Juan Carlos Onetti
Yo sabía por don Pío Baroja: con sangre no hacen novelas, sólo morcillas. Pero sí hay escritores, y muchos tal vez los más importantes y menos literatos, que otorgan o imponen un sitio preferencial a su labor, sintiéndola en la cúspide de su existencia personal. Y si no con sangre, a veces escriben con sacrificios dolorosos, con mutilaciones vitales.
No pretendo establecer categorías de malos y buenos escritores. Que opine el público, los que lean. Personalmente rechazo de manera visceral obras que son elogiadas y enaltecidas a lo largo de varias generaciones; de igual modo amo y envidio libros que casi, casi han pasado inadvertidos. Es difícil definir la emoción que me llena cuando tropiezo con alguien que sintió como yo la belleza de alguna obra relegada.
Pero volvamos al sincero escriba, al que es feliz y se realiza trabajando, que siente que tal tarea no sólo agrega a su existencia sino que la integra. Y estamos lejos de un autor ideal, de una entelequia. Yo sé que los hubo y aún los hay.
Es diferente que este escritor o escritores planeen sus novelas o cuentos, se impongan quinientas palabras diarias (caso Hemingway) o ningún día sin una línea (caso Pirandello) y busque la palabra exacta, agote correcciones de estilo. También acepto -porque esto nada tiene que ver con la intención del artículo que estoy escribiendo-, también acepto, reitero, a los que hacen su obra "de un tirón" y se limitan a corregir los errores que cometió la máquina.
Terminado el libro en catorce años (Joyce) o en seis semanas (Stendhal) y satisfecho al fin el autor o superando la posdepresión, se inicia otra etapa que poco tiene de literatura. No existe para los consagrados aunque la obra concluida no pase de mediocre.
Hay que publicar el libro, convertirlo en objeto, tenerlo entre las manos. Se dirá, se dice que entonces se entra en la vanidad, en el poco artístico deseo de ser editado, de ver nombre y título en las tapas de la obra, de leer solapas forzosamente elogiosas. De ser alguien, aunque sea pequeño, entre amigos, parientes, y esos desconocidos, alejados de nuestras vidas, cuya posible comprensión siempre más reconfortante, más libre de las impurezas que contienen los juicios engolados.
Pero quiero detenerme un poco en ese momento, a veces demasiado largo, que separa la palabra fin de la impresión de la obra. Creo que pocos países ofrecen tantos concursos literarios como España en el que estoy viviendo. Como es natural, los hay de muy variado prestigio y recompensa. Recuerdo ahora a una joven poetisa de San Sebastián, o por lo menos la conocí allí, en un aula del Palacio de la Magdalena donado para universidad. Me envió un libro de su autoría que había ganado un certamen algunas pesetas y el derecho a que su obra fuera publicada. Me escribe: "Sé que este premio no tiene resonancia nacional; pero harta de promesas y postergaciones me dije que por algún lado hay que sacar la cabeza". Y ahora acaba de obtener otro premio más importante que le ha permitido el acceso a revistas literarias. Es difícil que ella lea estas líneas y también, si las leyera, que se reconozca. Me limito a profetizarle nuevos y definitivos éxitos porque tiene talento y vocación. Virtudes que no están condenadas a ayuntarse.
Al hablar de éxitos literarios me atrevo a decir que los mayores, en España, son los premiados con mayor dinero. No sé lo que ocurre en otros países del mundo. Pero señalo que en Francia se disputa anualmente el premio fundado por los hermanos Goncourt o por el entonces sobreviviente; este premio consagra al libro favorecido y a su autor, que se convierte automáticamente en un nuevo rico merced a los derechos editoriales. Monetariamente el Goncourt no alcanza para una prudente comida en el Maxim`s. Si es que aún existe. Pero su prestigio es fabuloso e irresistible para el público lector gracias a su tradición y al nivel intelectual de los miembros del jurado.
Hagamos una pausa para meditar sobre cuantos libros hemos mal digerido por culpa de avisos y fajas que nos hablan de best-sellers. Y no nos mentían; sólo que los gustos de los compradores de libros en países extranjeros poco tienen que ver con los míos o con los nuestros.
Estábamos, hace largo rato, en aquella aparentemente época feliz en que el editor le dio el sí al autor y el libro salió de la prensas. Y digo aparentemente feliz porque más o menos pronto aparecerán las tan ansiadas críticas. Y el autor no tendrá más remedio que aceptar con humildad que le digan que su obra es inmadura, que algunos pocos aciertos son perceptibles, que el capítulo VI debería estar colocado antes del III, que los personajes carecen de corporeidad, que el libro es ininteligible, que el estilo padece carencias castizas, que, las cosas no son como debieran ser u que, tal vez, en próximo intento el juicio será más bondadoso y paternal.
El autor acepta, gime y sufre sin total convencimiento. Acaso se prometa no ser tan malo en la siguiente obra, quizás acate y se dedique al bingo.
Pero Dios sabe lo que hace. Recuerdo que el bueno, el bonísimo hermano Damián quedó contagiado de la lepra que no ambicionaba suprimir sino aliviar. Ésta es la moraleja: atender a los leprosos (o, simplemente enfermos de varicela, porque no quiero ser tremendista) contagia, enferma de vanidad y envidia. Ha llegado, pues, de que el vapuleado, malentendido y humillado autor tome asiento en el umbral de su casa y vea pasar, tal vez con júbilo, tal vez con asombro, el fresco cadáver de quien se mostró enemigo.
Porque el crítico quedó contaminado, fue presa del virus y también él tuvo que escribir su novela, fatalmente mala, no parida por la sencilla pureza de la vocación sino por el engañoso deseo de mostrar: así se escribe.
(Abril de 1981)