pero me gustaría poder hacerte sentir mis sensaciones de aquel momento. Mi carrera desesperada, medio asfixiado por el cansancio, loco de miedo. Miedo a la noche, al misterio de la noche. Y mi carrera entre los árboles, cuesta abajo; el ruido de los grillos... Hasta que llegué junto a la iglesia.
Deja la cama y va hasta el balcón, mirando hacia fuera con las manos en la espalda. Un rato después, termina:
—Ahora la noche ya no me da miedo. Pero cuando el anochecer me encuentra solo, me llena un desaliento... Es como si me fueran sacando toda la sangre.
Se detuvo un instante frente a la pequeña ventana, apoyada la cintura en el pasamanos. Es como si me sacaran la sangre... Idéntico desaliento le aflojaba el cuerpo, incitándolo a dejarse resbalar con los ojos cerrados, hasta quedar doblado en un escalón, la rodilla a la altura de la cabeza, y ésta caída a un costado, sin vértebras, sin cerebro, sin expresión. Las sombras que flotaban lentas allá abajo, en el tramo de escalera ya recorrido, se le adherían con fuertes tentáculos a la espalda, atrayéndolo hacia la soledad del salón. Los vidrios azulosos de la ventana seguían sudando para él un espeso desaliento.
Contrajo los brazos y continuó subiendo. Ya no tenía ganas de rodar por los escalones, ni doblar su cuerpo como se dobla un documento antes de guardarlo en la cartera. Estaba otra vez allí; hacia avanzar a golpes cortos su mano por la baranda y, frente a él, M. Gigord flexionaba apenas las rodillas, ya próximo el último escalón.
Como todas las semanas, una vez terminada la ascensión. Jason lo veía reconquistar su aspecto habitual, su manera de inclinar la cabeza, el movimiento nervioso de los hombros hacia delante. Poco a poco, libre de la influencia de los escalones, M. Gigord volvía a ser el profesor de literatura, y, ya en el corredor, volvió a encontrarlo por completo, cuando se puso la vieja galera y acomodó los libros bajo el brazo.
Allí estaba M. Gigord, con los ojos sonrientes y un gesto amable en la boca. Ahora se trataba de buscar la forma más correcta de separarse, simulando tener poca prisa en ello.
—Hemos terminado otra jornada, Jason, y espero que será provechosa... Hizo una risita breve, como para amortiguar el tono doctoral de sus palabras. Al fondo del corredor, por las vidrieras que daban a la calle, se distinguía el movimiento del tráfico y el ir y venir de las gentes. En el umbral, como una mancha de aceite en el agua, se extendía el reflejo amarillento del gran farol del zaguán. Jason dio vuelta la cabeza y dijo, sin saber por qué:
—Cada día encuentro más interesante la literatura francesa. Hay...
Quedó arrepentido de sus palabras e hizo un movimiento para terminar la conversación. Pero M. Gigord volvió a reírse, con un ronroneo de gato.
—Oh, no es por nada que lo digo. Pero es indudable que ella es la más rica de todas, la más armoniosa y completa.
Lo miró, entre divertido y molesto. Aquel viejo imbécil creía que por el hecho de ser él francés... Empezó a decir:
—Sin embargo, la española...
—Oh, no... No se puede comparar. En ella encontramos genios: hay
grandes escritores. Pero examinada en conjunto, ¿eh?... No se puede comparar, no se puede comparar...
M. Gigord continuaba hablando de siglos, períodos y edades. Usaba la voz opaca y monótona de la lecciones, y la mano descarnada subía y bajaba con precisión de máquina.
Quiso considerarlo como a un viejo. Nada de M. Gigord ni bellas letras. Un pobre viejito cualquiera que lo había detenido en el corredor para solicitarle un pequeño servicio, un favor insignificante. Pedirle un fósforo, rogarle que le indicara una dirección.
—...la renovación sin igual que significó la Pléyade. Se ha dicho que Ronsard fue demasiado lejos; pero, bien examinado, esto es una prueba concluyente.
Cuando tuvo al viejo delante y se introdujo apenas en sus ojitos acuosos, sintió claramente que el hombre que el viejito había sido en un tiempo, el individuo capaz de transmitir odio a sus puños y amor a su boca, estaba tan lejano, tan borrado por el roce de los años, que era ya imposible entenderlo; como no se entienden las inscripciones de las viejas monedas gastadas por el uso y veladas por la suciedad. Llegaba a dudar que el hombre hubiera existido nunca; y se obligaba a efectuar un gran esfuerzo imaginativo para reconstruirlo, tratando de hallar el pasado de aquellos rasgos en ruinas.
—...y está también la nota ligera y banal. Mme. de Sévigné podría ser el arquetipo de esta feliz unión, tan frecuente en las letras de Francia...
Había sido entonces, cuando trasuntaba orgullo la línea de la nariz y eran brillantes y audaces los ojos, que el hombre había existido. Ahora seguía viviendo en viaje de regreso, como la piedra que cae una vez desaparecido el impulso que la hiciera subir. M. Gigord se acercaba a la muerte como la piedra a la tierra; y cada instante lo alejaba en forma irremediable del individuo que alguna vez se había movido en oposición a la fuerza que ahora actuaba sobre él.
—...mi querido amigo. Sí; yo reconozco que pueda parecerle ingenua alguna de sus fábulas. Pero considérelas en su ambiente, en su salsa. El verso libre.
Trataba de sentir el parentesco humano que lo unía a M. Gigord y sólo sentía que eran seres distintos, sin más semejanza que las funciones de la vida animal. Usaban palabras iguales; pero jamás podría hacerle entender nada de sus sueños, de sus oídos, de sus ganas brutales de llegar a ser él mismo por completo, de lograr a puñetazos la brecha por la cual le seria dado expresarse totalmente. Las palabras ardientes que él pudiera elegir, se asfixiarían en la atmósfera de aquel cerebro, estéril y venenosa como la de un planeta muerto. Pensó que miles de M. Gigord lo rodeaban diariamente en la oficina, en las playas, en las calles, en los tranvías. Y no era necesario que fueran viejos; todos ellos habían nacido con la imaginación cansada, infinitamente mediocres, ridículos y brutales. Miles de M. Gigord hacían los diarios, dictaban leyes, repartían el bien y el mal. El mundo estaba dirigido por ellos. Crueles y cobardes, temerosos ante todo lo que significaba audacia y originalidad.
—...tema para muchas conferencias, mi estimado Jason.
M. Gigord reía por la nariz mientras pasaba por ella un pañuelo cuadriculado. Pensó en lo fácil que le sería estrangularlo allí en la soledad del corredor. Pero sentía asco con sólo imaginar sus dedos en la piel rojiza del pescuezo.
Sería mejor darle un golpe en el pecho, haciéndolo retroceder tambaleante, con un estúpido gesto de asombro colgando en la boca, los ojos redondos de sorpresa. Los libracos se desplomarían contra el suelo y la galera bailaría grotescamente, cayendo luego contra la pared, como un gato negro que se echara a descansar. Entonces lo remataría, dando el tiro de gracia a su expresión de desconcierto. Una sonora bofetada, con todas sus fuerzas, casi sin mover el cuerpo, sin alterar el rostro. Luego reiría en silencio. Medidas profilácticas, M. Gigord... O, mucho mejor, lo ignoraría. Cruzaría el corredor, lleno el cerebro de pensamientos totalmente ajenos a M. Gigord y la incomparable literatura francesa. Cualquier cosa. Cristina —tres semanas sin verla— o la necesidad de no olvidarse de comprar tabaco para la pipa.
M. Gigrod sonreía, con el brazo estirado.
—Bueno, Jason... será hasta el martes. Tengo que ver al señor director antes de irme. Y no olvidar las Confesiones. ¿eh?
—Descuide, M. Gigord. Hasta el martes.
Estrechó en su mano la otra, caliente y blanda.


II

—No, por favor. Usted entra o no entra. Pero suprima en todo caso las reflexiones sentimentales.
Seidel cortó el aire moviendo un brazo con gesto casi rabioso. Luego caminó hasta la ventana y levantó la cortina. Jason miró un momento al hombre en mangas de camisa que recostaba la frente al vidrio. Alto, corpulento, tan seguro esta vez... ¿Y si se equivocara, si todo se redujera a uno de sus tantos planes? ¿Cómo reaccionaría Seidel ante este fracaso? Metió una mano en la zona de luz de la lámpara, arrastrando la carpeta sobre la mesa. En letras rojas: “ASUNTOS S.A.T.” “30.000 acciones a 5 dólares cada una...”
La cortina cayó, chicoteando en el vidrio. Lentamente, con las manos en los bolsillos del pantalón, Seidel se acercó a la mesa.
—Estafa... Estafa...
Puso un pie sobre la silla y continuó hablando duramente, sin gesto. En el rostro cuadrado brillaban intensos los ojillos de agua jabonosa, alargados hacia las sienes.
—Vea, Jason: lo toma o lo deja. Hace casi un año que ando atrás de esto. He cuidado hasta el último detalle. Todo está perfectamente maduro, pulido... Y estafa... Ah, no. Estoy resuelto a mandar al cuerno los escrúpulos. Si no hago yo el negocio, lo harán ellos u otros peores.
Bueno: resolverse. Si él no aceptaba, Seidel se arreglaría con Pins. Mil, dos mil pesos, cualquier cosa. La cuestión era meter un elemento nuevo en su vida, correr detrás de algo. Golpeó suavemente la carpeta:
—Yo no entiendo bien... No sé exactamente para qué me necesita.
El otro aferró el respaldo de la silla con ambas manos, alargándole la cara y la voz, frías:
—¿Al diablo las viudas y los huérfanos?
—Al diablo...
Seidel hizo bailar la silla sobre una pata y se sentó frente a él. Ahora la luz ponía brillo de cobre en sus cabellos.
—Déme la carpeta.
La puso cuidadosamente sobre la mesa opaca de polvo y luego se inclinó, buscando, revolviendo entre las hojas de papel, el vaso mediado de agua, la pila de sobres, el grueso tomo de El Capital encuadernado en rojo.
—¿Dónde...?
Estiró el brazo hasta alcanzar la tabaquera de goma y comenzó a hacer un cigarrillo. Dijo sonriendo, como si quisiera justificarse:
—Es mi oportunidad, Jason. Al fin.
Tenía los dedos amarillentos y las uñas sucias. Atrás de la cortina verde de la ventana, un rápido trazo de luz. El farol de algún auto en la calle. Cerca del techo el papel de la pared colgaba en tiras manchadas.
Seidel mojó despaciosamente el cigarrillo.
—Lo que necesito de usted es que tan pronto llegue el telegrama confirmando la venta, me avise. Pero en-se-gui-da. Entonces yo compro. Nada más que eso.
—¿Pins?
—Pins es seguro que comprará por su cuenta. Pero no importa; no tiene dinero para molestarme.
—Sí, ya lo sé. Pero... ¿Y usted?
—Si no lo tuviera no lo habría llamado.
Acercó la lámpara, doblándole el largo talle encima de la carpeta. La luz cayó blanca y serena sobre: S.A.T., en grandes letras rojas. ...Diciembre 19... Carta del Directorio... cable de Norteamérica... la tarjeta de Santi... (cómo se va a arrepentir de haberla escrito) copia de la última acta...
Se recostó en la silla, brillándole los ojos.
—Sí, Jason. Nada más que un poco de audacia y los tengo. Bien.
Tiró un lápiz sobre la mesa.
—Haga usted mismo el cálculo.
Jason empezó a escribir.
—Esa pobre gente está dispuesta a vender a treinta centavos oro...
30 ctvs... No: 0.30 dls.
—...calculemos un promedio de cincuenta, que ya es mucho. Pero no importa, más vale...
—0.50 dls.
—Los yanquis van a pagar tres dólares por acción...
—Ganamos dos cincuenta en cada una que compremos. 2.50 dls. Por c/u.
—Por razones de tiempo, entiéndalo bien: de tiempo y no de capital, puedo comprar en seguida, antes que se enteren, ocho mil acciones. Ocho mil. 8.000 a 2.50... Bueno: 80.000 entre 4...
—Calcule. Dos cincuenta de ganancia por cada una. Lo que hace... ¿eh? Exactamente veinte mil dólares. ¿Eh? ¿Qué le parece?
—Y usted está seguro de poder comprar a cero cincuenta...
—Y cero treinta. Treinta modestos centavos de dólar. Hace seis meses que la SAT abandonó definitivamente los trabajos. Son miles y miles de acciones ofrecidas a la Sociedad en cero treinta. He visto cartas. Es que esa gente, entiende tanto de esto como yo de...
Latín, música sacra, danzas clásicas. ¿De qué no entendía Seidel? Pero éste cortó:
—... Bueno, unos infelices.
Volvió a hojear la carpeta velozmente, sin leer nada.
—Entonces...
—Entonces ya veremos. Por ahora, esto: hay ocho mil acciones en mis manos. Las compro cuando quiera.
Estiró el cuerpo mirando al techo.
—¿Usted no sabía que iban a liquidar?
—Sí. Es decir: hace tiempo que se habla de eso. Pero no pensaba que fuera tan pronto.
—Claro. Lo disimularán bien, los cochinos...
Un chorro de humo le subió de la boca, ensanchándose rápidamente arriba como el follaje de un árbol.
—Ahora... ¿Está seguro de poder ver el telegrama antes que nadie?
—Sí. Toda la correspondencia. Será cuestión de combinar con el muchacho. Mañana mismo.
—Perfecto. Ça ira, Jason.
Recogió el lápiz y se puso a golpear la mesa con aire distraído. Jason cruzó una pierna y miró rápidamente la oficina sucia y oscura, los pocos muebles viejos, el piso lleno de manchas. ¿Qué haría Seidel con los veinte mil? $ 20.000. Colonización, perforaciones, el negocio de los cambios, aquella combinación con maderas... $$$... Seidel quería dinero. No para él. Para tenerlo, para manejarlo como a un caballo o un barco. Seguiría fumando el mismo tabaco insoportable, vistiéndose en el mismo sastre. Ni problemas amorosos, ni sociales ni filosóficos dentro de aquella cabeza ancha, de pómulos salientes, con los pedacitos de cielo lluvioso de los ojos. Nada. $$$$$$. Había nacido para eso. Sería interesante verlo después, moviendo los 20.000. Y recordar entonces al Seidel de camisa remendada de ahora.
Seidel rascó suavemente la mesa con el lápiz y lo miró a la cara:
—Bueno. Por su colaboración en la estafa le ofrezco el diez por ciento. En realidad su trabajo va a ser insignificante, ¿eh? Pero está bien. Eso es. Dos mil dólares para endulzar el remordimiento de la traición... 2.000. Dos veces mil. Otra luz en la ventana y, en seguida, otra. Se encogió de hombros:
—Como quiera... Aceptado.
—¿Está conforme?
—Sí, hombre. No es eso lo que me interesa.
Seidel rió brevemente, como si graznara. Dijo sin interés:
—¿Ah, no...? No entiendo entonces...
Se levantaron juntos. Jason se puso el sombrero y caminó unos pasos. Dos mil dólares. Dos mil. A la puta todo el mundo. Dos mil dólares suyos y el gusto de ver a Seidel trabajando en grande. Dos mil dólares. ¿Cuánto era dos mil dólares al cambio del día...? Sonó el teléfono débilmente, como si el martillo de la campana no tuviera fuerzas. Jason pensó en una estación, solitaria de trenes. Era en el campo y posiblemente la hubiera visto alguna vez. Sonaba un timbre y se iba bajando lentamente la barrera con la brasa del farol fija en un costado. Una noche...
—Eso mismo, ya había pensado... No, va a ser imposible. Eso mismo... Mañana a mediodía.
Hum... Con ese lío del patrón oro el dólar andaba por los sucios suelos. Seidel: ¿Por qué no diría “all right” en lugar de “eso mismo”? Y hasta era posible que el invento de la NIRA lo perjudicara. Control de cambios, limitación de giros y la mar. Pero esos dos mil dólares, por malheridos que quedaran en las operaciones de cambio, y la luminosa calle de las sensaciones que iba a conducirlo hasta ellos, podrían ser la salvación. No importaba que fuera temporaria. La cuestión era cambiar. Mezclar la sangre empobrecida de su vida con la de unos cuantos días de aventura y dinero y estafa.
Seidel seguía con el teléfono en la cara. Como una renegrida patilla que se juntara con el bigote. Hablaba mientras iba enfundando el brazo libre en la manga del saco:
—...claro, claro... y usted supuso que sería para hablarle del asunto de ayer...
Estaba barbudo y el pelo, demasiado largo, comenzaba a enroscarse en la nuca. Veinte mil dólares. Los zapatos sin brillo se doblaban tristemente haciaadentro, demasiado lejos del borde comido de los pantalones.

III

Era olor de resina. Pero un momento antes le había recordado una bien lamida hoja amarillenta de papel cazamoscas. Tanglefoot y unos extraños dibujos colocados simétricamente, que él veía a través de la capa pegajosa. No podía precisar en qué casa había sido: si en la del jardín, cuando comenzó a ir a la escuela, o si en la otra, la más recordada y querida, con el gran tragaluz cuadrado en el patio y las macetas sobre la baranda de la escalera. Tunas, begonias y malvones. Pero no era Tanglefoot, sino resina. Despegó el cigarrillo del borde de la mesa, donde quedó una mancha oscura y brillante, velada un momento por el humo. El cigarrillo tenía también sabor a resina. Tanglefoot y los bosques que hiciera arder Juna Suter en California.
Dejó caer el cigarrillo y le puso el pie encima. Había hablado demasiado y le dolía la garganta. Además era ya muy tarde; tenía sueño y se aburría. Y aquel idiota de Matis le había ganado la discusión; una cita de Stuart Mill y él había callado como un niño. Bueno: al diablo el señor Matis, Stuart Mill, el valor permanente y aquellos idiotitas que lo habían estado mirando con atención excesiva. No iban a descubrir la pólvora en lo que faltaba de la noche. En lugar de estar perdiendo ridículamente el tiempo...
Lago caminaba unos pasos, daba vuelta, seguía avanzando, se detenía y hablaba. Hablaba despacio, crispando la mano, tratando de hallar la palabra exacta, corrigiéndose, aclarando el sentido de algún vocablo con largas frases en las que, fatalmente, surgía otra palabra oscura y poco precisa. A veces se detenía silencioso en mitad del cuarto, tratando de quitarse de la frente un mechón de pelo rubio. Después daba unos indecisos pasos de hombre herido de muerte, y se erguía de pronto, estirando el brazo. Volvía a hablar, trabajosamente, como si efectuara un trabajo manual. Era alto, delgado, muy nervioso, con un delicado aspecto de niño enfermo. Sólo un trío de arrugas en el entrecejo daba gravedad a su fisonomía.
De vez en cuando Matis lo interrumpía, con una voz tranquila e indiferente, como si temiera arrugarse las ropas o desviar la línea de la corbata. Citaba a Stern o a Piaget. Una frase corta, firmemente construida, Callaba en seguida, paseando por los demás una sonrisa antipática. Entonces Lago abandonaba
de inmediato la parte del problema de que estaba hablando y amontonaba frases, afanoso por destruir la objeción que acababa de hacerle.
Caminaba hasta donde estaba él, sentado detrás del escritorio, junto a la luz de la lámpara de pie. Caminaba hasta allí, empalidecía su rostro con la luz violenta, hacía brillar un momento el pelo dorado sobre la frente, y giraba en seguida, alejándose. Iba y venía, una vez, otra vez. Y siempre la mano se contraía en el aire frente a su cara, delatando el trabajo del cerebro. Ahora hablaban solamente Matis y él. Oh, infinitamente interesante saber si el niño era un hombre pequeño o si, por el contrario... Pero a nadie interesaba y él tenía sueño, ganas de respirar el aire de la calle, y unas isócronas y largas punzadas en la garganta.
En el fondo de la habitación, Lima fumaba charlando a veces en voz baja con Landbleu y las dos chicas. Una, morena, delgada, muy quieta. La rubia era alta, muy pintada y con aspecto resuelto. Si Lago dejara de caminar —no podía sustraerse a la contemplación del efecto de la luz en su rostro, cuando se acercaba a la mesa— él podría hacer un pequeño estudio fisonómico con las muchachas. Por lo tanto, era indudable que la morena —Virginia Nosecuanto— era perezosa y sensual. María Teresa debía ser activa, sincera, fuerte... Bien. Land tuteaba a las dos y las trataba con una indiferencia que denunciaba la intimidad. Acaso alguna de ellas fuera pariente de Landbleu; pero no tenían ningún parecido.
Otra vez la cara de Lago encima de la lámpara. Se echó para atrás y encendió un cigarrillo. Matis hablaba, haciendo brillar un anillo. Junto a él, Durán exageraba su desprecio por la conveniencias tirado en el sillón, las manos en los bolsillos, las piernas abiertas. Tenía la cabeza inclinada, mostrando solamente el pelo revuelto, y bostezaba con frecuencia. Detuvo la mirada en cada uno de los que formaban el semicírculo: Matis, Durán, Lima, las chicas, Landbleu. Arriba de la lámpara, Lago. Y, aquí, Jason. Tenía sueño y el humo del cigarrillo le lastimaba la garganta, Posiblemente la serenidad de Virginia Nosecuanto no fuera más que timidez. Cierto que había hablado hacía un momento con mucha firmeza; nada nuevo, pero dicho con claridad. Sin embargo, hija mía... No era imposible que la pobre criatura desesperara que Landbleu la invitase a descubrir su genio leyendo algo. Versitos, debía de hacer. Landbleu le hablaría con una sonrisa bondadosa y ella, luego de tres negativas in decrescendo, sacaría unas hojitas de papel de dentro del libro que tenía en la falda. (Si pudiera ver el título del libro... Siempre sería un relativo elemento de juicio.) Pero no; Virginia Nosecuanto no se animaría a leer los versos. Lo haría Landbleu, con su incomparable voz sonora. Todos escucharían en silencio, con la vista baja, contemplando los finos tobillos de la muchacha. Luego le hablarían de sensibilidad, de imágenes, de neoclasicismo y de Valéry. No iba a desperdiciar Landbleu aquella oportunidad: “Hay en un viejo país un poeta eterno...” La muchachita los escucharía con una turbada sonrisa. Pero ellos abrirían en seguida otra discusión. El élan vital, el monismo, el eterno regreso, mientras ella continuaría callada y quieta.
Alrededor de la lámpara, un humo espeso alargaba hebras delgadísimas. Lago se había aquietado, sentándose en el brazo de un sillón. La voz de Land:
—¿Qué le pasa, Jason? ¿Hizo voto de silencio?
Contestó sin moverse, el cigarrillo en la boca:
—Tengo sueño.
Alguien rió, hacia la derecha. Pero estaba seguro que no había sido Virginia. Comprobó que había sentido rabia al oír la pregunta de Land. Curioso que la causa de su pequeño odio fuera el hecho de que aquél le hubiese hablado desde el lugar donde estaban las muchachas. En lugar de estar escuchando y pensando tonterías, debía haberse ido a casa.
La rubia rió con fuerza.
—...pero era algo muy sospechoso.
En seguida, la voz armoniosa de Landbleu:
—Sí; porque no basta ser inocente, es necesario parecerlo. ¿No te parece, Virginia?
Ella contestó algo y rió suavemente. No basta ser, sino parecer... Diez millones de veces había escuchado y oído aquello. Y era de aquella vulgaridad que las señoritas reían. Muy gracioso, muy ocurrente, muy intelectual. Y sí él fuera hasta donde estaban ellas... Sí; si se acercara despacio y dijera con una reverencia, en el tono más natural del mundo: “Considerando que estaré solo esta noche y teniendo en cuenta que estoy muy aburrido, ¿tendría alguna de ustedes la bondad de acostarse conmigo?” ¿No encontrarían eso también muy gracioso? ¿Qué ocurriría si él hiciera eso, si con el aire más inocente del mundo...? Las oyó reír a dúo, sostenidas por la carcajada de Landbleu. Tenía las dos una manera extraordinariamente antipática de reír.
Landbleu llegó hasta el escritorio en busca de fósforos. Encendió el cigarrillo y quedó un momento indeciso, como si fuera a hablar. Pero sonrió apenas y volvió a su rincón. Que se fuera al diablo. Tiró el cigarrillo con asco. Sagrado nombre de un perro: la garganta y el sueño. Decididamente, se iba. Que lo tomaran como quisieran. Que pensaran lo que creyeran oportuno de su silencio y de su ida. Cuando la vida interior de un sujeto no armoniza con la externa, con la que lo está rodeando, no hay nada que hacer. Callar y marcharse. Esa es la gran sabiduría, caballero Jason.
—No quiero molestaros con aquella vieja tontería de la forma y el fondo. A mí me resulta indudable que cuando un artista trabaja, lo hace en la forma. El fondo es cuestión de pensamiento, de razón. No es necesario ser artista para encontrarlo; pero es indispensable serlo para darle forma. Podría citarles mil obras de arte en que el tema es completamente vulgar. Es el estilo quien lo ennoblece, quien lo eleva a categoría de obra de arte. Claro que lo ideal es la armonía entre una cosa y otra; acaso el arte consista en resolver el problema de este ajuste. Si se logra, hay obra de arte; si no, no. Pero me parece digno de tenerse en cuenta que se pueda hacer arte usando temas rastreros, mientras es imposible...
A través de la zona de luz de la lámpara, miró a Land con una sonrisa irónica. No iba a molestarlos con aquella tontería, pero iba en tren de seguir hablando durante horas sobre forma y fondo.
Matis avanzó una mano:
—Me gustaría saber por qué se establece esa separación. Yo tomo la obra de arte en bloque y la siento y la estudio así.
Maria Teresa gritó riendo:
—Un momento, Land. Lo voy a ayudar con una definición —y recitó gravemente—: La naturaleza mágica del arte, se reconoce en su facultad de lograr sensaciones estéticas, aun cuando se limite, acaso por virtuosismo, al uso de elementos inferiores.
Hizo una risa y una pausa.
—¿Qué tal? —y paseó una burlona mirada por las caras.
—Redondo, María Teresa. Como la Tierra y como sus mejillas.
Virginia soltó una carcajada. Tenía la cabeza un poco hacia la espalda y la garganta le temblaba. Encontró excesiva e inoportuna aquella manera de reír; pero debía reconocer que la mímica que lo acompañaba —la cabeza tan espontáneamente abandonada, el suave estremecimiento del cuello— estaba llena de una pura gracia infantil. Matis preguntó algo.
—Es que usted ha tocado un punto delicado. María Teresa piensa que sus mejillas son demasiado redondas. Es su obsesión.
Ahora apenas sonreía; pero aún quedaban huellas de la risa, vibrando en los costados de la nariz. María Teresa sonreía divertida. Matis se excusó.
—Bien, declararemos tabú sus redondeces. Será pecado mortal nombrarlas; pero confió en que no nos vedará el placer de admirarlas.
Un poco nerviosa, María Teresa agradeció riendo.
—Y hago notar que no nos hemos salido de la cuestión. Seguimos discutiendo alrededor de la forma.
Ahora sí que iba a irse. No estaba en condiciones de soportar aquel estúpido torneo de ingenio. ¿Y a quién le habría robado aquello de la naturaleza del arte? Lima se movió, diciendo con voz cansada:
—Continué con la conferencia, Landlbeu. Hay que provocar una discusión. Si no hay discusión me aburro. Yo esperaba que Durán...
Jason miró el reloj y se puso de pie. Pero en aquel momento Durán comenzó a hablar sin mirar a nadie, dando vueltas un cigarrillo entre los dedos.
—No quiero discutir y lo siento mucho. Pero voy a decir una cosa sobre esto antes de irme.
A la luz del fósforo enrojeció un momento su cara, cuadrada y vulgar; pero los ojos brillaban inteligentes y la mandíbula avanzaba en actitud enérgica. Tuvo la impresión de que era el más maduro de todos, que estaba seguro del terreno que pisaba. No sabía qué iba a decir, pero se puso instintivamente de su lado. Tenía esperanzas de que dijera algo molesto para los demás y esta perspectiva lo alegraba.
—Pienso que no está la época como para perder tiempo discutiendo sobre estilo. Ni siquiera para perderlo tratando de hacerlo. Idioteces; para todo el que no sea espiritualmente un eunuco, los tiempos son de lucha. Se trata de hacer y pensar en serio, sin puntillas ni encajes.
Jason se apoyó en el escritorio, junto a la lámpara. Las muchachas escuchaban inmóviles. ¿La palabra eunuco no habría sugerido a las señoritas imágenes sexuales?
—Todo lo que se escriba y no tenga relación con los problemas actuales, será inútil. Completamente inútil. Y cuando hablo de problemas actuales no me refiero a cosas bonitas; ni al surrealismo, ni al autoanálisis, ni al neocatolicismo ni las modas de invierno.
Rió levemente. Las muchachas continuaban quietas; erguida en el sillón la rubia, inclinada hacia Durán la otra. Quietas e impasibles, escuchando. El perfil de Virginia era puro, infantil, dulce de inocencia. Aquella expresión lo molestó. ¿Cómo podía ella tener a la vez aquel suave gesto candoroso y un cuerpo de mujer? ¿Podía olvidar, acaso, que sobre el blando cuero del asiento descansaba su sexo? Ella tenía sexo y... Se estremeció de rabia; tenía sexo y fingía no saberlo, sosteniendo un hipócrita gesto de pureza.
—Hablo del hambre, por ejemplo. Eso: el hambre. El que la ha sentido de alguna manera no está hoy capacitado para hablar en voz alta, no tiene derecho a las ediciones de miles. Los que han vivido sin entrarse en la vida deben concretarse a los tirajes de dos docenas...
Sí, era indudable que exageraba. Una idea general en un cerebro estrecho... Pero éste había vislumbrado la verdad, creía. Pensó que el silencio de los demás contenía incomodidad y molestia. Sintió un alegre golpe de energía. Sólo pudo decir, alzando la voz:
—Es la primera cosa verdaderamente interesante que oigo desde hace tiempo —comprendió que no bastaba y agregó—: y la única digna de escucharse que se ha dicho esta noche.
Pero nadie le hizo caso. Cruzó los brazos y siguió escuchando. Se debían de haber dado cuenta de que había mentido. Que se fueran todos al diablo.
—Que los selectos impriman 25 ejemplares de cada libro. Y les concedo que sean en Holanda, Japón o Straton Bond. Yo he sufrido hambre de comida, de descanso, de tranquilidad, de mujer, de amigos, Ahora solamente la primera podría hacerme sufrir. El hambre en serio, el hambre de un pedazo de carne. Claro que reconozco que soy un tipo inferior: yo no engordo padeciendo hambre de belleza y de infinito, como le sucede a otra gente.
Lima rió:
—Pero caramba, Durán, ¿usted también, con las mejillas de María Teresa?
Aprovecharon la oportunidad y todos rieron. Pero las frases habían quedado e impusieron el silencio. Durán fumaba, echando humo con fuerza, como había hecho con las palabras. Virginia lo miraba, seria y atenta, como si esperara algo más. Matis sonreía vagamente, mirándose las manos. Entre María Teresa y Lima, que hablaban en voz baja con aire divertido, Landbleu contemplaba el techo. Parecía estar más pálido pero la cabeza conservaba el gesto sereno y orgulloso de siempre. Posiblemente Durán se hubiera referido especialmente a él, sobre todo al hablar de los papeles de lujo. Y si no tenía razón ¿por qué callaban? Unas palabras
vulgares habían bastado para terminar con aquellas audacias filosóficas de un momento antes. Lago se levantó en silencio. Detrás de los sillones fue abrochándose lentamente el abrigo, con la cabeza baja y la frente crispada. Matis habló:
—Es una opinión...
Con que eso era todo lo que se le ocurría al crítico de arte... Y qué tono de semidiós benévolo para decir aquella estupidez. María Teresa se inclinó hacia Durán:
—A mí me parece... No se puede ser absolutista. Con ese criterio sólo deberíamos escuchar a los muertos de hambre. Una minoría anormal...
—Sospecho que va a resultar más interesante escucharlos a ellos que a los que están hartos.
—Usted es un exagerado. No hay que extremar las cosas...
Tenía la nariz redonda y la luz ponía placas brillantes en su rostro. Vio que era hermosa y fuerte, tan segura de sí misma, y la odió. Bien vestida, con las poderosas piernas cruzadas, el pecho amplio y redondo, hablando tranquilamente
de los que tenían hambre... Landbleu, por fin, habló. Sin variar de postura, denunciando claramente la pose.
—El criterio de Durán no me resulta nuevo.
Jason lo miró a la cara con una sonrisa burlona y provocativa. Sin ningún escrúpulo hubiera terminado allí mismo su amistad con Landbleu, seguro de no arrepentirse. Pero este no se fijó en el y entonces Jason pensó que nadie lo tomaba en cuenta. Virginia jugaba con el libro que tenía en la falda. Estaba triste y rencoroso. Debía irse, debía haberse ido mucho antes. La garganta...
—Todos los escritores de última factura y en especial los novelistas, los que no experimentan dudas al llamarse a sí mismos obreros intelectuales, han manifestado opiniones idénticas. Personalmente, yo creo que están equivocados.
Una sensibilidad fina, una inteligencia clara, son suficientes para alcanzar un conocimiento absoluto de la vida, sin necesidad de haberla sufrido de esa manera material que tanto lo enaltece a usted. No es difícil que un artista pase hambre, hambre de comida y todas las demás, y no obstante siga haciendo su obra con tal prescindencia de los terribles problemas actuales. Puede tener una conformación psíquica apta únicamente para las emociones abstractas; y no podrá salirse de ahí. Hay ejemplos... Es una cuestión de temperamento.
Durán se levantó y alargando un brazo:
—Ya dije que no quería discutir. Eso que dice usted está bien. Pero repito que un individuo así me resulta inútil...
—Yo creo que no se trata de utilidad. Spencer... —interrumpió Matis—. Pero Durán no le hizo caso.
—Cuando las gentes decentes estamos dedicadas a minar la sociedad, me resulta ridículo o algo peor esas sensibilidades exquisitas.
Landbleu se volvió a él sonriendo.
—Un momento, Durán. Quiero decirle una cosa. Usted puede escribir sobre lo que quiera, pero siempre va a necesitar el estilo. Ninguna persona por arriba de mediocre puede interesarse en la lectura de algo escrito vulgarmente. Es un disparate afirmar que hacer estilo es perder el tiempo. Es el mejor vehículo para una idea. Y aparte de eso: el individuo que ha nacido escritor, el que es naturalmente un artista, no puede escribir sin hacer estilo. En cuanto a los otros, ¿no le parece mejor que no escriban?
Durán tomó el sombrero y, mientras lo hacía girar en una mano, habló rápidamente, en un tranquilo tono de conversación.
—Bueno, Landbleu. Yo escribo para el público y usted para sus amigos.
Estamos hablando desde puntos de vista distintos. Lo que yo digo es de interés inmediato. Será propaganda, literatura política, lo que usted quiera. Tengo que hacerlo lo más rápidamente posible, publicar lo más que pueda. Ya ve usted: el capitalismo, la conciencia de clase, el imperialismo y todos los etcéteras. Usted, en cambio, hace obra de belleza pura. Es lamentable porque tiene talento algo más grande...
—Usted me adula, caballero... —intentó burlarse, pero los labios no pudieron evitar una sonrisa de contento.
—No, hace falta... En fin, siga hablando de los ángeles. Los párpados, la Cruz del Sur y Debussy. Al lado suyo se sufra en toda forma. Pero, la belleza de todo esto, la belleza del dolor y de la rebelión... sí, eso no lo comprenderá nunca.
Hizo una pausa colocándose el sombrero. Ahora tenía una alegre sonrisa.
—Bueno, les habré resultado un sermón de moral. Les pido disculpas. Saludó con la mano. Lago lo detuvo:
—Me voy con usted. Tengo interés en hablarle por el camino. Vienen el jueves, ¿no? Si lo ven a Ruiz, que venga...
Sonó un reloj. Landbleu sacó el suyo.
—Tienen media hora todavía. A ver si pierden éste también.
María Teresa gritó:
—No augura desgracias, Land. Imaginé la recepción en casa. Pero al fin y al cabo, espero que Lima nos daría hospedaje.
—Y mañana me aplicarían el Código Penal.
Cruzó las risas lentamente y fue a sentarse en el lugar que dejara Durán. Por un rato estuvieron silenciosos. Luego Lima se levantó desperezándose.
—Ruego al honorable auditorio se expida sobre Durán, el sacrílego. Por mi parte declaro que resultó más interesante de lo que yo esperaba. Casi los perdono por tenerme despierto a estas horas.
María Teresa abrió la cartera.
—Opino que el caballero. Durán es un gran sujeto —y comenzó a pintarse.
—Terrible —dijo Matis.
Virginia sonrió un momento y volvió a hacer dar vueltas el libro. Jason se inclinó con disimulo: First Book. No había nada que hacer por ese lado. Se puede ser de muchas maneras distintas y estudiar idiomas. Y aun cuando el libro fuera más personal, la cuestión estaba en saber qué opinaba ella. Volvió a mirar el libro y vio las manos desnudas, sin anillos. Los dedos eran cómicos, afinado en la yemas, y tenían una extraña manera de moverse, con algo de tallos o pétalos. Una sensación vegetal. Una sensación vegetal. No era fea, Virginia Nosecuanto. Una literatilla, claro; pero no debía estar muy contaminada todavía.
—...en serio, los libros son buenos. Se ve que domina la novela. Caracteres, situaciones, acción.
—Bueno, pregúntele un día a Durán qué opina de la técnica y se va a reír un rato.
—Pero sí; ya le he dicho que ahí falla.
Los dedos, lianas retorcidas y ondulantes, seguían acariciando el libro. Los ojos bajos, la boca algo saliente. Pensó que acaso ella también tuviera sueño; y por más que imaginó rápidamente a la muchachita desnudándose, sentada en la cama, persistió en él una leve sensación de ternura. Quiso hacérselo saber de
alguna manera y habló:
—Yo no estoy con ustedes. Quieren hacer algo intangible de eso que llaman técnica y lo convierten en un artificio —quedó satisfecho de la construcción de la frase; pero no era eso. Continuó—: No puede escribirse una novela sin basarse en la lógica de la vida. Los argumentos de ésta no se desarrollan nunca con esa famosa técnica. Hay situaciones de escasa importancia que tardan años en plantearse y definirse; otras, que se bastan para decidir un destino, se presentan de improviso y se resuelven en minutos...
—Bien; pero entonces, para que una novela fuera copia real de la vida tendría que componerse de trescientos tomos —dijo Matis.
—No, no quiero decir eso. Se trata de que el novelista tome lo que considere útil; pero que lo presente con más verdad, respetando la manera con que sucede en la vida.
Trabajo inútil. Las manos seguían resbalando por los cantos del libro y los ojos se mantenían inclinados.
—Pero eso es imposible. Comprenda que entonces cada uno haría lo que quisiera de la manera que le resultara más fácil. Haría un disparate incomprensible y lo justificaría diciendo que él siente la vida de esa manera.
María Teresa los miraba con atención. Sintió que ella estaba de acuerdo con Matis; pero esto no importaba, como no importaba tampoco que él tuviera o no razón. Se trataba de aquietar las manos, de ver la luz reflejada en los ojos. Pero la muchachita golpeaba ahora el libro con las uñas. Absorta o aburrida. Levantó un poco la voz.
—No, porque eso sería evidente. Todos nos daríamos cuenta de dónde estaba la verdad y dónde la pose...
Sin mirarla, tuvo la impresión de que los ojos se habían levantado.
—Es que yo no entiendo quién fabricó eso de la técnica. Si se pretende imitar la vida, la imitación es pésima. No es ése el ritmo que emplea la vida. Poco le importa a ella la técnica novelística. No es difícil sorprenderla burlándose del principio, el medio y el fin.
Se había equivocado; apenas si las manos estaban inmóviles, los dedos entrelazados encima del libro.
—Pero ¿hay o no una técnica en la vida?
—Posiblemente sí; pero no tiene nada que ver con la de las novelas. Es cambiante, indecisa... es decir: da a quien la observa la impresión de ser indecisa. Sí tiene lógica, es otra muy distinta. Si en ella puede encontrarse un plan o cosa semejante, es más sutil, sorprendente...
Ahora sí, estaba seguro; los ojos quietos descansaban plácidamente en él y obtuvo una visión fugaz de la cara ovalada y serena.
—...Sí, mucho más humana, infinitamente más... vital que esas historias armoniosas y sabiamente graduadas que se llaman novelas. Vea, algo así como una definición. Se llama una buena novela a un todo que surge, se eleva y cae. Como una parábola, un arco de puente. Pero cuando la vida se pone a hacer novelas resulta algo muy distinto. Claro que para el que mira, subsisten el principio y el fin. Pero entre uno y otro, qué riqueza de detalles, qué fantasía para trabajar fragmentos, pequeños finales, resurrecciones impensadas...
—Usted había hablado de una definición...
Se volvió a ella y se sonrieron un instante. Una blanca y brillante línea curvada entre los labios. Y la voz. Tenía una voz caliente, movediza, suave, como una mano.
—Sí. Era esto: la vida no hace de sus novelas un total. Es que, bien mirado, ni siquiera, hace novelas. No tiene alma de constructor. Para el que sabe sentirla. Es un orfebre. Nada de catedrales soberbias, terminadas. Mil cosas que encajan o no en lo que llamaremos el argumento central. Si después los hombre, en lugar de deleitarse en la contemplación de cada una, prefieren amontonarlas, deformándolas para poder unirlas, allá ellos. Tanto peor.
—En cierto sentido, usted tiene razón. Pero es inevitable que haya siempre algo se convencional en la manera de presentar las cosas en una novela. Me parece totalmente imposible imitar la vida exactamente. Y, entonces, hay que fijar límites...
La vio moverse y quedó quieto, en espera. La muchacha se levantó y puso el libro bajo el brazo.
—Vamos, María Teresa. Debe ser muy tarde.
Para esto había hablado... Para que una chiquilina a quien no volvería a ver diera más importancia a la hora de salida de un ridículo tren... La otra se puso de pie alisándose el vestido.
—Cierto: ¿Qué hora, Land? Qué divertido si perdemos éste también. Se despidieron rápidamente, Landbleu se puso junto a ellas, con el gran sombrero negro en la mano. La vio ajustarse el cinturón, los codos hacia atrás. De manera que se iba en el tren. La situó en un pedazo de campo, con un fondo verde y luminoso de árboles. Pero no podía concebirla con otras ropas: siempre conservaba ella el English Book bajo el brazo. La mancha oscura de la cartera contra el vientre y el pequeño sombrero inclinado sobre una oreja. Lima habló de espaldas, junto a la ventana:
—...y os pronostico una violenta precipitación pluvial, mis damas y caballeros... Alcanzó antes que ella el pomo blanco de la puerta. Era alta y miraba a los ojos. Pero su débil sonrisa, de la línea del cuello, del bulto de los senos, se desprendía una indefinible sensación de pequeñez, como un silencioso pedido de protección.

IV

El chico tenía la redonda cara llena de pecas fruncida con un gesto de gato, como si el sol le diera de frente. Se balanceaba apenas, con un montón de sobres en la mano y la gorra azul en la otra. Cuando Jason lo miró, dijo con timidez:
—Son las siete... ¿Puedo irme?
Silbó con asombro. Las siete, ya.
—Sí, claro. Hasta mañana.
Lo vio encajarse la gorra girando sobre los tacos y empujar la puerta de vidrio. Esta, durante un rato, continuó abriéndose y cerrándose, mostrando cada vez más avaramente la silueta del chico que se alejaba por el corredor. Después llegó el ruido metálico del enrejado del ascensor y el zumbido de la máquina. Otro golpe allá abajo y nada más. Sintió materializarse el silencio y la soledad del edificio, rodeándolo en la oficina.
Guardó en el cajón los papeles que estaba leyendo y caminó hasta la ventana. No tenía nada que hacer aquella noche. Si supiera por qué se había asombrado cuando el chico le dijo la hora. Las siete ya...
El anochecer era tranquilo y caluroso. Más allá de los árboles y las luces del paseo, la mancha oscura del río y el azul del cielo que se ennegrecía por momentos. Se apoyó de codos en la ventana, retardando la operación. Moverse lo menos posible, no respirar. Calma. Gradualmente fue abandonado el peso del cuerpo sobre los brazos y el pecho y remató con un suspiro. Exacto.
La noche se acercaba y él era el primer hombre que la veía. Sus ojos cazaron una estrella. Los cerró, respirando con fuerza. El aire fue saliendo en pedacitos. Bien. Hay un mamarracho dulzón de Offenbach... No recordaba; pero esto era secundario. Estaba extraordinariamente alegre; tranquilo, sin pensamientos. Comenzaban a temblar algunas estrellas y la brisa del ventilador lo tomaba por la espalda haciendo estremecer a intervalos los flancos de la camisa.
De acuerdo. Vagar por el lado de la ciudad, oír música en los cafetuchos, comer en el sótano del mercado. También podría ir hasta el centro. Un billete de cinco pesos y dos de uno en el bolsillo izquierdo del pantalón; un puñado de monedas en el saco. Era el descubridor de la noche; acaso ésta le otorgara en recompensa, la más bella mujer de sus colecciones. Yira, buscona, grulla, trotacalles, trotera, trotinera... Sí, la noche se la debía. Qué sería de ti, oh noche si no estuviéramos nosotros... Y, además: Gelobt sei was hart macht. Así hablaba Zaratustra. Perfecto.
La reina de Saba echa a caminar por el asfalto, con un tintineo de ajorcas y un armonioso juego de caderas. La reconoce por el olor a nardo y la lleva de la mano, ante el asombro envidioso de la calle.
—Llévame en pos de ti; correremos...
Magnifico, camarada. Medio kilómetro bajo la luz eléctrica y la
incomparable gracia bíblica... Magnífico, otra vez. Y luego un furtivo descenso en un hotel cerca del muelle. CASA DE HUÉSPEDES. HABITACIONES DESDE $ 1. —Sábanas grises, lavatorio de hierro, paredes desconchadas, olor a viejo y humedad.
—Metióme el rey en sus cámaras...
Pero su Majestad tiene prisa:
—Si te apuraras... Calcúlate que no hice nada en todo el día.
Como rosa entre las espinas, así es mi amiga entre las doncellas. Sonrió, levantando el cuerpo, aferradas las manos en el alféizar. Las luces del puerto resaltaban en la oscuridad del cielo. Los árboles eran ya solamente una franja más negra en la penumbra. Miró las dos filas de coches corriendo allá abajo, aplastados como fichas por la distancia.
En realidad, podría suplir la majestad del Belkis con Cristina. Si procedía con habilidad... Un tranvía hizo una constelación de estrellitas azules. Un poco de tacto y de cinismo resolvería el problema de la noche durmiendo con ella.
—Como un manojito de mirra entre tus pechos...
Acaso sí, tal vez no. Recordó la última entrevista, la noche de la ruptura en el hall del teatro. Sacudió enérgicamente la cabeza. No; no valía la pena buscar complicaciones, turbar su vida. La vida tan tranquila, perezosa y alegre de aquella
noche.
En el cielo retinto el palpitar de las estrellas se hacía más misterioso. Un espeso lienzo de aire caliente le cruzó la cara. Julio Jason, descubridor de la noche.
En entrevista concedida especialmente a nuestro representante, el profesor Jason declaró estar en condiciones de afirmar que, luego de pacientes estudios...
Abandonó la ventana y rápidamente la oficina solitaria se apoderó de él. Comprendió que ya estaba iniciado en el misterio y en sus ritos. Fue hasta la llave de la luz y dejó la habitación en una semioscuridad que aumentó su indolencia. Quedó un momento inmóvil, sintiendo sus labios alargados en una sonrisa. Luego empujó un sillón junto a la ventana y se sentó, tirado hacia atrás, colocando muy cuidadosamente los pies sobre la mesa.
Giraban luces veloces en el cristal de la ventana. El zumbido del ventilador se poetizaba en un remedo de noche campesina. Cruzó las manos sobre el pubis y se aquietó. La oficina comenzó a absorberlo hasta convertirlo en un mueble más. Di-so-lu-ción. Estaba colgado de los ojos; subsistía en el ardor de los ojos, atrás de los párpados.
Un brusco temblor de vehículos en la calle. Gritos, ruido de campanas, silencio. Levantó la cabeza. Silencio, otra vez. De sus zapatos no quedaban más que dos rayitas curvas formando paréntesis. Debía ser manuscrito, porque el signo final se estiraba incorrectamente hacia abajo.
Guardando proporción con su tamaño, sería posible encerrar en ellos cuatro palabras. Acaso cinco si dos de ellas fueran monosílabas.
Tratando de moverse lo menos posible, encendió un cigarrillo. Chupó el humo largamente y lo soltó de golpe, frunciendo las cejas.
Pensó: Tiempo, lluvia, escalera, el mar. Como si la imagen hubiera estado formándose desde unos segundos antes, recordó la cabeza de Clara sobre sus rodillas. Años atrás. El Maryland se balanceaba en el río. ¿Por qué ahora aquel recuerdo, precisamente aquel que ya no le provocaba ninguna emoción?
Los dos trajes blancos secándose en el aire. Clara y él junto al timón, solos en la cubierta. Sí; acaso el recuerdo había sido creado por tiempo, lluvia, escalera, el mar. La cabeza, el mar. La cabeza rubia de Clara, la malla negra.
Qué cosa tan extraña el recuerdo, el mecanismo de los recuerdos...
Simples remedos de la realidad. Falsos, artificiales y tristes remedos. Cultivar los recuerdos queridos, los que un día lo habían estremecido, era un acto sacrílego. Una tarea intelectual inferior. Amigo Jason. Era necesario agregar muchos elementos extraños al recuerdo mismo para que éste alcanzara apariencia de cosa viva. Como en la masturbación, camarada. De lo contrario, no llegaba a obtenermás que una vaga imagen, velada y borrosa como un ensueño. Era necesario repasar cuidadosamente las sombras y los colores. Con mucho cuidado; porque un exceso de luz o de color transformaba una escena que había sido bella e intensa, en una lastimosa tricromía de comercio de arrabal. Y la distribución de los planos requería un instinto especial para que las figuras fueran colocadas de primera intención exactamente donde debían ir; los repetidos intentos, además de marchitar la frescura del conjunto, dejaban siempre huellas. En estos casos, el recuerdo le resultaba confuso; como esas fotografías en que las personas se han movido en el momento de tomarlas y presentan dos o tres cabezas, o unas líneas temblorosas rodeando los contornos.
—Lo de Pelayo fue una mentira... Yo siempre te quise, Julio...
Sí; aquéllas habían sido las palabras. Algunas veces, repitiéndolas, hasta podía emocionarse, aunque cada vez menos. Pero su memoria no era capaz de dar la doble sensación de la cara de la muchacha y de su voz. No lograba obtenerlas simultáneamente.
Los recuerdos no le traían más que una imagen mutilada de lo que una vez se le había entrado por los sentidos. En tal fecha, hacia tantos años, a bordo del Maryland, a tantos grados de latitud y longitud, Clara había puesto de improviso la dorada cabeza en sus rodillas. Sí; haciendo trabajar el cerebro podía precisar, uno a uno, todos los detalles. Su sorpresa gozosa; el gesto de duda de la muchacha; la sensación de los cabellos en sus manos; el bulto de los senos; las tostadas piernas con las rayitas de oro del vello; las sombras de las islas; el inquieto viento del mar; el balanceo de la embarcación que hacía oscilar el horizonte; la frescura del aire; el temor de que alguno subiera; el sentido de aquella escena en relación a sucesos anteriores... Pero querer reeditar todo esto contenido en un momento de pocos segundos, en un momento único que no podría repetirse, constituía un trabajo inútil y doloroso.
Inútilmente doloroso, dolorosamente inútil, mi joven amigo. Sería interesante saber qué había sido de Clara. Acaso el inglés se hubiera resuelto... Bah, todo inútil y doloroso. La vida era inútil y dolorosa; pero una pereza de Mar de las Antillas —palmeras, chozas, uniformes blancos— lo retenía indiferente y calmo en el sillón, las piernas estiradas sobre la mesa.
—A solas, sin testigos, libre de amor, de celo, de odios, de esperanzas, de recelo...
Pero se sintió atraído por las oscilaciones despaciosas del ventilador que iba y venía, con un extraño e indeciso movimiento de oruga. Y de pronto descubrió que en el clima propicio de la soledad y del pesado aire de la noche, el deseo se había elevado como una planta lujuriosa.
Volvió a la ventana nerviosamente. Ganas de llenar la noche con cosas extraordinarias. Todos los deseos vagos que en el curso de los días nacieran en él y que apartara por no atenderlos, resurgían ahora, turbándolo con su prestigio de fantasía y absurdo. Todo lo incitaba a ir. La música que le llegaba en recortes desde la puerta del bar. La canasta de flores en el ángulo de la esquina. La marcha ágil de una mujer que pasaba entre los árboles. El quejido de un tranvía al girar la curva lejana.
Bajó la ventana con un ademán resuelto; pero quedó todavía un rato haciendo repicar las uñas en el vidrio.
Al abrocharse el saco en la oscuridad recordó aquel peculiar movimiento de hombros de Cristina, que tanto lo molestaba cuando ella estaba vestida.
Cuando salió del ascensor se vio pasar en los espejos de las columnas. Tenía el sombrero hacia la nuca, la cara lustrosa y un algo simpático, nervioso y jovial en la manera de andar.
Se detuvo en la esquina a comparar cigarrillos. Sin moverse de su asiento la viejita hundió la cabeza en el pequeño mueble blanco.
Las revistas lo miraban con sus caras alegres. Colgadas de finos alambres,
como ropas multicolores secándose a la luz de los focos de la calle. Esparcidas en la vereda, naipes de un extraño solitario que recién se resolvería en el alba, cuando cayera la cortina del último café de la cuadra. Todas pintadas, relucientes, con aire de promesa.
Las revistas extranjeras. Climas lejanos. Una alemana robusta sosteniendo una raqueta contra el pecho. Los reyes en carroza, yendo hacia Westminster. El nuevo gabinete en su primera reunión. De izquierda a derecha...
Mientras buscaba las monedas, pensó que las revistas mostraban caras y paisajes, indiferentes a las sensaciones que provocaban. Le resultaba extraordinariamente curioso que todo aquel mundo extraño que se fragmentaba en sus tapas fuera familiar para ellas. Lo corriente en Berlín, Londres, Madrid.
Abrió la cajilla y encendió un cigarrillo. Las revistas eran pasajes para ultramar. Quieto en la esquina que la noche hacía desierta, se iba, en golpes rápidos como estocadas, hasta Piccadilly, la estatua de Federico el Grande, la Puerta del Sol, las vidrieras de la Rue de la Paix. Caminó unos pasos. Por la puerta del teatro la gente comenzaba a llegar a la calle.

Cristina le hizo una sonrisa abierta, desbordando alegría los ojos y la boca como vasos colmados. Brillaron húmedos los dientes y las pupilas. Luego se puso de costado, arreglándose los rizos que le cubrían las orejas, con rápidos golpecitos de los dedos, frente a la estrecha tira de espejo del ascensor.
Un pedazo de pared con letras negras. PRIMERO. Bueno; ya estaba lejana la medianoche y volvía a tenerla. Ella continuaba mirándose en el espejo. Se apoyó en la puerta enrejada, siguiendo con la vista los gruesos cables negros que se estiraban lentamente hacía abajo.
Su interés por recuperar a Cristina no era ya tan intenso. Desde el momento en que ella había cedido, abandonando su táctica y adoptando el tuteo, volvió a tener de inmediato los movimientos de siempre, el paso conocido, la vieja personalidad. Y, detrás de ésta, él podía adivinar con clara certeza todas las reacciones de ella ante cualquier situación que se le antojara plantearle. La mujer era otra vez Cristina. No necesitaba usar conscientemente el recuerdo para saber cuál era su manera de besar, su táctica al desvestirse, sus preferencias amorosas. Como meses atrás, solo y aburrido junto a ella.
Encontró sus ojos sonrientes y apretó con fuerza la mano que se le acercó.
—¿Te acordás de todo? ¿Cuánto tiempo hacía...?
—No sé. Un siglo, por lo menos...
De pronto se sintió ante la imagen de la mujer desnuda, sabía, apasionada.
Pero comprendió que sentía con mayor fuerza la frecuente imagen de Cristina despeinada, llorando encima de la cama luego de alguna discusión. La nariz enrojecida y el pañuelo apretado contra la boca.
—¿De veras que todo...?
Le sonrió cariñosamente, pensando en que aquellas ocasiones el temperamento de Cristina triunfaba de su vocación artística y de sus años de Conservatorio.
El ascensor se detuvo, con una breve sacudida. Mientras buscaba el llavín el los bolsillos, el cubo iluminado se fue hundiendo en el silencio. Debía aprovechar la semioscuridad del corredor para demostrar impaciencia de recién casado. La besó y entraron.
Tenía en la lengua la sensación de los dientes irregulares de Cristina. Los
sorprendió el olor de la casa y adivinó entre las sombras la disposición de los muebles. Estaba en casa. Si hubiera venido solo... Tirarse a oscuras en el diván. Los tacos sobre la mesa, la mano rozando la alfombra. El sombrero en la cara, para esconder los ojos de las luces del balcón. Adormecerse con el olor de su cabeza, solo y libre detrás de la puerta.
Encendió la luz. Cristina estaba ya en mitad de la habitación. Miraba a los rincones con aire de examen, mientras tironeaba mecánicamente de las puntas de los guantes. Se inquietó, pensando sí estaría visible algún objeto cuya historia fuera necesario alterar. El libro, no. La caja de corbatas, sería ridículo.
Hizo aterrizar el sombrero en el otro extremo del cuarto y avanzó. Caminó despacio, los brazos junto al cuerpo, la cabeza alta. Queriendo construirse una actitud de seguridad y aplomo. Estaba cansado, sin interés ya por tomar la iniciativa y quería disimularlo. Efectuó unos cuantos movimientos inútiles junto a la mesa, amontonando libros, acercando el pesado cenicero. Acarició el lomo del elefante de bronce, con la trompa en U. Se volvió bruscamente hacia ella, como si confiara a un golpe de suerte la solución de un fastidioso juego de ingenio. Fracasó en la actitud de Cristina, quieta con una estatuilla en la mano. Le oyó una tierna risa maternal.
—Pero si es la Chabelita...
Se fue agachando hasta quedar sentado en el diván. ¿Por qué diablos habían bautizado aquello con el nombre de Chabela? Isabel en enaguas con Lima, la noche que estuvieron en la casita. Había sido por ella; pero ¿por qué? ¿Qué relación entre aquella mujer flaca y chillona y la estatuita?
Bien; que se fueran al cuerno Isabel, Cristina y la Chabela, Chabelita. Construyó una sonrisa cordial y esperó. La ocurrencia de llamar Chabela...
Cristina bordeaba despacio los estantes. De vez en cuando tomaba algo y lo acercaba a los ojos. Sonreía, más o menos, según el poder evocador de cada objeto, y volvía a dejarlo.
—Esto es nuevo, ¿no? No lo tenías en la casita.
Apoyaba la mano en la pared, junto al grabado, mirándolo con un gesto infantil de sorpresa. Los pesados pájaros negros flotando encima de las rocas del faro.
—Ah, sí... Regalo de Socas. Lo hizo él.
—¿Y es pintor?
—Claro que sí. Pinta grabados en madera.
—¿Cuál es Socas? ¿Aquel rubio, bajito... de los lentes...? Lo vi hace una semana. A ver... sí; una semana justa. Fui a cenar al Lacour con los muchachos, después del teatro, y en cuanto nos sentamos lo veo en la mesa de al lado. De perfil, con un traje azul que debía ser recién hecho. Estaba con una mujer; bastante linda, mucho más alta que él. Morocha, blanca. Me saludó muy sonriente... Encuanto lo vi estuve segura de que lo conocía. Y eso que me lo presentaste una sola vez, ¿te acordás?
—Es una vieja costumbre mía.
Vio que ella no había entendido; pero que intuyendo, por lo mismo, que
en la frase se ocultaba algo muy ingenioso, quiso alcanzarlo:
—¿Socas...?
—No; a ese todavía no me acostumbré. Me refiero a presentar una sola vez las personas.
Ella rió con fuerza.
—Qué idiota. Sabés qué quise decir...
Y quedó mirándolo, quieta y alegre. Pareció encontrarlo totalmente en la burla, como él acababa de encontrarla en su simpleza. Mantenía su gran sonrisa. La primera sonrisa de las antiguas que lucía en la noche. Se quitó los guantes blancos, sonriendo. Arregló rápidamente las ondas del peinado. Sonriendo. Luego se acercó con un gesto mimoso.
—¿Vivís solo, aquí?
—Claro. Esto y el Palacio del Gobierno y la Catedral de San Pedro.
Ella lo empujó suavemente con la rodilla, riendo.
—Estás graciosito, nene...
—No. Lo tengo con Lima. Pero casi siempre voy a dormir a casa.
—Mirá. Qué juicioso estás...
La miró sonriendo. Exactamente en aquel momento acababa de morir para ella el período de separación. Ahora, con los movimientos, las risas, las palabras, iba juntando la última entrevista con aquélla.
De pie junto a él, lo miraba con turbios ojos mareados.
—Te encuentro más... no sé; algo distinto. De veras que pareces más hombre.
Se sentó de improviso en sus rodillas, besándolo con fuerza. Revolviendo las manos entre el pelo de él.
—Qué hombre ni hombre. Sos mi nene, mi chiquilín. Te quiero, chiquilincito. Te quiero, te quiero y te quiero.
Él la sujetó por los hombros, apartándola un poco. Luego aproximando la boca. En la piel lechosa resaltaban pequeños puntos en relieve, cubriendo la nariz y las mejillas. Los ojos se balanceaban lentamente entornando los párpados. La besó
hasta doblarla hacia atrás la cabeza, excitado por la caliente piel del cuello y el aroma del cuerpo. Rodeó los hombros con un brazo, mientras hundía la mano en las faldas. Ella se abandonó, ayudándolo con una oportuna torsión del cuerpo, abriendo algo las piernas. La mano subía en el calor. Pero Cristina se enderezó en seguida, separándose.
—Quieto. No tan ligero, Julito.
Se levantó para ordenar las ropas y volvió a sentarse en el diván. Junto a él. Tenía los ojos brillantes, llenos de sangre las mejillas y las orejas.
—Es usted un individuo muy... Si hubiera sabido esto...
Reía con sus sonoras carcajadas y volvió a besarlo.
—Esta noche merece algo más que una improvisación. ¿No te parece, nene?
—Sí, querida. Ahora le telefoneo a Villar para que venga a dirigirnos. Ensayo general.
Sonrió a la bofetada con que ella le acarició la mejilla y al alegre:
—Estúpido.
Estaba seguro de que “una improvisación”, usada en aquel sentido, había sido adoptada recientemente por ella. Y quién sabe en qué improvisación la había encontrado. Pensó extrañado que nunca se le había ocurrido imaginar con qué aventuras había llenado Cristina el tiempo de la separación.
—Bueno, animalito. A propósito de ensayo general. Lo que te tenía que contar de la gorda. Fue estupendo. Estábamos ensayando y ya sabés la manía de ella: que se debe proceder en los ensayos como si estuviéramos ante el público.
Bueno. Después de una escena yo tenía que irme por la izquierda. Una cosa nueva, no me acuerdo cómo se llama, traducida al francés. Algo de sombras, o de tinieblas, es el título. Bueno. Termino de hablar, me doy vuelta y voy a sentarme en la primer silla que encontré. Elizalde estaba esperando turno y se puso a charlar conmigo. Te juro que estaba olvidada por completo de la gorda. Y de repente agarra y deja de hablar. Le grita a Villar: Si no hay un poco de seriedad, me voy a casa. Todos la miramos y entonces la muy vaca me señala: Cuando la señorita termina su parte debe retirarse del perímetro. Te imaginarás... una de carcajadas. El perímetro... Si será ridícula, la pobre...
Volvió a reír con todo el cuerpo, recostándose en el respaldo, temblorosos los grandes senos. El sonrió, mirando el triángulo del escote que la posición de la mujer agrandaba. Sostuvo la sonrisa, por si ella llegaba a mirarlo, mientras aumentaba exageradamente su arrepentimiento por haber ido a buscarla.
Si él fuera realmente sincero, debía decirle que se callara y comenzara adesnudarse. No quería de ella nada más que su cuerpo. Y, sin embargo, debía fingir el mayor interés por todas las simplezas que ella dijera. Soportar con cara de contento sus frases vulgares, escuchar sus carcajadas groseras. Era admisible que él se resolviera a padecerla a cambio de acostarse con ella. “Business is business”, camarada... Pero ahora ni siquiera lo deseaba. Estaba triste, amargado, con ganas de estar solo. Y no se animaba a decírselo, rogarle que volviera mañana. Es que era imposible hacerle entender que no era más que eso. Unas grandes ganas de estar solo...
Ella regresó de la risa con los ojos húmedos, arreglándose el peinado. Qué extraordinariamente blancos eran sus dientes. Alargó una mano a los senos. Cristina volvió a reir, levantándose.
Magnífico. Cualquier gesto que él hiciera, una carcajada. A ver si aquella idiota iba a seguir riéndose también en la cama.
—Voy a conocer la casa. Por mi cuenta, en vista de que estás tan poco galante...
Se estiró el vestido sobre el estómago, mirando hacia abajo.
—Ah, decime, ¿seguís con la literatura? Me vas a mostrar algo. ¿Si?
—Claro, ¿para qué vinimos?
Al oírlo reír, ella comprendió bruscamente. Lo miró con cara de insulto. Pero hizo una mueca y le dijo lentamente, entornando los ojos:
—Estás... ¿eh?
Caminó y se detuvo de golpe, vacilante, sonriendo con las cejas fruncidas.
—Lima... ¿no estará, supongo...?
—Oh, no, querida. Podés estar tranquila. No somos triangulistas.
—¿Trian qué? Seguro que alguna otra idiotez. Estás... nene, ¿eh?
Volvió a reírse abriendo la puerta y entró en el dormitorio. El sonrió:
había otra puerta igual pero ella no había vacilado.
¿Y si todos los obstáculos que le había puesto Cristina, sus vacilaciones, su pesimismo, se debieran —en lugar de simple coquetería— a que tenía otro amigo? Lo de Valle era historia concluida, estaba seguro. Pero otro, uno nuevo, conocido durante la separación... Su amistad con Valle no le preocupaba. La había conocido con él y Valle no era más que uno de los tantos elementos que formaban la personalidad de Cristina. Algo se alteraba en ella. Como si repentinamente prefiriera el dulce a las frutas o cambiara ostensiblemente su peinado. ¿Y hasta dónde podría haber influido el otro en Cristina? ¿Hasta qué punto y en qué sentido podría haber modificado su naturaleza?
—¿Se puede saber dónde está la luz?
Porque ella había demorado más de lo razonable en retomar su vieja manera de ser, su antigua soltura familiar. Acaso su Cristina, la que el había hecho resurgir en la mujer, hubiera tenido que luchar con otra Cristina de reciente formación, modelada por otra manos, con distinta técnica...
Se levantó pesadamente y fue hasta el dormitorio. Encendió la lámpara. Una suave claridad se estiró sobre la colcha gris, hizo brillar el cenicero y la lata de tabaco encima de la mesita. Mientras ella caminaba de un lado a otro, abriendo los muebles:
—...no te imaginas lo que me gusta revolver...
Divisó la línea negra y curvada de la pipa. La acarició lentamente, lleno de un pueril sentimiento de cariño. La colocó vacía entre los dientes, chupando con fuerza el aire impregnado de tabaco. Si aquella molesta criatura se fuera, con qué infinita calma se tiraría a fumar, a oscuras. Los ojos cerrados sintiendo en los dedos el calor confortante de la pipa. Comenzó a llenarla cuidadosamente, sentado en el borde de la cama. El primer chorro de humo le endulzó el corazón.
Ya era un poco tardío su arrepentimiento. La gloriosa reconquista de Cristina era un hecho consumado. Y puesto que ella estaba allí... volvió a chupar el humo y se recostó en la cabecera.
Levantó los ojos, extrañado de no oír a Cristina. Estaba inclinada sobre el escritorio, apoyado el cuerpo en las manos. Recorrió la forma de las nalgas, apretadas en el rojo sangriento del vestido. Divisaba un brazo desnudo, redondo, blanco, sugiriendo fuerza y calor. Era un idiota inconformable. Estaban solos y ahora ella iba a venir hasta la cama.
Lleno de resolución, se levantó y fue hasta la sala. Antes de apagar la luz miró el montón que hacían sobre la mesa el sombrero y los guantes. Siguió mirando bajo el zigzag de los filamentos enrojecidos. Llevándose aquella imagen entró en el dormitorio y cerró la puerta. Ahora, nada más que el pequeño dormitorio que casi llenaba la cama.
Volvió a mirar el tenso vestido rojo y comenzó a acercarse, hasta que la mano resbaló suavemente por el calor del brazo. Pero ella lo detuvo con la dura expresión de la cara. Enderezó el cuerpo.
—Tenés una interesante colección de recuerdos.
Sobre la mesa estaba un gran retrato en sepia, cruzado por letras negras. El que le diera la alemana a Lima con la promesa autógrafa de amor eterno. Rió burlonamente, tentado de prolongar el juego. Darle a entender que, efectivamente, el retrato se lo habían regalado a él. Celos, confianza, reconciliación. Tres escalones que la llevarían insensiblemente hasta la cama. Ella guardó ruidosamente el retrato e intentó pasar frente a él.
—Pero Cristina...
—Sí, ya sé. Pero ahí está la fecha. El once, hace tres días. Mi amor querido...
—Pero si eso es de Lima. El último amor de Lima.
Ella dibujó una exacta mueca desdeñosa. Usó un tono de voz que delataba la nota puesta al margen: con intención.
—Ah... Y usted se encarga de guardar los recuerdos amorosos de su
amigo. Porque eso estaba entre sus papeles.
Todavía era capaz de estropearle la noche. Precisamente cuando estaba resuelto...
—Pero no seas tonta, Cristina... ¿Es que ya vas a empezar?
Ella lo miró rabiosa.
—Ya vas a empezar, ya vas a empezar... Estáte tranquilo que no voy a empezar nada.
Hizo un ademán de irse, pero él no la dejó pasar. Estaba resuelto a no dejarla ir. No se había estado dos horas suplicándole para terminar de esta manera. Se colocó otra vez frente a ella, casi tocándola. No pudo hallar los ojos, tercamente escondidos. La boca se curvaba hacia abajo y la luz reflejada en el vestido le extendía por la cara un tinte sonrosado. Los senos subían y bajaban suavemente. No; ahora no se iba. Aunque tuviera que ser a la fuerza.
Encima del hombro izquierdo de la mujer, la ventana mostraba un cuadrado de noche. La sombra de una casa, una franja de cielo. Allí encontró tristeza para su voz.
—Pero querida... Te juro que el retrato no es mío. Como pudiste creer... Te parece que sería capaz...
La sugerencia de las frases inconclusas moría en la actitud indiferente de ella. Necesidad de un urgente cambio de táctica. Continuó:
—Yo te hablé claramente esta noche. Te dije que te necesitaba y es cierto. Te pido que me escuches. No vamos a echar a perder todo por una tontería.
Rápidamente, el preparó un rostro suplicante y alargó un brazo:
—Cristina...
Pero lo ojos no se levantaron y la mujer continuó rígida e inmóvil. Entonces dejó caer los brazos y la cabeza, ostensiblemente, traduciendo un infinito desaliento. Nada. Suspiró largamente, mirando el velado brillo de las medias de seda. Acaso un poco gruesos los tobillos; pero recordaba que unos centímetros más arriba...
—Vamos. Déjame ir. No voy a creer esas historias.
La falda oscilaba acompasadamente. Subió hasta la cara manteniendo aquel dolorido gesto de fracaso. Ahora ella lo miraba serenamente, balanceando los hombros. Comprendió que iba a quedarse. Tuvo la intuición de que había llegado el momento preciso de atacar y la tomó por los hombros. Pero mientras ejecutaba el movimiento, sintió oscuramente que lo había efectuado mostrando una seguridad excesiva e inoportuna. Ella se sacudió con fuerza, retrocediendo. Rabioso por su propia torpeza, se descargó en ella: Como siempre, encantada con estas escenas idiotas. Conservás tu gusto refinado...
—¿Querés dejarme ir?
Sintió la forzada indiferencia de la voz y toda la vulgaridad de ella resumida en su terquedad. Deseando quedarse; pero aquella estúpida coquetería de hembra... Se apartó y abrió la puerta por completo. Luego cruzó frente a ella sin mirarla y fue a recostarse en la ventana. Que se fuera de una vez. Encendería la pipa... Pero reconoció que aquella idea ya no lo entusiasmaba. Se pasó la mano nerviosamente por la cabeza. La inconfundible mímica del hombre desesperado. Pero acaso ella no mirara. Volvió a hundir los dedos en el pelo.
—Es increíble... tanta torpeza...
Había hablado atropelladamente, con la voz temblorosa. Ya no podía ir más lejos sin descubrir su juego. Sacudió el busto con impaciencia y asomó la cabeza por la ventana, escuchando atentamente hacia adentro.
¿Para esto me trajiste...? ¿Para...?
Le adivinó una mueca de llanto en la cara. Oyó que caminaba, acercándose, y luego volvía hacia la puerta. Después, nada. Pero estaba seguro de que no se había ido. La sentía inmóvil a sus espaldas. Era indudable que si no la ayudaba a quedarse, ella se iría. Acaso bastara con una sola palabra. Pero una extraña abulia lo retenía allí, apoyado en la ventana. Perezoso e indiferente. Se dejaba estar con la cabeza en la noche, estirando el oído hacia adentro. La oyó caminar. Detenerse. Rozar un mueble con el vestido. Pasos otra vez. Se iba. Nada le hubiera costado apaciguarla con una caricia, una frase amable.
La luz del dormitorio murió, repentina y silenciosa. Se sintió solo en la noche, fuera del dormitorio. No podía saber si ella estaba o no. Posiblemente hubiera apagado la luz para atraer su atención sobre ella.
Pero la habitación no existía. Era el pasado; un simple recuerdo. Allí estaban sus ojos quietos en la noche.
Una hilera de casas, levemente inclinada. Se alternaban las manchas negras de las puertas y pedazos de muro gris. La calle recién lavada, donde se invertían los faroles y las casas. Y, de vez en cuando, el último paseante que se renovaba siempre. Un hombre silbando, una mujer veloz, una policía de andar aburrido. Al fondo, a la derecha, cortado por los hilos telefónicos el gran hotel. Alto y cuadrado, con mil roturas de luz. Cada cuadrilongo amarillento, una habitación. ¿Quiénes estarían, qué estaría sucediendo en cada una?
Bajo aquella tranquila apariencia de hogar, hombres y mujeres comiendo, amando, disputando. Toda la torpeza humana, todas las pasiones, libres en el interior de las discretas alcobas. Hombres y mujeres. Mujeres y hombres. Vestidos, semidesnudos, desnudos, amontonados en el edificio. Unos sobre otros, al costado de otros, abajo de otros. Trenzados sudorosamente encima de las camas. Dirigiendo en mullidos sillones de cuero. Bostezando a la música de las radios. Usando los brillantes waterclós.
Cuartos donde la espera sufriente y desvelada iba a estirarse hasta el alba.
Cuartos donde se acababa de llegar y él se apoderó impaciente de las ropas de ella. Cuartos donde el odio y el aburrimiento no se bastaban para vencer la costumbre. Cuartos donde la bestia humana se tomaba la revancha de las forzosas hipocresías de la jornada. Cuartos, pequeños y confortables cuartos. Pensión completa. Baños independientes. Todas las comodidades. Todo el confort. Toda la civilización.
Y encima de todo aquello, el fino polvo de oro de las estrellas y la violenta luz sincopada del enorme letrero. AMERICA HOTEL.
Bruscamente un roce de pies desnudos resucitó el dormitorio. Cuando quiso girar tuvo un seno en la mano. El cuerpo desnudo se apretaba contra sus ropas. Caliente, macizo, con un agresivo olor de hembra joven.

V

Virginia sonreía con los ojos tranquilos; tenía los dientes chicos y la mano caliente.
Ahora iba delante suyo por el sendero sinuoso. Y de pronto le pareció que aquello era una estampa que él contemplaba. Ya no caminaba por el torcido camino de un jardín, aplastando, a cada paso, el balasto crujiente y resbaladizo.
Por un momento, todo tomó una fijeza repentina, como sucede en el cine cuando se detiene el deslizamiento de una película. En aquella instantánea, Virginia Cras estaba quieta, de espaldas. Un poco inclinado el cuerpo hacia la izquierda, arqueada como una flor la mano del mismo lado. Las oscuras manchas de hiedra en la pared de la casa, con un suave brillo de pelo recién lavado. Encima de la cabeza de la muchacha, brillaba al sol el cuadrilongo de la ventana.
Estaba dispuesto a admitir que aquello era óleo, acuarela o cualquier cosa. Pero estaba seguro de que Virginia era un dibujo a pluma. Una muchacha caminando de espaldas al artista, llena de gracia la pierna, la línea del cuello, la mano replegada junto al muslo. Se adivinaba el trabajo del pelo, hecho con miles de rayitas de tinta china. Otras líneas, cambiantes y entrecortadas, marcaban el indeciso contorno de la silueta. Una cinta, invisible para él, apretaba los cabellos con un hondo tajo, aumentando la apariencia infantil de la muchacha. Y esta infantilidad de la cabeza de Virginia y de sus movimientos, del vestido rosa y los claros zapatos, contrastaba con dos elementos ya demasiado seguros: el paso firme y ágil y la curva generosa de las nalgas. Miró rápidamente aquella forma rotunda y maciza en que se resolvían los muslos, y que estaba tan cerca suyo, tan cerca de sus manos, llenando total y suavemente la falda.
Sonrió cariñosamente a las faldas de Virginia Cras, mientras la
muchachita caminaba delante suyo por el sendero soleado del jardín; con la actitud resuelta de la marcha, un poco inclinado el cuerpo hacia la izquierda, la mano curvada como una flor junto al muslo.
Su voz era fresca e íntima. Se detenía sin brusquedad detrás de las ideas que iba expresando, como las gaviotas que escoltaban los barcos en las mañanas del puerto. Mientras hablaba, las manos multiplicaban sus perfiles sobre el fondo claro del vestido.
De pronto se echó hacia atrás, riendo con un susurro. En la pared violeta y
en el sillón oscuro se abría la mancha sonrosada del vestido. El cuello largo y débil palpitaba suavemente. Dos líneas caían de las orejas, haciendo un camino que el recorrió con la mirada, hacia arriba y hacia abajo, acariciándolo en lentas pinceladas.
Estaba seguro de que él conocía algo —una frase, un verso, un cuadro— que armonizaba exactamente con la alegre muchachita abandonada en el sillón. Acaso... Pero ella trajo nuevamente la cara hacia él, la boca otra vez seria y dos chispas en los ojos.
—Debe ser horrible eso de pasarse metido en una oficina. Sobre todo en un día como éste.
Cruzó frente a él y abrió la ventana.
—Sentir que afuera hay sol...
—Siempre es molesto. También en los días de lluvia. A uno le nacen amores de gato. Se piensa en lo bien que se estaría metido en casa... Sí; nada más que la sensación de estar en casa, aislado del agua y del frió.
—Es un pensamiento de viejo, ése.
—Puede ser. Tengo muchos pensamientos así.
Ella volvió indecisa hasta la mesa. Se balanceó un momento con las manos en la espalda. La criatura...; hablando de la tristeza de los días en las oficinas. Sería interesante saber cómo hacía para no tener senos. Sonreía:
—Sí se compromete por su honor a vigilar esa puerta. Le acepto un cigarrillo. Pero cuidado: a la primer alarma...
Encendió y fue lentamente hasta el sillón. Antes de sentarse sacudió la cabeza con una risa nerviosa.
—¿No lo molestó que le dijera viejo?
—¿Eh? No. Si yo sé que tiene razón. Y, francamente me gusta.
Imprevisión de la juventud, audacia y etcétera. Muy hermoso. Pero no me entusiasma; a no ser a veces, como espectáculo. Prefiero las gentes tranquilas.
—¿Y quién le ha dicho que no se puede ser así... audaz y etcétera y tranquilo? Pero no le hago caso. Es pose. ¿No?
El sonrió, alzando los hombros. Un timbre sonó tres veces. Virginia se levantó y puso el cigarrillo en el borde de la mesa.
—A cargo Jason. Tiene razón. Por lo menos en los días lluviosos nadie hace visitas.
Salió, dejando la puerta entreabierta. Un momento brillaron las medias, como engrasadas, en la luz del corredor.
Veía un pedazo de sol y llegaban voces agudas de adentro de la casa. En aquellas palabras incomprensibles que se mezclaban en su cerebro con el amarillo chorro de sol, como partículas de polvo flotando en el aire, sintió de improviso la vida de la muchacha. Todo aquello a que estaba ligada, todos los menudos detalles cotidianos que hacían su existencia. La vida de Virginia como un círculo dentro del cual iba y venía tan naturalmente mientras él se detenía junto a sus bordes, lleno de asombro y de sensaciones falsas. Aunque acertara a imaginar exactamente cómo vivía ella, jamás podría saber cómo sentía ella esta vida.
Era extraño que demorara tanto. Se levantó y fue hasta los libros del estante. La estúpida idea de esconder los volúmenes con el forro de papel rameado. Lo atrajeron las desesperadas curvas del humo del cigarrillo. Iba a quemar la mesa. Lo tomó entre los dedos. Tenía la punta humedecida. Las mujeres no saben fumar. Lo alzó hasta la boca con la intención de darle una pitada; pero sonrió y volvió a dejarlo. Y de pronto pensó, triste y rabiosamente, que todo estaba perdido.
Hubiera sido necesario un principio más hermoso y extraordinario para su conocimiento. Cualquier cosa rara e inaudita. Un salvamento de novela romántica, con peligro de su vida, vítores y padres agradecidos. Un flechazo con sensación de milagro, una antesala de medio minuto antes de la absoluta intimidad. Cualquier cosa menos la tontería de venir a visitarla, de construir a fuerza de paciencia un puente para alcanzar su alma. ¿Le gustan las flores, señorita? ¿Cuál es su poeta? ¿De qué número son sus calzones? Ah, la estupidez de la vida...
Ya todo perdido. Ahora, todo lo que pasara entre ellos estaría maculado por la vulgaridad del comienzo. Por qué no haberla encontrado como a un camarada, en una noche cualquiera, vagabundeando por el barrio de los prostíbulos...
—No era nada. ¿Mi cigarrillo?
—Estaba pensando que usted es extraña. Un poco difícil de reconocer...
—Siga.
—Nada más. Ya le digo que es difícil.
—¿Por qué, difícil?
—Difícil, distinta...
Ella se sentó, con una pequeña sonrisa que le ajaponesaba los ojos. ¿Qué quiere que le diga? ¿No ve que no va a entender nada, que nadie entiende nada? Golpeaba el índice para hacer caer la ceniza, distraída y pensativa.
Virginia apoyó la barbilla en la mano, haciendo repicar las uñas contra la cara. En las puntas de la boca asomaba una sonrisa como dos gotas de miel.
—Landbleu es un gran muchacho. Pero está enfermo de versos. Se pone triste cuando paso la tarde en la cancha o me descubre hablando de vestidos.
Mostró los dientes, blancos y frescos en la cara morena.
—Hasta dice, en serio, que me estoy malogrando...
Se sacudió en la risa. No; no encontraba aquello a que Virginia se parecía. Pero los dientes blancos y la piel canela y un algo de húmedo, dulce y tibio de su expresión en la risa, le trajeron caprichosas sensaciones tropicales.
Plátanos, plátanos, plátanos, con un lánguido susurro de hojas como abanicos de plumas. Negros gigantes y semidesnudos se mueven en silencio, penetrando trabajosamente en el espeso calor del anochecer. Polvo de diamantes en una bolsita de cuero de boa. Leyendas inverosímiles del Koh-i-nur, la Estrella del Sur y el Gran Mogol. Calor. Una lejana música de guitarras, soñolienta como el vaho de la tierra reseca. La que tocaban en Pasaje de ida. Calor. Los negros pasan en silencio, con enormes cestas al hombro y sombreros del valle del Nilo. Morris se quita el saco y pone la caña de la bota sobre la rodilla. Está ya medio borracho. Empieza a contar por centésima vez la historia de Loola y el pastor Sunder. Enormes negros silenciosos remontan el río canoas de forma de banana. Calor...
—Hace tiempo que Land no viene por acá. ¿Usted lo sigue viendo?
—Sí, precisamente hoy... Anda envenenado por la crítica aquella...
Y aquella voz de jarabe y relenti... Volvió a mirarla y pensó que se resignaría a tenerla, desnuda y lenta, allí mismo, en alguna siesta calurosa.
Reía de pie, un poco curvada por el peso de la tetera panzuda. La otra mano se apoyaba en la mesa con inquietud de pájaro.
En el pedazo de cielo de la ventana se había encendido una luz pobre y fría. Aprovecho que ella vigilaba el canto del pico de la tetera encima de las tazas, para deslizarse astutamente hasta las piernas en una traidora mirada de soslayo. Pero sus intenciones fracasaron en la gracia de los zapatos. Quedó fijo en las manchas de los zapatitos, en los pequeños tacos y las grandes moñas de las cintas.
Uno apoyado totalmente en el suelo. El otro descansando en la punta, la suela fuertemente doblada. Giraba hacia fuera, subía y bajaba, nerviosamente. Como si el pie tuviera existencia propia, independiente de la muchacha. Un pequeño animal inquieto y palpitante...
—¿Fuerte?
—Sí.
Estaba llena su alma del encanto de la pequeña habitación. El fin de la tarde. El gesto de niña juiciosa de la muchacha. Las serenas líneas de luz que brillaban en las tazas. Oía vibrar los grillos. Lejanos gritos de niños y el follaje de los árboles colando el viento. Sonrió con extraña ternura a las espaldas del vestido rosa. Unas infinitas ganas de aislarse en el sillón, cerrar los ojos y seguir escuchando aquella voz dulce y desvaída como un recuerdo amable. Y de vez en cuando como islotes en el calmo mar de la voz, la excomunión de la literatura autoanalítica, las virtudes de Landbleu, los eucaliptos del pueblo, la amiga inglesa, aquella vez que llovió tanto, que papá tuvo que ir a buscarla a la estación cerca de las dos de la mañana.

VI

Veía empequeñecerse lentamente la última plataforma del tren que se alejaba entre dos anchas líneas verdes, segregando la doble estela de los rieles, fulgurantes bajo el sol de la tarde. Estaba casi sólo en el andén. Al fondo un hombre con blusa azul hacía rodar unos bultos hasta las balanzas. Alguien conversaba en la sala de espera, invisible tras los vidrios esmerilados.
—...al principio se quejaban de la comida. Pero la han mejorado mucho...
Frente a él, del otro lado de la vías, un hilera de chalets, jardines, los terrones de la calle. Más lejos, ya en el último cielo azul, un pedazo verde oscuro de eucaliptos. A la derecha la plaza desierta, la iglesia de ladrillos, vieja y severa, con el enorme disco del reloj.
—...este médico de ahora es muy bueno, se preocupa mucho... Me decía Elena que cuando entra en la sala...
El aspecto del pueblo lo entristecía. Había pagado 0.40 por aquel pedazo de cartón cuyas aristas acariciaba en el bolsillo. Ida y vuelta, segunda, 0,40. Acaso fuera la ciudad la causa de si tristeza. Una pequeña evasión, unas horas olvidado de las casas se comercio, de los apresurados hombres de la calle, de las músicas de los cafés, de las multitudes de los espectáculos...
Pero no era allí donde quería ir. No encontraría lo que buscaba en las viejas casas de piedra que rodeaban la plaza; en la fila de coches en escombros; en el grupo que discutía frente al almacén de paredes rosadas. No, no era aquello. Campo quería él. Había comprado 0.40 de campo e iba a caminar hasta encontrarlo.
—...yo le dije que mirara bien, que se iba a arrepentir...
Hizo girar una cruz horizontal de palo y tomó una calle pendiente. A un lado, una quinta enorme, con árboles asomando sobre el muro. A ratos podía ver para adentro, por los grandes portones de madera. Un gran pedazo de césped grisáceo rodeado de pinos; bancos de piedra junto a la fuente sin agua. Pero al otro lado tenía, separado de él por las cinco líneas de alambre, un principio de campo. Un pasto amarillento curvado por la brisa y, más atrás los enormes cuadrilongos de los plantíos. La casa ennegrecida y vieja junto al pozo de ladrillos, la carreta descansando sobre las caras. Se acercó a los alambres arrancando un largo tallo que empezó a mascar lentamente. Alguien cantaba; una extranjera voz de mujer. Siguió caminando despacio, las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, el sombrero hacia atrás, al aire la frente sudorosa.
La voz aguda y alegre que se acercaba a él desde las tupidas enredaderas como si fuese el simple saludo de la naturaleza.
—...ya todos duermen en mi canto
que la montañaaa repite...
Acaso no fuera posible vivir siempre allí. Pero en cuanto comenzara a insinuarse la primavera... Huir de la ciudad, meterse en una casita cualquiera, perdida en los costados de la cuchilla que se azulaba en la distancia. Solo. Hacerse la comida con sus manos, cuidar los árboles... Se veía, medio cuerpo desnudo, altas botas, tostado el rostro dentro de la barba. ¿Qué necesitaría? Un caballo, tal vez un perro, una escopeta, su pipa, libros. Trabajar por la mañana en lo que quisiera; dulzura de las uvas, piel de durazno, aroma de plantas y tierras bajo el sol. Dejarse llevar por el caballo lejos, tirándose a descansar en la sombra que encontrara propicia. Hacer correr el animal sudoroso, suelto su pelo al aire, la camisa abierta, excitándose con el golpear de los cascos. Desensillar con las primeras estrellas en la pureza del cielo, una mueca de cansancio feliz en la boca. El sillón junto a la noche campesina, llena de estremecimientos, que se extendía por la tierra en descanso, abandonado en los pliegues del terreno, en las charcas vidriosas de la blancura de los caminos silenciosos de luna. La pipa y un libro. Absoluta soledad de su alma, fantástica libertad de todo su ser, purificado y virgen como si comenzara a divisar el mundo. Paz; no paz de tregua, sino total y definitiva. Paz como una dulzura resbalando en las venas, mientras el sueño iba aflojándole el cuerpo encima del sillón y los ojos perezosos dejaban el libro para seguir la curva de los escarabajos alrededor de la luz amarillenta.
Junto a la puertita medio tumbada, dos niños rubios lo contemplaban curiosamente. El mayor acariciaba el suelo con los sucios pies descalzos, mientras el otro, con una camisa blanca que se adivinaba recién lavada, desnudas las piernas y el vientre, levantaba hasta él, los grandes ojos azules, como dos flores de la enredadera que envolvía firmemente el cerco. Descubrió la mujer que cantaba. Tenía un pañuelo rojo en la cabeza y los cobrizos brazos desnudos se movían sin tregua encima de la tina.
Sonrío alegremente, como si la escena que se le había revelado de improviso, llena de poesía lejana y primitiva, le hubiera sonreído primeramente y él contestara ahora. Sintió su propia sonrisa sencilla como un trazo, estirándole la boca. Una tenue sensación de sosiego se levantó en su alma, suavemente, suavemente, como asciende por los cielos la gran luna llena de color naranja.

Marchaba por la tierra seca, pisando la huella dejada por pesados carros. Carros cargados de verduras y frutas, que pasaban tambaleantes hacia la ciudad cuando recién el día tentaba una rayita de luz en el horizonte. Carros con tres caballos viejos y corpulentos, con el conductor dormitando en el pescante y un rojizo farol oscilando entre las ruedas.
Se sentó la vereda de pasto, bajo la sombra cambiante de una hilera de árboles. Tiró el sombrero a un lado e hizo una almohada con el saco. El último recuerdo suyo que se llevó, antes de irse tras su mirada al cielo luminoso, fueron sus zapatos opacos de polvo.
Nubecillas de contornos indecisos que se transformaban a cada instante, rodaban por el cielo como pelotones de humo. A veces formaban bandadas de cisnes curvando lentamente los largos cuellos. Otras, pájaros fabulosos; albos veleros con viento de popa; caballeros de lances medioevales; manos enormes con exceso de dedos; desmelenados perfiles femeninos; almenas de ciudades brumosas tras la niebla del amanecer; bosques de lanzas en tiempo de gesta; graciosas figuras danzando junto al mar, flotando blandamente los cándido velos.
Aflojó la corbata con un movimiento maquinal y aspiró el aire fuerte y áspero. Esta era la vida. Todo lo demás mentira. Monstruosa mentira la civilización, la farsa y sórdida civilización de los mercaderes. Tan burda la mentira que bastaba llenarse un momento los pulmones y el cerebro con la atmósfera de un pedazo de campo, para que apareciera evidente. Mentira los edificios grotescos con el guiño de los sangrientos letreros luminosos. Mentira la superficie pulida de las calles. Mentira los trenes veloces y trepidantes. Mentira las fábricas de chimeneas audaces, ensuciando día y noche los arrabales. Mentira las máquinas brillantes, mostrando con impudicia sus extrañas de acero. Mentira las calmas veladas de familia, bajo la dorada araña eléctrica del comedor. Mentira el juego estúpido de los ascensores, rebotando incansables en la planta baja para subir hasta el 9ª. o 22 y volver a caer. Mentira las ediciones milenarias de los periódicos, con sus groseros titulares retintos. Mentira los movimientos acompasados de las grúas eléctricas encima de los barcos de carga. Mentira la lluvia metálica de las máquinas de escribir en las oficinas. Mentira la multitud de las calles, de los campos de deportes, de los hipódromos, de los teatros, de las manifestaciones erizadas de estandartes, de los lentos paseos crepusculares por las calles de moda. Toda una canallesca mentira, una farsa hábilmente dirigida. Pioneers, progreso, cultura, directores, honestidad comercial, hombres austeros, mujeres honestas... Río sin maldad ni odio, bajo la transparencia del cielo redondo.
El viento le movía el cabello como la caricia de una mano distraída. Si, camarada. En la ciudad no se vivía. Se producía dinero, se ganaba dinero, se compraba, se vendía... La verdad estaba allí, en la naturaleza. En los frutos de los árboles, en las tetas de las vacas, en la miel de los panales. Tener la fuerza de huir de la ciudad, romper con ella, para siempre. Reintegrarse a la tierra, negra, al pasto verde, el cielo azul. Ir arrancándose a pedazos, día a día, las costras que la ciudad había segregado sobre su alma, lavarse en el aire limpio las mugres ciudadanas. Y levantarse una mañana, intacto, puro, fuerte, delante del paisaje luminoso y dilatado. Ser él íntegramente. Recordar el Jason cien por ciento de la infancia, sin urbanidad, sin falsas maneras corteses, sin convenciones, sin influencia, sin literatura. Limpia la cabeza, alegre el corazón, cosquilleante la audacia en los testículos.
Quitóse un insecto de la mejilla y se acarició el rostro con la mano. Sí; más audacia en los testículos. La ciudad iba castrando a los hombres, neutralizando su virilidad, domesticando sus almas. Se nacía y la ciudad lo tomaba a uno y lo iba haciendo a su antojo.
Sí, erguirse un amanecer en el campo, desnudo, cobrizo, musculoso, lleno de una sencilla alegría animal explotando en carcajadas. Fuerte y alegre, desnudo y musculoso... Sentía el viento tocarle la cara como un fino lienzo. Se movió un poco, restregando la espalda en la tierra, tragando fuertemente el aire.
Veía entre sueños un paisaje soleado en la mañana, cerca de una playa. Techos brillantes y, al fondo, el mar con los extraños dibujos de las corrientes. Por la anchísima rambla corrían automóviles pequeños, muy pequeños. Y un barco gris, en el mar...
Se puso de costado, aspirando calmosamente el olor de la tierra. Algo se había metido en sus pulmones y lo fue dejando escapar poco a poco. Algo de perfume de pasto, tierra húmeda, un viento muy suave, la frescura de la sombra y el cuchicheo de las hojas más altas de los árboles. Sonrió apenas. El era un niño durmiendo y él era el padre inclinado sobre el lecho, sin respirar, contemplando aquella sonrisa feliz, inocente, tranquila... Sí; era eso, precisamente. Su cuerpo desnudo en mitad del paisaje, como si él fuera el centro de la naturaleza, el núcleo creador. Y como si la naturaleza toda, los árboles rumorosos, la cuchilla de lomo curvado, la tierra de los caminos ondulantes, estuviera fluyendo de él, de su cuerpo desnudo y musculoso bajo la matemática curva del cielo. Desnudo en el centro del paisaje. La imagen del cuerpo moreno, aquietado en una actitud llena de sosiego y naturalidad. Plenitud; una paz que era casi pereza, contento de corazón y unas ganas de abandonarse para siempre. Aflojaba los dedos con lentitud refinada, hasta que el cuerpo se desprendió suavemente, como un barco que botan al agua. La multitud rodeaba el barco empavesado y blanco de marineros. Con un traje lila y un ancho sombrero de paja, Virginia Cras rompía una botella contra la proa. Alguien cantaba con melancólica voz un canto de otros climas. Su cuerpo se desliza por los rieles engrasados, muy despacio, bajo el sol que le pica en las tetillas y en los muslos y hace transparente como el aire y él nada en el aire con movimientos fáciles y graciosos. Flota sin esfuerzo en las plateadas manchas de las corrientes marinas. En la terraza hay música y unas cuantas mesitas con manteles cuadriculados. El campeón de box mira distraído el mar, mientras las risas de las mujeres se parten con ruido de vasos. Si tocaran un blue ella iba a darse cuenta de su tristeza. Tuvo una larga mirada para la flor que ella sujetaba en el pelo. Una blanca rosa junto a la oreja. Mientras bailaban notó que la flor no olía a nada y los cabellos eran renegridos, brillantes, dibujando eses y círculos como el vello del vientre. Desde la terraza se veían los rascacielos y el mar; un barco gris y las amplias manchas de las corrientes marinas, formadas por las escenas de los peces de plata.

Atrás suyo había quedado el terraplén. Terminaba el suelo arenoso y tenía que caminar con cuidado entre las piedras de aristas aguzadas. Junto al borde de los canteros, cortado casi verticalmente, un hombre de espaldas golpeaba el suelo con un pico sonoro. Unos veinte metros más abajo, continuaba el verde de los pastos y los cuadros de las plantaciones, a los costados del ancho camino de hormigón. Caminó lentamente y se sentó a fumar sobre una piedra cortada en cubo. Los golpes se repetían acompasados, terminando en alegres vibraciones, como chispas de un cohete. Estaba cansado y contento. Miró con simpatía la silueta ancha del hombre, el cinturón de tejido amarillo, la camisa gris. Sin haberlo oído seguía trabajando rítmicamente, volteando firme y diestramente el pico luciente. Aprovechó una pausa y gritó:
—Eh, compañero... ¿Quiere fumar?
El otro se dio vuelta, apoyado en el mango de la herramienta, mientras se pasaba por la frente el dorso de la mano. Encogió los hombros con una sonrisa y dijo lentamente:
—Y bueno...
Se encontraron a mitad de camino. El hombre observó atentamente el cigarrillo y lo encajó en un costado de la boca. Jason encendió un fósforo y el otro juntó las manos alrededor de la llama, defendiéndola del viento. Tenía los dedos lisos, enrojecido, como hechos en madera. Luego se irguió echando un chorro de humo, y con los pulgares calzados en la cintura miró hacia abajo.
—Está bravo el sol...
Dilató el pecho, haciendo salir el humo por la nariz:
—¿No tiene hora, por una casualidad...?
—No; pero serán...
Lo interrumpió, mientras se frotaba la nuca con la mano abierta:
—Ahora no más deben llegar los camiones. Es el último viaje.
Un poco molesto, quiso buscar un camino para conversar:
—¿Trabaja solo?
—Sí; ahora sí... Estoy aflojando un poco las piedras —explicó sonriendo.
—¿Pagan bien?
El hombre volvió a sonreír, alzando los hombros con indiferencia:
—Que quiere que paguen...
Tenía razón. ¿Qué quiere que paguen? Sintió que aumentaba su simpatía por el hombre grandote y su gesto resignado y escéptico. Hubo un silencio en el que revoloteó una bandada de gritos lejanos. Como si resumiera una larga conversación, Jason dijo con naturalidad, mirando la cinta del camino:
—Ya llegará el día en que los degollemos a todos...
Con el cigarrillo entre los labios, el hombre comentó:
—Puede...
Presintió una poderosa fuerza escondida en el tono opaco y cansado de la voz. Miró la cara ancha del hombre, oscurecida por el sol; los ojos pequeños y claros; la línea firme de la boca. De todo el macizo cuerpo en reposo fluía una sensación de madurez, de confianza en sí mismo. Vio una rápida mirada recelosa y el hombre volvió a abstraerse en la lejanía. Comprendió que no conseguiría nada más.
—Bueno compañero, hasta la vista.
—Adiós.
Siguió caminando junto al borde. El hombre había desconfiado; posiblemente por culpa de su traje. En realidad, lo había echado como a un perro; y acaso tuviera razón. El vestía como los otros. Las mismas palabras, los mismos modales. Era justo que el otro hubiera desconfiado y hasta que se hubiera burlado. Ahora comprendía la maliciosa atención con que había examinado la marca del cigarrillo, y encontraba que todos los gestos del hombre, hasta su inmovilidad, habían estado sombreados de idéntica malicia.
Volvió a sentir los golpes rítmicos en la piedra, saltando veloces hacia el cielo. Se detuvo, quitándose el sombrero. Un automóvil corría allá lejos, por el camino blanqueado de sol. Corría, negro y pequeño como un insecto, hasta esconderse en la curva, detrás de las arboledas. Pasó la mirada por el camino ondulante y se sintió golpeado bruscamente por un pensamiento. De improviso, sin preverlo, se encontraba frente a la palabra que escribía para él la carretera. Partir. Una vida tan libre como nunca había soñado. Dejar todo a las espaldas, definitivamente, para siempre. Dudas, vacilaciones, tristezas. Todo su pasado de tanteos y búsquedas quedaría en la ciudad. Tirado como un caballo muerto de improviso en mitad de la jornada. Sentía saltar el corazón en su pecho, como si los golpes alegres del pico hallaran eco en su interior. Le parecía que toda su vida no había sido más que la lenta preparación de aquel momento. Todas sus meditaciones, el prólogo de aquella sencilla idea. Irse. Jason el vagabundo, sobre el camino público. Los maizales de oro, los arroyos veloces, los chiquillos sucios de las chacras, las tropas mugientes, la fruta robada en la noche, la sed satisfecha boca abajo, el sueño cubierto por las estrellas temblorosas, el despertar con el sol lamiéndole la cara. Todo eso era el camino ancho y sin vereda. Eso era partir, tener la sinceridad de irse, romper con su vida estúpida y sin color. Trazar con la mano un amplio y rotundo adiós al recuerdo de sus días y salir en busca de otros.
Oyó que el camión trepaba fatigosamente por el costado de la cantera. El hombre tiró la herramienta y se enderezó con las manos en los riñones. Después saludó con el brazo a los que llegaban.
—Podían haber demorado más, carajo...
Parecía que el verde de las arboledas y los pastos vibrara a la luz del sol. Abajo, muy lejos, una casa blanca se estiraba en una delgada columna de humo.


VII

—Todo eso es idiota. Enfermizo —rezongó Virginia—. La vida es otra cosa y nadie lo comprende.
Si uno pudiera... Un suspiro de fastidio que lo molestó. Cansada de las gentes, entonces... ¿Y sin excepción?
—Solamente usted, ¿verdad? —Se burló él.
—No, no se ría... Pero no importa; aunque se burle es así, estoy convencida de que es así. Vivo golpeándome con las personas. Todos iguales; hasta hacerme pensar si vine nada más que para ver el fin de las gentes, para varias momificadas, sin nervios, dejándose llevar...
Si uno pudiera hacerse entender por completo, sin discursos... Tenía una boca casi obscena, saliente, entre mimosa y enfurruñada. Sí; con aquella manera de ser era seguro que se habría besado con todos sus amigotes. Y qué besos se podrían dar allí, mordiendo despacito el labio. Pero si uno pudiera mostrar el alma como quien desnuda un brazo...
—Me enferman, Jason. Siempre tristezas, preocupaciones, lamentos.
Sacudió la cabeza, inclinándose sobre las tazas vacías. Empezó a mordisquear un terrón de azúcar, torciendo los ojos bajos para mirarlo. ¿Se pondría bizca también?... Continuó:
—Ufff... Piense lo que quiera. Pero a mí no me convencen esas tragedias caseras, tragedias sin belleza. Dramones. Me dan rabia. Como si todos estuvieran de acuerdo para tirarme agua helada encima. Qué lástima... Asco, me dan. Suspiros, quejas... Peleen, caramba. Háganse matar por lo que desean...
—Bah... Se puede pensar que nada valga la pena.
—¿No ve? Usted también, como todos. Y bueno; los que piensen así, que el esfuerzo es inútil, deberían arrinconarse. No molestar con lamentaciones a los que nos gusta vivir.
Se golpeó las manos para sacudirse el azúcar de los dedos. Estaba francamente insoportable. Si encontrara una grosería no excesiva, para decírsela con indiferencia... ¿No quiere acostarse conmigo? Tengo unas ganas de morderle los senos. Quién fue...
Reía balanceándose, con un temblor en la cabeza. Cruzó las piernas, enganchando un zapato en el tobillo.
—Son maravillosos... Qué estúpidos...
Maldita risa, susurrando en el cuello, tan segura, tan espontánea. Y ella tenía razón; las gentes eran bestias melancólicas y cobardes. Bestias cansadas y uncidas. Y él, que ya comenzaba a odiarla porque reía, porque era mujer.
—Sería tan lindo vivir entre gentes sanas. Que no pensaran las cosas, que no calcularan. Hacer naturalmente todo lo lindo que uno desea, sin la malicia de los demás.
Se apoyó en el respaldo, trenzando los dedos en la rodilla, la cara vuelta al cielo frío de la ventana.
—Pero todos están muertos. No tienen imaginación, ni audacia, ni nada...
Jauría de perros castrados. ¿Por qué no se le ocurrían más que palabras tristes para decirle que la quería? También él. Un sucio sentimentalismo en las almas, como aguas servidas. Triste el amor; el coito, la vida. Una puerca salsa de lágrimas untándolo todo. Ahora mismo si se abandonara a su impulso, no iría a levantarla de un tirón para tomarla en brazos. Iría a recostar la cabeza en sus rodillas, suplicando ridícula placidez, convirtiendo en quietud de muerte el dichoso juego del amor.
La muchachita quieta. Palidecida por la luz del crepúsculo lluvioso. Tal vez a ella también la convirtieran en una sombra melancólica, en una pobre mujer resignada. Pero... tirar un millón de Virginias Cras sobre la ciudad. Un ejército de muchachas decididas y burlonas, que rompieran todo, que tiraran patas arriba la estúpida vida de las gentes. Que alegremente hicieran astillas la moral, el pecado, la decencia, el temor. Todos los mamarrachos que hacían retroceder a los hombres, como espantapájaros.
Como un ruido de fusilería lejana. Ella se levantó de un salto, corriendo hasta la ventana. Sacó una mano afuera y reía, temblándole el cuerpo, encogiendo los hombros.
—Granizo.
Quieto en el sillón, miró el cielo. Era un fastidio haber olvidado el impermeable. Virginia cerró los vidrios.
—¿Cazó alguno?
—Uno chiquitito. Se deshizo en seguida.
Seguía junto a la ventana, cruzadas las manos atrás, sobre las caderas. Se deshizo en seguida... Con una voz tan dulce. Seguía mirando al jardín, inmóvil entre las sombras de la tarde que se derrumbaba. De espaldas a él, un poco inclinada la cabeza hacia delante.
Bajó despacio desde el pelo trenzado hasta el sinuoso borde de las faldas. Y sintió que lo agitaba una brusca ternura, un profundo sentimiento de simpatía por las medias negras de la muchacha. Una noche también Cristina había estado desnuda, cubiertas las piernas por unas tenues medias negras que casi le rozaban el vientre. ¿Cómo quedaría Virginia si se desnudara dejándose las medias? Debía tener el cuerpo demasiado caliente.
Ya no oía la lluvia. Nada. Suavidad del silencio. Largas virutas de silencio se alargaban de los muebles, del techo, de la muchacha inmóvil en la ventana. Y en aquel silencio él flotaba, milagrosamente ágil y libre. Salía de la oscura cárcel de su cuerpo, se evadía del ángulo en sombras del sillón y se alargaba hasta ella, acariciando, rodeando dulcemente la silueta de la muchacha. Como un lento anillo de humo que se fuera estrechando contra su soledad, contra la actitud melancólica y olvidada con que ella doblaba la frente junto a los vidrios.
Bruscamente sintió que recién ahora, en aquella profunda pausa de silencio, comprendía algo de Virginia, lograba rozar su alma con tímidos dedos vacilantes. Mirando el débil cuerpo de la muchacha, comenzó a recordarla. Sus sonrisas, sus movimientos, la cabeza negando terca de la reciente discusión. Cuando hablaban, la distancia que separaba sus asientos se iba tornando espesa y palpable. Como si los metros de aire colocados entre ellos se endurecieran. La muchacha enérgica y segura, la muchacha otra persona, era como el mal movimiento hecho con un puzzle. Debía reanudar pacientemente el lento trabajo, justo cuando estaba a punto de triunfar, de alcanzarla.
De pie, quieta y callada junto a los vidrios. Entonces sus ojos se iban deslizando lentamente por el contorno de la cabeza, los pliegues del vestido, la curva de las medias negras.
Se levantó y fue caminando despacio hasta casi tocar con la boca la mano colgada del pestillo de la ventana. Ella lo miró rápidamente, balanceando las cejas. Se estremeció, lleno de un inexplicable miedo de que la muchacha fuera a hablar, a deshacer el instante bajo el peso de alguna inútil palabra susurrada. Pero la cabeza volvió al vidrio, rectos hacía adelante los ojos. Charcos en el jardín como pedazos de un espejo roto. Cruzó la calle un lustroso lomo de paraguas.
Sentía crecer a sus espaldas el silencio. Llenaba la habitación, se recostaba a ellos. El hondo silencio que borraba todo e iba desnudando sus almas, increíblemente solas y cada vez más juntas en el principio de la noche. La lenta marea de silencio cubriendo la mano que se movía en pequeñas contracciones, rodeando el pestillo. Miró la pequeña mano morena y desnuda, tan suave y solitaria, abandonada al lado de su boca. Un animalito cálido aquietado en las sombras.
Y de golpe tuvo ahora miedo de la soledad de aquella mano en el silencio. Miedo al indescifrable misterio del silencio. Miedo de sus almas balanceadas en las curvas hondas del silencio que crecía incesante detrás de ellos, suprimiéndolo todo, esponjándose, creciendo, creciendo... Miedo, y habló con una baja voz sin matices.
—Hace medio minuto que lucho con la tentación de besarle la mano.
Sintió que ella se estremecía rápidamente como si la despertaran de improviso. No se movió la mano; pero ya algo hostil, frió y severo se alzaba entre ellos.
—Por eso... la dejé. Para no aumentar la tentación...
Entonces el sintió un repentino odio, una salvaje fiereza instintiva ante la hembra tan quieta a su lado, ante su tranquila voz ante la oscura mano que no huía. La tomó por los hombros, ciego, rabioso.
—Entonces... tampoco va a esconder la boca. Para no aumentar mi tentación. Tampoco la vas a esconder...
La besó con fuerza, restregándose en los labios humedecidos, con un vago deseo de humillarla, de hacer que lo odiara, que le golpeara enfurecida en la cara. Pero cuando comprendió que ella se abandonaba temblando entre sus manos y que no tenía contra él más que una dulce muchachita que abría ansiosamente la boca, cerró los ojos como si se entregara al sueño, muerto de cansancio.
Luego apoyó la cara en la cabeza de la muchacha. Un olor a ternura. Mansamente se fue acercando otra vez al silencio.

VIII

La ocurrencia de haber dejado la ventana abierta toda la tarde con semejante calor. Tiró el saco en el respaldo de una silla y pasó al cuarto de Lima.
—Se os saluda, caballero Jason.
Acostado en la cama, bajo el ala formada por el estante de libros, leía boca arriba, las manos en la nuca y el libro apoyado en la piernas dobladas.
—¿Y...? —preguntó Jason.
—Lucrecio —contestó alargándole el libro.
—Al cuerno. ¿Hay noticias?
Lima rió despacio, con pereza, como limitándose a prestar la garganta par que la risa saltara en ella con un opaco ruido de canilla mal cerrada.
Jason dio unos pasos, con las manos hundidas en los bolsillos. La cortina que tapaba la ventana exhalaba un olor penetrante de tela caliente, y la penumbra y la pasada atmósfera del cuarto invitaban a la siesta. Había sido un imbécil no acostándose anoche; y si lo hacía ahora, era seguro que hasta mañana bien tarde...
Lima murmuró:
—Si el malhumor no alterara vuestras facultades deductivas, comprenderíais que fortifico mi espíritu frecuentando los filósofos. Es la más juiciosa actitud en las circunstancias desgraciadas...
Se echó en un sillón y encendió un cigarrillo. De manera que el puerco de Siles... Contempló un rato el vuelo de las moscas junto al botellón de agua que brillaba gratamente al lado de la cama; una fina capa de polvo lo cubría. Se recostó suavemente, mientras preguntaba:
—¿Pudiste ver a Siles...?
—Vilo, caballero Jason. Vilo y hallé que es marmóreo su corazón.
Bueno; por ese lado no había nada que hacer. Ya sabía él que iba a resultar eso de la entrevista. ¿Qué se podía esperar de un cretino...? Pero había que buscar, fuera donde fuera. Posiblemente a fin de mes tendría la mitad del dinero, y si Lima consiguiera otro tanto...
—Ergo, caballero, gozamos de tres días...
—¿Tres días de qué?
Tregua. Tres días para romper vidrios, desconchar paredes, obstruir cañerías. Si no fuera por este insoportable calor, yo ya habría comenzado. Pero la temperatura me inhibe. Inhíbeme para toda acción, mi entristecido caballero.
—Desalojo, entonces. Perfectísimamente.
—¿Qué vas a hacer?
Lima bostezó, estirando los brazos. Volvió las manos bajo la cabeza y cruzó una pierna sobre otra.
—Y... ya ves lo que hago. No creas, reflexioné toda la mañana sobre el asunto. Y en verdad os digo que sólo restan dos caminos: la resignación filosófica, o delenda Silesópolis. A usted corresponde elegir.
—Digo, si vas a dejar los muebles...
—Y claro está. Estos cachivaches no alcanzar a pagar cinco meses de alquiler. Pero, por lo menos, amortiguamos en lo posible la deuda...
Tiró el cigarrillo y se puso de pie.
—No, si estás loco, yo no. Prefiero regalar los muebles antes de que Siles
se quede con ellos. Aunque tenga que sacarlos de madrugada por la ventana...
Lima volvió a reír:
—Perdón. Eso era la teoría; exposición de una inflexible doctrina moral. Pero la práctica, caballero... Mirá: en el bolsillo tengo la tarjeta del mercader. Mañana por la mañana desnudan la casa.
Volvió a sentarse. Y bien: Tout passe... En realidad, ya casi no venís al departamento; apenas si con Cristina y ahora cada vez menos.
—¿Y adónde vas a ir?
—Oh... Una tranquila pensión familiar...
—¿Cuánto dan por los muebles?
—Mañana se discutirá. Pero no te hagas ilusiones porque infaliblemente nos van a robar.
Lima recogió el libro y volvió a abrirlo. Jason resbaló en el sillón hasta encontrar apoyo para la cabeza. Bueno, al diablo Siles y la casa. Aspiró el aire y se abandonó con los ojos cerrados: Decíamos ayer... Sí, Virginia y aquel incomprensible. Sumamente difícil marcar fronteras entre lo que era realmente de la muchacha y lo que su amor imaginaba en ella. No se enceguecía, pero sin embargo...
—¿Siguieron, anoche...?
—¿Eh...? Sí. Y me aburrí bastante. Después fuimos a comer al Rincón.
Lima volvió a bostezar y reanudó la lectura. Jason se incorporó, girando el cuerpo; calzó las rodillas encima de uno de los brazos de sillón y la nuca en el otro. Aquella muchachita de Virginia Cras... Era curioso que no le hubiera hablado todavía a Lima de ella. A pesar de los años de amistad, de la ilimitada confianza que había entre ellos. Y estaba resuelto a no hacerlo, al menos por ahora. Temía que le fuera difícil hacerle entender que Virginia era algo muy distinto a todo lo anterior; y en cuanto a poder transmitirle ni siquiera aproximadamente su manera de sentir a Virginia...
Reconstruía las expresiones de la adolescente, su voz, la sensación de sus vestidos, y la