Roberto Acebo
"Pero lo más difícil de sufrir debe haber sido el inconfundible aire caprichoso de setiembre, el primer adelgazado olor de la primavera que se deslizaba incontenible por las fisuras del invierno decrépito."
J. C. O. En "El astillero"
El señor Juan Carlos Onetti, escritor, cumpliría años el 1 de julio. Nacido en Montevideo en 1909, seguramente no tendría en el día de su santo otra compañía que la de Dolly, su esposa, y los libritos policiales de la serie negra, Chandler, Hammett, mezclados con Arlt, Simenon y Faulkner y el ineludible vaso. Una pieza desordenada con libros y papeles y ceniceros y una cama también desordenada. Seguramente no habría 92 años sobre esa cama, en esa pieza; sí una vida incesante, despoblada de rigores y de fastos ceremoniales, ocurre que Juan Carlos Onetti no es un señor con modales mediáticos. Tanto es así, que se le ocurrió al "Viejo" morirse en un otoño de 1994. Pero ese, tratándose de un escritor que cuenta sueños e insomnios, es un detalle, una más de sus distracciones...
Otra de sus distracciones fue la existencia de otros, de muchos otros distraídos refugiados en sus relatos. Podemos encontrarlos en novelas como "El pozo", "La vida breve", "El astillero", "Juntacadáveres", "Cuando ya no importe", algunas de las irreverencias poéticas que ha desprendido el uruguayo de sus sueños o pesadillas inscribiéndolas en la realidad con una letra inimitable. Un ejemplo, en su primer relato, "El pozo", escribía: "El amor es maravilloso y absurdo, e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden." La historia de esas aceptaciones y pérdidas está en la vida de Larsen, el "Juntacadáveres", ese cafishio decadente de oscuros recuerdos, inevitable parroquiano de los bares que frecuentaría Haffner, el Rufián melancólico de Arlt (si Haffner viviera en Santa María...).
Está en ese mítico lugar de encuentro de desdichados, en esa ciudad que es Buenos Aires y Montevideo, la Santa María de Díaz Grey, de Petrus, de Angélica. Esa ciudad que es un pueblo y que entonces no es Buenos Aires y Montevideo. Ese sueño de Brausen, esa irrecuperable desnudez de saber que todo es sólo un malentendido, una ficción que se despliega desde una pieza de pensión y crece y respira.
Onetti, algunos datos para identificarlo
No creo que los que hayan leído a Onetti se extravíen en mis palabras; sí, quizá, los que no saben que hubo un escritor uruguayo que se exilió en Madrid cuando la dictadura de su país lo calificó de pornógrafo y lo expulsó, luego de haberlo tenido preso por premiar un cuento político. Onetti preso político de una dictadura, justamente él que descreía del compromiso en términos "literarios", cuando se debatía intensamente entre teóricos y escritores el denominado compromiso del escritor frente a su época y a los sucesos políticos de su tiempo.
"La literatura jamás debe ser 'comprometida'. Simplemente debe ser buena literatura. La mía sólo está comprometida conmigo mismo. Que no me guste que haya pobreza es un problema aparte." Decía, cuando no era políticamente correcto hablar así. En otra entrevista, a propósito del mismo tema, respondía: "El escritor está sometido a su compromiso esencial con la condición humana: sólo que yo creo que el mensaje se tiene adentro, y sale. Ahí está Balzac, por ejemplo, pintando una sociedad entera y quizá jamás se propuso hacerlo: lo hizo, simplemente. El medio influye sobre el escritor sin que el escritor pueda siquiera darse cuenta de ello. Cada cual lleva el medio dentro de sí."
Onetti, ceremonia secreta
Vuelvo entonces a esta ceremonia casi secreta, a este intento por decir algo del escritor y sus distracciones.
Onetti, el Viejo que vivió los últimos años de su vida en departamentos pequeños de Madrid; que fuera premiado con el Cervantes en 1980, escribía. Y lo hacía con la sinceridad de un hombre comprometido con la literatura y no con los ordenadores del canon o del mercado editorial.
No nos extraña hablar de él en estos términos; al fin y al cabo no es con ánimo laudatorio o erudito que hoy recordamos a Juan Carlos Onetti.
"... Onetti me saludaba con monosílabos a los que infundía una imprecisa vibración de cariño, una burla impersonal. (...) conversaba con una voz grave, invariable y perezosa." Recuerda Brausen, uno de los personajes onettianos, su encuentro con Onetti en "La vida breve" (1950).
Onetti se escribía desde el terreno de su ficción para encontrarse en algún espacio que, quizá, todavía lo espera.
Juan Carlos Onetti se había propuesto, o no, una poética. "Yo quiero expresar nada más que la aventura del hombre -manifestaba en una entrevista de 1961-. Escribo para mí. Para mi placer. Para mi vicio. Para mi dulce condenación." La mirada despreocupada, la sutil sonrisa que se podía confundir con la más perfecta indiferencia. Un viejo que se moría y que sabía que la adolescencia estaba, verbigracia, en su renuncia a mirarse en un espejo para afeitarse, por el temor de que esa ventana, el juicio de esa ventana, el espejo, le devolviera, sin palabras, una imagen envejecida y extraña. Que le ofreciera otro abismo en el que internarse.
La idea misma de imaginarse muchas vidas breves y simultáneas con la urgencia del desinterés por lo correcto de las educadas palabras que se esperaban en el marco del denominado "boom" latinoamericano; esa como hambre de narrar sin ternuras pero delicadamente, casi tiernamente, de mentir para decir algo, resplandecía en sus ojos de niño malcriado por una infancia irrecuperable...
Otra vez Onetti
"... El hombre que me había alquilado la mitad de la oficina -se llamaba Onetti, no sonreía, usaba anteojos, dejaba adivinar que sólo podía ser simpático a mujeres fantasiosas o amigos íntimos- (...) no hubo preguntas, ningún deseo de intimar, Onetti me saludaba con monosílabos a los que infundía una imprecisa vibración de cariño, una burla impersonal. (...) conversaba con una voz grave, invariable y perezosa."
Onetti se escribe y se mira a través de anteojos con un grueso marco negro. A propósito de William Faulkner, decía: "(...) nunca fue un intelectual, nunca se preocupó de la política de las letras. Obtenía en la noche y en la soledad, sólo para sí mismo, sus triunfos y fracasos. Sabía que lo que llamamos éxito no pasa de una vanidad amañada: amigos críticos, editores. Su amor -casi incomparable en el siglo- por abandonarse a sí mismo, a su frecuente caos, a sus frases de cientos de palabras, reflejaba dos cosas de valor indudable y equivalente: respeto por la vida, por los seres que la pueblan y la hacen." Otro espejo, otra manera de hablar desde la proximidad de una experiencia compartida.
No quiero concluir este desorden de palabras, este intento afectuoso por recordar a Onetti, sin justificar un poco el desorden y de paso pedir un mínimo de comprensión. Quizá, esto es casi un Perogrullo, pocos conocen a este señor Onetti. Su literatura es intensa y no deja costados y estómagos tranquilos, es como la constatación de que no hay nada, no queda nada. Es la tristeza de Onetti o algo tan triste como ella. Pero, si ese no es el caso y lo leíste, permitíme que te dedique una sonrisa de complicidad como las del Viejo, puesto que hemos sido condenados por sus ficciones, acaso distracciones, y no tenemos ya salvación, ni redención posible.