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Juan Carlos Onetti: Tiempo de abrazar

Hugo Acevedo

El exilio no es sólo un mero fenómeno físico asociado a las distancias geográficas o las fronteras culturales, sino un estado de ánimo devenido de la angustia existencial, la soledad y la indiferencia.
Es habitual, entonces, experimentar una sensación de soledad aun en medio de una multitud, cuando se fractura la comunicación y triunfa el dogma del individualismo exacerbado.
En esas circunstancias, naufragan el pensamiento humanista y la vocación solidaria, aflorando la frivolidad y los sentimientos mezquinos, transformados, a la sazón, en epidemia universal.
Bien sabemos los uruguayos, flagelados por una cruda experiencia autoritaria que barrió definitivamente con el mito de la Suiza de América, el alto costo de perder valores otrora presentes en nuestra identidad nacional. Hoy, las ruinas de ese pasado paradigmático que apenas sobrevive como un espejismo en el imaginario colectivo, reposan bajo los escombros del presente.
La oportuna reedición de "Tiempo de abrazar", del extinto escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, por parte de editorial Arca, nos permite un acercamiento a uno de los más descollantes creadores contemporáneos de la cultura hispanohablante.
Esta novela breve escrita en 1933 precedió a "El pozo", que es, sin dudas, la obra emblemática que marcó a fuego la producción literaria del célebre autor.
Aunque al momento de parir "Tiempo de abrazar" Onetti tenía 24 años, ya insinuaba una personalidad desencantada y en conflicto con un mundo azotado por el flagelo de la banalidad.
El personaje de esta historia es un joven que intenta sobrevivir en un entorno que casi siempre le resulta ajeno y asfixiante. En ese contexto, la búsqueda del amor representa lo realmente perdurable en contraste con lo efímero.
La primera reflexión del personaje anticipa un temperamento independiente y divorciado de convencionalismos, cuando observa a un profesor ya anciano, quebrado y desgastado por el tiempo y una rutina exasperante.
El protagonista percibe a ese hombre desahuciado y quizás hasta en los umbrales de la muerte, como el símbolo de una sociedad que rechaza por su resignación e inmovilismo.
En el siguiente cuadro vivencial --tan o más representativo que el anterior-- el protagonista se integra a una animada tertulia que reúne a un grupo de presuntos intelectuales, donde el tema dominante es el arte.
En este cuadro, Juan Carlos Onetti propone al lector asomarse a un universo de intensos debates dialécticos gobernados por la vacuidad, donde forma y contenido entran en permanente conflicto.
Más allá de la controversia, aflora el rostro de una sociedad por entonces ajena a la cruda realidad cotidiana, que se agota en la teoría y en la intelectualización de discursos abstractas.
Aunque el relato está poblado de una auténtica multitud de agonistas, todo es casi una suerte de soliloquio en voz baja del protagonista, que lucha contra sus propios fantasmas, dudas y desencantos.
Asumiendo que la vida es siempre una azarosa aventura de aprendizaje, Juan Carlos Onetti se interna en el íntimo universo de un alma atribulada que busca obsesivamente el amor como una indispensable catarsis contra la angustia.
Ese tiempo de abrazar al que alude el título de esta novela, es también un tiempo de soñar y un complejo itinerario rumbo a la quimérica plenitud.
Por entonces, el autor ya anticipaba algunas de las facetas críticas que luego identificarían su producción literaria.
Esa sensación de desencanto se trasunta en un discurso enérgico y punzante, con el cual Onetti describe la peripecia existencial de un individuo atribulado e incluso hasta inadaptado, permanentemente confrontado con la duda y la incertidumbre.
"Tiempo de abrazar" nos acerca a un Onetti joven pero igualmente incisivo, que propone diversas relecturas de la realidad a partir de una experiencia personal.
Juan Carlos Onetti --que nació en 1909 en Montevideo-- fue siempre un escritor habitado por las voces y las vidas de sus personajes de ficción. El tema unificador de toda su obra es la progresiva e irreversible descomposición de la sociedad contemporánea. En 1939, Onetti dio a luz su paradigmática novela "El pozo".
El célebre crítico y ensayista Angel Rama catalogó a este texto vertebral de la producción del autor, como "la primera botella que arrojó al mar una generación de artistas que transformaron a las letras uruguayas".
Radicado en Buenos Aires, Onetti escribió "Tierra de nadie" (1942), que presenta nuevamente el depresivo y pesimista paisaje urbano, "Para esta noche" (1943) y "La vida breve" (1950), que es, sin dudas, el auténtico texto fundacional del legendario universo de Santa María.
Santa María era el mundo paralelo creado por el autor, que irá superponiéndose paulatinamente al "mundo real", siempre gobernado por las "indiferencias morales". Por ese entonces, ya se perfilaba el Onetti insomne, depresivo y habitante de las madrugadas.
Tras el exilio durante la dictadura, se inició para el escritor la siempre lacerante experiencia del desarraigo, aunque España le acogió como a un hijo.
Onetti, que cosechó el Premio Cervantes en 1980 y el Gran Premio Nacional de Literatura en 1985 y se despidió de este mundo en 1994, pasó los últimos años de su vida en voluntaria reclusión, limitado físicamente al perímetro de su cama, pero dedicado a su entrañable pasión: escribir.
De su vasta producción literaria cabe destacar "El pozo", "Tierra de nadie", "Para esta noche", "La vida breve", "Por una tumba sin nombre", "Un sueño realizado", "Juntacadáveres" y "El astillero".
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