Entrevista a Juan Carlos Onetti por Alberto Cousté
Quizá toda pregunta es ociosa, toda tentación de intimidad merece secarse apenas emprendida. Cuando este hombre abre la puerta, deja entre su brazo y la pared el espacio suficiente para que la luz lo cubra, recorte su flaca figura, su traje serio y la camisa clara: por el chorro de luz se expande también Montevideo, la cara al río de la ciudad entrando por ese balcón del sexto piso, en la avenida Ramírez, las cosas que nunca se deciden a ocurrir.
Para peor, ha llovido y puede volver a llover. Es el primer día de un largo mes sin carne para los uruguayos, la ansiedad chorrea por las calles como la lluvia, se cuela por la avenida 18 de Julio, en los negocios abiertos para nadie. Acaso en toda la ciudad, sólo este hombre no esté más cerca hoy de la desgracia de lo que ha estado siempre: cuando se hace a un lado –un gesto prolijo en la cara indiferente--, se comprende sin duda que es así; que la lluvia o el hambre, o la tristeza toda de la ciudad mojada, son más pequeñas que su desesperanza.
Se llama Juan Carlos Onetti, y hace 58 años que disfraza su amor de indiferencia: en el camino, publicó una docena de libros, inventó una ciudad y un centenar de rostros para poblarla, vivió apoyado en una orilla u otra del mismo río, imaginó que su vida equivalía a la de todos los hombres y parecidas carencias servían para salvarlo o condenarlo.
No supo –no le interesó saber-- que ese juego de espejos acabó por convertirlo en el mayor escritor de su país, en una de las pocas claves imprescindibles para armar la cara cimarrona y hostil del Río de la Plata; que sus libros –su libro: esa prolongada entrevista con Dios, esa causa perdida desde el comienzo—crecían independientes de su vida y de la leyenda de indiferencia y orgullo, de secreta cólera y desprecio que ha rodeado su vida.
“Están los que quieren ser escritores, y los que sólo quieren escribir”, dice. Enciende un cigarrillo tras otro y se queda callado. Bebe cerveza helada, “¿con qué nos vamos a aburrir?”, pregunta, pero no se sonríe. Su mujer, Dolly, la violinista Dorotea Muhr (“Ignorado perro de la dicha”, la llamó Onetti en una dedicatoria conmovedora, un ejercicio de amor que alcanzó a ofender a lectores escrupulosos y correctos), llena las pausas con preguntas afables, procura hacer el gasto de una conversación de la que Onetti se empeña en permanecer ausente.
“Bueno, niña –dice por fin--: déjenos solos que me van a psicoanalizar.” Pero ya se sabe que él sólo quiso escribir (todos los otros gestos de su vida parecen ilusorios) y escribió.
Y nadie tiene derecho a preguntarle por qué.
La vida breve
Su vida, toda su vida, le parece que no alcanzaría para llenar un mediano reportaje, “o en todo caso no interesa”. Salvo fugaces visitas a diversos países americanos, no estuvo nunca en otro sitio que Montevideo o Buenos Aires: no visitó París, aclara, “para no tener que soportar la nostalgia”. Aunque en realidad no lo hizo, también, por dificultades económicas: no tuvo ni tiene fortuna personal; el reconocimiento tardío que ha comenzado a descender sobre su obra no alcanzó para arrancarlo de un trabajo en la Biblioteca de Artes y Letras de Montevideo, y algunos cargos públicos que halagan más a las instituciones que a él mismo (su nombramiento como vocal en la Comisión de Teatros Municipales).
Los pocos datos con los que se puede apuntalar un intento de biografía, salen de su boca entre largos silencios, casi como si le disgustara admitir que la vida no ha hecho más que darle la razón, que las anécdotas que un hombre puede narrar de su pasado son insignificantes para la historia.
Nació el 1 de julio de 1909, en Montevideo, unos años después que su hermano y algunos antes que su hermana, hijo de un funcionario de aduanas y de una brasileña descendiente de modestos hacendados de Rio Grande do Sul. Cuando se le pregunta cómo fue su infancia, se pone veloz por primera y única vez durante la entrevista. “Muy feliz –se apresura--. Mis padres se querían mucho, y eso hace muy feliz a un chico”. (Otro día, a las tres de la mañana, dirá algo más sobre esa infancia a la que odia porque ya no podría volver a pertenecerle, a la que su empeñoso amor ha convertido en una tierra baldía, para preservarla de Onetti antes que de nadie.)
Una leyenda –que él colabora a confirmar, acaso para no desmentir a su mitología—quiere que su apellido sea irlandés (O’Nety, deformado sinuosamente por la torpeza de un escribiente de juzgado, en algún momento del siglo XIX), que su bisabuelo haya sido secretario del general Rivera y haya sentido estremecer sus huesos cuando Onetti escribió: “Detrás de nosotros no hay nada. Un gaucho, dos gauchos, treinta y tres gauchos” (El pozo, 1939).
De sus primeros veinte años, no queda casi nada: una multitud de empleos (“hasta vendí entradas en el Estadio Centenario y en el Olímpico: nunca entendí qué hacía tanta gente allí, a veces con frío o bajo la lluvia, en vez de estarse en la cama con una mujer, tomando mate y escuchando a Gardel”), un abandono deliberado del estudio (“mi hermano es abogado, pero yo no quise seguir: fracasé en dibujo y geografía”), el nacimiento de la necesidad de escribir “desde siempre. De chico era muy mentiroso y hacía literatura oral con los amigos; cuentos de casas hechizadas, gente que no existía y yo contaba que había visto”.
En 1933 se produce su desembarco inicial en Buenos Aires, con su primera mujer (se casó cuatro veces), y allí nace su hijo Jorge, un año más tarde: por la misma época gana un concurso de cuentos en el diario La Prensa e inicia los borradores de sus dos primeras novelas. Una de ellas (Tiempo de abrazar) tendrá un extraño destino: presentada a un concurso en noviembre de 1940, Onetti pierde luego contacto con los originales, a los que no ha recuperado hasta hoy. “Me gustaría volver a leerla –admite, amodorrado–, a pesar de que nunca releo mis libros.” La otra es El pozo, un libro ya casi mítico de la literatura rioplatense, que Onetti escribe en 1935, pero publica recién a su regreso a Montevideo, cuatro años después. Por entonces se ha separado de su mujer y de su hijo, y es el primer secretario de redacción de la recién nacida Marcha. En ella, bajo el seudónimo “Periquito el Aguador”, escribirá también múltiples notas sobre literatura, de abundante contenido profético: “Más adelante –dirá claramente en una de ellas-- se impondrá una seria investigación en la vida privada de nuestros escritores. Presentimos grandes sorpresas”.
Pero ahora no recuerda esa frase, alarga los silencios o habla piadosamente (y sólo Onetti ha conseguido hacer de la piedad la forma más alta del escepticismo) de su sentido del humor, que “la gente no entiende. Con frecuencia se ofenden conmigo: me pasa como a Buster Keaton”. Si se le fuerza a precisar, admite que en 1942 comenzó su segundo exilio en Buenos Aires, que duró trece años. Uno antes de esa fecha, en 1941, la Editorial Losada publica Tierra de nadie, la primera novela larga de Onetti, que había obtenido el segundo lugar en el Premio Ricardo Güiraldes organizado entonces por la misma editorial.
Dos años después publicará Para esta noche (que debió llamarse El perro tendrá su día, pero “en 1943, en Buenos Aires, el editor hizo balance y juzgó preferible quedarse sin novela y no sin editorial”), alucinante relato de anticipación de una capital devastada por la dictadura. Onetti ha definido esta novela como “un cínico intento de liberación”, y de alguna manera es cierto: no en el sentido moralista del juicio –lo cual no importaría--, sino porque su necesidad de comprometerse con una ideología para la que se sentía incapacitado en la acción, le hizo escribir el libro desde afuera, forzando a sus obsesiones a acompañarlo en la aventura, un fenómeno que no se repetirá en toda su obra posterior.
Siete años más tarde, sin embargo, iba a escribir una novela definitiva, un libro que hubiese bastado para justificar los centenares de carillas que quemó sin publicar durante los años cuarenta, y las que publicó a lo largo de su trayectoria. El libro se llama La vida breve, y la Editorial Sudamericana lo puso en circulación en noviembre de 1950: diecisiete años después, sigue siendo no sólo la llave para acceder al mundo de Onetti (escribirlo, fue también para él el modo de entenderlo), sino una de las mayores novelas que se hayan escrito jamás en América Latina.
Bienvenido, Brausen
"Yo me pregunto lo mismo. No sé lo que pasó con ese libro. En Buenos Aires y en Montevideo. Lo único que se dijo acá es que yo podía estar tranquilo, que a nadie se le iba a ocurrir filmar La vida breve.”
Por uno de esos misterios de la provinciana vida literaria del Río de la Plata, La vida breve sufrió un silencio semejante al que se abatió sobre el Adán Buenosayres de Leopoldo Marechal, libro con el que comparte la mayor aventura que haya tolerado la literatura de esta parte del mundo durante los años cincuenta. Pero, a diferencia del Adán, la obra de Onetti espera todavía su descubrimiento: hasta los analistas exegéticos del autor, que van en aumento, prefieren inclinarse sobre otros títulos, buscar en El pozo o en Juntacadáveres –los dos extremos de su peripecia—las claves que La vida ofrece con toda precisión.
Brausen, su protagonista, inventa en ella entre otras cosas a Santa María, una capital de provincia armada con residuos de Montevideo, Buenos Aires y Paraná, en la que se instalará, de allí en adelante, el mundo que Onetti ha destinado a morir. Pero no sólo eso: Onetti anticipa allí las divagaciones de la novela dentro de la novela, del sueño sin soñador, que deberán agradecerle años más tarde los creadores del nouveau roman, y los incipientes narradores nacidos en la década del treinta (Vicente Leñero le rinde un disfrazado homenaje, desde las páginas de El garabato). Inventa también a Díaz Grey (el médico que pasa por ser su alter ego más reiterado), recupera a Larsen, el rufián que se asomaba groseramente en las páginas de Tierra de nadie y protagonizará más tarde El astillero, esa cumbre del estilo onettiano, donde la nada se parece a una vieja manía que es imposible modificar.
Armoniosamente, junto con La vida breve nace Litty, la única hija de Onetti, acaso el único ser en el mundo con quien se siente enteramente feliz, “porque no me respeta y me hace sentir que soy su amigo”. También, porque ella es lo que el escritor ha amado siempre y continúa amando: la belleza incontaminada por el mundo, ese rostro inolvidable de la rebeldía que se parece a la verdad, anterior a las reglas del juego; la cara esquiva e irrecuperable de los inocentes.
Para esa época, Onetti asiste también en Buenos Aires a la muerte de Eva Perón, desde su puesto de jefe de redacción de la agencia Reuter. El impacto de la puesta en escena que organizó el gobierno en los días previos al entierro, no lo ha abandonado todavía: se convirtió, con otros materiales, en tres borradores de novelas que tienden a unificarse en una sola, para narrar las múltiples historias de quienes pasaban horas y hasta días en la cola mortuoria, “comiendo, durmiendo, haciendo el amor en una de esas” en plena calle para no perder su turno. Sin embargo, la novela en ciernes no promete ser un juicio político ni mucho menos: cualquier lector de Onetti puede imaginar los epitafios que este moralista de ética singular clavará en esa historia, el aire familiar del hastío que ella respira para él.
“Ocurre en Santa María”, dice, como si necesitara confirmarlo.
Para esta noche
Se acerca la medianoche del 2 de octubre, día en que la Comedia Nacional Uruguaya cumple veinte años. Es el final de la cena en un desierto restaurante del centro de Montevideo y Onetti debe ir al Teatro Solís, donde ocupará un lugar en el escenario, junto a los demás miembros de la Comisión e invitados especiales. Pero no tiene ganas: los discursos, los homenajes, los lugares donde la gente se congrega para celebrar lo deprimen profundamente. Hace unos momentos estuvo hablando con el mozo (“me están haciendo un reportaje”, anunció) y ahora le dice con su manera socarrona, su aire de Buster Keaton que no espera ni necesita la complicidad del público: “Por favor, cierre la única”.
Un rato antes, mientras se tomaba un clarito en “La Americana”, estuvo hablando vagamente de literatura: de Macedonio, de Borges, de Oliverio Girondo; nunca de sus contemporáneos uruguayos. Ahora no habla sino de la imposibilidad de prestarse a un reportaje, de su buena voluntad para contestar con monosílabos a las preguntas, de su desesperanza. “No ayuda, hijo”, dice, aceptando sin embargo otra copa de vino. En la calle, es casi imposible desplazarse a su lado, de tan despacio como camina: cruza las manos a la espalda, de pronto, y se niega a seguir andando. No ha hecho más que dos cuadras y apenas faltan otras dos para llegar al teatro, pero se empeña en tomar un taxi. Bromea con el chofer, le ofrece su colaboración para matar a unos cuantos militares, llega de todas maneras tarde al teatro donde se demora aún en visitar su palco atestado de familiares, antes de escabullirse en el escenario entre un discurso y otro.
No aguanta mucho, sin embargo. Vuelve a entrar en el palco en penumbras y dice “vamos”, cruza la calle hasta un boliche deteriorado, un almacén de mala muerte que podría integrar la escenografía de las devastadas calles de Santa María.
Recién entonces comienza esta nota: lo que esta nota hubiera debido ser para aspirar a no traicionarlo. Onetti habla pausadamente, nombra el Eclesiastés, esa gran fuente de todo desconsuelo, aclara que cualquier esfuerzo por convertir la vida en el lenguaje que la representa es inútil, que toda vida es inútil si se empeña en fijarse tareas, “porque no hay nada por hacer, y uno coincide por casualidad con el amor, la gloria o la alegría: el error viene después, cuando uno no acepta que esos momentos son irrecuperables, y se empeña en vivir como si los hubiese adquirido para siempre”.
Un solo gesto, una mano retirada a destiempo, basta para condenar a un hombre a su memoria, a rayar por el resto del tiempo ese páramo estéril donde le parece que se ubica “toda la literatura de infancia”, las cosas que se recuerdan tenazmente por la vana sospecha de que se pueda así recuperarlas.
“Me siento Larsen”, dice de pronto entre dos largos silencios.
Larsen, alias Juntacadáveres, el más maltratado de sus personajes, ese gordo despojo que la crítica ha despreciado con perseverancia, atribuyéndole todas las lacras del universo. Se siente Larsen, claro, y no Díaz Grey o Brausen o Jorge Malabia, que han sido sus rostros también en otras horas de la vida: no ahora, por supuesto, cuando “la cara de la desgracia” se ha desplazado lentamente hasta coincidir milímetro a milímetro con la suya, y los 58 años que le doblan los hombros lo han convencido de que su agonía puede ser también una forma de la santidad.
Él no lo dice. Larsen tampoco necesita decirlo cuando una lancha piadosa lo arranca del astillero en ruinas, lo transporta a El Rosario para que se muera, para que deje de acariciar mujeres que no se parecen nunca a su esperanza, a lo que hubiese sido su esperanza, años atrás, cuando no había canjeado aún definitivamente la insolencia por la lucidez.
“Puede poner en la nota que soy un depresivo”, informa, ya en la calle, unos momentos antes de ir a reunirse con su mujer, cuando son las tres de la mañana del nuevo día, y en el Solís se sirve el vino de honor a la concurrencia. Allí se quedará, sin duda, agudo en las respuestas, desinteresado: la vasta noche de Montevideo colabora al silencio, consume su cuerpo flaco, su desesperado y tímido amor, las palabras que ocultan más de lo que revelan.
Su vida breve. Los momentos en que esa vida le permitió nombrarla para siempre.