Javier Alfaya
De todos los escritores iberoamericanos cuyas obras comenzaron a difundirse por España a partir de mediados de los años 60, posiblemente fue Juan Carlos Onetti el menos atendido por los medios de comunicación. El mismo contribuía a ello con su horror a las entrevistas y con su suave desdén hacia los fastos publicitarios. Hace muchos años -exactamente dieciocho- intenté hacerle una entrevista para la revista Realidades, una de aquellas optimistas y fugaces publicaciones de izquierdas que salieron a la luz en los difíciles años que siguieron al feliz tránsito del déspota. Llegué a él con las mejores recomendaciones imaginables, pero Onetti no habló. Lo más que pude conseguir de él es que me expresara su nostalgia por aquel Uruguay de su juventud, en el que uno se podía encontrar por la calle con el presidente de la República, que paseaba sin escolta y sin aparato ceremonial alguno, dispuesto a echar una parrafada con cualquier ciudadano que se le acercara y le saludara.
Onetti acababa de llegar a España vía Cuba, si no me equivoco. En su pequeño y encantador país, el de más larga tradición democrática de América Latina, una impresentable combinación de doctrinarios de la «seguridad interior», de oligarcas sin escrúpulos y del Departamento de Estado, había impuesto en el poder a una caterva de abyectos uniformados, incapaces de ganar más guerras que la que emprendían todos los días contra sus pacíficos conciudadanos. En España, por desgracia, sabemos mucho de eso y me parece que Onetti, como era natural en quien conociera un poco de nuestra historia, no las tenía todas consigo en cuanto a lo que podía pasar en nuestro país, que empezaba a agitarse en las convulsiones de la transición.
Onetti vivió en España casi silencioso, inasible. Sus lectores no eran muchos, pero sí fieles. En ellos -en el que en esto escribe, por ejemplo- su mundo narrativo, acuoso, deliberadamente borroso, lleno de melancolías y de sombras, servido por una prosa tenue y fluida, menos precisa que sugerente y expresiva, ejercía una verdadera fascinación. Onetti era uno de los grandes, de los verdaderos maestros. Novelista extraordinario -ahí están libros como Juntacadáveres o El astillero- tal vez fue aún mayor como cuentista. En sus relatos breves hay a veces una concisión casi chejoviana y en los mejores, un ácido sabor a realidad que no necesariamente pasa por el realismo. No sé si alguna vez escribió para explicar su peculiar poética. Me parece que no. Pero quien quiera tener alguna idea de lo que pensaba sobre la literatura haría bien en acercarse a su prólogo a la edición española, publicada por Bruguera, de la novela El juguete rabioso, de su compatriota Roberto Arlt.
En esas páginas sobre un escritor que apreciaba especialmente y que hoy está, al menos aquí, olvidado casi por completo, hay una visión de la literatura descarnada, un tanto desdeñosa y desilusionada. Onetti militaba en el polo opuesto de los escritores que se creen investidos de una misión trascendental. No fue un escritor perfecto y repeinado sino más bien desaliñado. Y tenía la virtud mágica de los grandes, es decir, la capacidad de crear un clima con un solo trazo, con un adjetivo puesto como al desgaire, o mediante una imagen casual que se queda, temblorosa e inolvidable, prendida en la mente del lector.