20-07-08 | 38.103.63.17 | Druckversion von:

http://www.onetti.net/de/reflexiones/lector



Reflexiones de un lector

Juan Carlos Onetti

Se cuenta de Somerset Maugham, que estando una noche en una perdida estacion de ferrocarril en la India, se encontró con que había dejado sus maletas en un tren que tardaría unas dos horas en llegar. Revisó sus bolsillos, leyó sus documentos, viejas cartas que conocía de memoria y, finalmente, tuvo que conformarse con la guía telefónica del oscuro pueblo, rodeado por la soledad y el veloz crepúsculo. Así estuvo, leyendo y releyendo nombres a penas y apenas comprensibles hasta que llegó el maldito tren y con él sus maletas y con las maletas los libros que había llevado para su viaje. Después se quejó de que el pueblo tuviera tan pocos habitantes. Esto es lo que se llama un "lector omnívoro".
Hace poco, Matilde Urrutia me confirmó que cada vez que Neruda salía de viaje ella le preparaba una maleta con novelas policiales. Estos son mi vicio público: leer en todo momento de inactividad, leer hasta que mis ojos protestan, allá por la madrugada y es necesario tomar una pastilla y esperar otras "lecturas", otras formas de soñar.
Confieso que tengo poco de lector selectivo, leo todo lo que cae en mi casa y me interesa.
Aquí coincido con Neruda (ya que no puedo hacerlo en forma más alta) y mi "cultura" en novelas y cuentos policiales, policíacos o detectivescos es bastante respetable.
Claro está que siempre trato de estar, por lo menos, informado respecto a las novedades literarias que nos llegan de otros países; casi siempre de Francia donde la técnica de la propaganda literaria es cosa admirable. Es posible afirmar que cada quinquenio surge allí -y ellos se encargan de propagarla a todos los esnobs de este mundo- una nueva moda, literaria o filosófica, y con frecuencia ambas cosas reunidas.
A finales de la guerra todo el mundo era existencialista; después tuvo gran éxito la aplicación del sicoanálisis a la literatura; después -y todavía- padecemos el estructuralismo crítico donde es tan fabuloso el número de los autollamados y tan parco el de los elegidos. Y es triste ver cómo estas modas pasan del predominio a la decadencia, cómo van retrocediendo en pocos años para ser sustituidas por otras que están condenadas a destino semejante. Hoy tenemos los nuevos filósofos, con los que nada tengo que ver por mi abismal ignorancia marxista y los últimos coleos del nouveau roman o literatura objetiva. Hace poco escuché a Robbe-Grillet en un coloquio realizado en Pau. Allí demostró una inteligencia y una egolatría extraordinarias. Y lo que él -y otros han escrito sobre noveau roman- resulta infinitamente superior a las obras, novelas y cuentos, que la moda mencionada ha producido.
Pero todo este prólogo lo es, en realidad, de un grito de alarma y protesta. Al parecer -y según se anuncia- los norteamericanos está tratando de imponer otra moda. No iban a ser siempre los franceses, Lafayette.
Ahora se trata de imponernos, como adecuada secuela del cine con (S) -inicial de sucio en frecuentes casos- una forma literaria que se revuelca gozosa en la inmundicia y nos dice que la vida es así, cuando en realidad es así la vida de quienes la escriben y la defienden.
Algún espécimen ha caído en mis manos y a las definiciones que nos llegan de algunos críticos puedo oponer otra: se toma un libro de algún menesteroso epígono de Henry Miller -que él sí, cuando quiere, demuestra talento-, se lo divide en trozos para no indigestar, se envuelve cada uno en abundante juego de excrementos, se agrega una buena dosis de "no saber escribir" y se sirve al público adecuado, al mismo público que goza con la triste y grotesca pornografía que puede encontrarse en tantos lugares nocturnos de este Madrid que he aprendido a querer. El buen éxito es seguro. Es fácil deducir que esta nueva moda nos invadirá muy pronto es mucho más peligrosa. Porque las que mencioné antes exigen un mínimo de cultura y de esfuerzo. Aquí no se necesita nada de eso. Hay tantos seres repugnantes con experiencias igualmente repelentes que basta con ponerlos a escribir (esto resultará sencillo) para que tengamos docenas y docenas de libros sobre la vida tal cual es. También es conveniente que el autor sea un borracho profesional, superior al Cónsul de Lowry, y tanto mejor si es drogadicto. En Argentina se publicó un libro, Así escriben los duros, cuyo primer cuento es un magnífico ejemplo de lo que se nos viene encima. Anatole France aclaró que en la literatura todo puede ser dicho a condición de que se sepa cómo decirlo. Muy pronto, temo y afirmo, no importará un ardite el cómo. O se buscará el que resulte más chocante e innoble.
Pasemos, como dicen. Hace poco estuve en una librería de viejo revolviendo libro, en busca de algunos que estuvieran de acuerdo con mis gustos y mi presupuesto; me acompañaba una chica que, al salir, me dijo:
-Usted no es un verdadero bibliófilo. Porque si lo fuera habría robado por lo menos un libro. Y me mostró, en la calle, su cartera abierta con un librito de edición preciosa.
-Larra -me dijo-. Ya lo tengo en casa pero no puedo entrar en un librería sin llevarme algo de regalo.
No soy tan bibliófilo. El deporte de robar libros lo practico con mis amigos y ellos conmigo. Cuando hacemos balance, con algunas injurias, comprobamos que la balanza de pagos está siempre más o menos equilibrada. Añado esto porque tengo miedo de que mi próxima incursión por hogares cordiales me depare la desagradable evidencia de que robé, distraído y con prisas, algún ejemplar de la nueva moda que profetizo.

(Noviembre 1978)




www.onetti.net | Onetti Website 2.1 | ☺ 2001-2008