Juan Carlos Onetti
Para Carmen Balcells,
sin otro motivo que darle las gracias.
Serán procesados quienes intenten encontrar una finalidad a este relato; serán desterrados quienes intenten sacar del mismo una enseñanza moral; serán fusilados quienes intenten descubrir en el una intriga novelesca.
Por orden del autor.
Per G.G.
El jefe de órdenes.
Mientras escribo me siento justificado; pienso: estoy cumpliendo con mi destino de escritor, más allá de lo que mi escritura pueda valer. Y si me dijeran que todo lo que yo escribo será olvidado, no creo que recibiría esa noticia con alegría, con satisfacción pero seguiría escribiendo, ¿para quién? para nadie, para mí mismo.
Jorge Luis Borges
6 de marzo
Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estomago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.
Nos consolábamos a veces con comidas a las que buenos amigos nos invitaban, chismes, discusiones sobre Sartre, el estructuralismo y esa broma que las derechas quieren universal, saben pagar bien a sus creyentes y la bautizan postmodernismo. Participábamos, reíamos y adornábamos con nuestras risas las frases ingeniosas. Aquellas cenas a las que no podíamos aportar ni un solo peso ofrecían a un posible observador, tal vez a uno de los comensales que pagaban su parte de la cuenta, un aspecto admirable. Porque merecía admiración la astucia con que ella y yo, sin dejar de reír despreocupados, robábamos pancitos que cabían en la cartera de ella o en alguno de mis bolsillos. Así nos asegurábamos un desayuno seco para cuando despertáramos mañana en la cama de la pensión.
Se fueron acumulando los días casi miserables para triunfar convenciéndola de que yo había nacido para fracasado irremisible.
La muchacha pasaba todo su tiempo en la cama para ahorrar fuerzas, retener calorías. Tal vez estuviéramos en invierno. Creo, no lo aseguro. Y así: ella acostada y yo caminando, ida y vuelta, por la avenida buscando tropezar con algún ser muy amigo al que no me humillara pedirle dinero. Y recuerdo que ya no se trataba de conseguir un peso para que comiéramos. Nunca consulté en los periódicos a cuánto estaba la canasta familiar. Pero en aquellos días el mínimo indispensable había trepado a cinco pesos.
Pocas veces lo conseguía, no por negativas sino por desencuentros. Mis incursiones en la ciudad sólo excluían a los niños. Nunca hice distinciones por sexo. Pocas mujeres encontré.
25 de marzo
Recuerdo que más de una vez mi mujer, ahora ausente, me había dicho: yo sé que te traigo mala suerte. Lo que nació de su ausencia no podrá significar que mi suerte hubiera cambiado, pero de pronto tuve otros de mis tantos trabajos que se traducían en comestibles. Uno de los amigos de restaurantes donde habíamos robado los diminutos panes de hermosas cortezas doradas cuyo destino era crujir en la mañana, uno de mis anfitriones desganados, con algunas amistades en cierta parcela de la mugre política acabó por conseguirme un trabajo. Lo justo para alegrar al dueño de la pensión y pagar mis comidas.
Luego de la buena noticia trató honradamente de aminorar mi esperanza y dio bastantes rodeos intentando explicarme en que consistía el trabajo recién logrado. Le dije que no me importaba, así fuera la portería de un prostíbulo de campaña, porque para mi no podía haber pan duro.
27 de marzo
También recuerdo que en aquellos tiempos la gente de Monte huía de su ciudad, cruzaba el río para llegar a la gran capital transformada entonces en cabecera del tercer mundo, erizada con los cartones y latas herrumbradas que construían lo que llamaban casas en cientos de Villas Miseria que iban aumentando cada día más cercanas y rodeaban el gran orgullo fálico del obelisco. Tal vez el hambre tuviera allí otro sabor que la impuesta por Monte. Pero en Monte era menor el número de los que ambicionaban y lograban cruzar el río para vender, destino inmediato, hojas de afeitar y chicles, kleenex y jaboncitos y bolígrafos secos y peines y carteritas de fósforos en alguna esquina de la calle principal. El éxito de una jornada supondría mascar un chorizo con pan, si no eran desalojados por aborígenes igualmente desesperados.
No puedo olvidar a los de Monte que soñaban con otro modo de vivir, los del todo o nada, los que no temían apostar suicidio contra vivir de verdad en aquellos países europeos de donde llegaron abuelos, desde España e Italia, se fusionaron y así quedo creada la raza autóctona.
Y ahora, quinientos años después de ser descubiertos por error de un marino genovés y la intuición de una reina que nunca arriesgó sus joyas ni se mudo de camisa, los nietos se desesperaban por devolver la visita de los abuelos.
Los dejé formando colas kilométricas desde el alba, frente a embajadas o consulados aguardando con escasa esperanza el milagro de una visa. Pude leer en el aeropuerto dos graffiti contradictorias: «Que el último en irse apague la luz». Y el otro rogaba: «No te vayas, hermano».
28 de marzo
Sin embargo, creí al principio que me habían hecho una mala jugada. Se trataba de un edificio enorme al que llamaban galpón o nave o hangar. Escuché a los hombres. Estaba lleno de peones de tórax desnudo y taparrabos o delantales de arpillera. En su mayor parte eran gallegos altos y atléticos que cargaban con los sesenta kilos de las bolsas de cereales como si estuvieran jugando. Ocho horas diarias si no había trabajo extra. En grandes letras negras, en la pared del fondo, la sigla decía: S.O.S.
Primero me examinó un semicírculo de miradas burlonas que me pareció calculaban mis posibilidades en una lucha con repetidos sesenta kilos. Nadie hablaba. Yo era el extranjero y ellos se obligaban a odiarme resueltos a expulsarme más allá de sus fronteras.
Estaba ya pensando en decir muchas gracias y adiós cuando me trajo consuelo un aborigen vestido con guardapolvo que tal vez hubiera sido blanco el día anterior. Me señaló un montón de bolsas que podían servirme de asiento con respaldo, me señaló un agujero redondo en el suelo y me entrego un cuchillito. Aquel hombre se hizo mi capataz con muy pocas palabras.
Así fui sabiendo que el agujero redondo se llamaba tolva, que era necesario alimentarlo con el trigo o lo que contuvieran las bolsas, que si llegaba a vaciarse ese aparato que separaba el polvo del grano, se estropearía. Y fui sabiendo que aquella tarea parecía haber sido inventada expresamente para mí. Recuerdo tantas semanas de felicidad nocturna, el trabajo sin la inevitable presión de un patrón o jefecito. Leyendo alguna historia de asesinado y detective, leyendo un diario o revista, vigilando de rabo de ojo a un costado la boca angurrienta de la tolva. Y tan solo y en calma en la noche eterna siempre alumbrado por luces eléctricas porque el enorme edificio no tenía ventanas y era indiferente e ignorado el hecho de que afuera, en la ciudad, lloviera o iluminara un sol blanco y rabioso. Allí, tampoco ni calor ni frío. Muchas ratas gordas y veloces que no se sabía de que disparaban o adonde pensaban ir. Sólo proyectos porque un perrito pequeño, color mugre, las perseguía y alcanzaba para clavarles los dientes y desnucarlas. Nunca lo vi fracasar. Y siempre, después de la victoria, volvía a correr desesperado para beber agua en una gran pileta o enjuagarse el asco.
Apunté: noches Felices, pero sería más exacto llamarlas noches de paz. Porque si me ocurría divagar sobre algún problema nunca se trataba de problemas impuestos por el mundo de afuera. Eran mis problemas, absolutamente míos. Eran de esa raza de problemas que millones de personas se habían planteado sin resolver. Los imagino, con preferencia, al lado de un fuego así como yo estaba al lado de la tolva. Todo era noche calma, noche serena, hasta que un mediodía vi el anuncio en el periódico que había abandonado sobre los platos usados del almuerzo un compañero de pensión. Cada vez miro los diarios y me basta espiar los titulares para fortalecer mi vieja convicción de que la estupidez humana es inmortal. La única esperanza creíble que nos van dejando se llama nuclear.
El anuncio era muy distinto de sus compañeros de página. Ofrecía empleo a un hombre «cuya ambición no respete ningún límite y que esté dispuesto a viajar». Yo encajaba muy bien entre las edades mínima y máxima señaladas como indispensables. Nunca olvidaré el número telefónico al que estuve llamando inútilmente durante varios días aprovechando las horas de libertad que me concedía la tolva. A veces el teléfono estaba ocupado y el tono era de eternidad o lo imaginaba llamando a nadie en una vieja oficina despoblada.
Si era necesario cargar un barco con urgencia, S.O.S. también trabajaba los sábados de tarde. Pero por desgracia para aquel país eso no sucedía con frecuencia. De modo que yo estaba libre casi todas las tardes de sábado. Y las aprovechaba para intentar respuesta. Tal vez ese número ya hubiera triunfado en su cacería de hombre ambicioso dispuesto a viajar. Sí. Pero un miércoles de agosto muy asqueroso con su frío y lluvia, el número se transformó en voz.
7 de abril
Trato de recordar como era aquella voz la primera vez que la escuché. Adjetivos: blanda, húmeda, acariciante, la manejada para insistir sin violencia en la oferta de algo obsceno y apenas peligroso.
Era la misma voz que me repitió en la entrevista: Usted debe tomar al pie de la letra aquello de que los últimos serán los primeros.
Acompañó la frase con una risita más amable que burlona. La oficina estaba instalada en un edificio ruinoso de la ciudad vieja. La fachada estaba casi cubierta de chapas de cualquier material que ofrecían cualquier profesión, brujerías o callicidas. La oficina era una tristeza polvorienta, mesa de pino, dos sillas desparejas, teléfono y fichero metálico verde.
Y ahora el anunciante, que nada tenía que ver con el ambiente, me dio la rara sensación de ser un hombre que nada tenía que ver con nada. Pero la cara si tenía que ver con la voz. Era muy blanca, muy grande en comparación con el cuerpo casi infantil y excesivamente bien vestido. Un diamante en la corbata pero ningún anillo en los dedos manicurados. Cuando sonreía, mostrando fuertes dientes de caballo, los labios se adelantaban para formar un círculo perfecto.
—¿Y su ambición hasta donde cree que podría llegar?
—Depende. No me ofrecería para lucrar negros ni cualquier clase de esclavos.
—Lamento decirle que mi muestrario de ofertas es muy reducido. No dispongo de esa clase de infamias. Para su ambición le puedo proporcionar este destino: ir a un país desconocido, no hacer nada y cobrar mucho dinero. No hacer nada pero dejar hacer. Y también informar.
10 de abril
Me alejé de las ominosas S.O.S. alegando enfermedad y tuve tres entrevistas con el hombre que se hacía llamar «Profesor Paley, aunque no sean ni nombre ni título. También tengo otro nombre y profesión para usted».
En la segunda o en la última reunión, apareció la palabra destino. El profesor preguntó si el nombre Santamaría me era conocido. Le dije que toda América del Sur y del Centro estaba salpicada de ciudades o pueblos que llevaban ese nombre.
—Ya lo sé. Pero nuestra Santamaría es cosa distinta.
Así apunto, más o menos fiel, el episodio de mi adiós a Monte. Recuerdo que entonces robé el lema del New York Times y me juré apuntar todo lo que fuera digno de ser apuntado.
12 de abril
Me resulta fácil empezar estos apuntes pero no sé si podré cumplir la auto promesa de continuar apuntando diariamente. Porque ignoro a donde voy y para qué me llevan.
Mi situación en Monte es muy mala y bordea la angustia, en la que no acepto entrar porque me ayuda siempre el recuerdo de un amigo de mucho tiempo atrás llamado Kirilov o algo parecido. Sé que lo expulsaron de su partido.
28 de abril
Cuando salí de Monte con un currículum abusivamente sobresaliente y bajo el brazo un recién nacido título de ingeniero, el profesor Paley estaba a mi lado y no me abandonó hasta que pisamos Santamaría. No necesitó hablar mucho para convencerme de que para mí no había trabajo en el país donde yo había nacido. Sin violencia, me hizo firmar un contrato que cubría un par de años y prometía sueldos en buenos dólares. Vagamente, me explicó que no se trataba de construir una presa o represa, sino solamente de cimentar lo que ya estaba hecho. Como a mí todo me daba igual, después de muchos desengaños de clase diversa, firme lo que Paley quiso.
En el principio, después de huir de Monte, tristeza y peligro, luego de atravesar el río de barro y de sueñera, luego de remontar otro río, más estrecho y cuya tradición está hecha de amenaza y suicidio, desemboqué en un amanecer sanmariano.
Pero mi visita oficial a Santamaría, y a la parte final y más importante de mi destino, sucedió días después cuando Paley, judío portugués y el único conocido de mis nuevos patrones, me acerco al río en su coche sueco.
Estuve mirando la parte paisajística de mi futuro. A la izquierda, una enorme casa rodante con un automóvil gris ensillado; al frente, una casona, desconchada y sucia, y luego, sobre el recodo de las aguas, apuntando a más tierra incógnita de Santamaría Nueva, un puente de tablas con barandas de soga. A la derecha, árboles, bosques, jungla.
Pienso que con lo escrito cualquier lector puede dibujar un mapa de aquella región de Santamaría. Pero ni yo sabia de mi acercamiento, tan lento, a través del gotear monótono de los días y las páginas, a la más dolorosa y vulgar de las caras de mi desgracia.
Ahí estuve y miré. Con la promesa, cumplida, de muchos dólares, la perspectiva de un trabajo interesante y embrutecedor, la esperanza de una larga aunque incompleta soledad. No sé cuanto más tarde estuve recordando el faro que nunca pude habitar en el Río Negro.
Paréntesis: Fue en Monte donde me enteré de la existencia de un puesto vacante de farero en el Río Negro, un río que parte el país, casi exactamente, en mitades. Algún cínico apátrida me dijo una vez que la parte norte era para Brasil y la del sur para los argentinos. Yo andaba solo y muy pobre y con ganas de huir de todo el mundo. Por contactos familiares, el faro llegó a ser mío en los papeles de la burocracia. Pero cuando supe que mi deseada soledad sólo iba a ser quebrada una vez cada seis meses por una lancha cargada con latas de comida y diarios, de fechas caducas, me eche atrás aterido por un miedo más fuerte que la humedad del faro nunca usado.
Olvido el Río Negro y su alto faro parpadeante que seguirá señalando rutas a los marinos. Es probable que lo hayan privatizado y que algunos nórdicos estén cobrando peaje.
Ahora contemplo otro río que supongo manso. Queda descrito sumariamente este curioso escenario; como todos, reclama personajes, personas, pobladores que, poco más tarde, fueron apareciendo y el supuesto portugués me los fue presentando.
Fue como si hubiera hecho chasquear los dedos. Primero aparecieron Tom, Dick y Harry con grandes botas aguadas, con grandes blancas sonrisas aprendidas desde la infancia allá en Oklahoma City o Main Street o Texas. Me parecieron simpáticos y crueles. Nos saludamos: su español baldado y mi inglés tartamudo. Con mucha cordialidad me hicieron saber que la represa estaba prácticamente terminada y que sólo podía servir para dar consejos innecesarios sobre una vaguedad que no nombraban obras de ratificación de apuntalamiento. También supe por ellos que, más allá del temeroso puentecito y siguiendo siempre hacia el este, existía y prosperaba una Colonia Suiza de la que alguien alguna vez, en un pasado huidizo, me había hablado. La mención de la Colonia me bastó para que Tom, Dick y Harry se rejuvenecieran con rubores débiles y breves, rieran y cambiaran golpes en los hombros desarrollados y fortalecidos en los campos de deportes de universidades tan lejanas ahora como sus primeras juventudes.
Repuestos, uno de ellos habló, tal vez fue Dick. Me explicó que ahora la Colonia Suiza no era ni por asomo una colonia sino una ciudad pujante, volcada al futuro, en constante expansión, y no recuerdo cuántas otras bellezas y tonterías más. Sí, fue Dick quien inició las alabanzas. Era un coro y, por caso de celebración inconsciente, pensé en el título que un amigo muy querido prometió poner a un libro pornográfico que jamás llego a escribir: La unanimidad de las cotorras. Nada que ver, pero se me ocurrió sin culpa.
1 de mayo
Y aquí estaba en un lugar, que sólo existe para geógrafos enviciados, llamado Santamaría Este, sacudiéndome el pasado como trataba de apartar las pulgas una perrita muy querida que alguna vez tuve y con mi falso título de ingeniero, tratando de dirigir el trabajo de unos veinte peones mestizos y explotados. Estábamos terminando de construir una represa, justo allí donde el río y la tierra imponían un codo.
3 de mayo
Era la hora del hambre, del sol justo encima de nuestras cabezas. Estábamos dentro del edificio que me quedó destinado como casa, hecho con grandes piedras fofas. Alguien había ido hasta la caravana para volver con una botella de whisky, de marca para mí desconocida, y vasos de plástico. Uno de los gringos me dijo:
—Ahora le falta conocer a doña Eufrasia. Para ir bien con ella hay que mantenerle el tratamiento. Ya verá. Todavía tiene buen cuerpo. Nadie sabe si treinta o cuarenta. Ella es tres cuartos de india y muy mandona si le toleran. Con nosotros anda en una especie de paz armada. Fue al este a comprarnos alimentos frescos. Odia las latas más que nosotros. Y nunca nos falla, debe estar por volver.
Y doña Eufrasia llegó; un cuerpo que me pareció deseable aunque con grandes pechos cayentes. Pero la cara había sufrido mucho y era mejor no mirarla; probablemente ella lo agradeciera.
Era alta, oscura, sudorosa y desgreñada, un animal cargado en los lomos con una mochila de cuero reluciente, propiedad de mis amigos, y colgando de cada brazo una bolsa red llena de marcas comerciales. Saludó con un cabezazo mientras mis gringos hacían presentaciones confusas. Se alivió de los pesos y me mostró como un relámpago su dentadura blanca, interrumpida por el lento saboreo de la hoja de coca. Nos apretamos las manos y yo apreté una maderita seca, y tanto sus ojos negros como los míos compusieron un mirar turbio y burlón.
Pero supe enseguida que había algo más. Oí tres palabras de orden: saluda al señor. Entonces se desprendió del refugio de la pollera la forma intimidada de una niñita rubia, con grandes ojos claros, impasibles, que sólo investigaban tranquilos, con su breve pollera escocesa y una blusita blanca y limpia. Insistió la madre:
—Elvirita, saluda.
Y entonces la niña dijo "salú" moviendo una mano, levantando la clara inocencia de sus ojos.
Mucho tiempo paso antes de que aceptara que había sido yo el inocente.
La mujer habló:
—Es preciosa, todo el mundo comenta y me la hacen consentida. Otra tuve, de apelativo Josefina, morochona como el padre. Poco sé de su vida. Me tienen dicho que está en casa de un médico, pero un médico de verdad.
Bastaba mirar la piel de la señora Eufrasia para saber que no necesitó ayuda oscura para tener una hija morochona.
Pasaron meses rellenos por la monótona reiteración de los días. Al agua para vigilar su presión y vigilar el trabajo del mestizaje, casi recompensados de la miseria que les aguardaba en sus chozas de la selva, por las libras que, turnados, algunos de mis amigos gringos les tiraban en las quincenas de pago.
La casona demasiado grande y toda pintada de blanco, en guerra contra el sol asesino, inútil para las noches en que el calor se situaba, inmóvil y resuelto, sobre nosotros, la casa blanca, el mundo en que vivíamos. Quedaron los mundos helados del recuerdo pero ya no ayudaban, ya no se creían. Y entonces comenzaron las bromas porque doña Eufrasia, insuperable en la factura del locro, en el arte de asar carnes y sabiendo siempre quién la quería seca o sangrienta, comenzó a engordar.
Éramos cuatro: Tom, Dick, Harry y yo. Y el calor nos obligaba a quemarnos labios y boca con salsas de ají. Así sudábamos más.
Eufrasia cocinaba, hacía de la casa un alarde excesivo de limpieza, Eufrasia era feliz y sin necesidad de sonrisas, Eufrasia seguía engordando, milímetro a milímetro.
Todos los domingos, al madrugar, Eufrasia iba caminando hasta la iglesia de Santamaría. El edificio evocaba la Colonia española y tenía, puntualmente, rosadas las cuatro esquinas. Había dejado en la casa alguna comida y era necesario tirar a suertes quién debía encargarse de ir hasta el pueblo ciudad para comprar alimentos y bebidas. Y siempre viajábamos en pareja para disfrutar del lento placer de apoyarnos en el mostrador del Chámame para tomar un aperitivo o más. Según venían las cosas, y era imposible adivinar su origen, los mediodías del domingo transcurrían en silencios sin rencor, cada uno en su vaso, cada uno mirando sin ver la estantería pesada de botellas, las manchas de humedad en la placa sin réplica del espejo que algún día lejano reflejo fiestas, parejas, suizos de tez rojiza y atezada.
Otras veces la compañía se hacía sentimental y se producía una especie de competencia no deseada, con evocaciones de lugares, montañas, lagos, caseríos o ciudades de cemento, vidrio y aluminio. Y no faltaba la exhibición de fotos de mujeres con sonrisas tontas y niños pecosos. Todos esbozados en la bruma de anécdotas que creíamos definitorias y clavadas en el tiempo.
Teníamos que regresar con la hora de la siesta. Eufrasia, después de lavar culpas en el confesionario, había emprendido su trote corto y sin fatiga hasta el rancherío norteño donde tenía familia o tal vez un hombre esperando en soledad, calor y botella. Ahora Eufrasia engordaba centímetro a centímetro.
Me contaban los gringos que, cuando empezaron a estudiar el río arroyo para emplazar la represa, escucharon justificaciones de indígenas ancianos que recordaban o simulaban recordar una gran crecida que anegó el valle, trepó hasta tapar las pequeñas colinas, arrastró taperas, animales y vivientes. (Por lo menos, se acordaban de tantos abuelos muertos, llevados por la correntada hacia el mar, y nunca más se supo.) Cierto día, cuando ya habían quedado en el recuerdo de los gringos las zambullidas para calcular profundidades y resistencia del fango, eso fue en un principio del trabajo, la gordura tenaz de Eufrasia derivó hasta formarle un vientre en punta.
Sintetizando, tratando de afirmar su compenetración con aquel lugar de tierra al que habían traído el tipo de cultura y los impasibles métodos de ganancia y explotación, proclamados allá lejos en el lema de su única bandera: In gold we trust, las bromas iban por ahí:
—Conocemos la madre del cordero.
—Se sospecha quien es el padre de la criatura.
Y las tres caras rosadas, pecosas, que conservarían, y tal vez para siempre, en la hora del regreso, de los golpes en la espalda como serial de cariño, de los cocteles preparados o vigilados por sus respectivas esposas, de la indomable barriguita, reiteraban graciosos chistes agotados:
—Que aquel domingo los dejamos solos y vi como te brillaban los ojos.
—Que hay que ver como ella te prefiere al repartir la comida.
—Que anda simulando que no te mira.
—Que cuando dos se enamoran es cosa que se huele.
—Que tiene que ser casi desde que llegamos. Porque le debe faltar poquitos días y acaso horas.
—En cuanto aparezca le vamos a ver el parecido.
Eufrasia, impasible, tan olvidada de su barriga como del momento en que se la iniciaron, limpiaba la casa, nos alimentaba con lentejas, verduras y un poco de carne cada semana. Y trotaba sin perder domingo, hacia la iglesia, hacia los rancheríos del norte. Aquel día, como siempre, nos había dejado empanadas de dulce de membrillo. Iba recitando para sí los padrenuestros y las avemarías que había recetado el señor cura. Y a cada paso, centímetros más o menos, aumentaban su dicha y su sudor, se iba sintiendo limpia, bendita, hostiada, lista para trepar a la serenidad eterna de los cielos.
Pero los cuatro hombres no teníamos nuestra iglesia; y además debíamos recurrir a las latas de diecisiete conservas, siempre dudosas. No teníamos iglesia ni heladera a querosén. Porque Tom era baptista, Dick metodista, Harry judío y yo había perdido tiempo atrás una vaga creencia papista.
Estar colocados en aquel casi desierto no era nuestra culpa, era voluntad divina. Si a ellos les nacía algún temor, algún reproche de conciencia, lo descartaban con la oración nocturna y lecturas de la Biblia. Tal vez no coincidieran en interpretar el significado de versículos, frases tortuosas, tenaz reiteración de disparates, amenazas tan terribles que parecían saltar sonoras del papel donde estaban impresas.
24 de mayo
Los viajes de doña Eufrasia con la niña rubia colgada del brazo a Santamaría Este, Colonia Suiza en realidad, acabaron revelando otros motivos que la visita a los padrinos. A cada uno de sus regresos, Tom, Dick y Harry observaban con discreción su barriga creciente y hacían apuestas sobre los meses faltantes y, más allá, sobre el sexo del no nacido. Nunca quise entrar en el juego de las profecías que ellos trataban de mantener ocultas para la mujer. Pero una vez le oí decir con voz muy tranquila y suave a no sé cuál de ellos:
—Seguro que hizo lo mismo su señora madre.
Nadie contestó y todos simulamos absorbernos en pequeñas tareas inútiles para ahuyentar el recuerdo de la verdad nunca vista: madre horizontal, despatarrada y suplicante, padre muerto para el mundo, adhiriendo enfurecido sudores de pecho, inconsciente del ridículo vaivén de sus sobrias nalgas de varón.
4 de junio
Para nosotros, que dormitábamos bajo los árboles, vino de improviso. Era una tarde bochornosa y podíamos divisar allá arriba pequeñas nubes negras que se iban reuniendo, fusionándose. Para doña Eufrasia, que lavaba en la gran pileta platos o ropas, debe haber llegado con un dolor, un grito, una sucia palabra. Con pasitos muy cuidados fue llegando a la puerta hasta hundirse en la penumbra fresca de la casona.
Yo fui el primero en despertar al susto. Anduve zigzagueando hasta la ventana de la pieza de Eufrasia y me senté, acuclillado, mi espalda contra el muro, la oreja en escucha.
Como siempre me fue imposible imaginar a Eufrasia llorando, lo que oí no eran llantos sino débiles gemidos de cachorros ciegos. Mientras se acercaban los muchachos, con la siesta interrumpida por mi excursión a la casa, caserón, los gemidos, de agudos pasaron a graves. Llegaron al grito; al balbuceo en las pausas de invocaciones a la Santísima Virgen María y a Santa Carolina, mártir y también virgen, protectora de parturientas. Crecían los aullidos y yo sabía que los dolores la estaban revolcando y le escuchaba mezclar rezos con maldiciones según las cuales todos los hombres del mundo hedíamos por culpa de mil defectos, prometía usarnos como letrinas y todos éramos hijos de madres excesivamente putas.
Y ahí estábamos, cuatro hombres, impotentes, escuchando el dolor, humillados también porque sentíamos que tras las paredes estaba creciendo un misterio, el primero de la vida, que brotaría manchado de sangre y mierda, para irse acercando, tal vez durante años, al otro misterio, el final. Y nosotros no éramos más que hombres y nuestra pobre colaboración sólo había sido una corta y enorme felicidad olvidada, perdida en el tiempo.
El ruido del llanto y de las quejas de Eufrasia se escuchaba desde fuera de la casilla subiendo y bajando porque era seguro que la mujer mordía algún trapo sucio para aminorar dolores y sonidos. También a veces se interrumpía para rezar gangosa y era posible escuchar su plegaria.
—Ay, Santa Carolina, tan fácil que fue entrar y tan difícil de que salga.
Los demás se habían apartado hasta el galpón en busca de carne para preparar el asado que comerían con una curiosa ensalada de legumbres y algunas hojas de plantas de perfume fuerte y nombre desconocido.
A cada gemido yo me sentía más nervioso. Cuando sentí que para mí aquello era demasiado, me levanté y les dije:
—Ésto no lo aguanto. Voy a Santamaría Vieja que conserva hospital. Busco partera, comadrona o médico. Si la dejamos, la Eufrasia se nos muere.
El cielo estaba nublado y el calor húmedo hacía brotar el sudor. Mientras iba hasta el jeep oí decir a alguno de mis amigos Wasp:
—Parirás con dolor.
Finalmente subí al jeep y lo puse en marcha, resuelto a ir hasta el pueblo en busca de una comadrona para la parturienta. Hundí el acelerador y me alejé de la casona. Tenía que recorrer kilómetros y el tanque estaba lleno. Aunque hice después muchas veces el viaje a Santamaría Vieja, ida y vuelta, nunca me enteré de cuántas leguas nos separaban. Me alejé hundiéndome en el polvo y en el calor que continuaba creciendo lentamente.
Mientras corría el jeep en aquella tarde que fue bautizada como el día del gran parto, era consciente de que a mi derecha estaba el río. Las casitas de los Pescadores siempre blancas, cuidadas y limpias, la fila de lanchas y el escándalo de los niños, tan sucios y Felices, ajenos a la reiterada prohibición materna: no te me ahogues o te mato. Yo avanzaba siempre paralelo a todo esto. Meses atrás había visitado aquella parte de la costa por curiosidad, casi turística, con el pretexto de comprar algunas corvinas frescas para cocinarlas a las brasas. Sí, usted quiere decir a la vasca, recuerdo que me aleccionó desde su barca un hombre semidesnudo que hablaba libre de la simpática tonadita de los sanmarianos. Sospeché que me iban a estafar, pero ellos superaron mis cálculos. También escuche voces incomprensibles traídas de países muy lejanos. En uno de mis viajes quincenales, Díaz me aclaro la confusión.
Más allá, cerca de la ciudad, se amansaba el río y los Pescadores domingueros se agrupaban junto a las caletas. Seguí adelante siempre tratando de conservar una hipotética línea recta, moviendo tierra seca, levantando una polvareda que ondulaba para cubrirme al descender. Y de pronto, sin aviso, un agujero enorme, metros de ancho y atravesando de un costado a otro el camino no trazado que llevaba, hasta que lo cortara el zanjón, a Santamaría Vieja.
El monstruo frente a mi jeep. Ya me habían prevenido sobre su existencia pero, claro, nadie pudo decirme en que lugar de la distancia se abría para tragar viajeros. Entre débiles puteadas, las puteadas siempre se debilitan cuando no tienen destino humano concreto, descubrí que a la izquierda alguien había colocado dos largos tablones que se ofrecían para evitar la caída. Pensé si aquel puente primitivo aguantaría el peso del jeep y el mío. Tal vez trabajé un tiempo. Luego enfilé el vehículo y crucé lento sobre los estertores de las maderas. Supe otro día que a ese agujero maldito le llamaban Barranca Yaco pero jamás supo nadie decirme por qué.
Y luego entre en callecitas, calles, avenidas, plazoleta de inverosímil héroe desmontado. Allí estaba alto y gris, enfundado en un levitón de plomo, sosteniendo paciente con ambas manos un racimo de uvas muy gruesas, acunadas en una hoja de parra. Era como una maqueta grande de una proyectada ciudad desierta con muchos eucaliptos jóvenes, con cortinas de hierro tapando y prohibiendo negocios variados.
Entonces me puse a distribuir destinos y pasados.
Ninguna cortina, ninguna puerta cerrada pudieron sugerirme presencia o temporal ausencia de médico. Una bata blanca, una sonrisa de bienvenida, lustrosa, inmutable por ortodoncia. Y la Eufrasia seguía muriéndoseme. Hasta que lo vi, surgido de ninguna parte, de ninguna puerta clausurada, de ningún estrépito de metales arrollados. Estaba junto al portal que yo, creo, hubiera tenido que atribuir a Artículos navales. Él miraba desconcertado la intrusión en la soledad de un jeep y su chofer.
Nos separaban unos cincuenta metros. Vestía un overol, era alto, robusto y recién afeitado.
Estuvimos mirándonos hasta que él sonrió y se fue acercando, balanceándose para mantener el equilibrio sobre una cubierta embravecida. No, no se trataba de ningún pensable mar. La prudencia de los pasos era fruto de la libre fiesta alcohólica de su noche.
Sonreía bondadoso.
—Antonio, para servirlo —dijo—. Le di mi nombre y nos estrechamos las manos sin hacer fuerza.
—Desde dónde viene, amigo —preguntó algo incrédulo.
No sé por qué me inventé para responderle un simpático cantito que de alguna provincia sería.
—Yo vengo de allá abajo, del río, y ando en busca de médico o partera para una doña que la dejé forcejeando pero no acaba de salir de cuidado.
—Del río —fue comprendiendo el hombre y apartó con un pie la gran valija que había arrastrado y que yo creía no haberle visto—. Conozco, conocí y gracias a Dios dejé de conocer y pude olvidar cuando las cosas mejoraron.
—¿Usted estuvo? —pregunté—. Cuándo, en qué tiempo.
—Hace mucho, era un tiempo de desgracia. Y usted sabe, la mala suerte, dijera un amigo, es como una costra que le cubriera el cuerpo, sin pecado, y si a veces cae es porque Dios o Destino quisieron.
—Se lo comprendo muy bien. Pero quisiera saber por qué Santamaría se ha vaciado de gente.
—Bueno —dijo con risa—, estoy quedando yo. Pero también yo me estoy yendo. ¿Cómo no le avisaron? Si andaba buscando ayuda para esa desgracia...
—No me avisaron o no sabían. Mis compañeros de trabajo son gringos. Qué van a saber de fiestas locales.
—Pero se me ocurre que usted, con respeto, es más o menos tan gringo. Le digo mi sospecha: usted es un che.
—Cierto. Pero soy un che oriental.
—Ah, perdone. Lo estaba confundiendo con porteño, que tanto daño nos hicieron. Un abrazo.
Y Eufrasia sangrando.
Cuando me libré del apretón insistí en mi urgencia. El hombre repuso:
—Le explico todo en dos palabras. Estamos a jueves y cae en San Cono, que es el santo patrono de la ciudad. Todas las ciudades tienen. Aquí le llamamos puente. No sé si usted me entiende. Compruebe. Jueves San Cono, viernes salteado, sábado, domingo no se trabaja. Los ricos empiezan a volver con sus coches de sus excursiones los días lunes. Los que no se mataron en la carretera, ida o vuelta. Cada año, aunque no haya puente, San Cono mata más cristianos. Y no le importa que sean mujeres o niños. Está en las estadísticas, que no mienten. En cambio nuestro San Cono, le hablo de nosotros, los pobres, tenemos que recibirlo como una esperanza de algún dinero. Casi siempre en monedas. Nosotros, mi señora y yo, vamos a vender cosas de la fecha, alimentos, refrescos aunque sin hielo. También otra gente amiga se distribuye por el mercado de las pulgas, la feria de Yaro o el Rastro. A cada uno su suerte.
—Está claro. Pero yo vine por esa mujer que...
—Sí, señor. Y yo sólo distraigo y lo demoro. ¿Pero lo demoro de qué? Si usted no la trajo será que no se puede. Para el hospital también es San Cono.
Sólo conservan urgencias pero de ahí nadie se le va a correr hasta la obra del río. Comadrona no conozco. Y menos partera. Se me ocurre una pista pero no le doy garantía. Nos queda el doctor Díaz Grey pero ni me imagino que puede resultar. Para mí, esa casa tiene algo de misterio. Bueno. Llegar le va a ser fácil.
—¿Díaz, dice?
—Sí, el médico del braguetazo. Mire: toma derecho a la izquierda y cuando ve la gasolinera, una cuadra antes de llegar, dobla a la izquierda hasta el monte de eucaliptos y ahí mismo mira para el río y ahí está la bruta casa con zancos que hizo el viejo loco, millonario después de muerto. No tiene pérdida. Golpee hasta que abran porque esa gente tiene servicio un mes sí y otro no. Buenas personas, sin despreciar; pero algo raras, señor.
Le dije gracias varias veces y obedecí. Fui marcando con las pesadas botas el laberinto que me había dictado y finalmente quedé enfrentado a la extraña casa que habitaba Díaz Grey, médico, con su familia y sus servidores.
Unos metros nos separaban. Empecé a caminar cuando me distrajo y desvió un ruido de gente a mi izquierda, un pataleo arrastrado por música y cantos.
La oí comenzar como un murmullo, cantinela que se acercaba hacia la plaza y desde la iglesia. Más tarde vi sombras y de inmediato el resplandor de los cirios. La procesión la encabezaba un cura tal vez más gordo que los integrantes del desfile sonoro, enjaezado con blancuras y oros y precediéndose con una cruz que no soportaba ni sufría porque casi seguramente la había claveteado el sacristán con dos listones de pino. Así que no hacía otra cosa que alzarla, con su gruesa vela incrustada en la juntura de los palos, de llama estremecida por el isócrono andar del cura que precedía marcha y cántico:
Señor Brausen por tu amor pon la lluvia y quita el sol.
Otras veces creí oír:
Por mi amor
Más tarde y coreando la magnificencia del poema, colocaban sobre el polvo zapatos charolados los representantes del cinismo cruel, los ricos, los terratenientes, los exprimidores de peones que se llamaban y se hacían llamar las fuerzas vivas de la nación. Ignoraban estos, como ignoraban todo porque habían nacido en cunas de codicia; todo aparte del precio de cereales, vacas y lanas. Ignoraban que quien nació para veintén nunca llega a medio real. Ignoraban que la que nació para provincia nunca llega a ser país. Y desconocían a los seres animalizados por ellos, sobras sucias, el viejo sudor, las alpargatas arrastradas sobre la tierra, única amiga en renovadas y mezquinas promesas, siempre ajena y expectante para acoger en agujeros el final de sufrimientos y esperanzas. Estos eran los portadores de cirios de llamas palpitantes, ayudando en la noche, sin necesidad, al calor creciente.
Luego la imbecilidad se concentró e hizo temible explosión dentro de la iglesia. Sólo pude distinguir, para burlarme sin palabras ni sonrisas, los gastados nombres de Sodoma y Gomorra. No fueron mencionados los deseables Ángeles efebos que, en ejercicio de la democracia, reclamo el pueblo de Sodoma. Pero sí el cura engalanado recordó una lluvia de fuego que ya insinuaba el repugnante calor que agobiaba la ciudad, comarca, provincia, país o reino llamado Santamaría. Y aulló a los sucios desarrapados de cosechas perdidas que la culpa era de ellos, que la seca o sequía había sido impuesta por Nuestro Señor, el de la infinita misericordia, en castigo por los terribles y sucios pecados de los temerosos oyentes. La gleba, hombres que nunca habían deseado hombres, hambrientas mujeres hambrientas que nunca habían deseado mujeres, que sólo sabían cumplir el mandato divino de reproducción despatarrándose y pariendo niños que tenían casi siempre la curiosa costumbre de morir antes de llegar a la incubadora del Hospital Mariano-Suizo, donde a veces los admitían.
Tal vez los espantosos pecados habían sido cometidos por boticarios, maestros, alcaldes, terratenientes, caciques. Acaso por la chusma bien vestida y comida que podía permitirse reuniones secretas en las numerosas piezas del burdel y traer desde la capital putas bien vestidas, bien pintadas y tenidas para reunirse allí provistos de buenas bebidas y organizar lo que ellos llamaban una farra.
Pero la verdad es que luego de la procesión y de la falsa indignación profética del cura, el cielo comenzó a nublarse y se escuchó la aproximación de los truenos. Al fondo del callejón donde moría, incomprensible en la lluvia, un último resplandor de sol, naranja, ocre, cruzó buscando guarida en la iglesia una pareja de masturbadores ensotanados
Casi enseguida comenzó la rudeza de una tormenta de verano, grandilocuente, de gruesas gotas, instalada para siempre en el cielo, ruidosa, inagotable.
Ahora tenía casi enfrentada la casa. Un cuadrilongo blanco y sin gracia semejante a una caja de zapatos, sostenido por catorce pilares. En ese momento empezó una llovizna de hilos de plata muy separados entre sí. Sentí que el agua me resbalaba por la nuca mientras fui y alcancé la casa del médico. Me habían dicho que en un tiempo hubo estatuas de mármol en el jardín pero estaba raso y descuidado. Empujé el gran portón negro de hierro con letras entrelazadas: J.P.
Aplastado y azul contra la puerta hostil dentro del overol ya húmedo, algo protegido del agua por una marquesina que sobresalía como un pueril desafío, apreté el timbre con furia y grosería. Estaba solo y temblando y el paisaje anochecido también se veía solitario y en suave temblor detrás de los espesos hilos de la lluvia.
Por fin abrió, impetuosa, una mano que hizo golpear la puerta contra la pared. Me quité la gorra con la desteñida inscripción de una empresa petrolera y quedé enfrentado a una mujer muy alta y flaca, muy rubia, que mantuvo descubierta una hermosa dentadura, en silencio, mientras miraba la sombra del paisaje más allá, por encima de mi hombro. Le quedaban restos de infancia en los ojos claros que entornaba para mirar —una luz rabiosa, desafiante, que se arrepentía enseguida—, un poco en el pecho liso, en la camisa de hombre y el pequeño lazo de terciopelo al cuello; un convincente remedo en las piernas largas, en el sobrio trasero de muchacho, libre dentro del pantalón de montar. Tenía los dientes superiores grandes y salientes, la cara asombrada y atenta.
Siempre sonriendo dijo con frases inconexas que no aceptaban matices:
—Estas malas noches la cosa es que estamos solos y cada lluvia que nunca llueve en el campo nos mata los fusibles y el doctor mi padre se enoja y hay que andar de un lado a otro con el olor asqueroso de las lámparas y ahora tiene que entrar y secarse mientras yo voy a preguntar.
Una carcajada infantil y se fue hacia el calor de la casa dejando la puerta abierta contra la pared.
Abandonado y dudoso, perseguí al rato el ruido de los pasos de la mujer. Caminé por un corredor con suave olor a cuero y me detuve en una arcada donde colgaban cortinas oscuras en los costados. Más allá, adentro, había una gran habitación iluminada y cálida. La mujer se había sosegado sentada junto a la gran mesa con carpeta verde y mantenía con voluntad, más estrecha ahora, la sonrisa sin destino visible.
De pie frente al vidrio combado de un ventanal que daba al río, quieto y de espaldas, un hombre vestido con túnica blanca miraba hacia afuera.
Nervioso por el silencio y la inmovilidad tosí dos veces y el hombre de la túnica se volvió. Era flaco, con escaso pelo rubio, las curvas de la boca trabajadas por el tiempo y el hastío. Me saludó con una cabezada y enseguida dijo, como si hablara a solas:
—La puerta. Nos vamos a helar.
La mujer se levantó y recorrió apática, de regreso, los metros necesarios para llegar a la puerta y cerrarla con otro golpe violento. Después echó cerrojos y cadenas.
Exactamente dentro del sonido rabioso volvió a hablar el hombre:
—No lo esperaba —tenía un gran cansancio en la voz grave—. En realidad no esperaba a nadie. Es cierto que a veces vienen, algún mono de la policía. Pero siempre sin que yo lo presienta. Hágame el favor, siéntese ahí en el sillón. Cerca de la estufa que voy a enchufar. Y pensar que por la mañana nos faltaba el aire. Tanto calor hacía, el ventanal abierto.
La mujer estaba de vuelta, silenciosa y perdida la sonrisa; miraba la noche que se consumaba afuera separada de ella por los vidrios y las cortinas ahora inútiles. De pronto advertí que había desaparecido sin que yo lo notara.
—Una visita imprevista pero previsora, la suya —dijo el médico—. Cuántas veces habrá escuchado a algún idiota que afirma novedoso más vale prevenir que curar. Y lo dice como si acabara de trasmitirle el secreto en el monte Sinaí. Es mi mujer, mi enferma. La cuido, quiero protegerla desde que era una niña. Tal vez vuelva al tema. Ahora le pido que me cuente por que vino a esta casa. Ya ni soy médico de verdad. Tengo mucho dinero que en rigor no puedo llamar mío. Juego al forense por curiosidad. Maligna, perversa acaso. Aunque por las mañanas voy con frecuencia al hospital. Mi sucesor, Rius, me consulta sobre enfermos y enfermedades. Cree que yo sé mucho. La verdad es que lo que ambos sabemos es muy poco. La medicina no es más que un medio para ir postergando la muerte. Ah, perdone.
Se levantó, rodeando el escritorio y dijo, casi gritando, junto a la puerta por donde había salido la mujer:
—Niña. Del de doce y vasos. Paciencia y buena porque ya falta poco.
Volvió a su silla o butaca, destapo una caja llena de cigarrillos y la hizo resbalar hacia mi furia dominada, expectante.
—Otra vez perdón —dijo sonriendo—. Ahora fumamos y usted habla y yo escucho, que ese es mi destino; y no se trata de escuchar solo palabras.
—Todo muy interesante. Y agradezco —me burlé—. Pero yo vine con la esperanza de salvar a una mujer. Con tantos raros tropiezos, la infeliz ya debe estar muerta arriba de la mugre del catre.
—Conozco. Bolsas de arpillera rellenas de pasto. Tengo un recuerdo. Después le digo. ¿Enfermedad?
—Muy simple. Estaba pariendo y no podía parir. Sólo mierda y sangre.
—Sí, es la poesía de todos los nacimientos. ¿Es blanca, india, mestiza?
—Mestiza, diría yo. La piel casi negra pero no la forma de la cara, los huesos. Y fíjese, doctor: tiene una hija blanca y rubia.
—Curioso. Algún suizo alemán que no pensó en el racismo. Una urgencia. Se perdona.
—Puede ser. No me interesan las leyes de herencia ni el pasado amoroso de la mujer. Y le preguntó qué hacemos, qué piensa hacer usted.
El médico encendió un cigarrillo y ofreció fuego.
—Gracias, no fumo —le mentí sin saber por qué.
—Lo felicito. Lo que haré yo se llama nada. Escuche. No a mí sino al ruido del agua con piedras en el ventanal. Piense en el zanjón de Genser inundado. Por allí no cruza ni un jeep ni un tanque. Eso, en primer lugar. Después tenemos que estas indias son mejores que vacas o yeguas. Para ellas no hay fiebre puerperal porque no saben como se pronuncia. Si oyen esa amenaza de muerte piensan que tal vez será el nombre del nuevo alcalde. El milico Got los nombra anualmente. Y en el año que les toca tienen que robar lo bastante para despedirse y vivir de rentas. Ya ve: aquí hay costa y hay fronteras, contrabando como para elegir.
—Sí, para mí no es nuevo. Me han dicho que la mayoría de este pueblo vive del contrabando. De manera directa, quiero decir, o por consecuencia.
—Es casi cierto y a mí me divierte mucho. Pero, please, no diga pueblo. Y mucho menos pueblucho, como dijo otro. Con Santamaría basta y yo dije please porque lo supongo gringo. Yanqui.
—Oh, no. La empresa, puede ser. Será hija de alguna multinacional. Los compañeros, sí. De esos lugares con nombres graciosos. A mí siempre me hicieron gracia y a veces repito los nombres burlándome pero ellos no se molestan y me devuelven la pelota: Oklahoma City, Idaho.
—Comprendo y estoy de acuerdo. Pero me callo. Además, no tengo con quien hablar. No olvide que Santamaría es hoy casi una colonia de la colonia de suizos alemanes. Llegaron con el Génesis.
Entonces irrumpió la mujer otra vez, flaca y alta, retorcida por carcajadas de origen secreto, manejando una bandeja con una botella virgen y dos vasos. Dejó la bandeja sobre el escritorio sin escándalo, con un deslizamiento, una suavidad deliberada e insolente. Se ausentó una vez más. El médico destapó la botella y sirvió, abundante, los dos vasos y dijo:
—Ya sé que usted lo prefiere así. Seco, como dicen por acá. Lo he visto en el Chámame. Usted cae por allí con frecuencia cada mes para cobrar el cheque de la ruina que llaman correos a la otra que llaman banco. Es como una menstruación regular, sin susto, sin atrasos. Y en el Chámame, puntualmente levanta una puta. Una vez cada veintiocho días. Usted es joven y fuerte. Con perdón, me parece poco.
—No sólo el giro, no sólo putas. Llegan diarios, revistas, discos.
Vio que mi vaso estaba vacío y manoteó la botella para llenarlo y ofrecer. Luego me miró curioso y contenido, calculando cuantas medidas serian necesarias para que yo cruzara el límite feliz o repugnante de mi borrachera personal y exclusiva.
—Sírvase usted mismo. Es tan gratis para mí como para usted.
—Gracias.
Ahora no esperé invitación para llenar mi vaso. El sabor se confirmó cuando espié la etiqueta; sí, Escocia y doce años. Este trago me hizo más triste, más vulnerable al asalto de recuerdos confusos y añosos.
—Y ustedes arriba, no almorzando un asado, que sería grosero. Ustedes comen barbacoa.
—No, doctor, no es así. Comemos lo que a la negra Eufrasia se le ocurra. Muchos días nos tocó locro, y no por ahorrar; cobramos en dólares no sé si ya le dije. En el fondo, la verdad es que tenemos miedo de que se nos vaya. La parturienta, digo.
—Angélica Inés —dijo el médico como si el nombre fuera una orden. Y ella se apartó como un perro temeroso.
—Es de nochecita, papá. Ya es tarde, es hora. Es la hora de que abras la vitrina para mí. ¿No es cierto? Amor, mi bueno.
Esperaba quieta, pedía con los ojos, las manos unidas y sosegadas contra el pubis.
—Hay que esperar y, mientras, conseguir una buena comida. Yo tengo mucho que hablar con este señor que se sigue llamando Carr y es nuestro invitado.
Sin llanto y resignada, con lágrimas que llegaban serpenteando hasta las esquinas de la boca, la mujer me señaló con una mano, dijo «Pero usted no» y se fue saliendo del despacho con lentitud rebuscada, alta la mandíbula de niña enfadada, en desafío al mundo y sus pesares.
Estábamos solos cuando el médico me dijo muy suavemente, sin mirarme:
—Bien. Así que usted es Carr. Me avisó de su llegada el profesor. Pero habíamos quedado en que no haríamos contacto antes de que la costa estuviera libre de ingenieros.
Tome un trago y me atreví a preguntar, tal vez por culpa del whisky:
—¿Quién está detrás del profesor? Acaso se trate de judíos alemanes, franceses, yanquis. Pienso que serán hijos de los que pudieron escapar de la bestia parda. Ahora poco me importa el mundo. Pero de vez en cuando leo los diarios que me llegan. Y le aseguro, doctor, que no puedo separar malos de buenos.
—Usted no puede juzgar calibrando la bestialidad humana. Habrá visto, tal vez, o sabido de sucesos que van haciendo la historia sin querer. Pero yo, simplemente, no lo hago. Toda la gente no pasa de mierda. Es una categoría respetable si se reflexiona. En un mundo de diferencias, a veces atroces, esa condición nos une un poco. Ustedes, los técnicos y la peonada india. Sometida y aliviándose el hambre con hojas de coca.
Entonces volvió la mujer alta y flaca, con un delantal de payaso o mago. Traía en equilibrio dudoso dos cilindros de latas de conservas y se inclinó para que cayeran ruidosas sobre la mesa. Luego, la cara impasible y silbando un blues viejísimo, extrajo de los inesperados bolsillos del gran delantal platos, servilletas y abrelatas.
—Casi servidos, señores machos. Una de las latas es puro botulismo. Ruleta rusa. Adivinen.
Retrocedió dos pasos, hizo una reverencia que casi le dobló el cuerpo y fue retrocediendo de espaldas hasta no estar.
El médico agradeció con una sonrisa burlona que correspondía exacta a la comedia de la mujer. Miró el gran reloj marinero sujeto a una pared y la hora que marcaba su reloj pulsera. Sin incorporarse grito a la puerta vacía:
—Todavía falta un poco, preciosa.
Parsimonioso, cumpliendo un deber aceptado sin protesta, fue abriendo las latas. A veces se lastimaba y lamía las dos o tres gotas de sangre del dedo herido.
Pedazos de alimentos separados de las latas con golpes de dedos cayeron en los platos. Mientras comía trataba de apartar o mezclar sabores del mar y otros terrestres. Hambriento, me frenaba para no devorar recordando platos deliciosos que había comido tiempo atrás, tan lejos de Santamaría.
Entonces se abrió el ojo amarillo y redondo del teléfono. El médico levantó el tubo y sólo dijo: «Bueno, ya».
Con una sonrisa traviesa fue hasta los grandes vidrios y tironeó de una cuerda para cubrir con la negrura de una gruesa cortina la noche que tal vez estuviera convaleciendo de la tormenta.
El doctor Díaz regresó al escritorio y dijo sin explicar:
—Es así, pero no todas las noches. Piden luz para guiarse, después oscuridad para los desembarcos, siempre silenciosos. Y siempre pagan. Siempre descubrimos una botella o seis, o cajas de dulces también ingleses escondidas entre tablas del muelle. (No me gusta que a algo duro e inhóspito se le designe con una palabra que también significa blandura y alivio. Prefiero embarcadero y mejor aún, si traduzco al Francés, debarcadere; así se llama el mejor libro de poemas de Superviele.
—Y la policía...
—Tranquilo, amigo. Ellos son los primeros en cobrar.
Desde hacía rato, molesta como una abeja, la canción infantil se interponía entre nosotros. Monótona y tenaz, trepaba sin pausa apoyándose en su propia estupidez para reiterarse y subir.
Una cosa me encontré cinco veces lo diré y si nadie la reclama con ella me quedaré.
—Es mentira —dijo el médico mostrando una sonrisa de cariño
—No puede haber encontrado nada. Se trata de un viejo juego y yo sé como termina. O como ella quiere que termine.
Se puso de pie para agregar:
—Le voy a pedir un favor, si no es abusar.
—Yo, si puedo...
—Gracias.
Fue hasta la vitrina casi junto a la negrura del balcón o ventana. Sacó un puñado de llaves que surgieron del bolsillo trasero del pantalón. Miré desconcertado la cantidad de llaves exhibidas y su desparejo tamaño. Las había diminutas y otras enormes cuyo uso era insospechable.
Una vez más, desde muy abajo y como apenas cubierta por una leve capa de tierra, subió y se fue repitiendo tanto, que de infantil se volvía estúpida:
Una cosa me encontré cinco veces lo diré y si nadie la reclama con ella me quedaré.
Díaz Grey movió la cabeza, negando y sonriendo.
—Es un viejo juego —repitió—. No encontró nada porque todo está aquí en la vitrina. Pero ahora le pido ese favor. Que termine su whisky y baje a preguntarle qué encontró. No hay peligro.
Levanté el vaso sin beber y vacilé entre callarme o decir una grosería a la cara flaca y cínica que mantenía su sonrisa paternal.
—No —dijo Díaz Grey—, ni alcahuete ni cornudo. Hace años que mande al mundo, hombres, mujeres, a la putísima madre que los parió. Hace mucho tiempo que nos casamos, que luché para conseguir que fuera mi mujer en la cama. Ella, la gringa, tenía terror. Es posible que haya tenido que violarla y luego meses de mimos y abstinencia. De pronto, un día de verano vino a ofrecerse. La tomé con dulzura, sin agresión, lento, paciente. La conveniencia de que éramos padre severo e hija traviesa. No me importa decirle que vivimos en pleno incesto. Y muy felices. Sospecho que ella sigue masturbándose porque hay sueños que ignoro, hay defensa contra un posible macho poseedor. Sólo yo, tan como distraído, sin dar importancia a lo que hacemos. Tan papá con su hijita querida perniabierta y tranquila, en paz, sin sombras de miedo, con una sonrisa de bondad y picardía.
—Vaya; por favor. Es asunto de terapia. Hace dos años o tres que quiero cuidarla de ella misma. La voy a curar antes de morirme.
—Pero que puedo...
—Curarla de ese terror a la gente. La quiero sana aunque gaste y pierda tiempo. Algo de animalito salvaje. Baje y háblele. Como desinteresado, sin hacerle mucho caso.
Antes de que yo bajara la mujer había subido y estaba ahora sentada en la esquina de la mesa más próxima a la puerta y respiraba silenciosa abriendo la boca, los ojos parecían ciegos. El médico sonrió mientras retrocedía; en la zona de penumbra su bata había endurecido y semejaba mármol.
—Perdóneme —dijo—. No quería molestarlo. Me pareció prudente.
—El coche —murmuró la mujer sin moverse—. Tiene que haber venido en coche.
—No nos asusta el agua —porfié casi insolente—. Vine porque una pobre mujer se está muriendo. O ya está muerta, con tanto perder el tiempo. Vine en un jeep tan acostumbrado como yo.
El médico volvió a su sillón, a la mesa excesiva, y dijo con voz suave:
—No me gustan los gritos. Aunque aúlle como un perro extraviado no podrá resucitarla.
Permanecí erguido, aceptando el fatalismo, dejando que se me evaporara la indignación y el sostenido impulso que lo había alimentado durante el viaje, el contemplar la procesión a medias entendida, la entrevista con el dueño de la extraña casa lacustre, altiva desde sus catorce pilares. Desvié la mirada, buscando un posible apoyo, hacia la mujer sentada en el ángulo del escritorio: no había ojos que me correspondieran; la cara flaca, aplastada entre dos manchas de pelo amarillo, estaba llena y estremecida por muecas que le retorcían la boca y le agitaban la piel que rodeaba los ojos dilatados.
El médico la miró y de pronto fue como si estuvieran solos, ella y él, sin la presencia del intruso, sin lluvia o tormenta, sin el vibrato de angustia que agregaban a su clamor ronco los remolcadores en el pequeño puerto. Luego, sin dejar de mirarla, el hombre de la túnica manoteó sobre la mesa buscando algo que no pudo encontrar y bruscamente volvió la cara hacia mí para recitar nervioso y rápido:
—Usted no puede volverse allá, ni yo puedo. En su camino está inundado el zanjón de Genser, que los gringos nos dejaron para marcar diferencias. No hay esta noche ningún auto que pueda cruzarlo sin quedar ahogado. Vayan por favor a meter el jeep en el garaje y vuelvan para abrigarse y comer algo.
El rostro de la mujer se fue sosegando hasta la calma.
—Dame —imploró con voz de niña.
—Sí —dijo el médico—, pero no todavía. La mujer se dejó caer hasta pisar el suelo y se acercó para besarlo en las dos mejillas. Luego se colgó de los hombros un impermeable azul oscuro, chasqueó los dedos para ordenarme que la siguiera y corrimos afuera, mojándonos, hacia la boca del garaje, abierta en la sombra, paciente en su espera.
—Traiga su coche —dijo la mujer mientras entraba en la sombra del garaje y palpaba una pared hasta encontrar la llave de la luz que brotó amarilla y pobre, colgada de un cable desde mitad del techo.
Logré vencer rezongos y toses del vehículo y lo manejé lentamente hasta introducirlo en el garaje. Apagué el motor junto a un automóvil, largo y oscuro, al que le faltaba una rueda delantera y se apoyaba, embarrado y polvoriento, sobre un caballete.
Cuando bajé del jeep recibí el llamado, la voz engrosada de la mujer. La distinguí, más flaca y alta, empujando la pared con su espalda. Dejó caer el impermeable, fue alzando con desmayo el vestido y, levantando los brazos, se crucifico contra la áspera pared del garaje.
—Venga —ronco—. Venga y tóqueme por Dios, por lo que más quiera. Tóqueme. No puedo más— lo dijo como pidiendo perdón.
Sin deseo y sonámbulo me acerque a la mujer y apoyé dos dedos en el pelo. No había ropa que apartar. Luego, por instinto, los bajé hasta la humedad y estuve subiendo, bajando, hundiendo sin saber si era eso lo que suplicaba la mujer. Sí, era eso. Proseguí moviendo la mano, ridículo, avergonzado, sin conocer con nitidez aquello que estaba pasando, los dedos en su lento pasar torpes e incansables bajo suspiros y un llanto de gatito recién nacido hasta que sentí que la mujer se derramaba y dejaba caer los brazos, el cuerpo ahora con los muslos cruzados, siempre apoyado a la pared, sin llegar a las manchas aceitosas del piso.
La mujer se fue irguiendo lentamente con temblores y suspiros, los ojos dormidos hasta que me reconoció. Yo había retrocedido hacia los coches, la mano fatigada escondida en un bolsillo. La mujer pareció saludarme con una sonrisa tímida que se ensanchó de pronto hasta convertirse en impúdica; proponía complicidad y olvido.
—Vamos —dijo—, que nos está esperando y ya no se cuanto tardamos. Al apagar la luz se detuvo un instante para agregar «querido», afirmando con la cabeza, y volvió a correr en la noche bajo la lluvia rabiosa, tropical.
El médico estaba ahora sin bata y mostraba un traje azul y caro, camisa blanca y una corbata de color vinoso. Acaso sujetara los puños con gemelos. Y parecía que allí arriba el tiempo hubiera demorado más que en el garaje porque el doctor parecía recién bañado y afeitado, puesto en el sillón frente al escritorio como un ser flamante, desterrado de cualquier ayer imaginable. Estaba jugando, jugueteando, con un sabor de madera lustrosa y con algunos naipes que salían. La mujer no estaba. Pude estar mirando los preparativos de un tahúr, suavemente perfumado, para una gran noche de estafa o desengaño. Muchas horas, un sueño de imposible cumplimiento en aquella Santamaría, desierto monótono que interrumpían a veces presencias que no llegaban a ser tales, que no significaban... La mujer entró, se acercó a la noche del ventanal y restregó la nariz en el vidrio. Luego se acercó al médico con una sonrisa infantil doblando su largo cuerpo en una curiosa actitud, sumergiéndolo en la infancia y el desamparo. Besó muchas veces, con labios silenciosos y picoteo de pájaro, la mejilla del hombre, acarició con la lengua la oreja hasta que la detuvo un rechazo que no aparentaba violencia ni repulsa y se fue.
Creí llegado el momento de despedirme y me puse de pie.
—Bien —dijo el médico—. Creo que los gringos se irán dentro de pocos meses. Entonces comenzará su tarea. Entretanto disfrute del clima y no se mate trabajando. Ya avisare.
Una sonrisa burlona y nos dimos la mano.
Bajé la escalera y la encontré junto a una mujer de pelo muy negro. Estaba molesto y mis ropas seguían húmedas.
Ella abrió grande la boca pero sin que saliera el grito, fue retrocediendo hasta oprimir las espaldas contra la otra mujer, un brazo alzado como para protegerse de un golpe, una amenaza, una mala palabra. Después aulló:
—Váyase, no me toque. No quiero verlo nunca más. Si no se va enseguida subo y le cuento a mi padre la cochinada que me hizo en el garaje.
Por un momento quedé inmóvil, algo aterrado ante el charco incomprensible de la demencia. Los ojos de la mujer, endurecidos, brillaban de furia y miedo. Después sólo pensé: Yunta de locos, y caminé cauteloso hasta la puerta de salida.
No había lluvia, un enano vapor estaba subiendo desde los pastes de las calles y nubes negras y remotas dejaban filtrar, calmas, la amenaza de un nuevo día.
Supe que durante mi ausencia Tom, Dick y Harry habían vuelto a vigilar el trabajo del peonaje negruzco, flaco y semidesnudo que iba regresando al río. Una barra de hierro golpeada contra un trozo de vía de tren fantasma con la energía rabiosa del capataz. Éste era un mulato sonriente, engreído, adulón de los gringos, despiadado con sus esclavos famélicos.
Nadie pudo ver a Eufrasia en aquella ardiente soledad. Sólo imaginarla desprendiéndose primero de la confusa humedad de la arpillera del catre, manoteando y rompiendo una rama de un árbol que adornaba la entrada de la casa y caminar luego, apoyada sin arriesgarse en el improvisado bastón. Debe haber caminado pisando pastes que se erguían esperando la tormenta que baladronaba en los cielos. Lenta, paso a paso sobre asperezas que subían y bajaban, moviendo las piernas con ritmo de muñeco, piernas de madera.
Y así había llegado al borde del agua que llamaban arroyo. Cargaba en la espalda una bolsa de trapos. Allí buscó entre los yuyos que alimentaba el agua, estuvo eligiendo y apartando hojas y, cuando logro dos puñados de las infalibles, las fue amasando mientras murmuraba plegarias en un idioma que había muerto para los gringos siglos atrás. Con esa pasta vegetal se frotó el vientre hinchado sin dejar de hablar con los dioses de la selva. Luego se arrastro hasta la orilla del arroyo y esperó sufriendo, despatarrada, segura de su triunfo.
Había olvidado traerse un cuchillo o una navaja que hubiera olvidado cualquiera de los hombres de la casa. Pero tenía allí, junto al arroyo y en abundancia, árboles de yaba con sus hojas ovales y tiesas de bordes filosos como los de un cuchillo gastado.
Así que los tres muchachos rubios, cuando regresaron malhumorados de la obra, no encontraron a Eufrasia ni comida. Recurrieron a restos de lechón asado y a las latas de conservas y estuvieron mascando, bebiendo agua mineral, mientras la noche se apuraba. Rabiosos, aplastaban insectos alrededor de la lámpara maldiciendo a Eufrasia y a su ausencia, puteando a los peones que habían exigido doble salario, doble miseria, por trabajar en el día de San Cono.
Y al final de la cena de penitencia, luego de cambiar recuerdos y nostalgias, se preguntaban en voz alta y sin respuesta qué había sido de mí. Mientras fumaban sus cigarrillos importados, el más pecoso dijo en ingles: «I heard some of the darkies talking about going on strike. Yes I'm sure. Someone said strike. There must be a communist infiltration. I think we'd better advise the Enterprise» .
—Y a la CIA.
—Y, según el capataz, el San Cono ese sólo hace milagros para los ricos. Porque hizo llover en la ciudad y aquí, en los campos, ni una gota.
Eufrasia volvió a la casa antes que yo regresara. Ya no se apoyaba en su falso bastón, el revoltijo de trapos colgando en la espalda delataba manchas oscuras. Iba muy lenta, siempre con las piernas rígidas y al pasar cerca de la mesa y los hombres, sólo dijo «perdón» y se hundió en la oscuridad para tirarse en su catre. Hubo que esperar al almuerzo del día siguiente, presidido ahora por mí, para que ella explicara lagrimeando mientras vigilaba la carne en el asador:
—Era un machito y se lo llevó el agua. Yo traté de manotear pero el arroyo me pudo. No lloro porque los angelitos van al cielo hasta sin bautizar. Me lo dijo el padre.
1) Oí a algunos de los negros hablar de ir a la huelga. Si, estoy seguro. Alguien dijo huelga. Tiene que haber infiltración comunista. Creo que mejor avisamos a la Compañía.
20 de septiembre
El trabajo ya concluido y el calor, excesivo para estas fechas, me habían impuesto el hábito de madrugar. Cruzaba los cientos de metros que me separaban del extremo de la loma, pisoteando con las botas embarradas el nunca nada más que recién nacido pasto amarillo.
Miraba distraído el cumplimiento del amanecer, la claridad de la mañana, la vaga, siempre mentirosa insinuación de brisa que simulaba tocarme la cara. Encendía el primer ardiente Gitane de la jornada y miraba el riacho, la lejana mancha negra y tuerta, parecida a un insecto y totalmente inútil. Evoqué, laxo, figuras y rostros que había abandonado sin remordimiento. Aquellos ingenieros jóvenes a los que fingí haber ayudado ya estaban de regreso en ciudades remotas a las que llamaban patria y hogar. La represa, construida por indios y mestizos de costillares casi visibles, hambrientos, nunca del todo borrachos, repugnantemente dóciles bajo sus gritos, sus insultos obscenos de acento cómico. Tenía que ser así y así había sido.
Desde la casona blanca llegó la voz de la Eufrasia:
—Comida, don Chon.
A veces me llamaba don Chon, otras patroncito.
También, a veces, la niña rubia se acercaba para embarullarme los recuerdos. Pedía cuentos y yo le daba algunas monedas y enormes mentiras.
Ella me escuchaba con ojos desconfiados y una sonrisa inquieta que se asomaba y se iba.
Tenaz, nunca del todo satisfecha, la niña interrumpía las invenciones con preguntas que provocaban mentiras mayores, respuestas que no convencían.
Cuando, meses después de la primera reunión, Elvira, la niña, comenzó su turno de mentiras propias, quedé asustado y desde entonces la pensé de manera distinta. Porque la riqueza de las fantasías infantiles me desbordaba e iba convirtiendo en persona a la niña mugrienta y descalza que parloteaba a mi lado.
28 de septiembre
Era inevitable que los mejores amigos del hombre se acercaran desde ignotos rancheríos para intentar ser alimentados a cambio de lamer manos y mover la cola.
El primero se asomó con miedo y curiosidad por una esquina de la casa. Tenía color canela y por lo tanto, en exceso de originalidad, los otros tres hombres lo bautizaron Canela o El Canela.
Éste primero recordó su infancia, la época en que era cachorro y todos sus destrozos provocaban gracia, simpatía y a veces hasta cariño, dependiendo de la idiosincrasia de los distintos amos. De modo que al principio, una vez admitido con indiferencia, comenzó a corretear persiguiendo mariposas que no había, ladrando a pájaros que huían y regresaban. Luego, cansado por años y penurias, miraba con ojos de perro a la mal hecha mesa de tablones donde —lo sabíamos desde el principio de sus acrobacias— había comida, cuatro hombres comiendo algo. Su olfato no descubría nada especialmente tentador; pero aceptó un hueso descarnado que le tiraron con desgano y desprecio, como se da limosna a un mendigo molesto, casi insolente.
Este perro desapareció como los demás y nunca volví a verlo.
30 de septiembre
La primavera se insinuaba, para retroceder con vergüenza luego de dos o tres noches sin estrellas y abundantes truenos que buscaban ser temibles antes de su previsible renuncia. El débil sol del invierno se mantenía entibiado, soportable. El río, siempre manso, continuaba atesorando temblores y brisas.
En la casona próxima al agua habitábamos solamente Eufrasia, yo y la chiquilina, Elvira, a la que su madre llamaba Vira, Virita o criatura de mierda según los humores que traía al regresar de sus visitas a la ciudad. Según le hubiera ido porque ella, increíblemente, conservaba clientes y era fértil en variaciones.
Como consecuencia de la fallida imposición del verano, nos quedó una llovizna de hilos muy delgados, permanente en noches y días y que parecía impregnada por los olores de la selva nunca invadida.
A veces dedicaba mis días, tórax desnudo, a recitar viejos cuentos a Elvirita que, sentada en mis rodillas o medio dormida en la pequeña cama, corregía con puñetazos amistosos toda modificación a la leyenda ya escuchada, ya sabida.
Después de la siesta, costumbre ineludible y feliz ignorada hasta mis veinticinco años de edad y descubierta con placer en el bochorno sanmariano, aceptaba los mates con hierba y yuyos que me cebaba la Eufrasia.
Y, en uno de mis viajes a Santamaría, el doctor Díaz Grey me dijo: «Amigo, ya sólo le está faltando un pingo rosillo o tubiano o pangare o como sea que los llamen, para convertirse en el gringo que se salvó de la selva pero se tragó el folclore». A todo yo sonreía sin dar respuesta. La represa aguantaba así como yo soportaba la vida inmóvil a la que una entrevista y luego una carta me tenían condenado.
Más de una noche, bajo el mosquitero sospeché que mi destino estaba unido al de la represa, embalse o presa.
La llovizna persistía para todos y era fácil imaginar un vasto mundo lloviznando sin pausas. Y, atravesando la terca cortina de agua, llegó una tarde a la casona el cartero. Había venido pedaleando la bicicleta. Habib era gordo y calvo, renuente a la jubilación. Sólo ofrecía un papelito estrujado, sucio de firmas y sellos.
Ante las ofertas y simpatía, Habib mostró los largos dientes amarillos bajo el bigote triste y repitió su vieja broma.
—Yo tengo dos dioses y los dos son únicos y verdaderos. Así que se anulan. Denme, si tienen, achuritas de chancho y un buen trago de caña.
Comía cerdo, saboreaba caña y aquella tarde aconsejó:
—Vaya pronto, don, que es un cajón muy grande y pesado. Verdadera tentación, créame. Usted ya debe saber, a esta altura, con qué bueyes aramos.
La gran caja era la respuesta a mis pedidos. Pero Eufrasia y la niña quedaron boquiabiertas y como paralizadas por esperanzas distintas, la curiosidad y la avidez. Tan distintas, porque Virita sólo esperaba sorpresas y la medio india valores.
La caja no era tan grande como la habían soñado. Con cuerdas y alambres pudo ser traída desde la ciudad hasta la casona en mi jeep y tuve que atravesar la espesura mental de un terceto de burócratas ávidos de pesos y explicando que todas las demoras y las imbéciles, reiteradas preguntas, se hacían por obediencia debida. Pague dócil, pasivo, esquivando curiosidades, hasta que pude adueñarme del tesoro ignorado que contenía la caja de madera y que sospeché inferior a los sueños y ansiedades de la triple espera. Tal vez también el cartero y su bicicleta quisieran enterarse.
Aunque reducida en la esperanza, la caja había atravesado medio mundo cargada de sorpresas e incomprensiones. El cartero de los bigotes tristes ayudó con un fierro y un martillo a destaparla. Adentro había un tocadiscos último modelo, una caja más pequeña cargada de discos que llegaron sin quebrarse. Además, y sobre todo para mí, dos docenas de libros editados en Francés y con las muy conocidas cubiertas amarillas y un álbum con reproducciones de cuadros famosos.
A la luz de la lámpara de Aladino la noche se prolongo en alegrías, desdenes y explicaciones elementales.
—Por que no habrá mandado alimentos —dijo Eufrasia— o tan siquiera una radio, que todo el mundo tiene.
La niña repetía una pregunta que variaba entre por qué y para qué. Finalmente, luego de darle una buena propina al cartero, me anulé llevándome un libro a mi camastro de hojas y acomodando a mi lado la lámpara que me permitiría lastimarme los ojos hasta el amanecer. Releía viejos libros como si estuviera logrando unirme de verdad a los autores y el placer se mezclaba con la tristeza de sentirme ausente, tal vez para siempre, del mundo de verdad, del mundo que yo había conocido y donde en la adolescencia fui formando con días y noches mi personalidad. Tal vez cuando se insinuaba el amanecer ardiente, llegué hasta apretarme la mandíbula para no llorar. Pensaba que cada ciudad, cada etapa de la vida hacen un mundo y me era impuesto comparar este mundo del río de Santamaría, de los hombres analfabetos y el ambiente del Chámame, antro donde cada tanto iba a elegir a mi puta. Siempre que el tiempo lo permitiera. Mi cerebro tenía un recurso llamado Díaz Grey pero al cual ahora me era imposible recurrir. Me iba angustiando la atenuada sospecha de que el resto de mi vida pudiera transcurrir frente al río y la represa, junto a dos hembras de edades muy distintas y semianimales. Pero la autocompasión y la nostalgia, exageradas sin quererlo, no eran útiles para el consuelo.
Los años pasados en Francia, a pesar de hambres, fríos y lluvias, habían sido un estar en el mundo. Aquí, a pocos kilómetros de un pueblo que aspiraba a ser ciudad, me sentía como testigo del nacimiento de la vida terrestre. Los insectos de formas extrañas y siempre voraces de sangre, los aullidos de animales todavía desconocidos que llegaban desde el bosque me confirmaban que no estaba verdaderamente habitando un mundo real.
Todavía puedo recordar, como si la hubiera visto alguna vez, aquella caja de cigarrillos. La habían hecho de madera cara y delgada, de inexcusable color habano. La tapa, de cerámica coloreada, reproducía fielmente la escena que adornaba la tabaquera de Pirrón que le fue hurtada en un convento donde le dieron amparo en una noche tempestuosa.
22 de octubre
Aunque el álbum tenía como título Pintura de Francia grabado en grandes letras doradas, casi insolentes, encontré la reproducción de un cuadro de Picasso. Se llamaba La cortesana con el collar de gemas y recordé de inmediato cuánto me había deleitado y hecho sufrir aquella mujer durante unos meses que vague por Buenos Aires como marinero sin patrón.
Recordé aquellos días, aquellas tardes —menos los lunes— en que el museo estaba abierto. Allí se exponía una colección de pinturas que mostraban el gusto exquisito y seguro de quien había ido comprando los cuadros. Ahora los herederos la ponían a la venta y la Cortesana amenazaba irse en el lote, como sucedió.
Tuve lástima y simpatía por aquel muchacho, bien vestido con pobreza y mal alimentado pero compensado por aquel amor absurdo, por la fijación de sus ambiciones. Pero el ser perdido que una vez, en un tiempo, fue parte y principio de mí mismo, había sido más joven, con distancia de años, así que todo buen sentimiento estaba manchado por la envidia. Echado en el camastro, mirando la cara sensual y ordinaria de la mujer con su gran sombrero emplumado, imaginaba estar a espaldas del muchacho extraviado, tolerado por los guardianes, los ojos clavados con reflexión y éxtasis en la pintura tan ajena.
La claridad, nunca el sol, apoyándose con alegría en las piedras del collar. Un día antipático, frío y ventoso, cuando los estudiantes festejaban la primavera ausente en calles y plazas, entré al museo y fui sorprendido por el caos. Los caballetes habían cambiado de sitio, de las paredes colgaban otros cuadros y mi amor ya no estaba. La injuria al pie de la lámina en la que se leía Memorial Reagan Museum. Texas era aumentada por un cartel: Exposición de pintores argentinos postmodernos.
Dejé el recuerdo y con un sentimiento de posesión y crueldad clavé a la Cortesana contra un simulacro de tabique hecho de tablas. Sabía que al poco tiempo el verano eterno y sus manchas de sol iban a amarillear a la mujer, la iban a torcer e hinchar como el cuerpo de una embarazada.
Elvirita arrastraba y torturaba los restos de un camioncito de juguete, sentada en el polvo. Me espiaba y simulaba volver a su tarea. No consiguió respuesta cuando preguntó:
—¿Esa es tu novia? —y luego—: ¿Para ser señora hay que ponerse un sombrero así?
Y una tarde sin Eufrasia, llena de nubes blancas, con amago increado de tormenta, estaba leyendo un viaje que hizo mi amigo Bárdame (era uno de mis amigos, nunca vistos, los que imponían talento con palabras, frases, a veces libros enteros) cuando Elvirita preguntó:
—¿Qué haces?
—Leo —respondí sin mirarla.
—¿Qué cosa? ¿Qué es leer?
—Palabras.
—¿Están todas en el libro que lees?
—Todas.
—Las que dice la mama y yo también —preguntó la chica.
—Todas. Todas las palabras se hacen con letras.
—¿Qué son?
Le mostré una página del libro y señalé con el cigarrillo sin encender.
4 de noviembre
Llegaron las lluvias. Hace días que llueve sin viento y las rayas brillantes parecen agujas de metal finas para siempre, impuestas con odio para aumentar depre, mufa, haina, cafard.
Bien sé que siempre se está rodeado de campo, siembras y cosechas, sobre todo viñas, y habrá miles de personas alegrándose con el agua bendita que puede salvar lo que plantaron con fatiga, recogerán con fatiga para esperar el fatigoso chalaneo con los compradores que se habrán descolgado desde las ciudades para estafar y mentir promesas. Claro que los enviados no son más que eso. Atrás están los empresarios, las multinacionales invisibles y seguras de que el chalaneo les resultará ventajoso.
Pero mi mal humor no se contagia de las alegrías pasajeras de los destripaterrones. Algo le pasa a mi vista y leer me resulta molesto. Lluvia y nada de libros y el olor grasiento de las comidas que prepara Eufrasia (A que está muy rico, verdá patroncito) y además apestan las inevitables tortas fritas.
Cuando le agradecí con una sonrisa de buena digestión algo que no sé que era y que podría llamarse, con ironía cruel, tournedos aux fines herbes, sonrisa que ella me devolvió con su perfecta dentadura postiza y unas llamitas esperanzadas en los ojos, tuve un pequeño susto por la situación, por ella y por mí mismo.
La cara de la mujer seguía siendo inadmisible pero las nalgas podían competir ventajosamente con las de cualquier muchacha africana. Por lo menos, en aquella media tarde entibiada y lluviosa, yo empezaba a sentirlo así. Y sólo había tornado un buche de aquella caña que la mujer adobaba con hojas de coca que debían agregarse al primer hervor, como me fue explicado.
27 de noviembre
No puedo saber por qué este recuerdo, esta imagen, que nada parecía anunciarme, se mantiene imborrable después de tantos años. Puedo pensarla hasta en sus detalles más triviales.
Estaba durmiendo mi siesta hasta que el calor y un mal sueño me despertaron. Me levanté tratando en vano de sujetar la cola del sueño y salí a la resolana. Entonces lo vi. Estaba quieto como una estatua, toda la figura tostada. Tendría unos ocho o nueve años, desnudo el tórax escuálido, el pantaloncito sujeto al hombro con una sola tira de trapo. Cuando me extrañé al descubrir que su brazo izquierdo sostenía contra la cadera un perrito del mismo color bronce que él, me mostró una sonrisa que proponía amistad y era blanquísima.
—Perdóneme, señor, que le haya entrado a las casas sin permiso.
Traté de devolverle la sonrisa y anduve unos pasos para ponerle una mano protectora encima del pelo endurecido por la mugre y toqué al perro con un dedo.
Él dejó en el suelo al animal que se apresuró a olisquearme los pies descalzos. Entonces el muchacho se puso a recitar:
—Aquí ando vendiendo perros de pura raza y su precio es a voluntad.
—Conozco esa raza —le dije—. No me acuerdo si se llama cinco o siete leches.
—Perdone, señor. Los hermanitos sí pero este no. Lo que pasa es que la madre es una perra muy paseandera. Le juro que este no, señor. Si no me cree tírele del cuero del cogote y va a ver.
Lo hice y puse cara de satisfecho. Cuando mi voluntad se concretó en un billete, el muchacho se asombró.
—Todo?—preguntó.
Esperaba monedas; retrocedió unos metros sin darme la espalda, luego se volvió y se puso a correr.
Cuando Eufrasia hacía la comida al aire libre, y esto a través de un número incontable de meses se había hecho frecuente, me sobraban perros vagabundos con los costillares casi visibles.
Aquel perrito, perro perrazo, tenía un exceso de fidelidad. Me resultaba imposible apartarlo de mí. Dormía en mi cama hasta en noches calurosas y me acompañaba en el jeep cuando iba de visita al pueblo. Todas mis negativas, mis falsos gritos y amenazas morían en su mirada cariñosa.
Nunca logré que Eufrasia lo tolerara. La mujer me auguraba pestes numerosas por mis aproximaciones físicas con la bestia que se portaba con la mujer mostrando una indiferencia tan insolente que parecía no verla ni escucharla. El perro causó muchas discusiones con Eufrasia aplacadas con caña paraguaya, pero nunca en la cama. Tal vez la más apasionada fue la provocada por la ceremonia oral del bautizo. En recuerdo de un perro muy querido y nunca visto decidí llamarlo Trajano.
Cuando lo supo, Eufrasia comento entre risas:
—El patroncito está de broma. Nombres de perros son Fido, Capitán, Lobo, Pelin.
Recuerdo que aquella mañana, al afeitarme había descubierto muchas canas en mis sienes y esto me puso malhumorado y triste. Le dije a Eufrasia con grosería:
—El perro es mío y lo nombro yo. Se llama Trajano.
Pero día tras día mi resolución se fue gastando y el perro acabó por obedecer a la sonora sílaba de Tra y se hizo tan amigo mío que a veces su cariño era un estorbo, tal como me sucedió con alguna mujer de mi pasado.
Y en este cuaderno de memorias el perro Tra es inexcusable: porque me acompañó hasta el final, porque jugaba conmigo cuando se produjo en mi vida una dicha muy grande, como también una melancolía que conservé hasta hoy.
3 de enero
Cuando Eufrasia se llevó a Elvirita —El padrino la quiere estudiante— me privó no sólo de la niña, sino de disfrutar de ese encanto que se llama infancia y que va desapareciendo, según yo lo siento, a partir de los tres años. Comienzan a escasear las sorpresas, tan abundantes cuando se avanza tanteando, palpando con dedos tímidos y todavía inocentes el mundo, sus asperezas y sus blanduras acogedoras.
Flotando ignorante en la dicha de la infancia, Elvirita derrochaba raros privilegios. Mucho tiempo pasó y puedo ver la vieja carretilla sin rueda, gris de madera y polvo. Junto a ella la niña invitando con la pregunta que ordenaba:
—¿Dale que esto es un tutu?
Yo aceptaba sin palabras y sentado sobre el mueble en ruinas viajaba inmóvil, confiado en la pericia de ella, manejadora del gran automóvil de lujo, dándome la espalda, gritando incomprensibles voces de mando.
También puedo verla una noche de calor y luna llena sentada a mi lado en la vereda de ladrillos frente a la casona. Algo le habría dicho Eufrasia sobre el hombrecito que en la luna cargaba eternamente un haz de leña. Le dije que no era cierto, que a la luna sólo iban las niñas buenas. Entonces no ella, sino la infancia apuntó con un dedo sucio al enorme disco y dijo:
—Yo no voy. La luna está lejos y siempre, lejos hace mucho frío.
Y además, infancia me estuvo dando un día y otro las pequeñas alegrías de las palabras mal pronunciadas. Recuerdos desvaídos por los años y la lejanía. Tal vez enfriados, como dijo la niña.
10 de octubre
Estaba muy lejano el tiempo en que, padre y maestro cariñoso, la sentaba en mis rodillas para enseñarle el alfabeto.
Con fingido desinterés hice a Eufrasia una pregunta distraída y ella me explicó en su lenguaje personal que la chica está con sus padrinos, él es un militar retirado (aquí imaginé al viejo baboso) y la tienen como a una hija, tiene amiguitas y está grande que no la va a conocer, no es que aquí gracias a Dios haya faltado nunca la comida pero los padrinos le dan comida compensada o no se bien como la llaman.
Imaginé a la muchacha gorda, obesa, perdiendo por los mofletes el encanto de la inocencia. Dividó su recuerdo y mantuve la tarea auto impuesta de anotar los largos pasos que iba dando hacia la civilización mi franja de tierra sanmariana. Ante todo la desaparición de la llamada barranca Yaco, progreso que me permitió reanudar mis visitas al Chámame ya que mi jeep, misteriosamente inútil, ahora funcionaba de manera perfecta, también misteriosamente.
Ya no existía el puentecito de madera y barandas de soga que cruzaba el no para unir ambas Santamarías. Ahora yo veía blanquear la superficie de una lengua de cemento —hasta se hacía sostener por tres arcos— que soportaba el paso de grandes camiones siempre que lo hicieran bien distanciados y en fila india. Y por sobre todo yo tenía, otra vez en mi vida, la primavera con su inquietud, con la imposición de hacer proyectos y con muchas noches castas en las que Eufrasia me reiteraba la jarra de lata y yo bebía y fumaba sentado aruera en un sillón hecho para un trasero mayor, contemplando el lento viaje de la luna sobre las copas renegridas del bosque.
Pero debajo de cada primavera están acumuladas, inconcretas, otras, de recuerdo ya envejecido que han depositado para siempre su gota de dulzor o amargura en la memoria. Gotas que reviven e impregnan sutiles la primavera recién nacida. Y sí, el pasado es inmodificable.
Un atardecer me fui llenando de ganas de visitar Santamaría Vieja y el Chámame con la esperanza de encontrar alguna puta no repugnante, no demasiado estragada y con el carnet de salud al día. Además podía cumplir con el pedido de la loca mujer-hija y visitar al médico que siempre velaba hasta la madrugada.
No me atrevería a decir que el Chámame fue descubrimiento mío. Hace muchos años que un amigo muy querido me habló de ese local de baile, por entonces casi increíble. Aquel amigo era hombre de pocas palabras, pero cuando andaba estimulado hablaba muy largo y con una prosa que no puedo comparar, por su belleza, con ninguna otra que yo haya escuchado. Aun forzando el inútil recuerdo. Pero el querido amigo sólo conoció al Chámame con luz de día. Subsiste, sucio por el tiempo y el mosquerío, el cartel no siempre respetado que prohíbe «el porte y uso de armas». Están también, carcomidas y aún firmes, las gruesas vigas de madera que parecen, ahora, sostener o decorar el espectáculo nocturno hecho con putas, matones, borrachos de cualquier origen, milicos y curiosos arriesgados. Faroles a gas alumbran desde las vigas y construyen sombras movedizas y grotescas para las parejas que bailan y sudan.
La primera vez que baje por los tres escalones que llevaban a la sala del Chámame, la gente escaseaba, era un lunes. Elegí una mesa, me senté y pedí una caña al negrito Justino que entonces hacía de mozo, como hizo de tantas cosas antes y después.
El ambiente parecía vacío y yo en el centro. Allá por el fondo dos mesas con parejas que discutían de amores o precios. Próxima a mí una mesa con mujer sola. Tal vez esperando a un cliente fijo o a su macho. Fumaba como yo y de vez en cuando llenaba un vaso de una botella ya mediada del espantoso vino de la casa.
Al poco rato empecé a sentir o apenas intuir que algo raro sucedía en la mesa de la mujer próxima y solitaria. Supe que no estaba borracha por la firmeza con que sus manos usaban el encendedor plateado y los cigarrillos. Pero, sin dirigirse a nadie, mirando la madera de su mesa, el cuerpo abandonado al desinterés, la mujer hablaba y respondía a nadie. Lo hacía en voz alta, preguntaba y contestaba. Si no borracha, loca. Llegué a creer que mi vecina conversaba con espíritus, ángeles o diablitos amigos.
Guiado por algún movimiento de la cabeza de la mujer creí que el interlocutor invisible estaba a su derecha. Me levanté y anduve paseando frente a los escalones como si esperara. Luego me puse a recorrer la gran sala que, libre de gente, estaba triste y fría.
Entonces el misterio de la charla con espíritus o almas en pena se me reveló con su golpe de asombro y asco.
La mujer de la mesa próxima estaba conversando con otra, que la naturaleza había embutido en una de las tres letrinas sin puertas y, sentada en el inodoro, porfiaba su relato y sus respuestas.
Tiempo después uno de los patrones, tal vez haya sido el Chino, me explicó que habían sacado las puertas «para evitar atos oscenos de maricas y para peor sin pagar». También me ilustró haciendo un paralelo entre mujeres y homos declarando victoriosas a las primeras porque cuando quieren y no pueden se mojan y aguantan mientras que ellos se enferman «del sistema nervioso».
Pero por la noche, sábados y vísperas el Chámame fortificaba su prestigio. Para mi nariz, a la barrera de los tres escalones, se aliaba una invisible cortina de mal olor. El recuerdo amoniacal de muy viejos orines ayudados por orines frescos. A medida que crecía la noche eran ayudados por los sobacos de las parejas que bailaban al compás de los tres musicantes que tomaban sus tragos durante las pausas. También ellos, forzando la sonrisa, contribuían pobremente con los hilitos de sudor que les resbalaban en las caras.
Y era imposible ignorar la mezcla dulzona y repugnante de los perfumes baratos de las mujeres.
Sin olor perceptible, giraban, iban y venían los colorinches de sus vestidos, apenas disminuidos por el humo espeso de los tabacos.
Pasados unos cuantos minutos era posible adaptarse y reconocer a los personajes de todos los sábados, aquellos ya integrados y que parecían paridos por el Chámame y acaso inmortales.
Si alguien, como me han contado, aspiro un día a ser regente de un prostíbulo perfecto, las imperfecciones del Chama —así se permitían llamarlo los clientes de toda la vida— conformaban el más extraño prostíbulo de todo el mundo.
Comienzo por capricho o respeto recordando al Juez. Como un contraste excesivamente violento con la grosería congénita de un milico llamado Autoridá, allá en el fondo, casi apoyado contra los vidrios de una ventana, estaba sentado, noche a noche, el Juez. Ocupaba siempre una mesa-escritorio contra la pared y allí apoyaba el respaldo de su silla. Llegaba siempre con una valija cilíndrica, de las llamadas de cobrador, y de allí sacaba una botella virgen de whisky y un mazo de papeles que distribuía sobre la mesa. Nunca vi que los mirara.
Era un hombre cincuentón de abundantes cabellos grises siempre bien peinados, dentadura blanca que mostraba pocas veces y nariz ganchuda. Su voz tenía un tono curioso a la que nunca pude atribuirle con certeza ningún origen. Jamás se me ocurrió que fuera judío.
Sólo hablé con él una noche que me pareció propicia porque lo sospeché borracho. Había desparramado sin sentido su papelería sobre la mesa; había olvidado esconder la botella en su valijita, de modo que pude conocer el nombre de su veneno. Se llamaba Only Proprietor, marca para mí desconocida. De vez en cuando, espontáneamente o a una seña suya incomprensible para el sucio chusmerío chamameguiano, se le acercaba el patrón o sea la Autoridá.
Me fatiga escribir estos recuerdos. Pero la Autoridá es ineludible. Toda Santamaría sabia que este milico de sector policial era homosexual. Y él sabía que todos sabían. De este conocimiento don Autoridá extraía un estado permanente de desconfianza y maldad. Donde no había otra cosa que indiferencia, él sospechaba burlas y alusiones.
Pero así, borracho y con su grotesco uniforme, el ojo enrojecido y semituerto, Autoridá era el patrón sin disputa del Chámame. Inventaba leyes absurdas que se cumplían sin quejas. El juez barajaba papeles y bebía, ausentándose. Mucho tiempo pasaba entre sus llamados silenciosos, el curioso garabato de los dedos. Enseguida el secreteo de cabezas juntas y el Autoridá se erguía obediente y resuelto, se acercaba a la mesa del condenado y no necesitaba murmurar ordenes para que el indeseado se levantara y saliera a la noche.
No se si los reglamentos que disciplinaban la vida nocturna del Chámame habían sido dictados por el Señor Juez o por el milico de mierda (más adelante supe que su apellido también tenía una M como inicial). Estaba prohibido negociar con las mujeres dentro del local. «Esto no es quilombo», solía repetir la Autoridá. Los tratos se hacían en la calle luego que los hombres hubieran hecho selección e invitaran a la mujer a salir mediante un seco golpe de cabeza.
13 de octubre
Recién ahora recuerdo o quiero recordar que dentro del álbum venía una carta de París que decía:
Como en carta de suicida escribo que ignoro si ésta llegará a tus manos antes de que me canse de cumplir con tu montaña de pedidos llorones y abandone.
Tom de paso para USA quiso saludar París. Es un caballero y tiene un buen gusto que prepara nostalgias sin remedio. Fue una noche. Pero nada de lo que imaginás. Tom, amigo de causas perdidas, me informó que, por órdenes superiores, te había abandonado, ahí que te pudras, acompañado por una mulata hedionda y una nena rubia a la que estarás viendo crecer hasta un momento mejor. Te conozco bien por lo menos en ese terreno.
Así como se alimenta un pavo para las navidades, la estarás madurando con caricias, mimos y tolerancias. Pobrecita. O tal vez te casés con la negra maloliente y la niña se convierta en hija y qué bello el incesto. ¿Por qué vienen los cheques de tu sueldo o soborno por el Crédit Lyonnais cuando los patrones están en Filadelfia? Tom me dijo al pasar que en esa excrescencia de Santamaría hay un prostíbulo. Tal vez eso te libre de las posibles maldades pronosticadas. Lo imagino y espero que salve tu alma inmortal.
Lo veo como una de aquellas enormes cajas de madera que nos llegaban desde Detroit en barco con un Ford adentro. Como puerta, una cortina de arpillera. Hombres sucios haciendo cola en un largo banco o desparramados en los arbustos. Comprenderás que no quiera agregar nada a lo que pienso, salvo la estufita siempre encendida con su repugnante olor a querosén, olor que podía excitar a Julius por asociación. Divagar es incoherente como una droga, una confesión que no se da jamás entera pero alivia. Me dijo el mercader que los discos estaban acondicionados de tal manera que podían llegar a la China sin rayarse. La selección de libros la hicieron nuestros amigos, creo que ellos saben, y espero que te hagan feliz. Ahora sí estoy aburrida. Sólo me queda paciencia para recordar aquella caminata por la Rue Florence, hacia mi casa, que tu interrumpiste justo en la mitad por un dolor de anciano. Todavía me resulta incomprensible. Pero, sobre todo esto, ni una palabra. Tuya en lo que se puede,
Aura
Miré mucho tiempo la carta. Debajo de la firma o nombre había una línea de margen a margen, hecha con una guarda griega que aludía a un recuerdo, a un secreto que solamente Aura y yo podíamos descifrar con nada más que mirarla. El secreto o recuerdo exigiría muchas páginas para ser aclarado a un neófito. La guarda se extendía hasta caerse del margen y prolongarse, vibrando, en mi memoria.
15 de octubre
Cuando se fueron los gringos Díaz Grey me hizo llamar y así se inicio una serie de entrevistas. Juntos hablábamos de cualquier cosa y nunca en serio. Yo sentía que me estaba tomando examen. Pocos días después comenzaron los camiones.
Pero aquellos encuentros me hicieron bien porque yo me sentía tan fuera de la vida que aquellas visitas me hicieron comprender que estaba viviendo aunque no hubiera sido, tantos meses, nada más que como un triste peón manipulado. Recuerdo claramente que había hecho un viaje al Chámame, que tome algunas copas, que estaba frente a su mesa la cabellera blanca del juez, que Autoridá me pareció un poco más repugnante que otras noches y, como no andaba con ganas de mujer, atravesé silencioso entre la doble fila de ofertas y me alejé caminando hasta la casa del médico. Subí las escaleras y vi que las luces del despacho estaban iluminando visitas. Sabía que el doctor Díaz no se iba a dormir antes del amanecer, pero yo creía tener el privilegio de ser el único visitante nocturno. No sólo había voces sino también risotadas de hombre gordo, grosero y feliz.
La puerta permitía una ancha raya de luz. No hice más que golpear con los nudillos la vieja serial. Se hizo el silencio y luego me llegó el «entre» de la voz del médico. Estaba como casi siempre, sentado detrás del escritorio y, en una butaca, con la cara sudada y perniabierto, sonreía el hombre gordo que yo había presentido.
Di unos pasos sin destino y comprendí que no había bienvenida para mi visita. Sentí que estaba molestando, interrumpiendo. El médico no me pareció inquieto —jamás lo estuvo— pero hizo una pregunta idiota y forzó una sonrisa cómplice y cordial.
—¿Qué tal estuvo el Chámame?
Lo mire sin contestar a su frase que no era pregunta. El hombre gordo nos miraba alternativamente. Entonces Díaz tuvo que ponerse de pie para hacer las presentaciones inevitables. Parecía estar actuando:
—El señor Carr, el señor Abu Hosni.
Comprendí que la risa que había escuchado no pertenecía a un gordo grasiento sino a un hombrón que me oprimía la mano mientras me miraba escrutando, valorándome. Tenía una cabeza grande y seca, pelo y cejas renegridos, una nariz audaz y delgada encima de la boca cruel que ahora se disimulaba con la sonrisa, los grandes dientes muy blancos.
Dijimos las tontas palabras de siempre, de gusto y encanto, y él autorizó como en broma pero con un suave matiz de orden:
—Yo soy, para todo el mundo, el turco Abu. Así me dejo llamar en Santamaría. Llámeme no más el turco Abu. Usted ya es mi amigo y yo nunca me equivoco.
El turco volvió a sentarse sin abandonar la amistad de la sonrisa. Llevaba un traje muy caro, una horrible corbata pintada a mano por un enemigo y en la muñeca derecha brillaba un reloj de oro.
Hubo un silencio y sentí que el malestar del médico iba creciendo. Supe que le caía mal mi coincidencia con Abu. Algo después supe que estaba escrito nuestro encuentro pero que Díaz lo pensaba postergar. Por un mal demonio fingí no sospechar y me puse a charlar con el turco de cualquier cosa, de Santamaría incluso. No era bueno el ambiente y el médico trato de intervenir:
—Hace mal, Abu, dejando el coche afuera. No olvide que ya llegó el hambre a Santamaría: están naciendo muchos delincuentes.
El turco hizo una media carcajada.
—Me gustaría, doctor. Yo nunca viajo solo. Si algún despistado toca el Mercedes, mañana lo tendrá mansito a sus ordenes. Bien helado en alguna cama de mármol del hospital.
—Pero yo vi el automóvil vacío —dije.
El turco levantó un dedo como salmodiando:
—Ojos que no ven, corazón que se arrepiente. Siempre demasiado tarde.
Despues se me ocurrieron: payaso y peligro. La conversación estuvo dando unas vueltas aburridas hasta que alguno de ellos recordó un incendio del que nunca había oído hablar.
—Es el estilo sanmariano —dijo el médico—. Es triste pero la verdad fue que hasta en eso fracasaron.
—Cierto —afirmo el turco—. Pero nunca se demostró que la cosa fuera planeada.
—Y yo diría que para mayor humillación, aparte de arder dos o tres ranchos y que por suerte nadie murió, la consecuencia más grave se registró en la tienda del judío. Cerró las puertas y la vidriera y un día entero estuvieron los dos muchachitos empleados quemando los orillos de las telas y no sé que más, para poner al final el gran letrero: mercadería salvada del incendio. Vendió todo lo que quiso después de subir los precios. Porque la gente es imbécil sin limites y los sanmarianos un poco más.
El turco festejo con grandes carcajadas que alteraban lo impasible de sus ojos.
—Sí, tiene gracia —continuó el médico—, pero vale la pena oírselo contar al gallego Lanza. Estaba trabajando en el diario cuando estalló la cosa. Ahora tiene un reparto de revistas y trata de vender libros viejos y demasiado buenos para estos animales. También, creo, algo de pornografía. Es que el pobre tiene el extraño capricho de querer comer todos los días.
—Se me hace tarde —dijo el turco—. Y debo decirle, doctor, que me gusta mucho este amigo y rival. Estoy seguro de que nos vamos a entender.
Díaz se levantó y dijo con enojo:
—Habíamos quedado...
—Sí, pero no veo la diferencia. Hoy o mañana da lo mismo. Ya está todo a punto. Volvió hacia mí la gran sonrisa:
—Toda el agua para usted. Toda la tierra para mí.
Así que esa noche empecé a comprender con mayor claridad cual iba a ser mi destino. Para que me había traído a Santamaría el profesor Paley y en que consistía el juego que distraía ahora al doctor Díaz Grey.
10 de noviembre
Después de la entrevista en la que sentí que el médico nos presentó con disgusto, el turco volvió varias noches seguidas, por lo menos durante una quincena. El gran coche delataba su presencia y yo vagabundeaba un tiempo en los alrededores de la casa lacustre para que hablaran tranquilos sobre asuntos que todavía no eran míos.
Una vez el turco estuvo contando un recuerdo que le hacía mucha gracia y que, sin embargo, traducido tenía bastante belleza. Sobre todo si se lo pensaba agregando algunos detalles, algunas mentiras que acaso no lo fueran del todo. Suprimo las risas con las que el narrador fue acotando las muestras de ingenio.
Más o menos, el turco habló como sigue:
—Bueno, la cosa es que al triste diosecito de ustedes le dio un día por darle un respiro al paisito. No por maldad y acaso sin propósito. Como es su costumbre, la buena cosa les llegó de carambola.
El dios de segunda organizó una guerra entre amarillos y rubios del norte. Lugares de temperaturas buenas para esquimales, según creo. Así que los soldados morían baleados o ensartados como pollos en bayonetas o reventaban congelados. De modo que los fabricantes de textiles no podían evitar las dos primeras formas de muerte pero trataron de retardar la última exportando ponchos, mantas o cualquier forma de abrigo. Bueno, como le venía diciendo, yo pagaba religiosamente cada viaje. Taca taca. Pagaba en buenos billetes, al que llamaremos guía, para que repartiera. Cantidad según mercadería y peligros. Y todo así hasta que un buen día cae el guía o jefe de ruta que era un moreno grande como una casa, Manuel se llamaba, cae y pide entrevista. Le dije que hablara y lo que dijo me llenó de asombro y en el momento me costo creerle: La indiada ahora no quiere más el pago con billetes de banco cada día. Con eso van comprando menos. Usté sabe que es así. Es la inflamación y a todos perjudica. Usté tiene muchos, patrón, y que Dios se lo bendiga y lo haga crecer. Pero usté también perjudica.
Los dos, recuerdo, cerca de mediodía con un calor que daba asco, los dos con el matapenas a la vista y al alcance. Jamás escuche a Manuel hablar tan largo.
—No entiendo —le dije. Y en ese momento era verdad y empecé a sospechar una marranada, pero no me era dado adivinar de que se trataba ni de donde vendría.
—Me dieron aviso y no se van para atrás. Quieren cobrar en oro, en esas monedas que llaman terlinas.
Yo mucho le argumenté que era una complicación —disparate, dije primero—, pero el mulato seguía firme: Última palabra, dicen, y amenazan con pasarse a don Aniceto. Así estamos, patrón.
Después de dar vueltas y mirar el asunto por todos los lados, hubo acuerdo. Y éste es el pacto rigurosamente cumplido. Yo cambiaba pesos por libras con una pequeña ganancia. Siempre había excusas. Las libras iban a Manuel, éste las ponía en un recipiente que había contenido rodajas de abacaxi y, una vez pesada la mercadería, venia el reparto. Le insinué a Manuel que aquello me parecía un poco injusto.
—No, patrón. Ellos lo quieren así. Al voleo. El que agarra, agarra, y el que no, se jode.
—Supe de un muerto y de varios maltrechos.
Aquí el turco cambio de tema y dijo:
—Yo no soy de leer mucho pero puede que usted sí. Y dígame, si usted está leyendo un libro y se encuentra con un tipo que habla tanto como yo, de que hace? Cierra el libro y putea al que lo escribió.
Ahora sí señaló la gran carcajada del turco que se alivió doblándose. Después dijo:
—Es una especie de enfermedad y hasta me han dicho que tiene nombre.
15 de noviembre
Apunto un sueño sin retocarlo:
El hombre llega sudoroso en un caballo viejo y lento, tercamente ajeno a los apuros que buscaba imponerle el látigo. La gorda panza dividida por la cincha en dos. Encajado en aquel paisaje y aquellas costumbres, el forastero resultaba disfrazado. El jinete, desmontando con penuria, se revela pequeño y flaco, anda con el cuerpo recto y rígido, en un muy viejo afán de simular estatura. Piernas enfundadas en polainas, tiras de genero hasta las rodillas y una sombrilla roja sin desplegar. Cuando logra apearse de la cabalgadura avanza autómata unos pasos, alarga gran sobre marrón. Detrás del hombre y su ridículo, la mujer del doctor salta de entre los altos yuyos, se arregla ropas, acaba de orinar, no se seca. Sonriente avanza hacia mi asombro, sonriente jovial contiene la risa, me alarga una mano. Caballo preñado y hombre con sombrilla y gran sobre arrimados a la casa, a la sombra única del gran pino. Ella cabecea, afirma, sacude el borde de la falda como abanico para aliviarse del calor. Él está examinando las láminas coloreadas sujetas a las tablas de las paredes, tal vez para adornarlas, tal vez para intentar detener las rachas frías de las madrugadas. Yo respetuoso. Permanezco afuera, miro el contenido del sobre. Dos niñas juegan y ríen yendo hacia el río. La mayor y esposa del doctor insiste en fingir comerle la barriga a la pequeña, arrancarle pedazos que simula comer. Rubita, panza arriba en el suelo, carcajea. Festeja, se retuerce por las cosquillas. No me avergüenza abrir la sombrilla roja y caminar cuidadoso hacia el río y su curva. La mujer se aparta de mí. Dice, incongruente, en voz alta: «Dijo mi papi que le manda decir que cuando vaya de putas nos venga a visitar».
25 de marzo
Mucho demoré en satisfacer la invitación que me había trasmitido en mi sueño la mujer de Díaz Grey. Y nadie tuvo la culpa. A fines del verano comenzó, manso e infatigable, lo que llamaban el tiempo de las lluvias. El agua del cielo caía ruidosa y tibia sin mañanas ni noches. Todo el mundo era gris, invariable y sin dar esperanza. La niña con su madrina desde días antes. De modo que allí estábamos solos, encerrados y malolientes Eufrasia y yo. La mujer cocinaba, yo leía sin entusiasmo. La mujer también acumulaba chismes sobre familias de Santamaría Este, gente que yo no conocería nunca. Pero los primeros días de calor y humedad yo comentaba: que me dice, no puede ser, que barbaridad. Y muchas veces mis palabras no coincidían con lo que hubiera correspondido decir. Después pasé a los monosílabos y luego al silencio. Ella hablaba, yo leía o contemplaba el paisaje monótono del ventanal de la habitación mayor donde estábamos atrapados. Con el torso desnudo me distraía contando las gotas de sudor que me caían de la frente y el cuello. La ducha del cuarto de baño se negaba a funcionar; de modo que yo salía afuera, me duchaba y jabonaba bajo la lluvia, a pocos pasos de la casa.
Cuando entre, ella seguía conversando, ahora con el jarro de lata que contenía su bebida favorita, casi la única. La probé una vez y me abraso garganta y esófago. Viendo mi cara se puso a reír y me explicó que no era aquella bebida.
—Es fuerte, patroncito. La primera vez, pero uno se va acostumbrando. No es como aquel güisqui de los gringos. Como usted poco toma, todavía quedan botellas. Esto no es caña brasilera ni caña paraguaya. Pero es las dos cosas con un agregado de mi idea. Hay que hervirlo, pero hay que saber cómo, junto con hojas frescas.
Me alivié tomando mucha agua del porrón de barro. Cuando la luz empezó a escasear le pedí a Eufrasia que encendiera y me trajera un farol de mantilla para seguir leyendo. Depositó el farol sobre la mesita que había soportado el peso de mis pies descalzos. Me pareció de inmediato que el calor aumentaba. Ahora la luz le iluminaba la cara desde abajo. Resaltaban sus pómulos de india y su sombra alargada se movió débilmente en la pared.
—Eufrasia: usted tiene un hermoso culo.
—Yo sé que está mintiendo, patroncito, patroncito, pero estuve contando cuanto tiempo anduvo demorando.
Me levanté y estuve mirando por unos segundos la cara burlona de la mujer que no me pareció tan fea como la de todos los días. No hubo más prologo. Ella echó a andar hacia su sucucho, segura de que yo la seguía, ligado al imán de su trasero, aunque no necesitara oír los pasos de mis pies desnudos.
Pareció que hubiera un desafió sobre quien se desnudaba primero a juzgar por la velocidad de nuestros movimientos. Ganó ella y se tumbo en el colchón, aplastando protuberancias.
Con las ansias, sus olores femeninos revelaron su violencia y el placer le deformaba la cara: estaba bizca, suspiraba con la boca abierta como para facilitar la salida de finos chorros de saliva teñidos de verde por las hojas de coca. Sentí que aquello me enfriaba y manotee las baldosas del suelo buscando la ayuda de cualquier cosa. Conseguí una bolsa de arpillera y le tapé la cara. Curiosamente, esto pareció excitarla todavía más y redoblo sus esfuerzos hasta alcanzar, un minuto después que yo, la dicha y la locura, rodeadas de un griterío, frases sin sentido.
La segunda vez casi sucedió con un sol furioso que parecía vengarse del tiempo de las lluvias. Tal vez fue meses después de aquella clausura impuesta por los torrentes de agua. Ahora sí había un culpable: el jeep se negaba a funcionar y los días claros, las noches tibias se sucedían marcando mi inquietud, mi nostalgia por el Chámame. Eufrasia nunca usó el recuerdo de aquella tarde lluviosa para alterar su condición de sirvienta. No lo hizo con la mirada ni con la pobre sonrisa. Seguí siendo, hasta el final, Patroncito o Don Chon.
No creo que yo haya tenido la culpa de lo que provoqué. Mi movimiento fue más instintivo que consciente. Trato de excusarme pensando que fue un homenaje despersonalizado a la adorada condición de mujer.
Yo no sentía deseo por Eufrasia ni suponía otra visita a su dormitorio cuando ella pasó a mi lado en alguna de sus tareas domésticas. Yo estaba leyendo una revista vieja. Casi totalmente distraído alargue un brazo, le di una débil palmada en las nalgas y escuche de inmediato un resto de su risa.
Muy poco después secreteo desde su puerta dos veces patroncito y finalmente, como eludiendo confianzas, Don Chon.
Me volví y allí estaba, de pie, sosteniendo con ambas manos una bolsa que le tapaba la cara. Viejo juego infantil que hacía más dolorosa su aceptada humillación. Esta aceptación era antigua de muchos años; había sido impuesta a su raza por la barbarie codiciosa de los blancos. De modo que desprendí con dulzura de sus dedos la bolsa y le di un beso en la frente.
—Perdóname, Eufrasia. Hoy no. Me siento mal.
En aquel marzo comprendí que mi inquietud, a veces tan vecina de la angustia, nacía por una larga ausencia de Elvirita.
2 de abril
No iba a casa del médico solamente para retardar el embrutecimiento a que me condenaban la soledad y el alcohol. Eufrasia, cada día menos persona, atontada por la bebida — ¿me da un buchito, patrón? —, despistada para caminar hasta la ciudad nueva para visitar a Elvirita y buscar hombre. Desde mi rechazo a la segunda bolsa no volvió a insinuárseme. Así las charlas nocturnas con el doctor me devolvían al perdido mundo civilizado y yo las necesitaba, fuera o no a visitar el Chámame. Otras alegrías me llegaban cuando vencía la torpeza creciente y lograba agregar nuevas páginas a estos apuntes.
27 de abril
Hoy fue un día de novedades. Una, ya me la había anunciado Díaz Grey sin darle importancia, como quien pregunta sin esperar respuesta: ¿cómo le va? Llegaron hombres vestidos de azul y, entre nubes de polvo que caían de paredes perforadas y muchas maldiciones y blasfemias, instalaron un teléfono. Blanco como los que en el cine adornan los dormitorios de mantenidas caras. Después de los ruidos y cuando los instaladores se habían alejado por el camino que bastante tiempo atrás yo había conocido de tierra y ahora era carretera con suelo de asfalto, cuando volvió el silencio, repito, sonreí al aire con tristeza y la débil rebeldía que yo había sentido crecer mientras iban cayendo, tan aburridas como yo, las fichas de los meses.
El almanaque en la pared, tan visitado por las moscas, adornado con dibujos de escenas campesinas, ya había envejecido o muerto y persistía en mentir con sus fechas nombrando días que ya eran difuntos anónimos enterrados para siempre en una fosa común.
Me burlaba suavemente del doctor Díaz y de mí mismo porque estaba seguro de que aquel teléfono blanco no estaba allí para que yo lo usara en caso de necesitar algo con apuro. Me lo habían puesto para que recibiera ordenes. Esto se confirmó a los pocos días.
Ahora anochece, estoy cansado de mí mismo y de todo el resto, me estoy emborrachando muy lentamente mientras mastico la segunda novedad del día, que no quiero ni puedo apuntar antes de tirarme en la cama a la espera de que el sueño me traiga olvido.
30 de abril
Recuerdo y apunto que unos días después de nuestra primera entrevista el turco me dijo:
—Estoy esperando aviso. Le voy a prevenir con tiempo. Antes tengo que comprar más oro, que las monedas van escaseando y no quiero que, por un desengaño que van a creer estafa, el pobre turco Abu aparezca tirado en un zanjón con un agujero en la espalda. Lo que nunca pudo ni podría hacer el Aniceto puede hacerlo un negro borracho y hambriento. Total, tenemos poco más de una hora de viaje. Estese atento y no le diga nada al doctor. A él no le gusta que se mezclen tareas del mar con las de tierra. Yo le debo favores. Le puedo ir contando en el viaje. Y un chiste: mi enfermedad de tanto hablar tiene nombre. Creo que se llama algo así como hiperlabia. Y lo que más bronca me da es que, según me han dicho, ataca a las hembras cuando andan calientes y no tienen con quien.
Hasta que un día, a mitad del día, paró un coche pequeño frente a la casona. No llevaba más pasajero que el chofer. Un adolescente con cara de niña tan hermoso que podía convertirse en tentación.
Llamó con la bocina y cuando me asomé dijo, lo bastante rápido como para impedir respuesta: «Usted es Carr. De parte del señor Abu, que esta noche a las diez en el Brausen ».
Dio marcha atrás hasta el puente nuevo, giro y fue aumentando la velocidad para regresar a Santamaría Nueva.
Fui en un jeep y encontré el bar que llamaban Brausen. Se me ocurrió que los sanmarianos andaban escasos de apellidos. A las diez en punto el turco estaba riendo con uno de los mozos del bar. Me dio las gracias por ser puntual y me dijo que todavía teníamos tiempo. Dijo: «Tome lo que más le guste. Aquí tienen de todo desde que le cambiaron de nombre y entró dinero para reformas. Algo puse yo. Y no me va a creer pero no lo hice solo por lucro. Cuando esto era un boliche impresentable, el viejo Berna, aquí solía parar un compinche muy querido y que andaba esquivando la pobreza. Supe o me dijeron que por fin le vino la buena racha. Ojalá. Usted comprende que los nombres no se dicen».
El viaje fue larguísimo y, al recordarlo, siento como una interminable acumulación de horas, porque el turco, al volante del Mercedes, no olvidó que padecía de lo que él llamaba hiperlabia y ni siquiera semáforos o peligros de choque podían enmudecerlo.
Santamaría Nueva podía considerarse como una verdadera ciudad. Hijos y nietos de los colonos suizos del otro siglo habían trabajado para que así fuera. Y, mientras trabajaban, se enriquecían y creaban familias súper católicas y puritanas que eran poderes que se respetaban sin objeciones.
—No tan puritanas —decía el turco Abu—. Yo no las llamo puritanas. La mugre abajo de la alfombra. Y agrego pecados sin castigo: aunque no se lo crea y jamás nadie lo pruebe, hay dementes, alcohólicos, drogados, con su ayuda indirecta, incestuosos, ninfómanas, estafadores y toda clase de pestes que se le ocurran.
Para mí fue un llamado de atención y se hicieron muy fuertes cosas que hasta entonces sólo habían crecido como sospechas.
Después el turco dejó de lado sus revelaciones sensacionales o sus calumnias y el tema cambio. Ahora se trataba de él mismo, del turco Abu, su vida y sus milagros que cambiaron lo que parecía un insoslayable destino cruel en vida de riqueza.
Hubo una pausa y nos fuimos alejando de la pequeña Babilonia. La velocidad del coche iba cambiando el paisaje. Distinguí una serie de casitas blancas, idénticas, cada una con su pequeño cuadrilongo de pasto al frente. Supuse, adiviné que lo llamaban césped. Luego campo de verdad, kilómetros de tierra, yuyos y las inevitables vacas pensativas. El turco conservó el silencio y fue suavizando la marcha. Atracó junto a una especie de caseta techada con paja seca. Había también una estantería con reloj de tictac ruidoso, botellas y vasos.
—Un descanso —dijo el turco—. No puede faltar mucho. El turco llenó dos vasos con un liquido transparente. Tal vez fuera aguardiente.
Se sentó y dijo otra vez que faltaba poco. Introdujo la mano en algún bolsillo interior y puso una carterita sobre la mesa. Estuvo examinando papeles, escribió pocas líneas con lápiz o bolígrafo. Yo dije: «Se nos va a quedar ciego. Aquí no se ve ni lo que se conversa». Ignoro por qué se me escapo el plural.
—Aquí no se prenden luces —me contesto terminante el turco.
Después, casi invisible en la noche, habló para sí:
—Porque éste es un trabajo que sólo empieza de veras después que termino. Durante el viaje el aparato de refrigeración del coche llegó hasta colocarme en la antesala de un resfrío, para decirlo en pocas palabras. Ahora, en las tinieblas de la casilla el calor me hacía sudar. Aguanté callado. En realidad yo me había estado buscando aquella peregrinación hasta la frontera. Oí una risita del turco seguida de una tonta confesión, totalmente inadecuada.
—Yo no soy Abu ni Kalim, como también me dejo llamar por otra gente que conozco. Ni turco siquiera. Nací en lo que nombran Arabia Saudita. Ningún recuerdo. Casi puedo decir que recorrí escondiéndome los no sé cuantos países de la región. También Turquía. Por eso lo de turco, que tanta gente dice turco —volvió a reír—. ¿Conoce el chiste del turco que recorría a pie los cascos de las estancias vendiendo baratijas?
Por cortesía negué conocer esa obra genial de la literatura oral mientras crecía mi preocupación por la amenaza de que el turco estuviera borracho a la hora señalada. Intenté ponerlo lucido con una pregunta idiota:
—Perdone, ¿pero no hay por lo menos una patrulla destacada para impedir el contrabando?
La respuesta del turco me llegó desde arriba sin ningún síntoma de embriaguez:
—Claro que hay patrulla, como usted la llama. Son una media docena y los tengo a todos en mi nomina.
Alguien rasco la persiana.
—En marcha—dijo el turco.
Afuera estaba otra sombra humana con las manos apoyadas en los hombros del ex Abu. Fui avanzando a ciegas por un terreno pedregoso hacia la Línea fronteriza que, según me enteré después, era una estrecha calleja de arrabal.
Por un momento me fui enterando de oídas de lo que pasaba. Supe que estaba próximo a voces masculinas que habían abandonado un cuchicheo inicial para hablar descuidados, hacer algunas preguntas y dar órdenes. Supe que se nos habían acercado por lo menos dos camiones. Cuando empecé a distinguir comprobé que, tal como estaba previsto, en aquella noche no había luna; nos cubría un cielo encapotado apenas lechoso. Alguien dijo: «Ya están encendiendo el farol». Y el turco contesto: «Entonces enciendan el nuestro y empiecen. Yo me aparto».
Ya no estaba cerca cuando comencé a ver lo que me había prometido.
Del otro lado de lo que llamaban frontera se inició y se mantuvo una lluvia de fardos que se recogían aquí y se subían a los camiones. Pude ver que los lanzadores eran casi todos de color cobre y el sudor les hacía brillar los torsos desnudos. Me asombró ver que también había una mujer altísima con el negro pelo suelto, que tocaba las grandes tetas caídas. Cuando voló el último fardo los negros brillosos alisaron frenéticos el suelo con las patas descalzas hasta formar un círculo defectuoso que me hizo pensar en la pista de un reñidero de gallos. Sonaban palabras de una lengua que yo no entendía y el idioma universal de las risas.
—Dale ya —ordenó a mis espaldas la voz lejana del turco.
Vi que una moneda atravesaba el aire iluminada por los faroles para perderse en el primer tumulto, éste aun débil, de los del otro lado. Después empezaron a volar y caer puñados de oro y el griterío se hizo salvaje. Apenas dejaban oír las quejas de los heridos. Me llamó la atención que, los que pude divisar próximo a las grandes tetas, le ofrecían siempre las espaldas. Más tarde el turco me explicó que aquella mujer algo sabía de pelear y que sus patadas en los testículos parecían de mula.
—Hace tiempo hasta tuvieron difunto. Pero el asunto se arregló. Habrá observado que ninguno lleva armas, ningún cuchillito siquiera.
Esto último lo dijo con orgullo como si estuviera celebrando las buenas notas que traía de la escuela algún hijito posible.
Durante varias noches me bastó cerrar los ojos para rever los movimientos furiosos o de calculada espera de aquellos cuerpos oscuros que se abrazaban o se rechazaban, golpeándose, dejándose caer al suelo para atrapar un pedacito de oro.
Aquellos movimientos sin pausas, que me ofrecieron los cuerpos ávidos, eran brutales y hermosos. En el silencio de la clandestinidad iban componiendo una música nunca oída y aun no escrita.
6 de mayo
Solamente porque el semen parecía empujar en la vesícula, invadir los nervios, convertirme el carácter, trepaba en el jeep y bajaba o subía por caminos tortuosos hasta llegar a lo que llamaban ciudad de Santamaría y era, para mí, un pueblo provinciano, ni mayor ni menor que el tan lejano en que había nacido, jugado, sufrido por el desdén de mi primer amor hecho de palabras sucias de colegial.
Tan y tan distintos estos viajes a los de las noches de sábado, también tantos y tantos meses atrás, en que trepaban dos jeeps ocupados por los que fueron mis compañeros de trabajo y descanso, horadando el calor inmutable al amanecer, aplastando mosquitos y bichos extraños, sin nombre, con sangre verde; aplastándolos con manotazos mecánicos hasta que llegaba el sueño, la pasadera nada.
Ahora, en esta partida solitaria que estoy recordando, visité el Chámame, que fue en sus tiempos mezcla de restaurante y taberna y donde, a esta altura, sólo servía para comer pizza, emborracharse, si uno tenía bastante dinero, con Presidente y rebuscar, en medio del humo, alguna cara de mujer no demasiado repugnante. Porque el viejo Chámame era una antesala del quilombo y la ley era un milico con machete, embotado como corresponde, bigotes, un uniforme que fue verde y tuvo todos los botones. La ley cuidaba que el mujerío no se impusiera en las mesas ocupadas por hombres. De suceder esto, muy rara vez, el milico hacía un esfuerzo y se desprendía del mostrador. Abría las piernas y recitaba:
—Date por presa por citación al vicio.
No ocurría entonces nada lamentable para quien estuviera mirando y escuchando sin costumbre. La ley regresaba sudorosa, con lentitud al mostrador; la mujer trataba de confundirse en el gallinero de sus hermanas y comenzaba a calcular esperanzas, el sueño de los veinte pesos que el día siguiente tenía que entregar a la ley patizamba, de donde conseguirlos en falso préstamo o robados. Porque, como entre fulleros, veinticuatro horas era el plazo marcado por el hon